Domingo, 2 de Octubre de 2016
00:21 CEST.
Opinión

¿Cómo gestionar desde La Habana la literatura del exilio?

Cuando leí el anuncio de que Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz iban a juntarse en un panel titulado "Tan cerca y tan lejos. Literatura cubana de autores residentes fuera del país", supuse que esos tres escritores hablarían de libros, citarían nombres, ofrecerían (aunque fuese incompleto o inexacto) un panorama de cuanto publican los escritores exiliados. Sin embargo, las filmaciones del panel que he visto desmienten tal suposición. Antes que de literatura, el debate trata de políticas editoriales. Allí se habla, no de la literatura de autores residentes fuera del país, sino de la gestión de esa literatura desde La Habana. "¿Cómo gestionar la literatura del exilio?", debió ser titulado.

González, Padura y Paz, ¿desde dónde hablan? Al parecer, ninguno de ellos figura en la mesa como escritor. Actúan, no como lectores de las obras de colegas lejanos (con toda la generosidad o rispidez que quepa en la lectura entre colegas), sino como posibles editores, censores o impresores de esas obras. Consideran los modos de acercar al lector en Cuba libros de exiliados, advierten lo complicado de la gestión: derechos de autor, billetes de avión, invitaciones… Forman, antes que una mesa de debate, una junta de importadores.

González, Padura y Paz son voceros de la política cultural, comisarios culturales. Aunque afirmar que defienden una ejecutoria oficial de más de medio siglo, sería difamarlos. Hablan institucionalmente, sí, pero en nombre de nuevas costumbres, de una política de acercamiento y no de exclusiones. Lo aclara desde el inicio Reynaldo González: "Dentro de Cuba se está viviendo realmente una búsqueda de cambios saludables para el país". Y puntualiza: "El país implica a todos los cubanos, a la larga".

Padura lo explica mejor: "Es inadmisible desde cualquier punto de vista considerar que la política o la filiación política de un escritor como un invalidante para su pertenencia nacional". Allí donde González intenta ser esperanzador, Padura se muestra tajante. No admite justificación alguna para las exclusiones, y en un momento del diálogo alude a derechos que están por encima de la actual Constitución. (Senel Paz modera débilmente. Podría aventurarse que hay diferencias entre los de la mesa, aunque ninguno objete al otro, ninguno contradiga abiertamente. El debate arroja, más bien, unanimidades.)

"Todos los cubanos que escriban, dondequiera que escriban, con la tendencia política que escriban, son escritores cubanos", sostiene Padura. La cultura cubana es una sola, se ha dicho desde las oficinas ministeriales. Sin embargo, la fórmula se vuelve problemática a la hora de gestionar esa cultura. Él lo reconoce: "El hecho de su difusión, de su recepción, es lo que ha complicado esta historia y la ha hecho mucho más polémica, mucho más problemática, mucho más dramática".

Las dificultades de administrar una circulación tan esquiva hace que González y Padura recurran a viejos discursos. A viejos discursos falsos. Padura: "Nosotros hemos sido testigo, lamentablemente, de una ruptura política bastante fundamentalista de parte y parte con respecto a la literatura que se ha escrito en los últimos 50 años dentro y fuera de la Isla". Y más adelante: "Lo más triste de esta historia es que ese fundamentalismo político muchas veces está tanto dentro como fuera de Cuba".

González entra en la anécdota de algunos escritores exiliados a los que ha pedido textos para publicar y "se acogen a una actitud política del gobierno de Estados Unidos". La de imponer condiciones políticas antes de publicar en Cuba. La de entablar "un discurso Calle Ocho cuando yo estoy hablándole de acercarse a su lector natural, y a un escenario natural más que político-económico".

Padura y González entienden el tema que los convoca —el exilio literario— como si se tratara de una institución. Solo así resultan equiparables la intransigencia de una política oficial y la intransigencia de gente dispersa. Visto así, tiene que haber un Ministerio de Cultura del exilio enfrentado a un Ministerio de Cultura del país, implacables uno y otro. Y ha de existir en el exilio un Ministerio del Interior con tareas no muy distintas a las de su homólogo en la Isla.

Reynaldo González encarama a los exiliados de su anécdota en el cajón de bacalao de los mitines republicanos, y los arrima a Washington. Entiende determinadas exigencias de esos escritores como presunciones del gobierno estadounidense sobre la política de la Isla. Pero, ¿acaso el exiliado de una dictadura no tiene, por sí mismo y por descabelladas que éstas sean, reclamaciones pendientes? ¿O son forzosamente mercenarios en sus anhelos, del mismo modo que resultan mercenarios todos los opositores dentro de Cuba?

Entender desde la institución a los escritores exiliados conduce a sospecharles un ministerio o un gobierno extranjero detrás. (Una hipótesis tan paranoica es directamente proporcional a la ambición de administrar desde La Habana las escrituras del exilio.) Por ello González resuelve sus tropiezos con exiliados mediante las razones oficiales de La Habana para el embargo estadounidense: pura intromisión de Washington y de Miami. O Padura se acoge a la explicación más neutra del embargo: intransigencia de una y otra parte. Los dos hablan en el lenguaje de la Guerra Fría. En lo que queda de él.

Llegado el turno de preguntas, una joven pregunta por qué la Feria del Libro no invita a escritores del exilio. Pregunta para puros gestores, a tono con la mesa. Aunque, a juzgar por la reacción de los tres, se trata de una cuestión embarazosa. El moderador Paz murmura que habría que preguntar a los organizadores de la Feria. González suelta un discurso que ha sido comparado por su torpeza con el de Ricardo Alarcón frente al estudiante Eliécer Ávila, aunque es todavía peor: son los bandazos y perogrulladas del Fidel Castro decrépito encontrables en YouTube.

Transcribo a continuación sus palabras, sin ahorrar titubeos y errores de gramática:

"No tenemos, eh, yo no recibo gente, eh, algunos han venido, hay cubanos que están en el exterior y vienen. Yo no sé, ah, si-si tuviéramos uno que empezar a invitarlos. No es así, es otra cosa. Hay que mostrar un interés, porque yo-yo tampoco tengo un censo de quiénes son los escritores, además sé que hay muchos. Co-como en todas partes, aquí también hay muchos escritores. No todos sobresalen tanto como para conocerlos. Es muy difícil la tarea de que nosotros tomemos la iniciativa de invitarlos. Nosotros podemos recepcionarlos cuando tengan una-un interés en venir. Es que a veces se-se-se vira la tortilla creyendo, mira, ya sabemos el amor patriótico, ya sabemos el interés, porque la patria es ésta, vamos a ver, el-el-la cepa de la patria es ésta, si usted tiene un interés. Yo conozco de muchos cubanos que tienen interés, pero sé de muchos cubanos que puedan tener interés y no se hacen notar. Eso debe nacer del otro lado. Aquí hay una feria del libro que convoca. Ustedes han visto la cantidad de gente que hay, las editoras que hay, etc. Esas editoras han mostrado interés. Invitarlos, ¿qué significaría? ¿Decirles 'te voy a pagar el pasaje, la estancia'? Yo no entiendo bien. ¿Qué es invitar a aquellas personas que yo no sé que escriben, que no sé que son escritores ? Yo sé de gente que destaca, pero yo de gente que no está, que a lo mejor son buenísimos, quiero decir, que la calidad no es por el destacar. Porque hay gente que escribe toda la vida maravillosamente y no tiene renombre, no destaca, pero yo no puedo ir 'tin, marín de dos pingüé', que eso es muy cubano."

En el centro del mundo

Tan objetable como el esquema de enfrentamiento país-exilio es la idea de lo patriótico sagrado que aparece en el fondo del debate. González anuncia, bíblica y vitícolamente que "la cepa de la patria es ésta". Padura usa frases constitucionalistas: "Nosotros, en tanto sede y espacio de la nación cubana, espacio en el que vive la mayoría de los ciudadanos cubanos, no tenemos derecho a ese fundamentalismo que nos impida a nosotros, como cubanos, tener contacto con una cultura que se esté haciendo en otra parte del mundo, pero que es parte de la cultura cubana".

Reynaldo González habla del cubano como lector natural para los escritores exiliados. ¿Acaso son la escritura y la literatura actos naturales? Puede que exista la mayor de las complicidades entre un escritor y sus lectores coterráneos, pero, tratándose de un sistema editorial como el cubano, en cualquier momento la censura política destroza tanta intimidad. Y se hace necesario entonces recurrir a otros lectores, por artificiales que parezcan.  (La búsqueda del lector natural puede conducir, en algunos casos, a la desnaturalización de la obra. Mi reseña del último libro de Padura intenta hacer ver cómo, con tal de que su novela se publicara dentro de Cuba, el autor prefiere desatender el punto central de la historia que cuenta.)

El debate celebrado en la UNEAC menciona apenas las relaciones entre lengua y literatura nacional, a propósito de los cubanos que escriben en inglés. Padura convida entonces a hablar a Ambrosio Fornet, que se encuentra entre el público y asegura conocer el tema. Fornet (a quien va dedicada esta edición de la Feria) lanza la estadística siguiente: "La identidad cultural de la obra está determinada en un 94 % por el idioma en que está escrita".

Cepa de la patria, sede y espacio de la nación cubana, lectores naturales y porcientos de identidad: el debate sobre la literatura del exilio convoca a los guardianes de las esencias. Hablan desde el centro del mundo. Desde el centro de un mundo del cual puede uno alejarse, pero al que tiene que volver si de veras desea alcanzar cumplimiento. Curiosamente, nada se habla en la mesa de aquellos que, viviendo en Cuba, publican únicamente en el extranjero. Claro que eso implicaría aludir a la censura política... (Lástima, porque Ambrosio Fornet podía haber indicado qué porciento de exiliado hay en cada uno de esos escritores.)

Cuando Reynaldo González se quejaba de la respuesta politizada ("discurso Calle Ocho") que recibiera a cambio de ofrecer a cierto autor del exilio una oportunidad de edición, se consideraba a sí mismo apostando por un "escenario cultural, más que político-económico". En un momento del debate, él confiesa su disgusto por el cariz extremadamente politizado de las publicaciones periódicas cubanas de dentro y de fuera. Advierte que en la revista que dirige no se aceptan textos explícitamente políticos.

Pese a tantas cautelas, él y Leonardo Padura y Senel Paz no hacen más que hablar de economía y de política en el debate celebrado en la UNEAC. Nada hay, por supuesto, de reprochable en que lo hagan. Reprochable es que lo disimulen. Reprochable es lo anacrónico de esa política y de esa economía. Porque la primera no alcanza a desprenderse del nacionalismo más supersticioso, y la segunda no existe si no es controlada completamente por las autoridades.

Por último, no dudo de que algunos de los que aparecen en estas filmaciones leerán lo anterior como una prueba más del fundamentalismo del exilio, como un acto más de intransigencia y quién sabe si como avanzadilla de un ministerio o un gobierno a la sombra. De entenderlo así, no hacen más que llamar con esos nombres a un derecho poco practicado y muy poco permitido en Cuba: el de la crítica.