Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Literatura

«No voy en busca del tiempo perdido, sino del espacio a encontrar»

Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1929- Londres, 2005) fue hijo de una pareja de comunistas cubanos, encarcelados junto al crío, cuando tenía siete años. A comienzos de los años cuarenta la familia se trasladó a La Habana y, aun cuando inició estudios para médico, se hizo periodista escribiendo sobre cine, una de sus pasiones.

Para evitar la censura, luego de haber publicado un cuento obsceno, se hizo crítico de la revista Carteles, firmando como G. Caín, una contracción de su nombre y apellidos.

Casado en primeras nupcias con Marta Calvo, con quien tuvo dos hijas, en 1958 se enamoró de la actriz Miriam Gómez, quien le acompañaría hasta su muerte.

Con el triunfo de Fidel Castro fue nombrado director del Consejo Nacional de Cultura, subdirector del diario Revolución y de su página cultural Lunes, pero pronto entraría en severas contradicciones con el régimen, así fuera designado diplomático en Bruselas donde vivió entre 1962 y 1965, saliendo finalmente hacia el exilio, primero a Madrid, luego a Barcelona y por último a Londres, donde moriría.

En 1968 publicó Tres Tristes Tigres, un deslumbrante pastiche de coloquialismos, retruécanos, paronomasias, agudezas, uso del hipérbaton y traslaciones idiomáticas, con un espléndido sentido del humor y referencias a las obras de otros escritores cubanos, mientras narra la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana. La novela fue calificada por el régimen cubano de contrarrevolucionaria y el autor fue expulsado del sindicato de escritores oficial.

Crítico implacable del régimen castrista, nunca intentó regresar a Cuba y en 1979 obtuvo la nacionalidad británica.

Esta entrevista fue concedida durante una visita que hizo a Bogotá, en febrero de 1980, para presentar La Habana para un infante difunto, su otra obra maestra, donde recrea la vida erótica de un adolescente en los años cuarenta y cincuenta. De aquella obra y mucho más de esta, conversé entonces con Cabrera Infante, que no solía conceder entrevistas debido a su siempre precario estado de salud mental, causado en parte por el prolongado exilio que le tocó vivir. Fue publicada en las Lecturas Dominicales de El Tiempo el domingo 16 de marzo de 1980.

¿Qué relación hay, en su obra, entre experiencia y literatura?

En realidad es una pregunta compleja. Me gusta que me hable de experiencia y no de experimento, que es una palabra que yo detesto con respecto a la literatura.

Yo trabajo poco con experiencias. Para mí ese cliché de la agonía de la página en blanco no existe, porque yo fundamentalmente con lo que voy cubriendo la página es con recuerdos. Todos esos recuerdos han sido facilitados por la memoria, y la memoria, como usted sabe, es una traductora y a veces una intérprete. Intérprete en el sentido de interpretar un lenguaje en otro, una intérprete muy fiel.

Yo acepto que es un inconveniente, pero eso me garantiza que tenga una base primera, un fundamento sobre el cual trabajar más tarde. Entonces, en realidad, la experiencia o las experiencias están siempre limitadas por arbitrio del recuerdo.  Pero, finalmente, yo no voy en busca del tiempo perdido, sino del espacio a encontrar, que es el espacio lingüístico, que es a veces oral o simulacro de oralidad, como ocurre en Tres tristes tigres, o es un espacio dado, como en La Habana para un infante difunto.

Con La Habana… yo tenía un primer borrador que era mucho más lineal que el libro actual, pero que estaba atiborrado de datos.Tanto es así que en la versión final, aunque yo soy un escritor que tiende a añadir más que a quitar, en la versión final, en el borrador final, limé ciento veinte páginas del libro. Entonces ese primer borrador a mí me servía como un andamiaje para construir mi edificio de palabras, en este caso una ciudad de palabras, y al hablar de ciudad le puedo hablar no solamente de topografía, la referencia al terreno, sino de topología en el sentido que tiene esta ciencia moderna que, entre otras cosas, se dedica al estudio de los nudos. Es una ciencia que a mí me interesa mucho, aunque yo soy poco científico. Me interesa porque se interesa por fenómenos que en otro tiempo y aún hoy, a otros científicos, parecen meros juegos.

En las primeras ciento y pico de páginas de La Habana para un infante difunto se percibe un tono autobiográfico que va desapareciendo…

Bueno, en realidad estas ciento y tantas páginas de La Habana… juegan el papel del maestro de ceremonias en Tres tristes tigres. Eso es exactamente un prólogo, una presentación, que es algo más difícil de describir, pero que parece una verdadera metamorfosis. Hay una localización suya en un tiempo histórico-humano, hay una presentación de un local absolutamente extraordinario y desconocido para el narrador, como es el solar habanero. Ese extraordinario falansterio. Ese descubrimiento que él realiza en esas ciento veinte páginas, es el descubrimiento del lenguaje de La Habana, que él tiene que aprender como si estuviera en tierra extranjera.

Y está, además, muy importante, el descubrimiento del sexo.

Para mí lo que es interesante en ese libro es que es una especie de versión fallida de Don Juan. Me interesaba mucho este personaje que fracasa siempre. La prehistoria de este libro se puede decir que nació de algo que me pareció absolutamente increíble desde el punto de vista de un viajero, y es que en España se había producido lo que se dio en llamar "el destape". Así, bajando por la Gran Vía, en Madrid, uno se podía cruzar con mujeres que vestían transparencias, a las que se les veían todos los pechos.

Entonces un editor de revistas argentino me pidió que escribiera un relato erótico, y a mí el único relato erótico que me salió fue luego uno de los capítulos de La Habana para un infante difunto. Entonces mi mujer me dijo: "¿Por qué tú malgastas todo eso mandándolo a una revista y no escribes algo en serio?".

Me di cuenta de que Miriam Gómez tenía razón y ahí empecé a hacer todo el resto del libro, que en ese momento tenía otro nombre, porque siempre necesito trabajar con un nombre cuando escribo. Así, cuando surgió el título actual, reescribí todo el libro.

Este título fue una elaboración totalmente inconsciente. A André Breton eso le hubiera gustado.

¿Puede leerse Tres Tristes Tigres como la arqueología de La Habana para un infante difunto?

No, T.T.T. es un libro que siempre pretende o quiere dar a entender que pretende una aspiración constante de oralidad. Si se hiciera un estudio bastante minucioso del texto, se demostraría que esto es falso, porque el texto se presenta en ocasiones como eminentemente escrito. Pero esta oralidad es falsa, esta exaltación de un dialecto es inútil porque, en realidad, todo es una gran construcción verbal. Se puede decir que nadie hablaba así en La Habana.

Es el autor el que está haciendo ver que la gente hablaba así. Esa es una lectura posible de T.T.T. Veo el libro no como algunos, que pretendían fuera el comienzo de algo, sino como el fin de mi relación con las posibilidades de la escritura dialéctica, y en ese sentido de dialéctico quiero decir. Además, hay una constante preocupación por una organización musical del texto.  Bien sea porque uno de los protagonistas del libro es un músico, bien porque uno de los grandes manes del libro es una cantante, siempre la música popular está presente en el libro y su exaltación es extraordinaria, cosa que no ocurre en La Habana para un infante difunto.

T.T.T. lo escribí porque una vez tuve conocimiento de una cantante popular que no era muy conocida y que solo cantaba en cafetuchos, hasta que finalmente consiguió hacer su debut en el cabaret de un hotel. Ahí cobró cierta popularidad, pero luego se fue a Puerto Rico y tuvo un accidente en el que murió.

Cuando me enteré que había muerto —yo la había conocido bastante— quise determinar hasta qué punto iba a caer en el olvido si no se concebía su persona como personaje. Entonces empecé a escribir esa parte que en Tres tristes tigres se llama Ella cantaba boleros —también el título de una novelita que publiqué aparte pero en realidad extraída de T.T.T.

Además, había ocurrido algo extraordinario que fue determinante para que yo me exiliara de Cuba. Me estoy refiriendo a la película que hizo mi hermano Sabá Cabrera: P.M. Entonces a mí se me ocurrió no solo tratar de recobrar para la literatura el personaje de Freddy, la cantante, sino también hacer una especie de versión literaria de P.M.

Eso fue lo que resultó el primer capítulo de Ella cantaba boleros, que se publicó en el 61 en La Habana, mientras yo estaba en una situación muy precaria, no económica, gracias a que mi mujer Miriam Gómez era una actriz que trabajaba bastante bien, lo cual me dejaba a mí como una especie de chulo del socialismo. Hasta que decidieron mandarme lejos de La Habana, a Bruselas —que era una especie de Siberia—. Y ahí yo continué la escritura de Ella cantaba boleros y alrededor de eso construí T.T.T.

¿Qué relación ha mantenido con Conrad, Nabokov y Borges?

Yo soy un gran admirador de Conrad, por lo que diviso fue una hazaña literaria. Conrad era un hombre de una enorme valentía personal y es curioso que estos tres escritores mencionados sean escritores de un gran coraje, tanto personal como intelectual.

Conrad lo que hizo fue, después de haberse embarcado en muchas aventuras físicas, se embarcó en una última aventura, que es la aventura del lenguaje. Cómo él llegó a conquistar el idioma inglés, que es un idioma desordenado, caótico, con más excepciones que reglas. Yo nunca me lo explicaré. Porque, además, él comenzó muy tarde, él no tenía una base inglesa, de haber aprendido inglés cuando niño como Nabokov, y Conrad lo hizo admirablemente.

Su inglés no es que sea impecable, es un inglés creador. A mí no me interesa si él comete faltas o si hay frases que no son gramaticalmente correctas, eso es lo de menos. Faulkner está lleno de incorrecciones gramaticales, eso no interesa para nada a la literatura. La gramática es una cosa, la literatura es otra.

Pero no puedo decir que Conrad haya tenido en mí una influencia, porque mayormente la de Conrad es una literatura de aventuras y hacia el final de su vida es una especie de literatura introspectiva que va a recordar algo que él rechazaba profundamente: el alma eslava.

Él decía con toda razón que no era ortodoxo, que era un polaco y que era católico en vez de ortodoxo. Pero, sin dudas, Bajo la mirada de Occidente parece formar parte de la novelística eslava, y a mí francamente este tipo de novela no me interesa para nada.

Otra cosa que yo echo mucho de menos en Conrad es su sentido del humor. No tiene ninguno, no existe para él, se toma terriblemente en serio. Por el contrario, Borges y Nabokov son escritores, sobre todo el último para quienes el humor es primordial y más que nada esencial.

El humor de Borges es más sutil, más difícil de apreciar cuando él esta hablando en serio de cuando está hablando en broma, y aún sus pretensiones metafísicas son en últimas una broma. El Aleph es toda una gran broma, y no hablemos de Borges cuando escribe los cuentos policíacos junto con Bioy, los cuentos o problemas de Parodi. El hecho mismo de escoger el nombre Parodi para el personaje principal indica sus intenciones paródicas.

Yo mediría las influencias de Borges en mí en unas cosas muy voluntarias. Además de préstamos de ciertas fórmulas borgianas. Por ejemplo, entre hacer esa distinción entre el uno y el mucho, y que finalmente se prueba indistinguible, como en "cantaron varios pájaros al alba o tal vez cantó uno muchas veces". Eso es una construcción que yo aprendí de Borges. Igualmente de Nabokov, pero me doy cuenta de que cualquiera de los dos se horrorizaría ante la lectura de mis textos, les espantaría la buscada vulgaridad.

Borges dijo que él era indigno de Conrad…

Borges siempre tiene esas actitudes de modestia que, bien examinadas, se muestran como falsa modestia. Yo estoy seguro de que él íntimamente no se encuentra indigno de ningún escritor del siglo XX. Él podrá encontrarse indigno de Shakespeare porque todos nos encontramos indignos de él, pero no estoy seguro de que se encuentre indigno, por ejemplo, de Nabokov, a quien yo tiendo a considerar como mejor escritor que Conrad.

En Nabokov hay una conciencia del lenguaje, hay un uso de la parodia, un uso de ciertos recursos retóricos tomados como un gran grano de sal. Pero a mí realmente lo que me interesa en Conrad es su gran triunfo en el aspecto literario, cómo él logró imponerse en una sociedad absolutamente extraña, y una sociedad que en esa época era realmente enemiga muy de los extranjeros.

La prueba de esto es que Eliot escribió un artículo sobre Conrad; Eliot, un americano que se anglicanizó voluntariamente de una manera decisiva, fue a ver a Conrad y se sorprendió de que él tuviera un acento polaco muy fuerte, al extremo de que él no podía entender casi lo que Conrad decía. Y no olvide que Eliot se había convertido en un inglés absoluto, no se podía distinguir su ascendencia americana. Lo mejor de la visita de Eliot a Conrad es esa anécdota que le repito.

¿Qué relación hay entre Rayuela y Tres tristes tigres? Alguien me dijo que Cortázar conocía y utilizó para esa novela su libro Un oficio del siglo XX, del cual también surge Tres tristes tigres

Bueno, yo no tengo evidencias de eso, yo no puedo acusarlo de semejante uso. Lo único que tengo es el conocimiento de Cortázar no como escritor. Yo conocí a Cortázar en el año 62 porque amigos habaneros lo habían conocido en Cuba e insistían en que yo lo conociera… Y cuando lo conocí él no había publicado Rayuela. Entonces yo sí le lleve un ejemplar de Un oficio del siglo XX y a él le gustó bastante y me dijo: "¡ah, que bien estas colecciones!". Y me mencionó dos o tres autores que han hecho semejantes sacos para meterlo todo, pero yo creo que en ese tiempo ya Rayuela estaba en la imprenta, o por lo menos terminada.

No creo, como usted afirma, que no haya leído Paradiso, la novela de Lezama Lima…

Le puedo confesar que yo leí exactamente diez páginas de Paradiso y la encontré absolutamente impenetrable. Sin embargo, yo soy un gran lector de la poesía de Lezama y ésta aparece citada muchas veces en La Habana para un infante difunto, versos enteros. Recientemente he escrito un largo ensayo sobre Lezama Lima y Virgilio Piñera, una biografía a dúo, se titula Vidas para leerlas

¿Cuál es su relación con los clásicos griegos y romanos?

En mi época de estudiante tenía un grupo de amigos que eran verdaderos salvajes. Recién estaba en tercer año del bachillerato y sólo me interesaba el béisbol y mirar a las muchachas, aunque no tenía acceso a ellas porque eran muy distantes. Además, era mi primera experiencia en una escuela mixta, ya que yo venía de una escuela pública que en esa época sólo eran de varones o de chicas. Y, por otra parte, yo era muy debilucho, flaco, poco atractivo, o sea que no solo había una distancia afectiva sino también física, porque las chicas a esa edad ya son mujeres. En el bachillerato yo era un buen estudiante pero en realidad un pésimo oyente de clases, yo me leía el texto un poco antes de entrar al examen y como la mayor parte de los estudiantes lo regurgitaba todo en la mañana del examen. Pero un día estaba en una clase de literatura clásica con un profesor que era un hombre extremadamente afectado y hasta distante, un poco amanerado al hablar, y empezó a hablar de Ulises y llegó a la parte en que Ulises regresa a Ítaca y de cómo solo es reconocido por su perro, Argos, quién al reconocerlo muere.

Entonces yo tenía un perro muy inteligente —yo siempre he tenido perros—, yo era un gran amante de los perros, y a mí me conmovió profundamente este relato y fue para mí un verdadero cambio de vida. Ahí fue donde yo empecé a interesarme por la literatura.

Fui a la biblioteca y pedí La Odisea, me la leí completa. Me leí también La Ilíada que me pareció, contra muchas opiniones contrarias un libro inferior a La Odisea. Es decir, a mí no me interesaba nada Aquiles. Me parece un personaje repulsivo, lleno de ira, un ejemplo de héroe negativo. Pero Ulises me pareció un héroe extraordinario, me gustó mucho su astucia y su relación con dos o tres mujeres del libro, concretamente con Nausíca y con Circe y menos interesante con Penélope, porque Penélope representa la vida doméstica, y allí empecé a leer.

La Ilíada me pareció un libro abrumador, en el sentido de la violencia extraordinaria que había.

¿Cuál sería la relación entre Tristán e Isolda, Trópico de Cáncer y La Habana para un infante difunto?

Yo no puedo hablar de Trópico de Cáncer porque nunca lo he leído. Pero es interesante que señale lo de Tristán e Isolda, porque es una leyenda que me interesa profundamente.

Yo me he leído casi todo lo que hay sobre Tristán e Isolda, inclusive me compré antes de venir para acá un libro que no he terminado de leer. He viajado a los sitios donde supuestamente se desarrolla la leyenda, donde todavía se conservan los nombres celtas de la época donde se supone ocurrió. Para mí es una de las grandes invenciones literarias y míticas de Occidente, además hay citas textuales en La Habana para un infante difunto de Tristán e Isolda.

¿Y Durrell?

Yo nunca había leído El Cuarteto de Alejandría, entonces cuando terminé La Habana… tuve la curiosidad de saber exactamente qué había hecho él con respecto a Alejandría…

Terminemos entonces hablando de Kavafis…

Para mí Kavafis es hasta ahora, y faltan todavía veinte años para que termine, el más grande poeta del siglo. Sin nada de todas esas citas de Eliot, a escondidas o después, hechas explícitas al final. Sin nada de toda esa serie de trucos malos de Ezra Pound… Y así podríamos seguir revisando poetas más o menos importantes, que en realidad no lo son. Lo son, simplemente, porque los ha impuesto la cultura anglosajona, pero no porque sean realmente poetas importantes.

Además yo te diría a ti que yo detecto un gran tufo de fraude en Ezra Pound, y Kavafis, por ejemplo, es un poeta que yo me imagino que será un poeta aún más extraordinario en griego, pero es un poeta que vence las traducciones. Yo lo he leído en inglés, lo he leído en español. Déjame decirte que hay una traducción lamentablemente no continuada, del escritor catalán Joan Ferraté, al español, que es mucho mejor inclusive que la traducción de la señorita Dalven al inglés y que incluso Kavafis alcanzó a aprobar personalmente.

Entonces hay una especie de abismo que se salva por el puente de la poesía entre Kavafis y la mayor parte de los lectores, que es su homosexualidad, la condición verdaderamente declarada de homosexual del autor. Es decir, no hay nada de los disfraces de otros escritores. Yo quisiera, ojalá que hubiera una verdadera influencia de Kavafis en La Habana para un infante difunto, porque ése si que yo creo es el poeta de Alejandría, y que Durrell es el falso cronista de Alejandría.