Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
00:58 CEST.
Debate: Escritores cubanos en el exilio

Acércate más

Mientras escuchaba a los tres panelistas del conversatorio "Tan cerca y tan lejos", auspiciado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), recordé la famosa canción del güinero Osvaldo Farrés, fallecido en Nueva Jersey, que lleva el título de este trabajo. También me vino a la mente otra melodía suya, Quizás, quizás, quizás.

A esta hora todo el mundo sabe que el objeto de la reunión en la UNEAC consistió en hablar de los escritores cubanos exiliados, de la conveniencia de renunciar a toda forma de fundamentalismo, ya sea en la Plaza de la Revolución o en la Cafetería del restaurante Versailles. Igual me pareció entender que existe la necesidad de reconciliar los desagravios ocurridos en el gremio literario en los últimos cincuenta años.

Me parece que quizás, quizás, quizás es un buen comienzo para una tarea que requerirá de la participación no solo de los autores, sino también y en buena medida de los lectores, las instituciones educacionales, las empresas que fomentan la divulgación de libros y revistas, la prensa no especializada y de los monstruos que uno de los panelistas no quería meter en la sopa de letras cocinada o a lo mejor solamente servida en la UNEAC: la maldita circunstancia de la política nacional que controla toda la isla desde el lejano e interminable 1959.

Una joven a quien no identifico habló o más bien preguntó por qué no se invitaba a los exiliados a participar en la Feria del Libro de La Habana. Reynaldo González respondió que también se trataba del interés que deben mostrar los escritores afuerinos en formar parte de ese acontecimiento. Debo confesar que, luego de escucharlo, me pregunté: ¿Será que si yo demuestro el deseo de lanzar mi libro En Cuba todo el mundo canta (Madrid: Betania, 2008) ante los lectores naturales, el Ministerio de Cultura me dará un espacio para hacerlo?

Tiene razón Reynaldo, es imposible que una sola persona lleve un censo exhaustivo de los escritores cubanos y sus libros publicados en el extranjero donde radican. La respuesta a ese razonamiento legítimo, digo yo, sería la siguiente: ¿A quién hay que dirigirse para hacer una muestra variada de editoriales y autores exiliados interesados en comunicarse con los lectores de Cuba, frente a frente?

Yo sí que vendería mis libros en moneda CUC para ayudar a mis hermanos Robertico y María de los Ángeles con los ingresos obtenidos. Así podrían comprar lo que necesiten en las tiendas disponibles. No hay que preocuparse por derechos de autor ni gastos de viaje; trabajo y con mi sueldo me atrevo a asumir los costes. El alojamiento está garantizado, puedo quedarme en el apartamentico de Buenavista (Robertico) o en el de la Villa Panamericana (María).

Además, conozco demasiado bien la fortaleza San Carlos de la Cabaña. Allí estuve preso en la Zona 1 por el delito de "propaganda enemiga". Tendría la inmensa oportunidad de comprobar los cambios ocurridos en el lugar, de revisitar mi pasado carcelario, de pararme frente a las galeras donde antes conviví hacinado con otros compañeros, algunos fusilados, por cierto. Sería el sitio perfecto para acercarme a un espacio represivo que ahora, gracias a una política de rectificación, ha sido convertido en la sede de una importante actividad de la cultura nacional.

Imagino que, a los asistentes al lanzamiento, podré leerles los párrafos donde menciono a La Cabaña para luego llevarlos, literalmente de las manos, a los fosos, a las antiguas celdas de castigo, a las galeras, a la enfermería donde me salvaron la vida, al techo donde nos sacaban a tomar sol una vez a la semana y por dos horas. Todo eso estoy dispuesto a hacer con tal de acercarme a mis hermanos, a mis colegas de profesión, a los antiguos conocidos y a quienes podré tratar por primera vez.

Además, me encantaría regalarle una copia dedicada del libro al ministro Abel Prieto, aficionado como yo a los chistes, a quien empecé a tratar en la época en que había regresado de Isla de Pinos, donde hizo su servicio social. Ambos escuchábamos entonces las grabaciones de Guillermo Álvarez Guedes en mi casa de Marianao, tan cerca de la suya y de la de su hermana Iliana, ex compañera de trabajo en la programación infantil de la TV cubana.

Por otro lado, siempre basado en las declaraciones que escuché en el video, propondría que una manera de ponernos al día todos acerca de nuestros trabajos, o sea para resolver el tema del censo, consistiría en que los colegas residentes en la isla pudieran publicar, si lo desearan, en las revistas del exilio, y que la misma oportunidad se concediera a gentes como yo y así tener acceso, solamente basado en términos estrictamente literarios, como diría el fallecido Lisandro Otero, a las publicaciones impresas y digitales del país, digamos desde Granma hasta La Jiribilla.

En pocas palabras, que los "interesados" (palabras de Reynaldo) lleguen a los lectores a través de cualquier publicación o medio masivo de difusión controlado por el Estado o sus agencias oficiales y oficiosas. Así, abiertamente, que predominen, de forma exclusiva, en la recepción de colaboraciones y en las decisiones editoriales, los criterios universales de calidad de la escritura, apego a las normas de formato del lugar, responsabilidad por el uso riguroso de los datos y las fuentes utilizadas y por las opiniones vertidas sobre personas y personajes, reales o ficticios.

Finalmente, sugeriría que en cada hogar, escuela, oficina, hotel, cibercafé, etc., los lectores cubanos tuvieran libre acceso a la red mundial de información.

¿Es mucho pedir? ¿Es éste un discurso fundamentalista, de calle 8, con una taza de colaíto en la mano? Me gustaría incluso responder a cualquier objeción o inquietud que pudieran generar estas líneas en cualquier espacio nacional o extranjero, institucional y privado. Me da igual.

 

Desde Texas, siempre en Texas, febrero de 2012.