Lunes, 26 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (XVIII)

Armando de Armas: Scarface (1983) de Brian de Palma

He vuelto a ver Scarface, el filme de Brian De Palma que, escrito por Oliver Stone, cuenta con la actuación estelar de Al Pacino, Steven Bauer y Michelle Pfeiffer, filme que ha regresado a las pantallas de EE UU tras treinta años de su espetácular estreno y, luego de meditarlo, no puede menos que ser la obra sugerida por mí al curioso lector de Diario de Cuba. ¿Motivos? Cuando mi hijo Andy arribó de la Isla a Miami, apenas un adolescente, la primera película que me hizo rentar fue Scarface y en Milán, recientemente, el periodista que me entrevistó para el noticiario de la televisión ruso-búlgara, un joven búlgaro, se me presentó a la manera de un saludo que, virando la boca en un rictus matonesco, no era otra cosa que el antológico parlamento del famoso marielito: "I'm Tony Montana! You fuck with me, you fuckin' with the best!".

En Gomorra, la más reciente y probablemente mejor película sobre el hampa de Scarface para acá, una descarnada historia sobre la índole y la intríngulis de la Camorra Napolitana, dirigida por Matteo Garrone y basada en un libro del joven escritor Roberto Saviano, vemos que los matones adolescentarios de la Camorra, mucho más violenta y despiadada que la Mafia Siciliana y, por supuesto, muchísimo más violenta y despiadada que la Mafia Italonorteamericana, tienen como ideal de héroe nada menos que al antológico marielito conocido como Scarface. La realidad que alimenta a la ficción, pero también la ficción que alimenta a la realidad. Interacción entre la una y la otra hasta arribar al punto en que nunca sabremos que determina qué; si la ficción a la realidad o la realidad a la ficción.

Y es que Tony Montana y José Martí serían los nombres más universales ofrendados por la Isla, personaje ficticio sustentado en la realidad el primero, personaje real sustentado en la ficción el segundo, entelequias atemporales ambos, perverso el uno, patriótico el otro, una y la misma cosa quizás, opuestos que se complementan, obnubilados ambos, por la cocaína el uno, por el romanticismo decimonónico el otro, matadores, dadores de la muerte ambos aunque, a fuer de sinceros, Martí más que Montana, pues las muertes emanadas de la guerra de Montana serían una bicoca si las comparamos con las muertes emanadas de la guerra de Martí. En fin, tampoco es para quejarse, que de Martí y Montana estamos hechos, deshechos, que Martí y Montana somos o, al menos, que por Martí y Montana estamos representados y, ya sabemos, vivimos más en la representación que en la presentación, en la imagen que en la cosa imaginada, en la virtualidad que en la vida; con internet hemos topado.

El mítico actor Al Pacino ha dicho recientemente a la prensa, con motivo de la vuelta victoriosa de su personaje, que "Tony Montana es como Ícaro. Lucha y se esfuerza por alcanzar el sol, se atreve a ello, y eso es algo que vive en el interior de todos nosotros. Nos representa de alguna manera. Nos da algo con que identificarnos". Acá, en esta frase, vuelven a interrelacionarse Montana y Martí en el sentido de que ambos apuestan por una utopía, personal la de Montana, colectiva la de Martí, individualista la del uno, gregaria la del otro, empresarial la primera, socialistoide la segunda, y si Montana pretende fundar un imperio sobre el polvo níveo, Martí pretende fundar una nación sobre el polvo de callejones sin cuento. Ambos mueren a balazos. El uno disparando la metralleta sostenido por un montón de cocaína en su luminosa, lujosa mansión. El otro disparando el revólver sostenido en su caballo en un oscuro, pobrísimo rincón de su país. El uno porta un grueso anillo de brillantes. El otro porta un grueso anillo de hierro. El uno apuesta por la vida y no teme a la muerte. El otro apuesta por la muerte y en ella se regocija. Pistolero el uno. Poeta el otro. Tristes, trágicas existencias ambas. Imagen de familia. Montana y Martí mueren, matan cada día enfurruñados, envueltos en el humo de la pólvora y en sus negros trajes de blancas pecheras manchadas de sangre, Miami y Dos Ríos unidos en la ficción del tiempo.

 

Alfredo Triff: The Similars Prisoners (Free Víbora, 2011) de Adrián López

Uno de mis mejores hallazgos musicales de 2011 es este disco del joven neo-bitleriano miamense Adrián López. Todo en este álbum es original: la carátula de Rubén Torres Llorca, el diseño de Gory, la masterización de Ramón Huerta, y la participación de músicos conocidos como Carlos Averhoff, Anselmo Febles y Jan Sebon. Adrián no solo funge como compositor y letrista del proyecto, sino como hombre orquesta, él mismo a cargo del combo clásico, a saber, bajo, batería, guitarra eléctrica y teclados + la sección de metales, cuerdas y efectos electrónicos (todo gracias a esa maravilla de la generación "do-it-yourself" llamada Pro-tools).

El giro neo-sicodélico postbitleriano del álbum no debe sorprendernos. López reside en el Liverpool de Miami más conocido como La Pequeña Habana. Con voz lennoniana, que le daría envidia a los más autorizados —y emparentados— Julian o Sean, López elabora un sonido post-Sgt. Pepper’s/Magical Mystery Tour, salido del laboratorio experimental de un George Martin, circa 1968.

El CD abre con el pegajoso estamento generacional "The Bronze Sinner": "Llegué a este mundo desnudo y por equivocación" (amén, así llegamos todos). "Top Man", con tic-tac concreto de fondo (de máquina de escribir) nos presenta un héroe hipotético que se piró del lugar (y quién no), aunque "hay hijos que querían ser como tú".

López se mete con la política como debe ser, es decir, tangencialmente. "Cuban Kitsch" es una guajira-son que nos lleva directo al post-castrismo. El montuno dice: "humo denso, buena suerte … las navidades son en Haití". En la cinemática "Constitutions", López le advierte a un ciudadano hipotético de Occidente: "para qué leer la constitución, si no la escribiste tú".  El "Strawberry Fields Forever" del álbum debe ser "Aren’t We All Just Similar Prisoners", es elaborada con un cuidado de ingeniería y atención al detalle nada común. En un mundo perfecto, The Similar Prisoners de Adrián López, merecería un Grammy. Démosle un premio mejor: el anti-Grammy.

 

Walfrido Dorta: The Red Chapel (Danmarks Radio, Film i Väst, Zentropa Productions, 2009) de Mads Brügger

Ahora que ha muerto allí el Uno, y que hemos visto a dolientes histéricos darse golpes en el pecho por la ida del Gran Líder, conviene ver esta subversión, este juguetito colocado en el centro del totalitarismo norcoreano. Un supuesto director de teatro danés viaja a Pyongyang para un "intercambio cultural", acompañado por dos actores jóvenes, descendientes de surcoreanos, pero que han vivido desde pequeños en Dinamarca; uno de ellos es un discapacitado, que sufrió parálisis cerebral y anda en silla de ruedas. Ellos quieren presentar en un teatro escolar una obrita cómica. Tras esta mascarada, se esconde el deseo de mostrar a ojos occidentales el horror y el absurdo del sistema en Corea del Norte.

No es un documental didáctico, demostrativo (que los hay, y buenos, sobre ese país demencial; por ejemplo, National Geographic: Inside North Korea, 2006), sino que se basa en una lógica de representación y en una pregunta: hasta dónde se puede tensar la cuerda de lo permisible en un escenario totalitario como el norcoreano. Mads Brügger, el director, está por debajo de sus iniciales propósitos provocadores, porque el que realmente puede cuestionar a fondo lo que está viendo y aquello en lo que se niega a participar, es el chico discapacitado: su habla tartamuda, ininteligible para los norcoreanos (habla en danés cuando critica y cuestiona), es el discurso incisivo, más allá de las intenciones primeras de Brügger, quien se ve obligado a representar su acomodo a las normas totalitarias (incluso a marchar con el brazo en alto en honor al Gran Líder).

Atravesado de ambigüedades morales; con un final ciertamente por debajo de lo que uno espera, aún así es recomendable este filme. Las lágrimas de la traductora norcoreana por el presidente, a todas horas; lo que termina siendo la obrita que ellos querían representar, reescrita por las autoridades; las caras aterradas de los estudiantes; la uniformización; las calles desiertas… está aquí todo lo que informa un universo de radicalidad totalitaria.

(El documental ganó el premio del Festival de Sundance de 2010. Hay que estar atentos al último filme de Brügger, que acaba de estrenarse, The Ambassador…promete ser más corrosivo que The Red Chapel).

 

Heriberto Mora: Zen (2009) de Takahashi Banmei

Me fascina este ejercicio de escoger una joya entre tantas…  Difícil y maravillosa tarea, pues este año he  disfrutado de libros y películas memorables. Puesto a elegir veo que aún susurra en mi memoria  Zen, film japonés dirigido por Takahashi Banmei.

Agonizando en su lecho de muerte, la madre de Dogen le pide a su hijo de 8 años que encuentre el camino para escapar del sufrimiento y del dolor de la muerte. Dieciseis años después, el joven monje viaja a China en busca de su verdadero maestro. Allí conoce la técnica de meditación sentada o zazén y descubre en ésta el camino que buscaba. Después de una intensa práctica alcanza la iluminación y regresa a  Kioto para transmitir sus enseñanzas.

Zen es un poema visual; la magia del silencio y el instante nos guían a través de esta historia inspiradora y nos acercan a la vida del fundador del budismo Soto Zen que hoy tiene millones de seguidores en todo el mundo.

 

Armando Valdés Zamora: El zafarrancho aquel de la Vía Merulana (1965) de Carlo Emilio Gadda

Severo Sarduy en una conocida reseña al publicarse Paradiso en París, incluye esta frase sobre Lezama Lima: "Hay que compararlo obviamente con Proust y con Gadda". El "Proust del Caribe", repiten desde entonces los cronistas y los perezosos, cuando se cita el nombre del escritor cubano en Francia. ¿Y quién es ese Gadda?, se pregunta uno. Lezama no lo conocía tampoco. Al menos eso le dice a Sarduy: "Usted habla de Gadda y lo desconozco totalmente", y aclara, "y no por el prurito americano de no tener influencias, pues de sobra sabemos que lo que uno desconoce puede penetrar también en su obra".

Acabo (al fin) de leer la novela Quer Pasticciccio brutto de Via Merulana del italiano Carlo Emilio Gadda. Más bien de intentarlo. La leo primero en francés. Germano, un amigo napolitano, acepta con visible compasión leerme pasajes de café en café, para tratar de retener algo de esa catedral de palabras en la que se funda la reputación de este "Joyce italiano", según gritan los gacetilleros. Después, por suerte, puedo consultar la traducción española de Juan Ramón Masoliver, y me siento más cómodo, claro. Lo cual quiere decir, tratándose de Gadda, que limito los estragos de mi impotencia.

Una trama policíaca sirve de pretexto a Gadda para explorar hasta el infinito las posibilidades lingüísticas de la lengua italiana, para emprender, digamos, una batalla sin fin entre la expresión y el universo de la Roma de finales de la década del 20. Varios dialectos se superponen en los discursos de sus personajes insólitos (el detective Francesco Ingravallo o don Cicco, el principal ) en una ansiedad sin pánico que, como escribe François Wahl en el prólogo de la edición francesa, forma parte del propio estilo de Gadda.

Cristophe Misleschi en su libro Gadda contra Gadda: la escritura como campo de batalla sintetiza a mi parecer lo esencial de la intención de Gadda. Su singularidad, dice, reside en el hecho de hacer de un lugar común todo un sistema, pero no un sistema de pensamiento, sino más bien un sistema de escritura: una máquina de producir relatos.

Leer a Gadda es entonces un desafío que saldo con retraso en este 2011 que termina. He intentado (sin éxito) obviar las comparaciones con Lezama. Son visibles las similitudes que indujeron a Sarduy a citarlos juntos. Pero también son evidentes las diferencias (como se apresura a decirle Lezama a Sarduy en una segunda carta) en la tentativa común de crear, en el mismo tiempo de una modernidad compartida, una manera diferente de apropiarse del mundo. Es decir, el intento de dejar, a la manera de un nacimiento, la prueba material de algo (llámese cultura, ritmo, habla, naturaleza) que, de ignorarlo, condena nuestra incultura o nos aconseja, al menos, la tarea de leerlos.

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos

(X) Tanya Huntington, Carlos Pintado, Amir Valle, Enrico Mario Santí y Orlando Luis Pardo Lazo

(XI) Juana Rosa Pita, Carlos Alberto Montaner, Octavio Armand, Idalia Morejón Arnaiz y Radamés Molina

(XII) Javier Cercas, Ernesto Menéndez-Conde, Edgardo Dobry, Romy Sánchez y Lorenzo García Vega

(XIII) María Elena Hernández Caballero, Heriberto Hernández Medina, Mirta Ojito, Antonio G. Rodiles y Roberto González Echevarría

(XIV) Wilfredo Cancio Isla, Enrique del Risco, Gerardo Fernández Fe y Orestes Hurtado

(XV) Mirta Suquet, Juan Cueto-Roig, Carlos A. Aguilera, Francisco Hinojosa y Vicente Echerri

(XVI) Alejandro de la Fuente, Jorge Ferrer, Germán Guerra, Iván de la Nuez y Margarita Pintado Burgos

(XVII) William Navarrete, Magaly Espinosa, Joaquín Gálvez y Orlando González Esteva