Martes, 27 de Septiembre de 2016
18:25 CEST.
Literatura

«El poder absoluto es siempre arbitrario»

Hijo del poeta cubano Emilio Ballagas, el periodista, crítico, escritor y poeta Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del consejo de redacción del grupo El Puente, en 1964. Un año más tarde, su libro Con temor corrió la suerte más nefasta que un autor jamás hubiese deseado para algunos de sus obras: su destrucción totalitaria. Este suceso, que acabó desintegrando a la fuerza aquel proyecto literario creado por José Mario Rodríguez, marcaría la vida del joven de diecisiete años, que sufrió cárcel por el hecho de haber escrito un libro de cuentos demasiado provocador para aquel entonces.

En 1980, Manuel Ballagas salió de Cuba formando parte del éxodo de cubanos refugiados en la Embajada del Perú. En Estados Unidos desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald, The Tampa Tribute, y fundó la revista literaria Término, de la que fue codirector durante cinco años.

Su primera novela Descansa cuando te mueras, fue publicada en 2010. Y ahora acaba de aparecer Pájaro de cuenta, su segunda novela, un libro en donde satiriza a personajes como a Virgilio Piñera  y hechos ocurridos durante el llamado Quinquenio Gris. Según una reseña de Teresa Dovalpage: "La muerte de Virgilio, que Arenas describe de una manera en El color del verano, tiene aquí otra puesta en escena completamente diferente".

Sobre este nuevo título y sobre Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Emilio Ballagas y otros temas he dialogado con su autor para DIARIO DE CUBA.

¿Por qué 'Pájaro de cuenta'?

Es un buen título, ¿no crees? Pero no me cayó del cielo. Fue el calificativo que dio Fidel Castro, en su discurso en el Primer Congreso de Educación y Cultura, a los escritores considerados críticos por aquella época, es decir, a comienzos de los años 70. Refiriéndose, sobre todo, a los escritores extranjeros que protestaron en aquel momento por el arresto del poeta Heberto Padilla y su obligada autocrítica, aquellos eventos horribles del 71.

Recuerdo que el calificativo no estuvo exento de cierto doble sentido, porque Castro dijo: "Pájaros... de cuenta", con énfasis en la palabra pájaro, que ya sabemos todo lo que esconde, y después una larga pausa para decir "de cuenta".

El tema…

Es, ante todo, una recreación satírica de los años del llamado Quinquenio Gris. Tiene por protagonista a alguien que se llama Virgilio Piñera y es escritor. Pero no necesariamente es el Virgilio que tú supones, y que pasa esa época literalmente "cagándose de miedo", como un montón de otros intelectuales.

En una transgresión de la verdad y la realidad. Yo mismo aparezco en la novela, y también el fantasma de alguien que se llama como mi padre, es decir, Emilio Ballagas.

En Pájaro de cuenta exploro básicamente en qué medida Virgilio fue víctima de la cobardía de sus colegas y amigos, y quizás hasta de su propio narcisismo oportunista. "Algún día se sabrá lo bien que hice en quedarme en Cuba", dice en algún momento Virgilio. Y ya sabemos como acabó.

¿Pero entonces crees que de haber abandonado la Isla sus días finales hubiesen sido distintos?

Los días finales no son buenos para nadie. Pero entre pasarlos en la Calle Ocho hablando mierda, jugando dominó y pensando los libros que escribirás, y pasarlos encerrado en un apartamento en La Habana, a la espera de que la Seguridad del Estado te eche abajo la puerta y te lleve preso, prefiero lo primero, sin pensarlo demasiado.

El filósofo Humberto Piñera, hermano de Virgilio, murió tranquilamente en el exilio, después de dedicar toda una vida a su obra y publicar varios libros que todavía podrás encontrar por ahí, inclusive uno sobre Jean-Paul Sartre. A nadie se le ocurrió jamás vigilarle o meterle en la cárcel.

¿No quería escapar de la 'maldita circunstancia del agua por todas partes'?

¿Quién? ¿Virgilio?

Sí, Virgilio.

Ni idea. No lo traté mucho personalmente. Pero algo te puedo decir: pasó demasiada hambre bajo el capitalismo. Demasiadas humillaciones y desaires. Tenía que empeñar sus trajes para publicar un librito. Aguantarle pesadeces a Pepe Rodríguez Feo para que le ayudara a sostenerse.

Nunca le dieron un premio, un reconocimiento como el que merecía su obra. ¿Te imaginas? Eso incubó mucho resentimiento contra el establishment burgués. Quizás por eso Virgilio, como otros intelectuales, cambió su libertad por el plato de lentejas que el dictador le ofreció después de 1959.

En un texto suyo que anda por ahí, quizás en su autobiografía, no recuerdo bien, Virgilio aseguró que la revolución le había dado nada menos que "carta de naturaleza". Pero lo que le dio, a la postre, fue un pesado dogal que le llevó a la tumba.

En 1964 fuiste miembro del comité de redacción de Ediciones El Puente, ¿qué es 'lo mejor' que hoy recuerdas de aquellos años?

¿Lo mejor? No sé. Quizás el entusiasmo que teníamos por aquel frágil empeño editorial que duró tan poco. Lo importante que todo nos parecía en aquel momento. Lo mucho que discutíamos, debatíamos. Los grandiosos planes que hacíamos, fumando, bebiendo hasta el amanecer, creyéndonos quizás inmortales, como todos los jóvenes. Pero lo más divertido fue encontrarnos con el poeta estadounidense Allen Ginsberg y ver la sonora nalgada que ledio a la heroína revolucionaria Haydée Santamaría en medio de un cóctel muy concurrido en la Casa de las Américas, y todas las correrías y desafíos a la autoridad que compartimos con él durante las semanas que Allen estuvo en Cuba.

¿Y lo peor?

Enterarme de que Fidel Castro había hecho trizas las pruebas de galera de mi libro de cuentos Con temor, en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana, y decretado allí mismo el fin de las Ediciones [El Puente] con un fatídico "ese puente lo vuelo yo".

¿Te imaginas lo que ese dictum puede significar para un muchachón de 17 años que apenas había empezado a escribir? De repente, me volví invisible. Muchos se partían las patas para no cruzarse conmigo en la calle y no contaminarse. Fue un anticipo, en pequeño, del ostracismo a que me vi sometido cuando salí de la cárcel, más de diez años después.

Un libro de relatos, 'Lástima que no sea el verano', obtuvo una mención de honor en 1967 en el Concurso David, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pero no fue publicado. ¿Por qué? ¿Qué pasó con el libro?

Mi libro obtuvo un voto para premio en aquel concurso, que fue el primer David, por cierto. Dos de los tres jurados se decantaron por un libro de claro matiz político; el otro, por el mío. Y aunque Lástima que no sea el verano no era ciertamente un libro disidente, ni mucho menos crítico (más bien era un libro pop y jodedor), lo cierto es que desapareció de la UNEAC, y años más tarde, en un cuartico de interrogatorios de Villa Marista, un oficial de la Seguridad del Estado me enseñó el manuscrito como una muestra de mi "actividad enemiga".

Todavía debe seguir en esos siniestros archivos. El jurado que votó por mi libro, Humberto Arenal, estuvo marginado durante muchos años.

Antes de esta entrevista me contaste que visitabas la oficina de José Lezama Lima en el Instituto Literatura y Lingüística. ¿Cómo recuerdas a Lezama? ¿De qué hablaban ustedes?

Lo recuerdo como un personaje sublime y singular. Un gordo feliz y filosófico. Pese a que supongo que tenía un montón de otras cosas que hacer, nunca pretextó algo que impidiera o limitara una de aquellas visitas improvisadas a media tarde.

Es bueno decir que en ocasiones le llevaba tabacos, que él disfrutaba mucho y estaban estrictamente racionados. Así que, quizás con tal de fumar, accedía a tolerar la presencia en su despacho de aquel petimetre insustancial y adolescente que yo era en aquel entonces.

En cuanto a hablar, Lezama era el único que conversaba, porque yo, ¿qué le iba a decir? Me quedaba atontado, oyéndole pontificar durante horas, con su aliento asmático y su peculiar ritmo de conversación, sobre aporías eleáticas y otras lindezas clásicas que, por más que quisiera, no podría ahora repetir.

Eso sí, con Lezama siempre me pasaba lo mismo que con Pablo Neruda: de solo oírles hablar uno sabía quiénes eran. Nunca he conocido dos voces, dos maneras de hablar, más unidas a dos personas.

En 1973 fuiste arrestado y condenado a la cárcel bajo cargos de 'diversionismo ideológico', ¿qué era lo que escribías que resultaba un delito para pedirte doce años de cárcel, aunque acabaron condenándote a seis?

Bueno, mi sentencia a prisión me acusaba de escribir cuentos, poemas, novelas, artículos y otros escritos criticando leyes, medidas, disposiciones, métodos y dirigentes de la revolución cubana. Por ahí anda una copia de la sentencia, que colgué en internet... Y pese a que en el minucioso registro que hicieron en mi casa no encontraron algo semejante a Doctor Zhivago o Archipiélago Gulag, el gobierno revolucionario y sus órganos represivos tuvieron a bien meterme en la cárcel.

¿Por qué? No sabría decirte. Visto en perspectiva, creo que en aquel entonces lo que quería la dirigencia era infundir terror en las capas intelectuales, hacerlas cagarse de miedo, como digo en mi novela.

No me lo explico de otra manera, como tampoco me explico a estas alturas por qué Padilla tuvo que ir preso por Fuera del juego. El poder absoluto es siempre arbitrario. 

Volviendo al tema de tu nuevo libro, ¿por qué decides escribir esta novela?

Creo que nadie puede decir a ciencia cierta por qué escribe un libro. Hay tantas otras cosas útiles que hacer. Pero puedo decirte que éste no se parece en nada a mi anterior novela, cuyo protagonista es un emigrado o exiliado, alguien de una patria elíptica en todo caso, en un contexto foráneo.

Los de este nuevo libro eran, sencillamente, personajes, situaciones y anécdotas de Cuba que me rondaban desde hacía tiempo, y se me antojó que un libro como Pájaro de cuenta podía ser una forma curiosa de transgresión. Mentir como saben mentir los escritores, con la ficción. Pero mentir para revelar verdades que muchos se empeñan en ocultar, en este caso sobre el llamado Quinquenio Gris y sus protagonistas.

¿Te imaginas peor escamoteo que llamar quinquenio gris a un período tan largo y tan negro? ¿Hacerle un desagravio nacional a Virgilio Piñera mientras un disidente muere en huelga de hambre y en las calles apalean a las Damas de Blanco?

Virgilio dijo una vez que la literatura era "un chisme colosal". Pues bien, éste es mi chisme, un chisme contra los otros chismes. No sé si es colosal, pero es mío.

Los personajes llevan los mismos nombres de figuras conocidas y relacionadas con aquel período…

Algunos nombres han sido alterados levemente, ni siquiera sé por qué. La mayoría de ellos corresponden a personajes de la vida real y mi primera intención fue poner a esos personajes reales en situaciones más o menos ficticias. Pero a medida que avanzaba en la escritura del libro me fui dando cuenta de que el resultado era algo mejor aún: la caricatura, la sátira de unos personajes asustados, paralizados por el espanto, y un período siniestro.

Ni Virgilio ni Pepe Rodríguez Feo se comportaban precisamente así, ni hablaban tantas tonterías en la vida real, estoy seguro.

Yo tampoco me hacía llamar Nolo, Manolo, pero es verdad que en cierta época empezaron a confundirme en la calle con Silvio Rodríguez, y que estoy casado desde entonces con una gran artista, Juanita Baró.

Lo que también es verdad, la verdad que esgrimo a fin de cuentas, es que muchos fueron los cómplices, voluntarios o involuntarios, de la persecución y muerte de Virgilio Piñera... inclusive él mismo.

Sé que al fallecer tu padre, tendrías unos seis años de edad… pero, ¿existe alguna imagen o grato recuerdo de aquellos años en tu memoria?

Claro que sí. Mi padre fue un ser humano extraordinario, y lo que más lamento es haberlo conocido por tan breve tiempo y con tan poca edad. Conservo, eso sí, gratos pero vagos recuerdos de mi papá.

Me tenía convencido, por ejemplo, de que todos los poetas disponían de un caballo alado y que me llevaría a pasear en él en cualquier momento. Una vez, por mi cumpleaños, me regaló un pomito lleno de fascinantes cocuyos, que liberamos en la sala de nuestra casa.

En otra ocasión, cuando manifesté asombro por los hermosos objetos que adornaban la mansión del poeta Gastón Baquero, mi padre me explicó tranquilamente que Gastón tenía una lámpara maravillosa, de la cual provenían todos sus lujos. Quizás por esa razón, durante cierto tiempo, yo me imaginé a Baquero vestido de árabe, con turbante y todo.

Mi padre podía ser así. A diferencia de algunos literatos, que al morir dejaron tras sí una larga estela de rencores y disgustos, Emilio Ballagas cosechó muchos amigos y excelentes relaciones humanas durante su corta vida.

Bondadoso, humorista, conversador, generoso: así me lo han descrito quienes le conocieron mejor que yo. También tuvo enemigos, ya se sabe. Pero han sido unos pocos envidiosos.

¿Por qué?

Nunca se alcanza tanto reconocimiento en vida, y en una vida, además, tan corta, sin que los resentidos y envidiosos te hagan depositario de su bilis. Al cubano le cuesta mucho, no sé por qué, reconocer méritos ajenos. Ya tú sabes: si tú eres, yo no soy.

Mi padre ganó el Premio Nacional de Poesía, además de aquel premio especial por su libro de décimas a José Martí, ambos poco antes de morir. Un soneto suyo, "Fuente colonial", estaba antologado como uno de los mejores de la lengua castellana. Y oye, no había cumplido aún 45 años.

Nadie logra eso entre nosotros impunemente. Todavía a comienzos de los 80, José Ángel Buesa, en una entrevista con el Miami Herald, afirmaba que mi padre era un plagiario, que "lo copiaba todo". La realidad es que uno de los poemitas más famosos de Buesa, ese de "pasarás por mi vida sin saber que pasaste", era prácticamente una traducción de un viejo poema romántico francés.

El propio Virgilio nunca se sobrepuso a la escasa atención que Emilio Ballagas le prestó a él y a su obra. Quizás por eso la única pieza de correspondencia de Virgilio que encontré entre la copiosa papelería de mi padre fue una cartica de tres líneas en que Virgilio se lamentaba de que mi padre no le había dado "ni las gracias corteses" por el ejemplar de Las Furias que le había enviado poco antes.

Mi padre había presillado la carta a aquel librito, dentro del cual había subrayado solo un verso, que decía: "Crujientes crótalos cremosos crecían". Y por todo comentario, al lado de este verso, había escrito un lapidario "¡Croñó!".

¡Qué suerte que Virgilio nunca pudo leer aquello! De todas formas, el saldo de amistades para mi padre fue siempre superior al de sus enemigos. Eso me infunde esperanzas. Quizás algún día lleguemos a ser capaces de admirarnos sin sentirnos disminuidos.

Y una última pregunta, de los poemas de Emilio Ballagas, es decir, de los poemas escritos por tu padre, ¿tienes alguno preferido?

De mi padre, mi poema favorito es "De otro modo", sobre lo arduo, e imposible, de enfrentar las eternas convenciones del mundo.

Además de poema hermoso al oído, es un verdadero canto a la inconformidad. Un llamado, creo, a esa lucha imposible de un ser humano pensante contra las eternas convenciones.