Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Cine

'La cosa esta que vino después'

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Ha sido un año apocubalíptico. Así en la isla como en el exilio, la noción de "zombi" recorre el vocubalario de analistas como Miriam Celaya e Iván de la Nuez. La apatía por cuenta propia cava hondo su inercia en las masas populares. Hay fuegos fatuos sobre el hueco negro del horizonte. Y la ilusión de una Reforma, acaso como colofón de la Revolución, resucita entre las lápidas del despotismo gubernamental.

Con el empuje geriátrico del nuevo siglo y milenio, nuestro Consejo de Estado se va pareciendo peligrosamente a un carnaval de aparecidos sonámbulos, lo mismo que el mausoleo de una oposición a punto de obsolescencia por haber sido obligada a serlo a perpetuidad. Decenas de elegidos a dedo por Dios se enclaustran en un céntrico templo y casi provocan un holocausto de atrezo (todavía resisten allí, en dialoguito ecuménico con la Seguridad del Estado). Y, para colmo de lo macabro, ahora se aparece el (no tan) joven director Alejandro Brugués con su apoteosis de cadáveres carroñeros, Juan de los Muertos (2011): comedia de efectos especiales como nunca se había visto en las bóvedas realistas del ICAIC, donde los disidentes por primera vez cuentan y contaminan a millones en plena vía pública (¿la calle es de los zombivolucionarios?), en una Habana clueca, disfuncional, vandálica pero con pespuntes de una libertina felicidad, entre pancartas desquiciadas, bustos vandalizados y monolitos que caen, excepto el de los Mártires del Maine y el de la Plaza de la Revolución (no hubo talento digital para tumbar tanto...).

Obviamente, se trata de una película con "falta de freno, que le hace perder en armonía", según un columnista a sueldo del órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Y esto debería leerse como un llamado a la cordura de cara al Cineasta Nuevo, diagnóstico gratuito del doctor Pérez Betancourt, devenido psiquiatra estético más que crítico cultural.

Son cinco delincuenticos de barrio o luchadores marginales, cinco mamarrachos comicones pero leales y tristes al estilo de un quijotesco Juan y su Sancho Panza criollo, acaso cinco obreros vanguardias de Comunales (con el travesti de turno), cinco prisioneros de un imperio patrio putrefacto, cinco héroes ignorantes y sabichosos (mal hablados al por mayor y al menos uno con herpes) que no saben inglés ni para jinetear, son cinco (que se van canibalizando entre sí) los llamados a higienizar la "capital de todos los cubanos", invadida por una plaga purulenta que algunos personajes ven idéntica a nuestra incivil ciudadanía original.

El primer zombi en cámara, aunque no se diga en los captions, proviene de la Base Naval de Guantánamo, causa eficiente de todas las enfermedades sufragadas desde los Estados Unidos de América, a donde luego huirán paradójicamente quienes aún conserven su salud tras inimaginables minutos de matazón tarantinesca con visos de caricatura South Park. El guión es en verdad nadita, pero con una empatía aventurera que es puro entertainment pop, película supuestamente de estación y que, sin embargo, en nuestra Cuba pacata pecará sin duda de trascendental (vamos a ver cuándo y cómo la institución se anima a estrenarla en los circuitos de cine).

Se echa de menos un Mario Conde borrachín y templón en el set de Juan de los Muertos, aunque no falten policías desmembrados o con sus motocicletas rodando sobre el asfalto, en una suerte de Primavera Zombi insular (sangre a ras del MININT incluida), que decapita de un solo plano una demagogia decadente de décadas, discursiva mucho más delirante que esta "desenfrenada" obra de Alejandro Brugués. Se echan de menos tantos y tantos personajes paródicos que apenas son apuntados en la vorágine de la edición: desde La Bloguera hasta El Ghost-Buster. No sobran, pero "desarmonizan" ciertos gags intelectuales con el cine de culto, que solo son paladeados a plenitud por el actor Jorge Molina y su claque estudiantil de FAMCA o la EICTV.

Por lo demás, algunos rostros clásicos del cine cubano casi no necesitaron maquillaje necro para ser creíbles en sus respectivos cameos. En este y otros sentidos, Juan de los Muertos funciona como el canto de zombi de un inminente ICAIC de los muertos: una ruptura de concepto tras la cual no se podrá blandir una cámara en Cuba sin ser un poco menos pedante y un poco más cabroncito, sobremurientes de "la cosa esta que vino después" de 1959 o 1961 o 1968 o 1971 o 1975 o 1980 o 1989 o 1994 o 2011 o quién sabe cuál fecha o fachada.

Más que afinar la puntería, habría que disparar todavía más a ciegas contra el paredón de una cultura anquilosada. Hacer de este filme una serie de alto rating para la TVC, donde cada capítulo deconstruya una zona zombi de la Cuba decúbito actual. De los chistes sobre Fidel Castro (Perugorría Jr. se atreve a partirse de la risa con uno) a representar por fin el tótem o tabú de Fidel Castro (Alexis Díaz de Villegas recibe una llamada que deja intuir que se solicita su ayuda profesional para cometer un Zombicidio en Jefe). La Transición del arte en Cuba tendrá mucho de este bayú anarco-iconoclasta, antípoda del monólogo monocromático de casi todas las publicaciones periódicas cubanas (clones desfasados del Pravda).

No quisiera dejar el sabor sensacionalista de que se trata de una película política. Juan de los Muertos es un anacronismo hecho por un equipo de gente con un pie puesto en el futuro y ninguno ya en el pasado. Ellos no tienen la culpa de que la Historia en Cuba todavía esté secuestrada en unas catacumbas con apellido castrense.