Sábado, 1 de Octubre de 2016
01:17 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (XIX)

Rosie Inguanzo: The Artist (Francia, 2011) de Michel Hazanavicius

Jean Dujardin, galardonado esta vez como mejor actor en el Festival de Cannes 2011, es George Valentin, el arquetipo de la estrella de cine silente atrapado en la transición al cine sonoro. Bérénice Bejo está deliciosa como Peppy Miller, sus grandes ojos diciendo un mundo —que a quien no conmuevan es porque padece de un cinismo incurable. Estilísticamente impecable, el filme cita a otros filmes: entre tantos, guiño a Hitchcock, cuando James Stewart anhelante coloca la cabeza sobre el esmoquin que exhibe una vidriera en Vértigo (1958). La exageración del gesto y los personajes clichés curiosamente resultan originales, ya de vuelta del desgaste manierista hollywoodense donde los buenos son demasiados buenos y los malos requetemalos —sin proponérselo.

¿Recuerdas cuando te tragabas la semilla de un limón y temías que te fuera a crecer un árbol en el estómago? ¿O cuando imaginábamos que una tropa de soldados meñiques, o todos los animales de la selva, vivían dentro del televisor? ¿Recuerdan, los cinéfilos, cuando la elegante silla de terciopelo se le pega a las nalgas de David Niven en The Bishop’s wife (1947)? Pues ese es el candor que se revisita al ver The Artist (y requisito para disfrutarla). Esa es la premisa candorosa. Aun siendo un filme para adultos, hemos de reírnos con el perrito Uggie (casi se roba la película), haciéndose pasar por muerto, o escondiendo la vergüenza entre las paticas delanteras. Hemos de conmovernos reflexivamente, y agenciarnos un candor recién estrenadito, cuando la conciencia de Valentin es su doble en miniatura. Después de verla, tal cual sucede al protagonista, habrá esperanza cuando hasta nuestra propia sombra nos abandone.

Porque hay mucho que se nos arrebata en el trajín actual, demasiada evidencia, reality (que no real), escatología insulsa, demasiado ruido (hoy en día hasta los colores hacen ruido). Sobre todo nos socava la sospecha. De ahí que un filme silente en blanco y negro resulte un bálsamo a los sentidos. Leer labios, imaginar un timbre, confines primordiales. A este filme silente (solo se rompe el silencio en dos momentos claves), la música de Guillaume Schiffman —graciosa, petulante o idílica, según requiera el guión— nos va supliendo con ciertos mundos perdidos. Es un filme que libera el espíritu necesario para esta época del año. Corran a verla.

 

Alina Sánchez: Una garza blanca de Sarah Orne Jewett

Empezó como tarea académica de este año: lo encontré en el volumen Acercamiento metodológico a la traducción literaria (UNED, 1994) de María Antonia Álvarez Calleja Terminó en deslumbrante descubrimiento. Una garza blanca (A White Heron), fue escrita en 1886 por Sarah Orne Jewett (1849-1909), uno de esos talentos femeninos que permanecen ocultos entre la maraña de notorios nombres literarios masculinos, a veces absurdamente encumbrados.

Lo que en principio iba a ser tan solo un ejercicio de traducción, se convirtió en fascinante lección de buena literatura. Soy lectora impaciente que desconfía de las descripciones prolijas. Empiezo a sospechar del autor si demora la acción con dilatadas fotografías verbales que no aportan nada. Tampoco lo rural es mi fuerte. Cuando leí el primer párrafo del relato, me pareció lograda la manera en que se presentaba un atardecer en el bosque. Apareció la niñita Sylvia conduciendo a su voluntariosa vaca y poco a poco fui cayendo en la red que me tendía la Jewett. Describía hermosamente y en el ambiente bucólico de aparente paz eterna, introdujo un suspenso que no se desvelaría  hasta la frase final.

La historia está hecha para el lector ingenuo y para el crítico feroz. Ejemplo de síntesis para el que quiere escribir lo relevante. Los adjetivos precisos, los personajes que se describen a sí mismos en pocos y suficientes diálogos, a veces presentados con bonitos recursos de estilo indirecto. Canto a la naturaleza, a la bondad, a la integridad. Prosa que fascina. Sarah Orne Jewett sintetiza la herencia de la narrativa corta norteamericana. En ella se descubre la huella del mejor Hawthorne, y reaparecen también ecos de Henry James y de otra grande del relato corto, la sureña Kate Chopin. Pero su personalidad como escritora va más allá del costumbrismo que refleja la Nueva Inglaterra rural de fines del XIX. El feminismo militante, su condición de mujer culta, independiente, se manifiestan en las cualidades de sus personajes.

Una garza blanca habla sobre todo de decisiones existenciales, de responsabilidad moral y de respeto a un yo que se reafirma desde la adolescencia. Es más que un hermoso canto a la naturaleza y al enfrentamiento entre dos mundos. En el panorama literario actual, el imperativo comercial se vale de fórmulas perversas. Voy a valerme de una. Para añadir morbo a la figura de la autora y quizás lograr aumentar el interés que una simple garza no despierte, añadiré que Sarah Orne Jewett fue una de las primeras escritoras que estableció un llamado "matrimonio bostoniano" con la viuda de su famoso editor, la también escritora Annie Fields. Willa Cather, ícono de la literatura lésbica, consideraba a Jewett su mentora literaria.

Termino ya con una incógnita metafísica. Martí escribió: "Es el amor quien ve". Sarah Orne Jewett: "El amor no es ciego. Es solo el amor quien ve". "Love isn’t blind. It’s only love that sees!". ¿Lo había leído Sarah?

 

Juan Antonio Blanco: La mujer del coronel (Alfaguara, 2011) de Carlos Alberto Montaner.

Hay multiples razones para leer una novela. Buscar distracción es la más usual. Cuando el texto informa al lector sobre alguna cuestión cultural o histórica, ya adquiere un valor agregado adicional al del simple entretenimiento. Pero si además devela y cuestiona el uso de diversas formas de opresión, incitándonos a su rechazo, entonces la lectura deviene en mecanismo emancipatorio.

Creo que la reciente novela de Carlos Alberto Montaner, reúne todos esos atributos. Recomiendo en especial su lectura al público cubano en la Isla, que ha sido saturado de discursos ideológicos hasta el hastío. Es posible que nunca antes las prédicas en defensa de la libertad y derechos individuales encuentren tantos oídos receptivos como con esta narrativa novelada sobre la lucha personal por reafirmar la libertad afectiva y la autonomía moral frente a un régimen que las ha conculcado. Productos culturales como esta novela —que refleja un drama central de su cotidianidad— pueden resultar más eficaces que mil manifiestos.

La novela de Montaner no es maniquea y binaria como la propaganda política a que nos tienen acostumbrados ambos lados de las barricadas. No destila odios. Los personajes principales de su trama —Nuria y su marido el Coronel— son ambos víctimas de un sistema que ha impuesto sus reglas deshumanizadas. Romper sus normas o ponerle fin sería la liberación de ambos. El profesor Martinelli les ha dado a conocer la irresistible tentación de la libertad y ahora tienen que decidir si van en pos de ella o se someten una vez más a las reglas del sistema para continuan la mediocridad de sus vidas anteriores.

Toda literatura que incite a dejar caer las máscaras en un país en que todos las llevan es profundamente libertaria. Al cierre de 2011, La mujer del coronel clasifica con nota de excelente en esa tradición.

 

Uva de Aragón: Sangra por la herida (Unión y Letras Cubanas, 2010) de Mirta Yáñez

Sangra por la herida es una novela difícil de clasificar. Al coro creado por la multiplicidad de voces se suma el bullicio de hordas marginales que parecen haberse apropiado de lo cotidiano. La prosa intercala la intertextualidad y  la cita culta, con el lenguaje y el ambiente popular. Los distintos barrios citadinos —Alamar, El Vedado— adquieren personalidad propia y se convierten en parte de la coral, cuya voz cantante más silenciosa y poderosa es la muerte.

El humor no basta para sanar la herida sangrante. Hay perros que aúllan en la noche de apagones, una mujer descuartizada, pollos entregados a la población para aliviar el hambre, enfermas terminales de cáncer y una loca en un parque, agorera de los peores desastres y la muerte paulatina de La Habana.

La memoria se comporta rebelde, y permite indócil que se cuelen recuerdos de los que se han ido, o de los que quedaron, (da lo mismo) o de un pasado o un paseo (también da igual) que siempre, como a Manrique, nos parece mejor. En una taza de porcelana rota cabe todo el esplendor que fue, y en la niebla de Londres, la agridulce melancolía de un desterrado por lo que pudo haber sido. En cierta forma, se trata de una novela generacional, en la que "la beca de F y Tercera" parece clave, pero estas páginas escritas desde La Habana, sobre La Habana y sus habitantes, contienen un hálito que transciende lo local y lo nacional, para convertirse en la angustia existencial de cualquier ser humano que sabe que se responde a todas las preguntas con los hechos de la vida, y esa vida se ha hecho una llaga que sangra por todos los costados. ¿Habrá salvación?

 

Arturo G. Dorado: The Decline and Fall of the Roman Empire de Edward Gibbon

El año que finaliza ha sido el año de mi salida de Cuba. Pocos días después de llegar a Londres vi en una librería la edición resumida de La Decadencia y Caída del Imperio Romano, la obra cumbre de la historiografía inglesa, que, como dice en la solapa del libro, solamente podrá perecer con la muerte del idioma inglés. Gibbon ha sido en estos meses un compañero no sólo entrañable sino absolutamente actual.

Pocos libros hay en los que el idioma inglés alcance sus cimas como en éste. Comparable a Shakespeare en la grandeza idiomática, la prosa de Gibbon es justamente clásica, en el sentido de aquello que perdura para siempre, y en la más pura etimología de la palabra latina classicus, de la primera clase. Leer a Gibbon, muy poco conocido en Cuba por cierto, fue como un saludo de lo mejor del carácter británico. Gibbon fue la principal inspiración del estilo, y en gran medida del pensamiento, de Churchill. Para Gibbon la decadencia y caída de los romanos fue en última instancia el apartarse de los ideales de libertad política, y todavía más, de libertad intelectual que expresan lo mejor del pensamiento griego antiguo. La decadencia que describe es el símbolo de la decadencia moral. La vindicación de la libertad intelectual es su principal propósito como historiador.

En estos momentos en que Europa se debate ante su propio sentido de ser, Gibbon es justo el recordatorio de lo que ha permitido la grandeza de Occidente, y del peligro que acecha a las civilizaciones desde dentro cuando olvidan o son incapaces de sostener sus ideales, su propia razón de ser. En estos momentos en que el idioma inglés se ve carcomido por la simplificación, en que la democracia amenaza en convertirse en la tiranía de la insustancialidad o de la complejidad técnica sin profundidad, tener a Gibbon a mi lado, en Londres,  es, además del placer de ver el idioma inglés alcanzar sus cimas, la acuciante actualidad de mirar la historia adentrándose en las fuerzas morales que la conforman, crean, salvan y destruyen, en esa naturaleza humana que continúa siendo más o menos la misma, y hacerlo desde la perspectiva de los grandes moralistas, esos que como Montaigne o Burke, hurgan en el alma humana para enfrentarnos a nosotros mismos, simplemente hacernos mejores.

Es una obra monumental que hay que leer íntegra, y preferentemente en inglés, no basta con extractos, como había sido mi caso. Es monumental en su magnitud, en su hondura y erudición, pero sobre todo por el carácter de perdurabilidad que irradia; la perdurabilidad de las verdades eternas, esas que siempre están ahí, no importa que la mediocridad, la academia insulsa y pedante, la estupidez del consumismo alienante, la decadencia del arte que ha perdido la conexión con lo trascendente intenten aniquilarlas, burlarse de ellas, o peor, simplemente ignorarlas.

La decadencia y caída del imperio romano posee la imperecedera virtud de la sabiduría y la belleza, de la meditación sosegada ante el escenario de las ruinas humanas, esa que no puedo mejor que resumir citando al propio Gibbon:  "El arte del hombre es capaz de construir monumentos mucho más perdurables que el intervalo de su existencia, a pesar de ello estos monumentos, como el mismo, son perecederos y frágiles, y en los inconmensurables anales del tiempo, su vida y sus obras deben ser igualmente medidas como un momento pasajero".

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos

(X) Tanya Huntington, Carlos Pintado, Amir Valle, Enrico Mario Santí y Orlando Luis Pardo Lazo

(XI) Juana Rosa Pita, Carlos Alberto Montaner, Octavio Armand, Idalia Morejón Arnaiz y Radamés Molina

(XII) Javier Cercas, Ernesto Menéndez-Conde, Edgardo Dobry, Romy Sánchez y Lorenzo García Vega

(XIII) María Elena Hernández Caballero, Heriberto Hernández Medina, Mirta Ojito, Antonio G. Rodiles y Roberto González Echevarría

(XIV) Wilfredo Cancio Isla, Enrique del Risco, Gerardo Fernández Fe y Orestes Hurtado

(XV) Mirta Suquet, Juan Cueto-Roig, Carlos A. Aguilera, Francisco Hinojosa y Vicente Echerri

(XVI) Alejandro de la Fuente, Jorge Ferrer, Germán Guerra, Iván de la Nuez y Margarita Pintado Burgos

(XVII) William Navarrete, Magaly Espinosa, Joaquín Gálvez y Orlando González Esteva

(XVIII) Armando de Armas, Alfredo Triff, Walfrido Dorta, Heriberto Mora y Armando Valdés Zamora