Lunes, 26 de Septiembre de 2016
23:39 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (XVI)

Alejandro de la Fuente: Habanastation de Ian Padrón

No sé si es la mejor película del año. No estoy seguro de que ganará el Oscar a la película extranjera, aunque me encantaría que así fuera. No me consta que sea una obra maestra. Y además no soy crítico de cine. Pero de todas las películas que vi en 2011, Habanastation de Ian Padrón es la que mejor recordaré.

La trama es seguramente conocida por los lectores de Diario de Cuba: la película reconstruye el encuentro de dos niños procedentes de medios sociales y familiares muy diferentes, Carlitos (el chico pobre) y Mayito, el niño rico. El contraste entre estos niños es muy marcado. Carlitos habita una casucha en un barrio marginal (o "insalubre", según la jerga oficial), Mayito en una casa moderna y bien puesta, en un barrio residencial agradable y limpio. Carlitos tiene que trabajar, y trabajar duro, para proporcionarse gustos mínimos —hay poco de niño en ese niño. Su padre está preso, su madre está muerta, su abuela hace lo que puede por mantener la casa a flote —literalmente, pues pareciera que el barrio entero se hunde en la mierda. Mayito vive con sus padres: el músico de jazz privilegiado, la esposa bien vestida, el acceso al dólar, los juguetes, el Play Station de última generación. Carlitos camina a la escuela. Mayito arriba en un coche moderno y lujoso (al menos en el contexto cubano). Carlitos tiene la piel oscura, más oscura que Mayito. Estos dos chicos van a la misma escuela —pública, desde luego— pero el espectador intuye que tendrán dos caminos muy diferentes en la vida.

Así que Habanastation tiene el valor de llamar a las cosas por su nombre. Las desigualdades viven y se reproducen aun en los espacios sociales igualitarios, aquellos que, como la escuela, están abiertos a todos los cubanos. Y tiene el valor de colorear esas desigualdades, porque en Cuba (como en muchos otros lugares) las desigualdades tienen color. Yo hubiera preferido que Carlitos fuera "negro" —no solo de piel más oscura que Mayito, sino negro, de esos que hay tantos en los barrios marginales— para destacar mejor la dimensión racial de las desigualdades sociales. Pero esa es mi propia agenda de trabajo; Ian Padrón no tiene por que escribir mis conferencias y artículos.

La película termina en un abrazo edulcorado y conciliador que apesta a panfleto. Mayito el rico, el del carrito, el blanco, el de los CUC, el del Play Station, descubre y abraza la autenticidad, la humanidad y el calor de esa otra Cuba que Carlitos simboliza. La de las palomas y los papalotes/coroneles. La de las botellas y los presos. Pero hay otra manera de leer esto: lo que Padrón propone es un sueño, el sueño  de un país que no da la espalda a sus problemas sociales e intenta darles solución. Y propone además como hacerlo: para que todos los niños puedan jugar Play Station, hay que transferir  recursos y riquezas de los sectores privilegiados a los más pobres. Yo dudo que los Mayito de este mundo tengan la grandeza necesaria para hacer de esos sueños realidad. Pero es un sueño que comparto. Nunca pensé que se pudiera jugar a los sueños en un Play Station.

 

Jorge Ferrer: The Havana Habit (Yale University Press, 2010) de Gustavo Pérez Firmat y Cuban Fiestas (Yale University Press, 2010) de Roberto González Echevarría

Esa fiesta con muchos rostros que es la Cuba que leemos y escribimos, la Cuba hecha de letras. Bembé y paisaje hecho de ruinas; de memoria y promesa. Dos libros me la han servido este año en sendos banquetes: Cuban Fiestas, de Roberto González Echevarría, y The Havana Habit, de Gustavo Pérez Firmat. Libros bien distintos, pero animados ambos por una voluntad de reunirnos con la Cuba que asoma en la novela, la melodía, la tarjeta postal, el cartel: hitos de nuestro tránsito del areíto al cabaré.

La historia de amor y deseo entre Cuba y los Estados Unidos, los Estados Unidos y Cuba, transcurre por muchas vías y ha sido protagonizada por actores disímiles. Toda suerte de informes dan fe de ese perdurable noviazgo que jamás ha llegado a ser matrimonio —ni siquiera uno mal avenido—, porque los novios, por no mirarse de frente, se ofrecen hosco perfil. Ese es el camino de la política. El más angosto.

Gustavo Pérez Firmat ha tomado avenida distinta en The Havana Habit. Una que conduce por los caminos de la cultura popular y desgrana la "construcción" de una siempre voluble idea de La Habana en la música, las crónicas de viajes, el cine o la televisión norteamericanas. No hay otro autor cubano-americano que se haya adentrado con mayor astucia —¡y acierto!— en la espesa y deliciosa trama de ese encuentro siempre postergado en lo político, pero también siempre fecundo en el terreno de la cultura popular y el imaginario común. Tampoco lo hay que ilumine con mayor abundancia el permanente passage de símbolos y tokens que se han repartido Cuba y los Estados Unidos.

Otro es el acercamiento de Roberto González Echevarría en Cuban Fiestas. Asomarse a la Cuba que es tableau vivant de una fiesta perpetua; escuchar el sonido de los tambores y los pies aporreando el suelo o deslizándose al ritmo de un danzón; seguir un paso de conga con barracón a la vista y Día de Reyes a la vuelta de la esquina; rastrear la impronta de la fiesta, la significación lúdica, dramática e identitaria de las fiestas cubanas, en la literatura de la Isla —los costumbristas, Villaverde o Lezama—, o en su cine y, también, en su pasión por el juego de la pelota. Y glosar, por fin, la fiesta totalitaria, mientras se imagina la postotalitaria: el "Siento un bombo, mamita, me está llamando" que late a la espera de la muerte de Fidel Castro…

Dos libros redondos. Que a nadie se le ocurra pasarlos por alto.

 

Germán Guerra: The Library at Night (Yale University Press, 2008) de Alberto Manguel. 

Debo a la conjunción de un remate de libros y el consejo de un amigo el descubrimiento de la obra de Alberto Manguel. El remate de libros, uno de los tantos resultados de la actual crisis económica, se orquesta tres o cuatro veces al año en el periódico donde trabajo —las grandes editoriales, ya sean comerciales o universitarias, siguen mandando ejemplares de cuanto publican a los diarios de mayor circulación en el país, con la esperanza de que sus volúmenes sean reseñados y sin haberse enterado todavía que los recortes y despidos en la prensa comenzaron por los críticos de arte y por quienes insisten en seguir reportando noticias felices y sin sangre—; el amigo se llama Félix Lizárraga. El hecho se produjo hará unos cinco meses, al principio del verano. En medio de la venta de libros me encuentro con Félix, éste descubre un libro de Manguel y da un grito, se me acerca con el libro en alto y a voz en cuello me dice: "Tienes que leer a este tipo, escribe de maravillas, habla un montón de idiomas y además, cuando tenía quince años, fue lector de Borges". Poseído por la euforia del descubrimiento se mete la mano en el bolsillo, saca un billete de cinco dólares, paga por el libro y me regala The Library at Night.

El libro, que logra mantener en sus casi 400 páginas un perfecto equilibrio entre la abrumadora cantidad de datos y la fluidez de la prosa con que está escrito, es un viaje lleno de vasos comunicantes entre las actas del tiempo y la imaginación, un acercamiento psicológico y sociológico a la historia de las bibliotecas. En cada capítulo (quince en total) Manguel nos regala un ensayo que generalmente comienza con una reflexión en torno a su biblioteca personal o sus hábitos de lectura para establecer un tema específico y narrarlo a través de la biografía y las obsesiones de quienes idearon, mantuvieron, diseñaron o escribieron los volúmenes que han dado cuerpo y permanencia al concepto de la biblioteca.

La biblioteca como centro y periferia de todo espacio habitable y su historia contada desde los avatares de la literatura, la cultura y la memoria del hombre. Desde la biblioteca universal que soñaron los humanistas del Renacimiento hasta la biblioteca multimedia, desde la ciudadela sagrada que guardaba entre sus muros nuestra pretensión de omnisciencia hasta las pantallas de nuestras computadoras atesorando nuestra ambición de omnipresencia. "La biblioteca que contenía todo (everything)", se lamenta Manguel, "se ha convertido en la biblioteca que contiene cualquier cosa (anything)".

Las bibliotecas perdidas entre el fuego y el olvido de la civilizaciones, las bibliotecas censuradas, las bibliotecas de libros que nunca se escribieron, las bibliotecas que sobrevivieron a sus celadores y lectores, las bibliotecas como identidad y máscara de un pueblo, las bibliotecas de Asurbanipal, Borges, Robinson Crusoe, Umberto Eco y Montaigne, las manías bibliofílicas de Samuel Pepys, Stefan Zweig, Leibnitz, Kipling y Erasmo de Rotterdam convierten a este libro en una pieza de pertenencia obligada en nuestros anaqueles más cercanos, lo convierten en un objeto de deseo lujurioso y elemental, como si fuera a un mismo tiempo un reloj de precisión atómica y un pedazo de pan.

The Library at Night se ha ganado, por su propio peso y rigor, un espacio reservado solamente para unos pocos libros que en mi mesa de noche siempre me invitan a la relectura y vigilan mis sueños y desvelos. El ejemplar que alienta entre mis libros preferidos pertenece a la segunda edición en inglés. Para cerrar estos párrafos doy fe virtual, y muy poca, de la edición en español del tomo en cuestión. En el catálogo online de Alianza Editorial aparece la obra, publicada en el año 2007 bajo el título de La biblioteca de noche, cuando debió haberse traducido como La biblioteca en la noche. Si la traducción comienza mal desde el título, cuánto horror pudiera latir entre las páginas de ese traspaso a la lengua de Cervantes.

Hoy Félix Lizárraga me confiesa que se arrepiente de haberme regalado el libro y yo me he negado a prestárselo. Los libros ni se prestan ni se devuelven, y esta amistad de casi veinte años vale más que cualquier libro, aunque sea esta joyita encontrada en un oscuro rincón de un remate de ejemplares no leídos, signo que nos hace mirar con nostalgia el pasado que fue ayer y presagia —espero que falazmente— el florecimiento de nuevas utopías iletradas y la muerte del libro.

 

Iván de la Nuez: Varios síntomas culturales, unos libros y el posible nacimiento de una isla

Más que listas, que no me gustan, prefiero mencionar algunos síntomas culturales que me han impactado últimamente. En particular, tres revivals que pueden dar una idea de lo que está buscando, para bien y para mal, un mundo que aparece agotado en sí mismo. Me refiero a la actualización de la revuelta (primavera árabe, 15-M, Occupy Wall Street); a la fascinación por la cultura bajo el comunismo, en general, y rusa en particular; y, por último, a la entronización del maximalismo como norte cultural y político de un retorno conservador.

En cualquier caso, no he salido indemne del choque con libros como Leviatán o la ballena, de Philip Hoare; las reediciones de Bertrand Russell; o Canción de tumba, de Julián Herbert. Tampoco de la imagen de la Tierra captada, gracias al satélite Goce, por la Agencia Europea del Espacio, al terremoto de Fukushima o al posible nacimiento de una isla en las Canarias.

 

Margarita Pintado Burgos: La novelabingo (Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2011) de Manuel Ramos Otero.

A dos semanas de culminar el 2011, un buen amigo me regaló La novelabingo, del escritor puertorriqueño Manuel Ramos Otero (1948-1990), publicada originalmente en el 1976, y reeditada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, que, contra el viento y la marea de la censura, la indiferencia, y el olvido, nos entrega, hoy, 35 años después, una de las piezas clave de la vanguardia de Puerto Rico y el Caribe. Las varias generaciones que hemos leído la obra de Ramos Otero en fotocopias, y que hemos atesorado cada una de esas páginas como si fuera un pliegue más del espíritu violento de su autor, sentimos el arribo de este libro como un milagro.

Exiliado desde la década del 70 en la ciudad de Nueva York, este escritor intenso y diferente, pionero en abordar y modelar una moral de lo homosexual, llevó su vocación de escritor como una dulce condena. Ramos Otero fue prisionero y esclavo de la difícil libertad que concede la actividad creadora, lo que le llevó a ser, desde sus inicios, una voz disidente y profética en donde lo carnal era un nuevo recinto desde donde contemplar la inmortalidad.

La novelabingo es, en palabras del autor, "un juego de manos", "garabato azaroso", que "quiere vivir del cuento y termina por traicionar su siesta de la tarde", el descubrimiento de que la vida misma es un "edificio de palabras que se trepan unas sobre otras como tupidas enredaderas de hiedra que las palabras son el primer laberinto de la vida misma...". En diálogo inesperado y provocador con el Museo de la Novela Eterna, de Macedonio Fernández, El jardín de los senderos que se bifurcan, de Borges, y la Rayuela de Cortázar, La novelabingo exige una lectura azarosa, y libertina, capaz de llegar al corazón de una trama centrada en la novela como personaje que descree de los orígenes y de la tradición: "porque no tuvo pasado creó la semilla que fue su propio pasado se comenzó en las cosas con que se rodeó no tuvo recuerdos y no se recordó soñó que la madre parió el mar con sus barcos debajo de una casa de la perla perlamadre… "

El lenguaje desbocado, en ocasiones barroco, siempre indócil, y generador de tramas imposibles, rebasa constantemente las reglas de la gramática, y las leyes de un universo cuya estructura intenta serle fiel a las consabidas formas y representaciones del saber. Todo esto hace de La novelabingo un texto raro y solitario dentro de la producción literaria puertorriqueña, y coloca a su autor dentro de una tradición negativa y marginal de las letras latinoamericanas. Las imágenes que acompañan el texto, al igual que las palabras, no buscan esclarecimientos, sino el descentramiento total del lector, la sacudida del sentido, y la reconsideración de la propia existencia de todo lo que presuma aparecer bajo el sello de lo real.

Ojalá que esta segunda aparición de La novelabingo conquiste nuevos lectores comprometidos con el estudio y la diseminación de este gran escritor puertorriqueño, condenado a una cierta repetitiva desaparición, y al incipiente olvido de quienes, apenas lo descubren, se deben resignar a desencontrarlo, una y otra vez.

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos

(X) Tanya Huntington, Carlos Pintado, Amir Valle, Enrico Mario Santí y Orlando Luis Pardo Lazo

(XI) Juana Rosa Pita, Carlos Alberto Montaner, Octavio Armand, Idalia Morejón Arnaiz y Radamés Molina

(XII) Javier Cercas, Ernesto Menéndez-Conde, Edgardo Dobry, Romy Sánchez y Lorenzo García Vega

(XIII) María Elena Hernández Caballero, Heriberto Hernández Medina, Mirta Ojito, Antonio G. Rodiles y Roberto González Echevarría

(XIV) Wilfredo Cancio Isla, Enrique del Risco, Gerardo Fernández Fe y Orestes Hurtado

(XV) Mirta Suquet, Juan Cueto-Roig, Carlos A. Aguilera, Francisco Hinojosa y Vicente Echerri