Domingo, 25 de Septiembre de 2016
19:34 CEST.
Teatro

«Mi vida en Ecuador: suena a título de libro»

En la década de los 90, cuando parecía que el país se esfumaba debido a aquella brutal hambruna que el Estado dio en llamar Período Especial, el teatro en la Isla floreció. Parece un contrasentido pero ocurrió así, por diversas razones que trataremos de explicar (en éste y otros trabajos venideros) a través algunas de las voces de los propios actores y directores diseminados hoy por la geografía mundial, incluyendo la Isla.

El teatro para niños, sin temor a equivocarnos, tuvo entonces su mejor momento por número de obras y de compañías. El talento, como suele suceder en situaciones adversas, no se quedó con los brazos cruzados. Más allá del legendario grupo del Guiñol Nacional, surgieron miniequipos de trabajo acorazados por un gran proyecto que remaba en espacios no convencionales: Juglaresca Habana, dirigido por el fallecido maestro Bebo Ruiz.

Pero había más en este ámbito: infinidad de festivales autofinanciados por los consejos provinciales de Artes Escénicas; una Cruzada de títeres itinerantes en las montañas de Guantánamo; un espacio permanente en el ruinoso Mejunje de Santa Clara (ciudad que tiene además su Guiñol de antaño). En fin, el hambre se mitigó de cierta manera con espectáculos en el que participaban padres e hijos.

Uno de estos actores itinerantes —por la esencia de su trabajo— fue Luis Enrique Chacón, excelente manipulador de muñecos. En 1995, con solo 22 años, obtuvo el Premio Segismundo de Manipulación en el  Festival Nacional de Monólogos y Espectáculos Unipersonales. Fue toda una revelación para el mundo de las tablas, pero lo que mucha gente no sabía era que Luis Enrique, natural de La Habana, manejaba títeres en plan muy serio desde los 11 años.

Con unos cuantos años más encima, Luis Enrique Chacón, como muchos artistas cubanos, vive fuera de la Isla. Está afincado en Ecuador, donde ha fundado una familia y donde lo reconocen, además de como titiritero, como reportero de televisión. Reciclado por la vida y contento por continuar realizando lo suyo, accedió a conversar con DIARIO DE CUBA.

¿En qué año emigras de Cuba y por qué?

En agosto del 2004 recibí una invitación de la dirección de Educación de Los Ríos, provincia en Ecuador, en la ciudad de Quevedo. Como actor-titiritero comencé a viajar desde el 95. Viajé cuatro veces a España, tres a México, viajé a Honduras y Argelia. Realmente, al llegar a Ecuador, nunca pensé en quedarme.

Quevedo era un pueblo raro para mí. La primera noche que llegué de la mano de una amiga que es como mi madre ecuatoriana (Ruth Corrales, profesora muy reconocida en Quevedo), nos acompañó una patrulla de policía porque el barrio era zona roja, y yo sorprendido, ya instalado en mi habitación, como a las tres de la madrugada, sentí un tiroteo que me asustó y dije: "Me están echando de aquí".

A la semana, me ofrecieron que ayudara en una escuela para crear y desarrollar el área de artes, así que no lo pensé y acepté. Fue muy confuso ya que no veía opciones titiriteras como en otros países. Sin embargo, no era difícil legalizarme.

¿Por qué me quedé? Bueno, realmente en Cuba tenía un techo, pero quería explorar otras zonas más complejas, como el audiovisual. De hecho lo hice, pero fue bien costoso. Quería hacer teatro de luz negra y era cada vez más difícil, así que no lo dudé. La propuesta de la escuela fue interesante.

¿Qué ha significado para ti perder tu público natural, el público cubano?

Esta pregunta retumba en mis sentidos. Creo que todo artista cubano siempre cree que sigue en Cuba con su público… Pero fue duro perder esa retroalimentación que yo tenía en Cuba.

En Ecuador pasa algo raro, y es que no hay muchos espacios para los títeres. Por suerte, mis espectáculos siempre han tenido una comunicación bastante internacional, pero, cierto, no hay esa motivación que te deja un púbico como el cubano.

¿Cómo ha sido tu vida profesional en Ecuador, país de destino?

Mi vida en Ecuador… Suena a titulo de libro. Soy un tipo con suerte. Aquí he impartido clases de teatro, de títeres; luego trabajé como profesor en el Instituto Técnico Superior de la Televisión (ITV). Aquí anduve de la mano de Leopoldo Morales, quien fuera mi profesor en Cuba y compañero en Okantomí. Él me preparó para las clases, ya que se trataba de actuación para la televisión.

Con la esposa de Morales, Nitsy Grau, directora en el canal nacional Ecuavisa, trabajé en  tres novelas, y en el 2006 llegó un casting que cambió mi vida y me convertí en reportero televisivo.

Claro, le aclaré a los productores: "Oigan yo soy actor, no periodista". Pero ellos querían que mi personaje fuera un reportero aventurero en un programa matutino, El club de la mañana, en RTS (Red de Telesistema), el primer canal de Ecuador. Así que recorrí este país, me gané muchos corazones y hasta perdí mi nombre.

Pasé a ser El Cubano. Mis reportajes eran musicalizados con piezas cubanas, desde X Alfonso hasta Polo Montañez. Pero el reportero fue perdiendo espacio debido a la aparición de un personaje que me inventé, un títere, llamado Clodomira Filatelia Isabel de la Caridad del Cobre, La Clody.

En el año 2008, por desacuerdos con el productor, decidí retirarme. En el 2009 cambiaron de productor y me reclamaron otra vez con La Clody y regresé, pero solo estuve hasta finales de noviembre. Porque mi esposa traía un embarazo complicado, ya no vivíamos en Guayaquil y tenía que viajar tres veces por semana. Así que decidí retirarme definitivamente.

De regreso en Quevedo, fui director del grupo de teatro de la Universidad Técnica Estatal. Con esa compañía estrené Dodó, espectáculo de luz negra. Allí estuve hasta diciembre de 2010, cuando decidí tomar un año sabático y revisar mi vida.

Como ves, mi vida no ha ido tan mal, pero me falta el teatro, el día a día del titiritero. En cambio, tengo experiencia en negocios, algo de lo que ni remotamente conocía. Y, si todo sale bien, este año me voy con mi familia a vivir a Alemania, un nuevo reto. Estoy estudiando el idioma. Ahora mi sueño es presentar El panadero y el Diablo en alemán, con la esperanza de recobrar mi labor titiritera.

Allá está mi hermano, que es bailarín clásico, Ordep Rodríguez Chacón.

El teatro para niños en Cuba, en los años 90, llegó a tener incluso una fuerza mayor que el teatro dramático, en el momento en que tú ejercías como titiritero. ¿A qué crees que se debió esa fuerza?

La fuerza y el auge del teatro para niños creció gracias a la dura vida y la crisis en Cuba. A partir de los años 92 y 93 los creadores empezaron a mirar el teatro de otra manera, con más ingenio, más fuerzas, más deseos. Quizás la vida cotidiana hacía que la gente no fuera al teatro, pero los niños estaban en cualquier parte.

Los titiriteros empezamos a recorrer los llamados espacios alternativos. Cualquier espacio era ideal para una función de títeres, y aclaro, no estábamos descubriendo nada. Simplemente fue una necesidad y la maldita circunstancia del agua por todas partes.

Es más, te voy a confesar algo que nunca he dicho: ¿sabes por qué me hice titiritero? Yo estaba en Okantomí y habíamos montado El Principito, con Jaqueline Arenal. Augusto Blanca hizo la música. Estaban Aracelis Rodríguez, Anita Rojas, entre otros, bajo la dirección de mi gran maestra Martha Díaz Farré (Rirri), y nos hablan de un viaje a España. Pero al final solo se fueron Jacqueline y Augusto, y el resto no viajamos por las razones de siempre. Entonces me dije: "Si quieres conocer el mundo, haz algo solo".

De ahí nace El panadero y el Diablo. Claro, no fue fácil: muchos kilómetros caminados de El Vedado a Centro Habana, de casa de Pedro Valdés Piña a casa de Rirri…

¿Tienes noticias de cómo está el panorama del teatro para niños en la Isla?

En este momento no estoy muy empapado del panorama cubano, salvo por lo que puedo leer en la prensa y algunos amigos, pero más o menos siguen los mismos grupos. Creo que esa euforia del 90 no fue a más.

¿Sigues siendo básicamente un pasacalles? ¿Cómo es el oficio de un pasacalles?

Ese término viene de espectáculos que se representan en la vía pública, pero en movimiento. En Europa es muy común ver espectáculos de pasacalles, con zancos, títeres grandes y acróbatas.

En el teatro de títeres, el termino juglar se remonta al artista callejero, digo artista porque eran trovadores, poetas, titiriteros, cómicos, magos. Pero yo tuve la suerte de beber de las experiencias de Pedro Valdés Piña, que está reconocido como uno de los pioneros de los titiriteros juglares en Cuba.

El pasado diciembre hice una función después de casi dos años sin actuar con mis títeres, y fue el día en que mi hijo cumplió dos años. Lo mejor de esto es que he estado al lado de mis hijos y mi esposa todo este tiempo, pero pronto estaré de vuelta con los títeres.

¿Tienes alguna formación académica o te formaste básicamente con el grupo Okantomí, dirigido por Pedro Valdés Piña?

Ciertamente, mi formación se la debo a Okantomí. Desde los 11 años estuve vinculado al grupo y luego estudié actuación en el Escuela Nacional de Instructores de Teatro (ENIT). Yo fui un caso raro. Según el gran maestro Armando Suárez del Villar, yo era raro, ya que era estudiante y al mismo tiempo estaba en plantilla del grupo. A mí me evaluaron como actor de primer nivel por dispensa del ministro de Cultura y mis compañeros aún no se habían graduado de la escuela de arte. Por eso considero que mi escuela es Okantomí.

¿Cómo recuerdas tu etapa de La Estrella Azul, la compañía que fundaste en Cuba junto a la actriz Gretel Roche?

Si Okantomí fue mi escuela, La Estrella Azul fue mi confirmación. Juglaresca Habana y Bebo Ruiz me dieron la oportunidad de crear en su equipo, ya que La Estrella Azul  fue inicialmente un proyecto en Juglaresca.

Fue una época de amores y desamores en la vida y en lo profesional. Más de 3.000 funciones completadas con El panadero… Recorrer Cuba en giras, festivales, amores, amigos, viajes, premios. El panadero…,Chimpete, La república del caballo muerto, Alita, Historias de A y B, con Gretel Roche, quien era mi esposa entonces…

A ella le debo mucha dedicación y carácter en el teatro. Es una excelente actriz, que vive ahora en Quito.

El panadero y el Diablo, de Villafañe, es tal vez el título que más te identifica, por la complejidad de representar tú solo dos personajes profundos, la lección que transmite esa fábula, el desdoblamiento vocal, y cierto doble sentido que jugaba con nuestra perdurable situación nacional: la eternización de alguien en el poder. ¿Hay otro título con el que te identificas más?

El panadero… es mi primer espectáculo como solista y con el que obtuve muchos premios y reconocimientos. Es mi bandera, mi carta de presentación, pero además una obra que motivó el análisis por el contexto en que se presentaba.

En Cuba era vista con agrado, y en ciertos sectores como un ejemplo de humildad y compañerismo (un pan a cada vecino, ni uno menos ni uno más). En otros sectores, era vista como un acto atrevido y arriesgado por situaciones de la escena, porque el Diablo siempre tienta al panadero con cosas prohibidas al cubano. Incluso el Diablo le ofrece una caballo al panadero y éste dice: "¿Un caballo?".

Una vez leí un artículo en una revista argentina que daba a entender que esta obra se hacía para adoctrinar a los niños. Lo cual, lejos de molestarme, me encantó, ya que enriquecía el nivel de lecturas de la obra.

Nunca nadie me censuró en Cuba, pero sí hubo quien me preguntó si yo estaba loco.

Claro, ahora tendría dudas sobre mi personaje preferido. La Clody, esta cubana, me sacó de quicio, no por estar en la televisión, sino por las ocurrencias en un programa en vivo y diario. Con este títere me identifique mucho, era como mi lado femenino. La Clody parecía lesbiana.

Finalmente, ¿por qué te resulta atractivo trabajar para niños?

Unos años atrás habría respondido que los niños son el mejor público, el más sincero, el más agradecido. Hoy, que soy padre, agrego que los niños son lo más grande que una persona puede tener en la vida.