Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Opinión

Otro paseo por El Puente, con nuevos transeúntes

Para mí, uno de los acontecimientos editoriales más destacados del año recién concluido fue la aparición de Ediciones El Puente en La Habana de los años 60, un volumen publicado en enero de 2011 en Chihuahua, México, que contiene una compilación realizada por Jesús J. Barquet, profesor cubano en la Universidad Estatal de Nuevo México (Las Cruces).  El libro recoge casi todos los poemarios que salieron a la calle en Cuba con el sello de El Puente entre 1961 y 1965, así como una antología que nunca llegó a circular, pues estaba en imprenta cuando las Ediciones fueron clausuradas: Segunda novísima de poesía cubana, preparada y prologada por el poeta y dramaturgo José Mario, quien había fundado el proyecto de El Puente en 1961 con Isel Rivero y lo había codirigido ulteriormente con Ana María Simo. 

Además, la compilación se abre con dos estudios críticos de especialistas en el tema, Silvia C. Miskulin y María Isabel Alfonso, seguidos de siete extensas "glosas" que el propio Barquet escribió.  En lo que a mí respecta, el libro reproduce el texto completo y revisado de mi primer cuaderno de poemas, Acta, que publiqué en El Puente en 1962, así como la antología Novísima poesía cubana, de la que fui coautor, la cual salió el mismo año por esa editorial.

En otros sitios he elogiado la minuciosa labor que realizó Barquet para su compilación.  Mi opinión al respecto es conocida; pero no está de más reiterar aquí que, a mi entender, se trata de un trabajo altamente cuidadoso y meritorio de investigación histórica, tanto cultural como social, y constituye un gesto saludable y necesario de justicia literaria hacia los autores de mi generación que, como yo, publicaron en El Puente y se sintieron excluidos, censurados y frustrados cuando el gobierno cubano decidió de facto cerrar esa editorial.  A partir de esa clausura, muchos de nosotros padecimos un clima de desconfianza y hostilidad que nos afectó destructivamente y nos impidió volver a publicar en nuestro propio país (en mi caso, seguí escribiendo, sobre todo poesía, pero mi siguiente libro no apareció hasta 1987, cuando yo vivía exiliado en Nueva York, y recoge parte de mi producción inédita de esos 25 años).

Colaboré con Barquet en determinados aspectos de su labor, sobre todo para refinar la valiosa evocación que él hace en sus "glosas" del ambiente cultural de La Habana en esos años.  Le di información sobre determinados hechos de los que entonces fui testigo y lo asesoré en la interpretación de esos datos, pero (como es lógico y beneficioso que pase) no estoy de acuerdo con ciertos enfoques o planteamientos que él hace en dichas "glosas" y no comprendo ni puedo elogiar la avenencia festiva que él ha mostrado ante representantes del establishment cultural de La Habana a raíz de la salida de su libro sobre El Puente.  

No es mi propósito en este trabajo entrar en tales enjuiciamientos ni detalles, pero pondré un ejemplo de nuestras discrepancias en cuanto al comentario de los textos: creo que en su "Glosa 4" él exagera la importancia de La conquista dentro del conjunto de la obra poética de José Mario, pues en mi opinión éste no escribió ingenuamente los poemas de ese volumen para expresar una presunta pasión por la llamada poesía "revolucionaria", sino con intención sardónica y como alarde estilístico.  Me comentó una vez que quería demostrarle "a la Buchaca y sus cofrades" lo fácil que era escribir versos de tono político bastante aceptables (se refería a Edith García Buchaca, quien ocupaba un alto puesto en la dirección de los asuntos culturales de Cuba en esa época, quería aplicar en nuestro país las políticas del estalinismo y había sido militante del Partido Socialista Popular, PSP, la agrupación comunista que existió a nivel nacional antes de la llegada de Fidel Castro al poder). 

Traté mucho a José Mario en esos años, y al caracterizar su obra no podemos olvidar un aspecto fundamental de su personalidad: le encantaban la sátira, la burla, la ironía, y menospreciaba el engolamiento y los esquemas estéticos preconcebidos.  La crítica literaria tiene el deber de reflejar esos contextos.

Mi objetivo en el presente texto es exponer mi asombro, y de paso mi leve inquietud y mis reservas, ante la reacción (o más bien "revuelo") que la labor de Barquet y la aparición de su compilación han ocasionado dentro de la Isla.  En torno a la labor que él desplegó durante años para editar y organizar dicha compilación y como reflejo a la investigación contenida en los estudios incluidos en esa obra, en diversos círculos relacionados con la literatura en Cuba se ha despertado un súbito interés por los escritores de nuestro grupo y por algunas de sus obras.  Algo realmente insólito, pues ocurre al cabo de 50 largos años durante los cuales el castrismo patentizó menosprecio, fingido desconocimiento o abierto prejuicio y condena hacia El Puente y sus autores. 

Revuelo por El Puente

En ese revuelo se ha llegado a hablar de "rescatarnos", expresión que me suena exagerada y me hace sonreír, pues de pronto imagino que el barco en que escapé del país con gran alivio en 1980 por el puerto de Mariel naufragó sin que yo lo notara y en realidad me he pasado 31 años pidiendo auxilio en medio del océano, temiendo una muerte por asfixia... (Por las dudas, aclaro que sé nadar bastante bien).

Por diversas vías me han llegado indicios del interés que hay ahora en ciertos predios de Cuba por re-examinar El Puente.  Algunos protagonistas de esa dinámica me parecen talentosos y relativamente bien informados.  Hace poco me encontré a uno de ellos aquí en Miami, un crítico cubano llamado Alberto Abreu, que vive en la Isla y andaba de visita, quien me dejó la impresión de estar genuinamente intrigado por lo ocurrido con El Puente; ha escrito ya algunos trabajos bastante acuciosos y pertinentes sobre determinados aspectos de la literatura publicada en las Ediciones. 

También he descubierto que en ese interés participan algunos de los "puenteros" que residen en la Isla y han logrado sobrevivir allí como escritores (al decir "puenteros" me apropio de un término que Barquet acuñó en sus "glosas" para designar a los escritores publicados por El Puente).  Por ejemplo, he sabido hace poco que un grupo de esos "puenteros" quiere editar una antología con las obras de teatro que salieron en las Ediciones y tengo entendido que entre los autores incluidos están Gerardo Fulleda León y Eugenio Hernández, dos destacados dramaturgos de nuestro grupo. 

Más recientemente, en el portal cibernético oficial La Jiribilla (Año X, Nº 550, 19 a 25 de noviembre de 2011) apareció un dossier acerca de El Puente y sus autores, entre los cuales hallé un hermoso texto de Georgina Herrera, en que ella expresa con gracia y genuina humildad lo que le aportó la experiencia de haber publicado su primer poemario en El Puente.

Aparece también en ese portal una entrevista con Fulleda León, en que éste habla de sus vivencias con el grupo de las Ediciones y describe determinados episodios y disyuntivas con sincera emotividad y acierto, pero alude asimismo a otros hechos que en mi opinión no recuerda con nitidez o no quiso entregar con mayor precisión.  No me puedo extender para comentar todos los materiales incluidos en el dossier mencionado, pero su aparición muestra a las claras que el revuelo a que aludí anteriormente está cobrando magnitud.  Por lo cual es conveniente observarlo y estudiar sus características.

De entrada, la intención de dar a conocer en Cuba a ciertos "puenteros" puede considerarse normal si se llevara a cabo con propósitos bibliográficos exhaustivos y desprejuiciados. La exploración del contenido de esas obras, aunque muy tardía, puede resultar útil, pero solo si se efectúa a plenitud, sin medias tintas, en un ambiente de libre enunciación y debate, y si se acepta el carácter aún vigente, dialéctico y complejo del quehacer de una amplia mayoría de esos autores.  En cambio, me parece que dicho examen se está realizando en el interior de Cuba con demasiada cautela y limitaciones. 

Capto en casi todos los estudios y comentarios muchas de las viejas restricciones que los pensadores han mostrado en los medios oficiales de la Isla cuando deciden que ha llegado el momento de "asimilar" hechos problemáticos del pasado.  En la mayoría de esos trabajos he notado un instinto neutralizador, tal vez instintivo, que tiende a encasillar la historia de El Puente dentro de un esquema aséptico desde el punto de vista político y a considerarla un incidente curioso del pasado cultural de la nación, un pequeño desastre innegable, pero concluido y disecado. 

Es obvio que ni yo ni otros "puenteros" del exilio tenemos interés en que nos apliquen amables procedimientos de taxidermia mientras aún estamos vivos; tal vez por eso el interés por El Puente dentro de la Isla adopta características necrológicas y se manifiesta con mayor despliegue cuando el escritor estudiado ha fallecido, lo cual posibilita obviamente que el análisis se efectúe como un ejercicio forense (algo muy similar ha pasado anteriormente con otros escritores cubanos fallecidos que no se asimilaron al régimen, como Virgilio Piñera y Gastón Baquero, entre otros).

El más notable de esos muertos es, desde luego, José Mario, quien pasó más de tres decenios en el exilio de Madrid padeciendo enormes dificultades económicas y privaciones de todo tipo, lo cual no impidió que en esa ciudad siguiera escribiendo y publicando, ni que fundara y mantuviera un nuevo sello editorial, las Ediciones La Gota de Agua, ni que sacara decenas de números de la revista Resumen literario El Puente, en los que acogió la obra de incontables poetas y narradores de talento, con el apoyo moral y la ayuda monetaria de un puñado de exiliados cubanos solamente.  Valga apuntar que, durante ese largo tiempo, ningún crítico residente en Cuba, y desde luego ningún representante de la cultura oficial cubana, prestó atención a su existencia ni le dio respaldo ni aliento.

Y ahora me dicen que en la Isla tienen la intención de publicar "un inédito" de José Mario… ¿qué se resuelve con eso?  Durante sus años en Madrid, José Mario publicó varios textos esclarecedores sobre lo que le había ocurrido en Cuba y sobre las Ediciones El Puente.  No tantos trabajos como él hubiera querido, pero sí los suficientes para dejar definidos los aspectos fundamentales de esa historia (tal vez quería salir al paso de posibles recuentos tergiversados que se pudieran hacer en el futuro). También comenzó una novela sobre su encierro en las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), de la cual publicó varios capítulos en los que describe los malos tratos recibidos en esos campamentos.  Y muchos de los aspectos que inquietan ahora a los investigadores literarios residentes en la Isla los aclaró el propio José Mario en La verídica historia de Ediciones El Puente, La Habana, 1961-1965, un ensayo publicado en Madrid  en 2000 (Revista Hispano Cubana, Nº 6).  Barquet cita y analiza ese texto en sus "glosas", pero su libro no se ha distribuido al público general dentro del país.

No creo que en las actuales circunstancias políticas imperantes en Cuba se pueda realizar realmente un desagravio a la memoria de José Mario, pues entre otras rectificaciones obvias que sería necesario realizar previamente, para eso habría que reeditar también en la Isla, sin mutilaciones, todos esos materiales que él mismo nos dejó y reproducirlos ampliamente, no en publicaciones especializadas, sino por vías a las que la población en general tenga acceso.  Y no creo que eso vaya a ocurrir en un futuro cercano.

Limitaciones de los 'rescates'

Los esfuerzos que se están realizando en Cuba en relación con El Puente, por meritorios que puedan ser en el plano de la historia de nuestra literatura, no devolverán por sí solos la continuidad ni la salud al fluido cultural de la nación ni a la conciencia limpia de lo ocurrido.  Ninguna cantidad de "rescates" de obras censuradas en el pasado y ningún blanqueo de tumbas de autores que fueron menospreciados y condenados durante decenios podrán normalizar por sí solos esa continuidad; hace falta mucho más.  El trauma nacional tiene dimensiones mayores, y por tanto requeriría acciones más abarcadoras y completas.

En relación con este asunto cabe recordar las palabras que escribió el gran poeta polaco Czeslaw Milosz en su libro El pensamiento cautivo en 1953, poco después de haber roto con el gobierno comunista de Varsovia: "Mi ruptura no ha dejado en mí ese odio que proviene con frecuencia del sectarismo y del hecho de renegar.  Que el destino haya querido que yo permaneciera pagano hasta el final de mis días no quiere decir que no pueda procurar entender lo mejor posible la nueva fe (…).  No obstante, entender aquí no significa perdonarlo todo".

No se pueden pasar por alto las repercusiones destructivas que la clausura de El Puente tuvo en muchos de los integrantes del grupo, los cuales a partir de ese momento fueron excluidos cruelmente de la vida cultural del país (por obra y gracia de las mismas estructuras que aún están vigentes, aunque se muestren maquilladas o adornadas). 

Las huellas de aquellos hechos son profundas, y muchas de ellas imborrables.  No fue un incidente ocasional que se pueda resolver únicamente con la publicación de algunos textos ni con expresiones suaves de salón en el sentido de que se acabó el conflicto y todos somos hermanitos y la bruja no existe, etc.  No, aquellos hechos dejaron una marca mucho más trascendental y grave.  Por eso creo que no es en las obras ni en su difusión (tardía, valga subrayarlo) donde radica la solución del problema.

En los trabajos sobre El Puente escritos en Cuba por autores que viven en la Isla siempre se quedan cosas por decir o hay aspectos que se revelan a medias, en un lenguaje nebuloso, ambiguo, en que abundan las referencias veladas.  Por lo general, los ensayistas e investigadores que permanecen en el país y se han acercado al tema expresan el deseo de restablecer la continuidad de la memoria literaria de aquellos años, pero utilizan frases y giros indirectos para no mencionar a los verdaderos responsables, como si todo hubiera sucedido por obra y gracia de fuerzas intangibles. Y lo cierto es que los hechos ocurrieron en virtud de estrategias concretas de carácter político, decisiones autoritarias de intención represiva y excluyente que fueron adoptadas a conciencia por la cúpula gobernante y fueron aceptadas y aplicadas, e incluso defendidas públicamente, por determinadas personas de menor jerarquía en las estructuras del poder (muchos eran meramente funcionarios, pero hubo también figuras del ambiente literario y artístico que ocupaban posiciones destacadas y se sumaron a los ataques). 

No se puede "sanear" nada en la cultura ni la vida de ningún país si los que examinan la historia insisten en hablar en clave, con frases indirectas y sin mencionar nombres concretos. Lo que necesitan la cultura cubana y el resto de la vida del país para reemprender su desarrollo natural y recuperar su energía auténtica es, primero, poner fin a la dictadura castrista y liberar la nación de la camisa de fuerza impuesta por ese régimen a todas las formas de expresión y conducta (incluidas las actividades y las aspiraciones políticas, económicas y sociales). Y segundo, es imprescindible realizar un enfrentamiento pleno y exhaustivo con la verdad colectiva en su totalidad.  Hay que exorcizar todos los fantasmas y revelar sin tapujos todos los aspectos de la opresión que los cubanos hemos padecido desde 1959 y que están vigentes en la memoria de cada cual. Cada cual tiene que decir su propia verdad, sacarla a la luz, para que el aire pueda empezar a limpiarse.

Enfrentar la verdad colectiva es un ejercicio de responsabilidad histórica ineludible, como ha pasado en países como Sudáfrica, Liberia y El Salvador, donde las comisiones nacionales de reconciliación política se han ocupado primordialmente de exponer también públicamente los abusos cometidos por los individuos, para restablecer el equilibrio o la continuidad en la memoria de la nación. 

Hasta ahora, nadie en Cuba ha hecho ningún "mea culpa" por lo ocurrido con El Puente, nadie ha considerado necesario emitir una explícita disculpa.  Han sido solamente los propios autores y estudiosos los que han empezado a hablar, aislada y tímidamente.  Sé muy bien que muchos de los que aplicaron las políticas represivas contra nuestro grupo han pasado a mejor vida, pero ni siquiera esos muertos culpables se mencionan, ni se les atribuye ninguna responsabilidad por lo sucedido.

'Puenteros' de ayer y de hoy

Ese mutismo con respecto a los verdaderos culpables de la represión contra El Puente es mucho más sorprendente ahora, cuando en otros sectores de la realidad cubana se están escuchando voces individuales y colectivas que, por el contrario, han empezado a manifestar claramente su descontento, designando sin tapujos a los responsables de la situación. 

Es evidente que en la Isla se están produciendo ahora ciertos "aflojamientos" marginales en lo que respecta a la expresión disidente y las actividades ciudadanas (dentro de lo que muchos llaman la "sociedad civil").  Esos aflojamientos en las herrumbrosas estructuras de control de la información que han estado vigentes allí durante los últimos 53 años son aún muy esporádicos, distan de constituir una evolución política profunda de las instituciones y los mecanismos para el ejercicio del poder, pero están creando palpablemente espacios respirables cada vez más firmes en determinados medios de comunicación, como las bitácoras digitales, los videos independientes, las agrupaciones alternativas, etc.

Los ejemplos abundan.  Recientemente, en una entrevista de dos horas divulgada por Estado de SATS (un proyecto alternativo de intercambio de opiniones y debate que, para mi gran asombro, logra mantenerse activo en Cuba desde hace cierto tiempo), un ex dirigente estudiantil de 26 años de edad llamado Eliécer Ávila, con asombrosa elocuencia de tribuno y lucidez admirable, desmontó los fundamentos abusivos de las estructuras imperantes en el país y pidió abiertamente un cambio de sistema, la instauración de un orden democrático que le permita a su generación participar en el futuro de la nación. 

Por su parte, la bloguera Yoani Sánchez, desde su meritoria bitácora Generación Y,  lleva largo tiempo describiendo con aguda inteligencia las arbitrariedades que se padecen en la existencia cotidiana y ha merecido un sólido reconocimiento internacional.  Hay numerosos activistas que la han imitado y han abierto sus propias bitácoras (entre ellos Claudia Cadelo, Dagoberto Valdés y Orlando Luis Pardo Lazo) o están expresando su insatisfacción con el status quo por otras vías, entre ellas la música popular, sobre todo en los grupos de rap, o mediante los conductos digitales, como los mensajes de la red Twitter, e incluso en manifestaciones callejeras (como la que tuvo lugar recientemente en el Parque de La Fraternidad de La Habana, a gritos de "¡Libertad, libertad!"). 

Especial mención merecen por supuesto las Damas de Blanco, que se han enfrentado valerosamente a los agentes represivos del gobierno y han seguido realizando sus ejemplares manifestaciones de resistencia civil pacífica, a pesar de haber perdido hace poco a Laura Pollán, su inolvidable fundadora. 

Todo eso, como sabemos, ha sido en gran parte consecuencia del acceso a las tecnologías de la información, que muchos ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, pueden ahora aprovechar con agilidad. En particular, el uso de celulares está permitiendo la entrada por vía digital en algunas redes sociales que facilitan la divulgación casi instantánea de noticias y fotos.

Sorprende que el gobierno haya abierto esos espacios.  Tal vez los círculos del poder en Cuba (mayormente asociados a los cuerpos militares) piensan ingenuamente aún —y en esto me atrevo a especular— que el pensamiento disidente y la expresión ocasional del descontento, dentro de cierta dimensión limitada y vigilada, nunca afectarán medularmente el control que esos círculos ejercen sobre el funcionamiento del Estado ni provocarán un estallido en amplios sectores de la población y mucho menos un cataclismo que ponga en peligro a la cúpula gobernante y le arrebate los medios de acción política. Solo el tiempo dirá si esos círculos del poder centralizado se equivocan o no.

Pero me interesa hacer ahora un peculiar paralelo: sé muy bien que se trata de circunstancias diferentes en otros aspectos, pero en términos de actitud ante el poder excluyente los activistas y blogueros de hoy en día actúan parecido a nosotros en los años 60, por instinto de supervivencia como intelectuales y como ciudadanos, aplicando ese arrojo y esa energía que caracterizan a los jóvenes honestos y apasionados en cualquier parte y en cualquier época.  Se merecen ampliamente el título de nuevos "puenteros".  Se están enfrentando, no sólo en la expresión artística sino también en otros muchos campos decisivos para la evolución del país, a obstáculos muy similares a los que tuvimos delante los escritores agrupados en El Puente en los años 60.

En su momento, el mensaje y el reclamo fundamentales de las Ediciones El Puente fue muy similar al de esos jóvenes activistas y blogueros de hoy: era un esfuerzo instintivo y espontáneo de un grupo de intelectuales y creadores de muy corta edad por hacerse oír, por manifestar su presencia y dar a conocer su obra artística, y a través de ella sus criterios humanísticos, estéticos, sobre la justicia social, etc., para así efectuar un aporte a la vida del país y conseguir que la acción de los gobernantes tuviera en cuenta sus necesidades y opiniones. 

Nos considerábamos con derecho a hacerlo, ya que todavía creíamos que los nuevos gobernantes habían llegado para crear un país más libre, más justo y más tolerante.

Por eso, los intelectuales y escritores de mi generación que han sobrevivido en la Isla durante todos estos años deberían ser más sagaces en este momento y sensibilizarse más resueltamente con el mensaje de esos jóvenes, para no cometer el mismo error que cometieron con nosotros los dirigentes del pasado, y para no respaldar ni amparar el error que ahora están cometiendo los integrantes de la gerontocracia castrista ante las nuevas generaciones, ante esos nuevos "puenteros" que surgen a diario en Cuba y piden ser escuchados y atendidos. 

En lugar de aferrarse al orden establecido, los miembros de mi generación que vivieron conmigo la triste saga de El Puente deberían abrir sus oídos a ese grito de exigencias que están dando los jóvenes de ahora y apoyarlos en el reclamo de sus derechos y en sus aspiraciones a participar en los asuntos de la nación, para que todos nos libremos del actual estancamiento. 

En vez de afanarse por acomodar la memoria cultural del país dentro de los bordes parcializados y estrictas omisiones que al poder castrista conviene mantener, destacando solo una porción de la verdad y echando una capa de silencio sobre los hechos menos defendibles o más oprobiosos, esos viejos colegas míos de los tiempos de El Puente deberían, en cambio, escuchar muy bien lo que están diciendo los "puenteros" de hoy, que aún viven excluidos del proceso real de adopción de decisiones pero pugnan por convertirse en los futuros dirigentes del país.

 

Miami Beach, diciembre 30 de 2011