Viernes, 15 de Diciembre de 2017
22:48 CET.
Entrevista

'Casa de las Américas' contra 'Mundo Nuevo': los años 60 a debate

Radicada desde 1998 en Brasil, Idalia Morejón Arnaiz (Cuba, 1965), ensayista, escritora y profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de São Paulo es, ya, desde hace un tiempo, una de las voces autorizadas en la discusión sobre los años sesenta en Latinoamérica. No solo porque su libro Política y polémica en América Latina (Ediciones de Educación y Cultura, México, 2010) sea lo único que se ha editado entre nosotros sobre el tema, sino, porque sus ensayos, muchos de ellos en otras lenguas, han ido abriendo un espacio de lucidez sobre ese momento donde más que la revolución cubana o los movimientos de liberación por todo el continente, lo que estaba en juego era un paradigma intelectual y político. Paradigma que hasta ese momento había tenido muy pocos precedentes en Latinoamérica (si exceptuamos algunos de los nombres del siglo XIX), y donde al compromiso total exigido por la izquierda radical más rancia, habría que sumarle el debate fallido, la manipulación, la censura, el miedo... Idalia, quien también es autora del libro de ensayos Cartas a un cazador de pájaros (Letras Cubanas, La Habana, 2000) nos hace llegar, desde las pausas que le permiten su nuevo libro sobre exotismo y literatura en América Latina, sus respuestas.

Los años sesenta estuvieron marcados por dos maneras "fuertes" de entender el campo cultural latinoamericano. Una de ellas tipificada por la revista Mundo Nuevo, dirigida por el ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal, desde París, y la otra, Casa, por el poeta cubano Fernández Retamar, desde la Casa de las Américas, en La Habana. Si tuvieses que definir grosso modo ambas revistas, ¿cómo lo harías?

Tanto Casa como Mundo Nuevo pueden ser consideradas revistas institucionales no solo por razones obvias de financiamiento y difusión de políticas culturales que siguen los parámetros de sus instituciones (la Revolución cubana para la primera, el Congreso por la Libertad de la Cultura y el Instituto Latinoamericano de Relaciones Internacionales para la segunda), sino también por la heterogeneridad de sus discursos, donde el enfoque oficial convive en determinadas épocas con las prácticas personales de sus directores.

Además, ambas revistas trazan sus líneas discursivas amparadas en conceptos de cultura diferentes, por tanto sus ideas de intelectual se enfrentan en lo ideológico. Mientras que Casa ve la cultura en América Latina como un agente transformador de la vida social (el arte como reflejo de la sociedad), Mundo Nuevo privilegia una idea liberal de cultura, según la cual la fuente universal de producción cultural es la expresión individual.

En tu libro dices que la relación entre discurso e institución en ambas revistas estuvo marcada además de por el discurso oficial que cada una representaba, por el saber y el carisma de cada uno de sus directores. En el caso de Casa, representante además del discurso ideológico de la Revolución cubana, ¿dónde comienza y dónde termina la mano de Retamar? ¿Pudiera hablarse de una empatía entre el discurso institucional del régimen cubano y el discurso político-literario que Fernández Retamar quiso promover desde la revista?

La empatía es total. Fernández Retamar, inclusive, publica en el número 46 de la revista Casa una crónica que relata su encuentro con el Che Guevara en un avión que volaba a La Habana desde Praga, y en la cual el cubano expresa su satisfacción de poder decirle al Che que ya contaban con la publicación que la Revolución tanto necesitaba: "Hablando de publicaciones, le mencioné lo conveniente que sería que Cuba contara con una revista donde se pudiera publicar textos polémicos que no comprometieran al gobierno ni al Partido […] Cuando, algún tiempo después de volver a Cuba, la compañera Haydée Santamaría me ofreció dirigir esta publicación, le escribí enseguida al Che para decirle que ya teníamos esa revista" (p. 47).

Sin duda es Fernández Retamar quien da inicio a los movimientos más politizados y radicales de la publicación en ese momento. Además, el discurso literario se modificó con la inclusión del enfoque documental, que terminaría rindiendo frutos, hoy canónicos, con la instauración del testimonio como género literario en el Premio Casa de 1970.

Casa y Mundo Nuevo, tal como enuncias en algún momento de Política y polémica..., representan a su manera y en su momento "conceptos de cultura diferente". Conceptos que estaban más o menos cerca de la ideología y más o menos cerca de la literatura. ¿Pudieras extenderte más sobre esto? ¿Cuáles eran los puntos de encuentro y desencuentro de ambas maneras de representar el espacio intelectual latinoamericano?

Esas revistas traen, en primera instancia, un interés por lo continental que no aparece diseñado como proyecto en sus predecesoras. Desde sus títulos, Casa y Mundo Nuevo se amplifican, se abren al continente de maneras diferentes, contrario a las imágenes locales de las revistas que se centran en el valor de construcción de lo nacional, aunque sin comprometer su identificación con lo foráneo.

Casa y Mundo Nuevo se construyen a partir de modelos periódicos cuyas poéticas y políticas serían retomadas o negadas durante los años sesenta. En principio, las imágenes de intelectual que reproducen son antiguas y no se encuentran restringidas únicamente a las publicaciones que las antecedieron. En buena medida, estas revistas reformulan la idea de intelectual, y el libro insiste en mostrar qué existe de renovador en ellas, qué elemento nuevo traen a la literatura latinoamericana.

Dando por sentado que ambas revistas realizan "desde su propio territorio" un particular aporte al debate intelectual latinoamericano, ¿dónde radicaría entonces para ti su falla? ¿Logran superar Casa y Mundo Nuevo a revistas como Orígenes, Contemporáneos, Sur o Ciclón, predecesoras ilustres de las antes mencionadas, y a la vez, renovar el contexto literario que heredaron en ese momento?

En principio, ni Casa ni Mundo Nuevo se desligan del afán modernizador que caracterizó tanto a las revistas y grupos que las precedieron, como a sus contemporáneas de izquierda.

Las formas de mecenazgo, que saltan de las fortunas familiares al patrimonio institucional, son fundamentales para estas publicaciones, y en ese sentido se diferencian de sus predecesoras.

Ahora bien, el universalismo, la traducción, la construcción de una alta literatura, continúan siendo paradigmas ideoestéticos válidos. Desde luego, no es lo mismo una revista de los años sesenta que una de los años treinta o cuarenta. Orígenes privilegia la poesía, por ejemplo, y Ciclón la narrativa. Mundo Nuevo apuesta por el experimentalismo, Casa es más clásica y al mismo tiempo diferente de todas las demás.

La inserción en Occidente es esencial en Mundo Nuevo, pero en Casa es el latinoamericanismo y el tercermundismo.

Entre las cosas que sorprenden a un interesado en los años sesenta, es que Casa no aceptara el/los discursos de los estructuralistas franceses y del New Criticism producido en Estados Unidos. Si tenemos en cuenta que tanto estructuralistas como newcríticos se catalogaban como marxistas y que cada uno de estos movimientos influyó en una suerte de  revolución conceptual que por lo menos en apariencia hubiese encajado muy bien en el discurso-de-revolución que Casa en estos años promovía, ¿cómo es que estos discursos no se ven reflejados en la revista? ¿Crees existía ya una política cultural en Cuba que clasificaba como sospechoso todo lo que no hubiese sido producido desde la dicotomía capitalismo/socialismo en y para América Latina?

Cuando revisamos los catálogos de las editoriales hispanoamericanas de finales de los sesenta e inicios de los setenta, o la bibliografía incorporada a los estudios académicos por esas mismas fechas vemos que Roland Barthes, por ejemplo, era una de las referencias centrales para el análisis literario. Sin embargo, en Cuba no tuvimos ni una sola de sus obras publicada. Si por un lado el estructuralismo llegó a Casa a través de colaboraciones de Gérard Genette o en reseñas de las teorías de Tel Quel, lo hizo escoltado por textos marxistas de Adolfo Sánchez Vázquez y de Romano Lupperini, cuyo objetivo era "comprobar la incapacidad del método estructuralista —en particular el lingüístico aplicado a la obra literaria— para liberarse de las propias aporías de fondo y alcanzar un real conocimiento del objeto artístico".

Así, la revista trabaja con las críticas al estructuralismo sobre la base de que éstas  funcionan como obstáculos ideológicos para el "idealismo" de las corrientes estéticas surgidas en la época del capitalismo tardío, y expresan su repudio político al universalismo, frente a la preeminencia del latinoamericanismo y del tercermundismo.

De hecho, Casa registra al estructuralismo como muestra de actualización teórica fundamentalmente para connotarlo de forma negativa, como "método interpretativo primermundista", producto del pensamiento de una sociedad que había convertido los beneficios de su desarrollo en un antihumanismo. Esta perspectiva alienta la creación de un nuevo modo de relacionarse con la herencia occidental, y culmina con la redacción del panfleto Calibán, de Roberto Fernández Retamar.

Hablando de Calibán. ¿Crees que aún puede ser aprovechado el libro de Fernández Retamar? ¿Dice algo aún este "relato", después de cuarenta años de haber sido editado por primera vez y haber sido tan manoseado a lo largo del tiempo por su autor?

A los intelectuales que continúan preocupados con el tema de la identidad latinoamericana, con el postcolonialismo, sin duda les dice mucho. A lo largo de cuarenta años su autor lo ha ido "revisitando" para garantizarle vigencia ante los cambios políticos globales y, en ese sentido, ha conseguido hacerse de un cortejo realmente espectacular.

A pesar de que Fernández Retamar afirma en la primera versión de Calibán que la motivación primera de su ensayo fue la polémica Casa-Mundo Nuevo, lo considero apenas un documento que trata de cancelar el debate ideoestético de los años sesenta.

Por otra parte, su esfuerzo genealógico no hace más que perpetuar a los grandes pensadores americanos del siglo XIX, como Rodó y Martí, a un espacio de subalternidad que ha sido la garantía de su éxito.  

Pensando que la primera época de Mundo Nuevo, la que dirigió Rodríguez Monegal, solo duró de 1966 a 1968 y, esto es muy poco tiempo para consolidar cualquier canon que una revista quiera promover, ¿qué idea de literatura fue la que intentó mostrar desde sus páginas la revista? ¿Pudiera pensarse que la literatura que publicita Mundo Nuevo desde París continúa siendo una apuesta por la tradición y las identidades cerradas, tal y como a grosso modo la entendía Casa, o es otra cosa?

Bien, es justo recordar que en la década del sesenta la revista Casa vivió sus años más fértiles en términos canónicos. Recuerda que a su Comité Editorial pertenecieron entonces Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa; que desde ella Ángel Rama articuló una de las primeras proyecciones de la nueva novela como conjunto; al tiempo que la revista promovió a tiempo completo la literatura de enfoque documental. Ahora bien, cuando pensamos en el tema de la identidad, efectivamente, el latinoamericanismo es utilizado para justificar el radicalismo político del momento y, sobre todo, para atacar el gesto comedido de Emir Rodríguez Monegal, quien no perdió nunca la perspectiva de que la nueva novela hispanoamericana era ante todo un proyecto literario y cultural. En sus manos, Mundo Nuevo es un instrumento de la crítica, por eso se encuentra tan bien estructurada, es tan coherente y tan sostenida en su política editorial.

Existió entre ambas revistas además de una guerra ideológica, muy a tono con la guerra fría del momento, una guerra también literaria, de escrituras e ideas sobre las diferentes formas de hacer literatura. ¿Cómo y bajo qué géneros se reflejó esta guerra en ambas revistas?

Los debates crítico-literarios de las revistas latinoamericanas de los años sesenta se sirvieron de los textos producidos por debates similares, ocurridos en la Europa de posguerra, y suscitados por la emergencia de textos literarios de carácter testimonial. O sea, existe un marco en el cual ya se venía debatiendo intensamente la literatura a partir de lo político-ideológico.

Ambas revistas están al tanto de las discusiones sobre el realismo y el formalismo a mediados de los años sesenta y, al mismo tiempo, viven en sus respectivos contextos conflictos similares, ante los cuales se posicionan de manera oblicua. Por ejemplo, en el número 26 de la Casa, número antológico por estar dedicado a la nueva narrativa hispanoamericana, al mismo tiempo que se publicita a un selecto grupo de escritores y de escrituras, sostenidas en parte por la fuerza y el prestigio crítico de Ángel Rama, los debates de los escritores cubanos sobre el compromiso en la literatura se proyectaban a través de voces extranjeras autorizadas, como Alain Robbe-Grillet, Juan Goytisolo o Italo Calvino.

Mundo Nuevo se sirvió mucho menos de estos recursos, pues justamente uno de sus puntos fuertes con relación a Casa fue publicar extensas entrevistas que son verdaderas piezas del pensamiento estético-literario de ese período. Allí los cubanos Severo Sarduy y Guillermo Cabrera Infante aparecieron por primera vez como escritores maduros, con pocas obras escritas, pero ya con una contribución absolutamente consistente y articulada a la literatura de la lengua.

Y en Casa el testimonio fue fundamental, porque a través de él "la Revolución" comunicaba sus triunfos, y ninguna voz podía ser más apropiada que la de los milicianos, campesinos, poetas-milicianos, mujeres emancipadas, soldados de la patria. Entre las múltiples ediciones temáticas de Casa hay dos de profundo carácter épico-histórico: la que narra los episodios de Playa Girón y la que relata detenidamente la campaña de alfabetización.

Luego están los textos que desacreditan a los escritores que viven en el exilio o que, siendo antiguos amigos de la Casa de las Américas, habían optado por distanciarse. Con esto quiero decir que se trató de una relación de dominación lógicamente agónica, lo cual hace que estos episodios sean a menudo motivo de interés para los investigadores de las dinámicas culturales latinoamericanas de los años sesenta. Pero además, Casa y Mundo Nuevo también se sirvieron de los editoriales y de las escrituras íntimas, como las cartas y los diarios, y en sus páginas finales contaban con su respectiva sección de misceláneas, a través de la cual también ventilaban asuntos de carácter literario o político-ideológico.

Una de las polémicas más sonadas entre ambos espacios fue sin dudas el del caso Neruda. Caso que años después Retamar ha reconocido como instigado directamente por la dirigencia de la Revolución cubana para desestabilizar al Partido Comunista Chileno, en ese momento partidario de otro tipo de izquierda (una menos agresiva, digamos); a su vez, para instaurar de una vez por todas la fenomenología antinorteamericana que según el Estado cubano era la única válida que podía defender un intelectual "nuevo" en el "nuevo" contexto que se estaba desarrollando en Latinoamérica. ¿Cómo fue que la revista de Rodríguez Monegal reflejó y defendió entonces su parte en este caso? ¿cuáles argumentos a favor y en contra se manejaron?

Como te decía, una de las formas de interlocución explotadas por las revistas fueron los editoriales, las cartas y los diarios. En el caso de Mundo Nuevo, su director Emir Rodríguez Monegal optó por registrar su participación en los acontecimientos relacionados al caso Neruda en el "Diario del PEN Club", publicado en la revista en octubre de 1966.

La participación de Pablo Neruda y Carlos Fuentes en el XXXIV Congreso del PEN Club provocó, inmediatamente, una reacción de condena entre los cubanos, que firmaron una "carta abierta" contra el poeta chileno, mientras que las declaraciones de Fuentes, entonces convencido de que entre todos acababan de enterrar a la Guerra Fría en literatura, fueron ampliamente criticadas y debatidas en una mesa redonda habanera protagonizada por los miembros cubanos del Comité de Colaboración de la revista Casa: Ambrosio Fornet, Lisandro Otero, Graziella Pogolotti, Edmundo Desnoes...

El punto de vista de los cubanos, basado en la imposibilidad de llevar adelante cualquier tipo de intercambio o diálogo entre escritores de diferentes creencias políticas, así como la actitud hostil hacia los que ratificaron desde dicho congreso su "independencia de espíritu", motivó que Mundo Nuevo también buscara nuevas opciones para extender el debate con los cubanos, colmando el espacio público con las formas de lo íntimo.

El Congreso del PEN Club le rindió a Mundo Nuevo cinco textos diferentes esparcidos a lo largo de tres ediciones, en las que Rodríguez Monegal recorta para sus lectores los momentos de reflexión más importantes del evento, o reseña las reacciones de la prensa a favor o en contra de la participación de las lumbreras del boom en dicho evento.

Sin embargo, las polémicas entre ambas publicaciones son anteriores a este momento, preceden incluso a la existencia de Mundo Nuevo, y en ellas participaron tanto Rodríguez Monegal como Fernández Retamar, Ángel Rama, y buena parte de la constelación literaria del Boom. La lucha por los colaboradores fue intensa, y me ha sido posible contarla con todos los detalles posibles, gracias a la correspondencia sostenida por estas figuras con Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y César Fernández Moreno, entre otros.

Casa ha tenido varias épocas, algunas menos desafortunadas que otras. Para ti, como estudiosa del discurso que desde sus inicios la institución cubana ha manejado, ¿cual considerarías su época más fructífera? ¿Se ha modificado la "inteligencia" literario-ideológica de Casa según los años?

Sin dudas son los años sesenta los que más frutos han rendido a esta publicación. El contexto nacional e internacional fue fundamental para la producción de textos político-literarios y para la institucionalización de géneros discursivos que hoy, como ya he dicho anteriormente, constituyen formas literarias canónicas, sobre todo dentro de los estudios culturales y postcoloniales.

El testimonio literario y el uso de formas privadas de escritura, como los diarios y las cartas, tomaron cuerpo en las páginas de Casa mucho antes de ganar notoriedad académica y editorial. Mientras tanto, el discurso ideológico de la revista no ha sufrido modificaciones sustanciales, ya que continúa utilizando el mismo lenguaje y apelando a idénticas maniobras de desestabilización de cualquier agente cultural que represente algún tipo de peligro para su movilidad internacional.

Por otro lado, el paradigma ideoestético de la izquierda latinoamericana no se ha modificado sustancialmente, por tanto la revista aún tiene garantizada su recepción. De la revista que en 1971 se permitió publicar tanto el discurso autopunitivo de Heberto Padilla como las declaraciones finales del Congreso Nacional de Educación y Cultura, a la que en la actualidad recoge las más variadas formas de revisionismo ideológico, la diferencia es mínima, y obedece apenas a los breves estremecimientos que el pasado aún provoca entre los intelectuales.

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