Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
20:30 CEST.
Fotografía

Havana: A Love Story

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Ojalá fuera cierto que se trata de una ciudad con repuntes de la high-life, tal como lo prometen la publicidad del libro Habana Libre (Ed. Damiani, 2011) más algunas fotos felices que son su avanzadilla en internet, incluidos los comentarios cubanocéntricos contra su autor: el fotógrafo neoyorkino Michael Dweck.

Ojalá fuese en verdad La Habana de una "clase creativa en una sociedad sin clases", glamour en los tiempos del cólera, estilo cheli que no parezca forzado para la cámara, PMM que no parodie a PM (la carcajada como carcasa para maquillar la mueca en metálico de las madrugadas).

Ojalá esta muestra resultase por lo menos ofensiva, escupitajo de lujo en la carota sucia del proletariado cubano.

Pero no, de eso nada. Antes bien, la exposición Michael Dweck: Habana Libre, abierta al público durante un mes desde el 24 de febrero en la Fototeca de Cuba (Mercaderes #307), es en exceso correcta. Un diario de viaje neutral (tres años de trabajos y trámites). De un Malecón mimético a un parque con patinetas, de las tangas de Tropicana a los Clubs en las playitas del oeste, del concierto de Juanes en la Plaza a una alcoba de hotel que remite al lugar común de nuestras "fotos de 15" (muy pronto se harán desnudas y los pacatos padres ni se escandalizarán). Provocación permitida no es provocación: es apenas curriculum vitae del tipo "uno de los primeros fotógrafos norteamericanos vivientes que expone en Cuba". 

Hasta los clásicos del período épico de la Revolución se atrevieron a retratar en privado un poquito más, en términos de farándula y desnudez.

Así, pues, estamos bajo la mirada tibia de un Redescubridor de la Isla, uno de esos oportunos cronistas que nos mete de lleno en la modernidad occidental o, más rentable aún, que nos actualiza ante cierto academicismo a la americana (academisticismo: The Cuban Way of Life?).

La mitad de mis colegas fueron retratados por Michael Dweck para montar el discurso en papel kraft de esta Habana Libre. En Exit, el décimo y ojalá que no el último Decálogo de Nicanor, el director Eduardo del Llano disecta mucho mejor  las vísceras de esa Habanita chic que posa para un flashero internacional (a pesar del blanco y negro contrastado, de cuando en vez rebotan los tortazos de luz).

"Son los talentosos protagonistas de una Cuba inminente", declaró a DIARIO DE CUBA el autor durante la inauguración. Aunque a mí me luce una estética retro, cincuentosa, incluidos los convertibles y copas y trapos de marca de cierto star-system provinciano que haría las delicias de G. Caín (si la revista Carteles no hubiera sucumbido a los cuarteles en clave de comunismo cool-war).

Más allá de cierta progenie de patriarcas (¿Castro/Guevara & Sons, Ltd?), en la mayoría de los casos se trata de ciudadanos al margen de la acumulación de capital ("internacionales, aunque viajar es difícil"; "a la moda, aunque la alta costura cubana es una contradicción"; "una clase próspera envuelta en una sociedad igualitaria"). Por lo demás, faltan aquí los generales gerentes, los zares de las cuentas suizas, los diplopolicías políticos peritos en petrodólares, y un numismático etcétera. Llegado el caso, faltarían también las cabezas con recompensa en CUCs de una disidencia mercenariamente millonaria según el inri oficial.

Eso hubiera hecho de Michael Dweck: Habana Libre una plaza habanera de libertad. No un catálogo de mascotas, no un álbum para nombrar las especies del zoo, no una sala estéril de disecciones. "Los cubanos conservan mucho más que el metal de los carros viejos: conservan un modo ya perdido de vida", sentencia el catálogo. "El país que Kennedy alguna vez llamó isla triste desborda goce visceral y belleza".

Nelson Ramírez de Arellano, director de la Fototeca de Cuba, colocó algunas claves en sus risueñas palabras de introducción. Se insiste en la noción de "clase" como un mantra materialista de cara al futuro, "sin que esto implique gozar de ningún otro privilegio que el de estar conectados con el apropiado círculo de amigos". ("A pesar de las fotografías negativas que las agencias de noticias estamparon en la memoria colectiva mundial, muchos aquí llevan una buena vida", Dweck dixit.)

Para "las inquietas almas de los artistas y los creadores", la patria nocturna "aparentemente frívola de este mundo de fiesta" evoca la evocada en versos por José Martí, y se entronca con "la calidez y sencillez que caracteriza a los sujetos fotografiados". Y la culpa de que su institución no pueda acceder a las donaciones en cash de Michael Dweck la tiene "el archiconocido bloqueo económico" del país de origen del autor invitado, que a su vez solo intenta "relatar la otra parte de la historia que no se cuenta en EE UU".

Tarde o temprano, en alguna entrevista vogue, los críticos de arte soltarán la frasecita cliché del título de esta reseña. Ante esa evidencia aún no verificada igual se impone el silencio (las pancartas descolgadas en el salón hablan ya por sí solas). Si Habana Libre es una historia de amor, entonces es más que comprensible lo candoroso como carencia conceptual.