Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (XX)

Mabel Cuesta: The Help (Criadas y señoras, Dreamwork Pictures, 2011) de Tate Taylor 

Una joven periodista (Emma Stone) decide dar voz a las criadas del pueblo de Jackson, Mississippi, en medio de la efervescencia de las luchas por los derechos civiles de los afroamericanos en los sesenta. Escribir un libro de testimonios en donde estas mujeres relaten los abusos a los que son expuestas en su vida laboral diaria, deviene obsesión para la chica, quien consigue rehilar su propia identidad como blanca y sureña a partir de los historias que de manera clandestina le son confiadas.

El magisterio repetido en la actuación de Viola Davis, la sin igual simpatía de una Octavia Spencer y la adaptación impecable que hace Taylor de la novela original de Kathryn Stockett serían en principio los ingredientes infalibles para la estocada a los sentidos que la película supone. Pero hay más.

A pesar de lo controversial que el filme ha resultado, especialmente entre las intelectuales y académicas afroamericanas que reclaman una cierta reincidencia en la imagen de la nana sumisa, entiendo este proyecto justo al revés. Y es que el modo en que se trazan las alianzas entre mujeres, sin importar los férreos balaustres de clase y raza entre los que sin duda permanecen atrapadas, deviene aquí puerta esperanzada a una nación que aún se duele y regodea en marginalidades y etiquetas diarias. The Help nos habla de un mundo aún desconocido pero posible. Un mundo en donde los hijos son educados, no por una madre biológicamente adjudicada, sino por una comunidad diversa y sólida gracias a sus diferencias. Nos recrea la historia de las silenciadas y expone "las tretas del débil", erigiéndolas en vencedoras absolutas. Se trata de mujeres que transforman, con un muy singular sentido del humor, el resentimiento en aprendizaje.

La frase-arrullo que repite el personaje Aibileen Clark (Viola Davis) a la niña que cuida —"you is kind, you is smart, you is important" ("tú es amable, tú es inteligente, tú es importante")— nos coloca de plano ante la sabiduría que habita la incorrección, la ayuda trascendente que nos brindan los invisibles. Ninguna lección fue en el 2011 más poderosa.

Milena Rodríguez Gutiérrez: La cinta métrica (Espuela de Plata, 2011) de Efraín Rodríguez Santana

Entre Schreber (el enfermo de paranoia sobre el que escribiera Freud) y Basquiat, el pintor negro norteamericano, se sitúa el personaje de esta excelente novela de Efraín Rodríguez Santana; un personaje que no es otro (o tal vez es precisamente muchos otros a la vez) que el poeta cubano Ángel Escobar.

Novela inquietante, hecha de fragmentos, que construye un monólogo de la locura y a la vez de una extrema lucidez ("explico el antes y el después de los sonidos", dice el Escobar del libro, un Escobar que escucha voces y más voces, a quien los poemas le llegan a menudo como dictados); novela de encierro, casi claustrofóbica, con una atmósfera de asfixia doble o triple (la del personaje y sus vidas, la atroz de la infancia y la imposible de la adultez; la de su minúsculo apartamento y la de su patológica relación amorosa; la de la Cuba descrita en el libro...); novela en la que son protagonistas los hospitales y los médicos; en la que abundan los medicamentos: tranquilizantes, neurolépticos, psicotrópicos; pero también los pequeños objetos y la poesía: un reloj de arena, una brújula, una cinta métrica que mide la duración de la vida... Un libro en el que, a pesar de todo, es posible sonreír al escuchar a psiquiatras y médicos de la familia intentando descifrar a un poeta, y a un poeta como Escobar.

Leía La cinta métrica y sin saber, sin haberlo conocido, pensaba que Ángel Escobar era así, tal como lo sentía respirar en este libro, uno de los libros que mejor me ha acompañado en el 2011.

 Nivia Montenegro: Vista del amanecer en el trópico de Guillermo Cabrera Infante y Cincuenta lecciones de exilio y desexilio de Gustavo Pérez Firmat

Quiero dedicar este breve espacio a dos libritos que no solo me cautivaron cuando los leí por vez primera, sino que han merecido el elogio de varias relecturas. Los reúno porque pesar de ser muy diferentes, ambos destilan desde la brevedad de sus páginas una delicada esencia poética que cautiva por su fragilidad en tono menor. Ambos constituyen también una especie de sendero luminoso de nuestro derrotero histórico: dos recreaciones en filigrana de cómo hemos venido a ser o a estar.

El primero es la edición original de Vista del amanecer en el trópico, de Guillermo Cabrera Infante, publicado en 1974. En 101 viñetas, Cabrera Infante recopila una violenta historia de la isla de Cuba enraizada en su geografía y desparramada tanto en versiones escolares canonizadas por la república como en puntos álgidos silenciados por el poder antes y después de 1959. Lo cautivante de este relato, que se remonta a esa época precolonial mitificada en nuestra conciencia colectiva y termina con las oleadas históricas del exilio del siglo XX, es cómo encarna el desgarramiento y las rupturas del acontecer histórico. El autor nos lleva de la mano (enguantada) a través de cinco siglos. Son brevísimos relatos que se constituyen en una especie de marginalia hecha de cicatrices sangrantes que supuran un elixir agónico. Esas viñetas que se muerden la cola encierran una lección magistral dada casi en silencio y desde el anonimato para animarnos a discernir la música extremada que solo puede escuchar quien sepa internarse en ese amanecer tropical de la isla.

El segundo es la edición original en español de Cincuenta lecciones de exilio y desexilio, de Gustavo Pérez Firmat, publicado en 2000, cuando el autor recién cumplía 50 años. Escrito como cincuenta capitulitos (que no capitulaciones) de su itinerario emocional, las lecciones se organizan como reflexiones sobre el ser y el estar, el aquí y el allá y sobre todo, el precario y vacilante umbral entre ambos.

Pérez Firmat sabe explorar como pocos los recovecos de ese paso de una cultura a otra, de un deslizarse entre dos lenguas o modos de ver el mundo, de ese tartamudeo agonizante y trashumante que encierran todos y cada uno de los exilios. En un viaje metafórico que encierra quizás un día, una vida, y muchas experiencias, el escritor se desnuda en este libro y se convierte en autor. Autor que recoge voces del desandar de los desterrados dondequiera que se encuentren y los convierte en eco de su propio aliento.

Con su acostumbrado regodeo de la palabra, el autor nos deja vislumbrar en estas especulaciones una lírica de la intimidad, del extrañamiento y hasta del rencor. Este libro se arma como una cópula de la elipsis existencial (jugando con una frase del propio autor) de Pérez Firmat en la que nos sentimos conjugados.

Tanto Cabrera Infante como Pérez Firmat mantienen una estrecha y apasionante relación con la historia y la palabra. Con sus 101 viñetas, G. C. I. nos enfrenta a un yo ausente, desgarrado por la Historia; con sus 50 lecciones, G.P.F construye un mapa errante a partir de sus vivencias y desavenencias. Ambos libros reclaman un lugar propio en una visión intimista de nuestra Historia.

Emilio García Montiel: Honrarás a tu padre (Alfaguara, 2011), de Guy Talese / Hiroshima (Bantam Books, 1979), de John Hersey

Dos de las más provechosas lecturas en el año que termina han resultado ser hitos periodísticos: Honrarás a tu padre (Honor Thy Father), editado originalmente en 1971 por World Publishing, e Hiroshima, aparecido en agosto de 1946 como número especial de The New Yorker. Ambos comparten el privilegio de haber dado a conocer, con magnífica hechura de relato, dos ámbitos prácticamente ignorados: Honrarás a tu padre es el primer libro de no ficción en retratar la vida familiar y cotidiana de la Mafia, escrito desde la estrecha relación de Guy Talese con la familia Bonanno entre 1965 y 1971, durante la guerra intestina del grupo y el recrudecimiento de la persecución a la organización por delitos fiscales; Hiroshima, el primer artículo sobre los efectos de la bomba atómica narrado según las experiencias de los sobrevivientes, en momentos cuando la información sobre la tragedia bien se concentraba en la especulación científica del proceso atómico, bien era censurada por las autoridades norteamericanas.

Honrarás a tu padre es un libro decididamente inusual para el tema que aborda; por un lado, situaciones colaterales (o simplificadas) en las historias habituales de la Mafia (las expectativas de esposas, hermanas e hijas dentro de un mundo netamente machista o el cambio cultural que resulta del crecer en Estados Unidos) resultan aquí fundamentales; por otro, su vertiginoso suspense se duplica con un jugoso epílogo que detalla las delicadas circunstancias legales y de violencia que rodearon la realización del libro, y que revelan, además, el impresionante ejercicio de ética periodística de Talese. Hiroshima, por su parte, se imaginaría un crudo relato de ciencia ficción de no conocerse la realidad de la tragedia; su sobriedad estilística y distanciamiento acentúan de modo silencioso la memoria del dantesco escenario (las flores de los kimonos marcadas en la piel, el fluido de ojos derretidos corriendo por las mejillas) e, incluso, la posterior y terrible aceptación conque muchas de las víctimas asumieron lo sucedido como un acto normal en un estado de guerra.

Para quien no conozca la obra de Talese, Honrarás a tu padre puede ser tan buen comienzo como sus famosos artículos "Frank Sinatra tiene un resfriado" o "Joe Louis: el rey como hombre de mediana edad". De igual modo, recomiendo Hiroshima —John Hersey había obtenido en 1945 el Premio Pulitzer de novela con A Bell for Adano— como un trabajo periodístico y literario excepcional.

Víctor Batista: La biblioteca en la isla (Colibrí, 2011), de Sergio Ugalde Quintana

Leí hoy en la prensa un comentario de Fernando Savater sobre una entrevista a un político en la feria de Guadalajara, preguntándole qué tres libros habían influido más en su vida. No es porque me guste llevar la contraria (aunque sí me gusta) que decidí responder a esa pregunta, y no a la que me propone DDC. No recuerdo que me haya apasionado ningún libro, película o música durante este año (gajes de la edad). Las lecturas que más han influido en mi vida han sido seguramente las de la adolescencia. Es, por supuesto, cuando uno lee más apasionadamente.

En primer lugar, la lectura de los evangelios, si es que la pasión es compatible con la confusión. En segundo lugar, la claridad mental que me produjo leer por primera vez a Ortega, concretamente su ensayo sobre Goethe. Por último, probablemente Martí, de haberlo leído a tiempo, y no haberlo rechazado debido al cursilón culto a su persona que prevaleció durante mi adolescencia.

Si DDC objeta a mi improcedente respuesta, diré que la lectura que más he aprovechado este año, con pasión interesada, ha sido la de La biblioteca en la isla (un estudio sobre "La expresión americana", de Lezama Lima), de Sergio Ugalde Quintana, publicado por la editorial Colibrí.

 


 

Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos

(X) Tanya Huntington, Carlos Pintado, Amir Valle, Enrico Mario Santí y Orlando Luis Pardo Lazo

(XI) Juana Rosa Pita, Carlos Alberto Montaner, Octavio Armand, Idalia Morejón Arnaiz y Radamés Molina

(XII) Javier Cercas, Ernesto Menéndez-Conde, Edgardo Dobry, Romy Sánchez y Lorenzo García Vega

(XIII) María Elena Hernández Caballero, Heriberto Hernández Medina, Mirta Ojito, Antonio G. Rodiles y Roberto González Echevarría

(XIV) Wilfredo Cancio Isla, Enrique del Risco, Gerardo Fernández Fe y Orestes Hurtado

(XV) Mirta Suquet, Juan Cueto-Roig, Carlos A. Aguilera, Francisco Hinojosa y Vicente Echerri

(XVI) Alejandro de la Fuente, Jorge Ferrer, Germán Guerra, Iván de la Nuez y Margarita Pintado Burgos

(XVII) William Navarrete, Magaly Espinosa, Joaquín Gálvez y Orlando González Esteva

(XVIII) Armando de Armas, Alfredo Triff, Walfrido Dorta, Heriberto Mora y Armando Valdés Zamora

(XIX) Rosie Inguanzo, Alina Sánchez, Juan Antonio Blanco, Uva de Aragón y Arturo G. Dorado