Sábado, 1 de Octubre de 2016
20:32 CEST.
Cine: Hollywoodenses

'Una separación', 'Shame': una realidad inseparable

No olvidar que el tema de Una separación (o La separación de Nader y Simin, en el original farsi) es el deseo de salida definitiva. "Separación" quiere decir aquí "dejar Irán", y Simin (Leila Hatami) quiere divorciarse, no de su marido, sino de su país.

La escena inicial del juzgado, donde se decide su derecho a separarse, se diluye después en el proceso judicial y moral del divorcio. Nos enfrascamos en la esclerosis del anciano padre de Nader (Payman Moaadi); en el aborto de Razieh (Sareh Bayat), la mujer contratada para cuidar al viejo; en averiguar si Razieh hurtó o no, si Nader la empujó escaleras abajo. Nos conmueve el prematuro desengaño de Termeh (Sarina Farhadi), la hija adolescente de la pareja. Pero Una separación es sobre todo el testamento de los que se van.

Los problemas que acarrea en Irán semejante decisión son múltiples. Nader no tiene corazón para dejar atrás a su padre, que sufre de demencia senil, y Simin se ve obligada a refugiarse en la casa de su familia. Termeh está en el medio. Razieh, que es la cuidadora del viejo, entra en un círculo vicioso, se introduce por necesidad en una situación sin salida. El anciano se mea, desvaría, se escapa; Razieh va tras él. Tiene que bañarlo, torearlo, salir a buscarlo. Así la atropella un auto y pierde un embarazo. Regresa a casa, amarra al viejo al raíl de la cama y va a ver al doctor.

Cuando Nader y Termeh regresan, encuentran al enfermo maniatado. La mujer niega lo sucedido. Nader la empuja, la echa de la casa. Ella lo acusa de la pérdida del hijo. Viene el careo delante del juez. Aparecen entonces el Estado paternalista y el absurdo legalismo islámico.

De Mahoma a Manhattan

Mientras tanto, en Manhattan, Brandon Sullivan (Michael Fassbender) sufre de erecciones múltiples provocadas por un excedente de salud, de testosterona, de desesperación, de dinero.

La "crisis", representada aquí en interiores de rascacielos y de oficinas con vistas a otros rascacielos, es más existencial que financiera: Fassbender es el hombre nuevo de la Gran Recesión en desnudo frontal, sorprendido en plena acción: Shame no está lejos de las campañas electorales que lanzan puñados de lodo contra los candidatos, y que destapan la más burdas aberraciones, solo que en este caso se trata de la depravación del inversionista, del banquero y del mánager de portafolios.

Fassbender es un Bad Lieutenant en la sede de Goldman Sachs, un Bartleby en tratamiento de Viagra (y ¿no es ésta la versión triple equis de The Office, según Steve McQueen?). La hermana, Sissy (Carey Mulligan), viene a completar el cuadro. Cantante a destajo en un bar del downtown, la aspirante perpetua que adorna a cualquier familia, el arte por el arte es su espejismo. Cuando las acciones comienzan a caer y los fideicomisos pierden su valor, queda la pregunta: ¿quién es la puta, el banquero o la bolerista?

Este hombre clave de la era de Obama —el abominable homo obamiensis— carga una deuda que pesa como una culpa. Ha alcanzado el éxito, que consiste en un sueldo astronómico y en un nuevo desprecio por el dinero, pero el bienestar no le produce más que vergüenza. Nunca estará lejos de la caricatura, nunca lejos de David Fisher (James Badge Dale), dechado de descaro y de mal gusto, el aceitoso personaje que gestiona la firma donde trabaja Brandon. 

David Fisher es la estampa del triunfador irredento, y es el hombre a quien Barak Obama dirige sus jeremiadas: él es el "uno por ciento", el que hace millones desde una computadora portátil (mientras que Obama zapateaba las calles de las grandes ciudades en busca del último creyente).

Contraponer estas dos visiones: por un lado el chador, la mano sobre el Corán, el aborto y la moralina musulmana de la república "disoluta" de Irán, que los islamistas consideran una oveja descarriada; y por el otro, la neurastenia del riesgo capitalista.

Falta algo, en ambos casos, y es la vergüenza. En un último intento desesperado por salvarse, Razieh se doblega ante ella, pero solo como apotropaica, como remedio mágico contra el poder del maligno. Si Razieh miente, si tergiversa lo sucedido y acepta el dinero de Nader y Simin, Satanás se llevará a su hija. Dos vergüenzas, contemporáneas y contrapuestas, dos dineros y dos pagas: las dos caras de Lucifer se presentan en pantalla, yuxtapuestas, en Teherán y en Manhattan.

Sin salida

Separación quiere decir "escape". Hay un conato de fuga y Simin se transa por ir a vivir a la casa de sus padres. Pero el caos la llama, la atrae con la gravedad de los acontecimientos: es imposible escapar del hogar. Las causas de su huída (el país, la situación, el futuro de la hija) van mutando y adoptando diversas perspectivas: Una separación es un ensayo en casuística islámica. Si el país no puede cargar con la culpa, la vergüenza deberá recaer sobre el individuo: Una separación es también un whodunit.

El deseo de emigrar queda temporalmente suspendido, dudado y traspapelado desde la primera escena. A partir de ahí los sucesos ahogan el deseo original, o lo vulgarizan y lo vuelven irreconocible. ¿Adónde ir? Olvidamos que ese primer impulso desencadena todo lo que viene después, que el caos personal usurpa el lugar del malestar público, que chantajea a las conciencias en favor de una solución negociada. Olvidamos que Simin quiso romper los lazos que la ataban a Irán y vemos únicamente las secuelas de su decisión.

Por su parte, Brandon Sullivan es el hombre que se ha separado de todo y al que solo le queda su sexo. De Simin a Sissy y de Nader a Brandon, dos realidades transitan por la pantalla, y podemos desplazarnos de una a otra con la misma mirada. Todo se sucede ininterrumpidamente: la lógica del presente es global. La nueva conciencia, exportable, transportable, se ha movilizado: It’s a movable crisis. Tampoco puede hablarse de un cine verdaderamente independiente, pues el arte depende hoy de una realidad inseparable.