Sábado, 1 de Octubre de 2016
17:42 CEST.
Historia

Vuelta a la buena vecindad

En los últimos años se ha reproducido un subgénero de ensayo histórico, ubicado en el centro o las proximidades de la historia oficial cubana, que insiste en que la política de Estados Unidos hacia Cuba ha respondido desde inicios del siglo XIX a las mismas premisas. Dotando a las naciones de una estructura psíquica inmutable, esa ensayística intenta persuadirnos de que Washington ha buscado siempre la anexión de la isla a su territorio, mientras que los revolucionarios cubanos —los "verdaderos" cubanos de los dos últimos siglos— han resistido esa voluntad y han logrado coronar históricamente esa lucha con el Estado socialista de 1961.

El último libro del historiador italiano Vanni Pettinà, Cuba y Estados Unidos, 1933-1959. Del compromiso nacionalista al conflicto (Madrid, Libros de la Catarata, 2011), quien estudió en la Universidad de Florencia, con Antonio Annino, y luego en la Universidad Complutense y el Instituto Ortega y Gasset de Madrid, es una refutación de ese relato hegemónico. Una hegemonía discursiva, por cierto, que se siente lo mismo en la academia historiográfica de la isla que en las principales universidades norteamericanas, europeas y latinoamericanas. Diríamos que los lugares comunes a que se enfrenta Pettinà son de los más arraigados en el mundo universitario occidental. Esa pelea contra los demonios agrega virtudes a su investigación y a su escritura.

Pettinà cuenta las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en el periodo posterior a la derogación de la Enmienda Platt y anterior a la radicalización comunista de la Revolución Cubana. Desde la perspectiva norteamericana se trata del lapso que arranca con el gobierno de Franklin D. Roosevelt y culmina con la agudización de la Guerra Fría en los años finales de Dwight Eisenhower. Desde la perspectiva insular son los años de la Revolución de 1933, de la refundación de la República en 1940, de los doce años de frágil vida democrática y, finalmente, de la dictadura de Fulgencio Batista.

Pettinà sostiene que la diversidad ideológica y política de la esfera pública cubana de entonces alcanzó importantes interlocuciones en la diplomacia norteamericana. En aquellas décadas no sólo se relacionaron con Washington los gobiernos sino también las oposiciones, las instituciones de la sociedad civil, las iglesias y los intelectuales, los empresarios y los sindicatos, los comunistas, los auténticos, los ortodoxos, los batistianos y hasta los miembros del 26 de Julio y el Directorio Revolucionario. Este libro es, hasta ahora, la más consistente impugnación del cliché historiográfico que asegura que "Estados Unidos se opuso a la Revolución Cubana desde antes de que ésta triunfara".

Aquí se cuenta en detalle el deterioro de las relaciones entre Washington y el régimen de Batista durante todo el año 1958 y las tangibles aproximaciones entre un sector importante del Departamento de Estado y los revolucionarios cubanos. Tanto en su repaso de la Revolución del 33 como en su reconstrucción de la etapa insurreccional de la Revolución del 59, Pettinà encuentra, sobre todo en los National Archives de Washington, evidencias suficientes para descartar el relato providencial que presenta a esas revoluciones dentro de una continuidad quebrada, en relación con las guerras de independencia decimonónicas, y, por tanto, a la pequeña nación caribeña y al gran imperio vecino como sujetos teleológicamente codificados para actuar de una misma manera a lo largo del tiempo.

En dos pasajes de su Introducción, Pettinà cuestiona frontalmente el mito de la "inevitabilidad" del conflicto entre Estados Unidos y Cuba, todavía predominante en la historiografía oficial cubana. Sus fuentes son las mismas que en las últimas décadas han consultado los historiadores oficialistas y no pocos estudiosos occidentales, de mentalidad rígidamente binaria, pero sus conclusiones son discordantes. Tan sólo esta matización interpretativa sería suficiente para dar la bienvenida a este libro, que viene a pluralizar el debate historiográfico cubano. Dice Pettinà:

"Este libro intenta demostrar que, lejos de ser un bloque monolítico en apoyo del proyecto hegemónico norteamericano, la diplomacia estadounidense se opuso a Castro dividiéndose, sin embargo, en el momento de decidir qué estrategia adoptar. La última parte de este libro rescata, así, la contraposición entre un reducto de funcionarios pertenecientes al Departamento de Estado, claramente influidos por un enfoque roosveltiano, y la embajada norteamericana en La Habana que encarnaba una actitud más agresiva hacia el nacionalismo revolucionario cubano…" (p. 18).

Y agrega:

"El camino que condujo a la Revolución así como a la hostilidad de la Administración Eisenhower hacia este proceso de cambio no fueron acontecimientos inevitables. Al contrario, ambos fueron resultado de la convergencia de distintas coyunturas críticas que se sobrepusieron a partir del final de los años 40. Las dificultades de gobernar un país con instituciones frágiles y una economía en transición, los nuevos retos y obstáculos generados por la Guerra Fría y su globalización durante los primeros años 50, las características de un aparato diplomático que, precisamente a lo largo de ese periodo, estaba llevando a cabo su transición desde el idealismo pragmático de la etapa roosveltiana al realismo anticomunista de Eisenhower, contribuyeron a determinar el choque de los años 50 y, finalmente, la ruptura de los 60" (Ibid).

A quienes, a principios del siglo XXI, persisten en dividir a los cubanos en "plattistas" y "antiplattistas", con el propósito de justificar la exclusión de una parte de la nación por otra, no gustará este libro. Aquí se demuestra que cuando la Revolución Cubana triunfó, en enero del 59, la posibilidad histórica de un entendimiento entre Cuba y Estados Unidos, sobre la base de un pacto de buena vecindad entre dos democracias fronterizas, que respetaran sus respectivas soberanías, no estaba totalmente cancelada. Dicha posibilidad, que había surgido con el paradigma roosveltiano, la Revolución del 33 y la Constitución del 40, se vio disuelta no solo por la rearticulación de la hegemonía de Estados Unidos en la Guerra Fría sino por la imposición de una lógica confrontacional a la diplomacia cubana, todavía vigente.

Vanni Pettinà no propone reconstruir ese pasado para regresar al mismo. Los dos exergos de su libro, el de Alexander Hertz ("history is not a libretto") y el de Eric Hobsbawm ("revolutions and progressive moments which break with the past, by definition, have their own relevant past") advierten sobre ese equívoco. Pero esta nueva historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba es una persuasiva explicación de los orígenes de un conflicto, surgido hace medio siglo, y cuya solución sigue siendo tozudamente postergada por quienes tienen en sus manos la creación de un clima de convivencia entre dos vecinos inevitables.