Sábado, 1 de Octubre de 2016
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Historia

Guillermo Cabrera Infante y los fusilamientos

Guillermo Cabrera Infante vuelve a pisar las calles de esa Habana que él retrató como nadie lo hizo antes ni lo hará nunca. El libro de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965), rescata al escritor, muerto en su exilio londinense en 2005, de la nada a la que el régimen había querido condenarlo desde que abandonara la Isla en 1965. La obra de esos jóvenes cubanos, adaptada de su tesis de grado (curiosamente escrita a dos manos) en la Facultad de Periodismo, es antes que nada un feliz ejercicio de memoria contra el olvido programado.

Ya era hora, después del libro de recuerdos de Tomás Fernández Robaina, Misa para un Ángel, sobre quien fuera su amigo, Reinaldo Arenas. Ambas obras han sido publicadas por las ediciones Unión, lo que, de antemano, determina que sus autores únicamente pueden expresarse dentro de ciertos límites, aquellos que el régimen de Raúl Castro determina por sí sólo.

En el caso de Sobre los pasos del cronista, premiado por la institución en 2009, esas barreras saltan rápidamente a la vista, por lo menos para los que han podido tener el volumen en sus manos (en lo que me concierne, gracias a un periodista amigo que viajó recientemente a Cuba).

Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco han tenido que esperar dos años para que su trabajo viera la luz, en el otoño de 2011. Esa demora hace sospechar que su contenido ha causado problemas. ¡Y cuántos! Con el título, primero: el que había sido anunciado inicialmente, Per(versiones) de Guillermo Cabrera Infante, un juego de palabras a la manera de GCI, no debe haber sido del agrado de las instituciones culturales, que prefirieron (¿impusieron?) algo más impersonal, relegando el nombre del escritor exilado al subtítulo (como si eso cambiara algo, como si la sed de conocimiento de la verdad por parte de los cubanos de adentro pudiera verse obstaculizada por tan burdo artificio). En ese sentido, este análisis de la obra merecería un estudio de su génesis, como en el caso de Tres tristes tigres, novela que había sido premiada en 1964 bajo el título de Vista del amanecer en el trópico, y que, una vez publicada en 1967, había sido profundamente modificada en su forma y en sus fines, pasando de ser una obra revolucionaria, con "viñetas" a la gloria de la guerrilla y del nuevo poder, a volverse todo lo contrario, un canto a la vida nocturna en La Habana de antes de 1959. ¡Seguro que el investigador se llevaría unas cuantas sorpresas al comparar lo elaborado antes y lo que finalmente llegó a publicarse!

Justificando el título definitivo del libro, sus jóvenes autores emprenden su recorrido "sobre los pasos" de GCI, partiendo del solar de Zulueta 408, magnificado en "La casa de las transfiguraciones", el primer capítulo de La Habana para un Infante difunto, monumental novela que vio la luz en 1979. La pareja de investigadores habla de un edificio derrumbado, dejando ver desde el inicio que La Habana de Cabrera Infante solo sobrevive gracias a sus escritos, y que la otra, la actual, no es más que un amasijo de ruinas.

"Esa Habana yo la he olvidado completamente", declaraba Cabrera Infante en entrevista. Es preferible olvidarla, en efecto, y quedarse con el esplendor (aunque fuera a veces el de la pobreza) de la que fue destruida. El libro no está centrado, sin embargo, en la visión del joven oriental que descubre por primera vez la capital ni tampoco en la de los "tigres" que la recorren en un carro convertible. Lo que analiza principalmente es la actividad de Cabrera Infante en tanto crítico de cine, bajo el seudónimo de G. Caín, antes y después de la toma del poder por Castro, luego como director de Lunes de Revolución para, finalmente, detallar sus actividades como protagonista de todos los debates culturales internos al poder. Y aquí, "olvida" lo que es, desgraciadamente, lo esencial: el papel de editorialista de Revolución (no de Lunes, que aún no existía) a partir de aquel nefasto 1° de enero de 1959.

El capítulo "Páginas vueltas" se abre con estas palabras: "Muy pocos recuerdan que a inicios de 1959, Guillermo Cabrera Infante fue designado delegado del ministro de Educación Armando Hart ante la Dirección de Cultura". Los autores, que se valen de cierta "exhaustividad" y que han tenido sin la menor duda acceso a todos los números del diario y de su suplemento cultural, no precisan que Revolución, dirigido desde el 8 de enero por Carlos Franqui, quien era entonces el principal propagandista del régimen, amigo íntimo de GCI y futuro disidente, muerto en su exilio puertorriqueño en 2010,anunciaba esa noticia el 17 de enero bajo el título: "Cabrera Infante, delegado en el Instituto de Cultura".

Tampoco subrayan que ese nombramiento fue consecuencia lógica de un artículo firmado "G. Cabrera Infante", publicado la víspera, 16 de enero, que defendía y justificaba los "ajusticiamientos" que se llevaban a cabo diariamente, alentando y provocando a que siguieran. El artículo en cuestión llevaba por título "Somos actores de una historia increíble", y en él se podía leer lo que todo el mundo, con el tiempo, quiso enterrar: "¿Es que la relevancia de los fusilados es tal que rebasa las fronteras y el océano? ¿Es que políticos perdidosos caen bajo las balas del pelotón de fusilamiento? Nada de eso. Es un simple caso de justicia, de la más elemental e inmediata. Los fusilados son connotados criminales; sus crímenes han sido cantados por ellos mismos; un pueblo de siempre sentimental no ha movido un dedo para impedir que sigan los ajusticiamientos; hasta los familiares de los ajusticiados saben que se obra con espíritu de honradez".

¿Acaso el autor les había ido a preguntar a los familiares de los fusilados si realmente creían en la "honradez" de sus verdugos? ¿Acaso les pidió alguna vez perdón a sus descendientes, una vez convertido en el mayor opositor a la tiranía castrista, a la que había servido con tanta furia mortífera? Lo peor es que esa diatriba tuvo un efecto inmediato: los fusilamientos fueron en aumento y no tuvieron fin. Durante décadas. Las palabras matan, tanto como las balas. ¿Les presentó el escritor exiliado alguna vez sus excusas a los hijos e hijas de los fusilados, a todos aquellos que Armando Lago, María Werlau y ahora Alexis Romay, al frente de "Archivo Cuba", han identificado uno por uno?

No es ése el único escrito de glorificación de la muerte o de justificación de las detenciones y de las depuraciones ni de alabanzas a Castro en su papel de verdugo que haya escrito Cabrera Infante, compitiendo en ello con las verdaderas apologías del crimen firmadas por Carlos Franqui, y eso hasta por lo menos 1961, después de la "invasión" fallida de Bahía de Cochinos, como en aquel terrible "La letra con sangre", publicado el 24 de abril de 1961: "…Quiero que mi testimonio sirva de condenación no solo a quienes fabricaron esta guerra desde el estólido Pentágono, la Agencia Central de la Imbecilidad o la sucia Casa Blanca, sino también a sus instrumentos: esos que noche a noche, en la televisión, han repetido hasta el más asqueante cansancio: 'Yo no tiré', 'No vine a matar', 'No soy culpable'.  Ahora quiero decir que sí son culpables y que de haber ganado —en la improbabilidad de todas las improbabilidades de que hubieran ganado— ahora estarían ocupados en la tenebrosa tarea de fusilar a pueblos enteros por el mero hecho de ser pueblos enteramente cubanos…"

Precisemos que los que fueron fusilados a sangre fría en aquel momento no fueron esos "pueblos enteros" sino anticastristas encarcelados anteriormente, como simple escarnio, así como unos cuantos integrantes de la Brigada 2506.

En respuesta a una pregunta sobre esos temas de un periodista de la Agencia France Presse, Raúl Zamora, GCI contestó el 21 de diciembre de 2001: "Yo no me arrepiento de nada sobre el periodo en que estuve apoyando a la revolución, lo importante es lo que hice después de salir de Cuba en 1965."  (El cable fue reproducido por Cubanet, entre otros medios.) No se trataba de que se arrepintiera, sino simplemente de que se explicara, ante los exilados y, sobre todo, ante los familiares de las víctimas. Después, no contestó más a ninguna entrevista sobre el tema. Prefirió refugiarse en el silencio.

El "mea culpa" tan esperado no aparece por ninguna parte en su antología de textos, Mea Cuba, que empieza solo en 1968, cuando GCI decidió romper públicamente con el castrismo, años después de sus primeros amores revolucionarios, ni en su novela póstuma Cuerpos divinos, ni tampoco figurará, sin duda, en la edición anunciada de sus Obras completas.

Los autores del libro publicado en Cuba aluden a algunos de esos textos pero no pueden citar los términos exactos porque son, todavía hoy, una terrible acusación no solo para quien los escribió sino también para quien lo mandó a escribir: Fidel Castro. 

Lástima que su estudio sea incompleto, porque Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco toman partido, natural y abiertamente, contra Fidel Castro, al subrayar en dos ocasiones las "contradicciones" de éste en sus manidas "Palabras a los intelectuales", y en múltiples oportunidades más. Los jóvenes investigadores han sabido, hasta donde podían, aprovechar los resquicios de "deshielo" en la Isla, como en otros lares lo lograron hacer un Alexander Solzhenitsin, un Evgueni Evtushenko o un Boris Pasternak.

Su libro no se limita al análisis de la producción intelectual (esencialmente periodística, en aquel entonces) de Guillermo Cabrera Infante. Indaga también en sus circunstancias personales y en la rivalidad extremada entre los jóvenes (y no tan jóvenes) de Lunes y los comunistas del antiguo Partido Socialista Popular, consistente en demostrar quién era más radical, entre los Lunes y José Lezama Lima, a quien condenaron al ostracismo hasta su muerte, entre GCI, Heberto Padilla y los redactores más jóvenes de El Caimán Barbudo, en pugna con sus mayores para ocupar el lugar más cercano al poder.

En el recuento minucioso de los autores, se nota cómo los rencores personales, cultivados durante años, encuentran su salida natural en una proyección política. La revolución, el comunismo, se vuelven el exutorio ideal para la realización de los instintos más bajos, ya sea fusilando, condenando a la cárcel o a los campos de trabajo, a los que no tienen la suerte de pertenecer al círculo dominante, el que ocupa provisionalmente las escalas más altas del poder, según los estados de ánimo y los caprichos de Fidel y de Raúl Castro.

El exilio de Guillermo Cabrera Infante fue el punto de partida de la represión salvaje y sin piedad contra Heberto Padilla y de la sumisión de  tantos más durante los años que vendrían. Los autores, en su "Colofón (nunca querido)", inician el camino para el estudio de esos movimientos subterráneos, sigilosos, ya que la mayor parte de las veces, los escritores cubanos, de dentro y a veces de fuera, se vieron reducidos a un prudente silencio. Algunos latinoamericanos, como los argentinos Julio Cortázar y Rodolfo Walsh, cayeron por su parte en la ignominia contra los que fueran otrora sus amigos.

A Elizabeth Mirabal y a Carlos Velazco les falta algo fundamental: una bibliografía. Cosa extrañísima en un trabajo universitario. O es que no pudieron consultar las principales fuentes (la mayoría o la casi totalidad, por supuesto, provenientes del exilio) o es que fue la condición sine qua non para poder publicar su libro en Cuba. A su favor, señalemos que algunos académicos del exilio también dejan de señalar los libros que les resultan molestos, como es el caso, desgraciadamente, de los autores de la introducción a la  edición "científica" de Tres tristes tigres, publicada por la editorial Cátedra en 2010.

La censura o la autocensura no se practican solamente en Cuba sino también en el exilio. Son tantos los que quieren ocultar su pasado, en lugar de reflexionar sobre él… Pero los escritos siempre acaban apareciendo porque la voluntad de saber de las jóvenes generaciones es infinita, tanto en un régimen totalitario como en el exilio que logró escapar de la tiranía.

 


Un libro del autor: El sueño de la barbarie. Los intelectuales cómplices de la dictadura castrista, aparecerá en 2012 en la editorial Atmósfera literaria.