Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (XIV)

Wilfredo Cancio Isla: Hugo (Paramount Pictures, 2011), de Martin Scorsese.

Ahora que el 3D es la nueva moda redescubierta, Martin Scorsese ha aprovechado el momento para demostrarnos lo que diferencia a un artista de un artesano del cine. Scorsese asume la técnica no para acercarnos ante los ojos los rostros y movimientos de los personajes, sino como un soporte de la invención estética. Asistir a una sala de cine en Miami para ver Hugo ha sido una de los mayores placeres que el 2011 me deja, por múltiples razones.

Hugo está basada en La invención de Hugo Cabret, la voluminosa novela de Brian Selznick. La historia transcurre en París en 1931 y el protagonista es un niño huérfano (Assa Butterfield) que vive en la torre de una estación ferroviaria, donde consume sus días velando por el funcionamiento de los relojes y robando piezas para recomponer un misterioso robot. El artefacto guarda presuntamente un mensaje de su padre. Aquí están todos los ingredientes para la seducción del espectador, que no solo infantil. Porque este es un filme para todas las edades y para todos los tiempos.

Pero el enigma nos lo descifrará el gran Georges Mélies, el hombre que inyectó de magia al naciente arte cinematográfico, un pionero de la imaginación en movimiento, un visionario como Scorsese. Mélies, interpretado por Ben Kingsley, echado a menos como vendedor de un puesto de juguetes en la estación ferroviaria. Mélies, el pródigo ilusionista de El Viaje a la Luna (1902) y otras proezas de encantamiento que marcaron la época del cine silente.

No hace falta más en esta película llena de aventura, misterio y deslumbramiento. Bastaría tan solo la escena de la persecución final del niño por el guardián de la estación (Sacha Baron Cohen) para consagrarlo como un ejercicio de magisterio fílmico. Spielberg estrenará dentro de unos días su esperada incursión en 3-D, Las Aventuras de Tintin, pero ya Scorsese va en punta del diciembre cinematográfico en Estados Unidos. 

 

Enrique del Risco: Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Yuri Andrujóvich, más otras novelas rusas y una de William Faulkner

Este año ha sido, entre otras incursiones, de lecturas esteparias, aunque en ocasiones avanzara un poco más allá hasta caer cabeza en plena taigá. Sí, hablo de esa raza temible que son los escritores rusos —o similares— que desde siempre, más que dedicarse a escribir historias de cómo se salva o se destruye el mundo, escriben como si lo fueran a destruir o a salvar a golpe de novelas. Como si su escritura no pretendiera representar el mundo, explicarlo, sino como si de ella dependiera su existencia.

Esta vez mis compañeros de viaje, o mejor, mis guías cosacos han sido Vladimir Voinóvich (Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin), Yuri Andrujóvich (Doce anillos), Sofi Oksanen (Purga) y Varlam Shalámov (Relatos de Kolimá). El libro de Voinóvich —antiguo disidente y responsable tanto del himno de los cosmonautas soviéticos como de contrabandear de la Unión Soviética el manuscrito de la majestuosa Vida y destino de Yuri Grossman— es la más hilarante épica que se pueda concebir de ese mundo espeluznante que fue la Rusia del padrecito Stalin, consiguiendo el milagro de revolcarnos a carcajadas con la piel erizada de terror. El de Andrujóvich es un retrato entre sarcástico y poético del paisaje postcomunista —y con postcomunista quiero decir, en este caso, desolado y ridículo— de la Ucrania actual, un paisaje reciclado por sucesivas y entusiastas barbaries de las que ahora lo único que se echa en falta es el entusiasmo.

Purga, la novela de la finlandesa Sofi Oksanen —única en este listado que puede considerarse una novedad— traduce la historia de Estonia desde los años de la ocupación soviética hasta el presente en un intenso drama familiar al que no obstante de algún modo se le escapa —como le suele suceder a los que abordan estos temas desde su exterior— la abrasiva lógica del totalitarismo.

Relatos de Kolimá es harina de otro costal. No le crean a quien pretenda presentarlo como mero testimonio del Gulag, en la estela de Un día en la vida de Iván Denísovich o Archipiélago Gulag. Se trata de un relato durísimo y al mismo tiempo sosegado y preciso, no tanto de los sufrimientos de los presos como de los modos que adopta eso que llamamos la condición humana una vez que se le despoja de todo ornamento sentimental, de cualquier oportunidad de engañarse a sí misma. Y el resultado no es especialmente alentador. Si un norteamericano optimista —perdonen la redundancia— como Hemingway vino a decirnos que un hombre puede ser destruido pero no derrotado, el ruso Shalámov nos trae pésimas noticias: un hombre puede ser destruido y derrotado incontables veces. Si acaso hay alguna señal de optimismo está en comprobar que a Shalámov todavía le quedaron fuerzas para escribir sus relatos. Aunque luego tuviese tiempo (y miedo) hasta para abjurar de ellos.

Pero mentiría si no dijese que de todas mis lecturas de este año la más apabulladora y estimulante es otra que Light in August (Luz de agosto, en la magnífica traducción que Enrique Sordo hizo para Alfaguara) de William Faulkner. Esta novela —de las menos conocidas entre los lectores cubanos: nunca se editó en la Isla ni fue traducida para Austral por Novás Calvo— comparte con el resto de la obra del escritor sureño el ambiente, los temas y hasta la trama. La distingue la elegancia con que, liberada de las servidumbres de la primera persona, la prosa de Faulkner corre por las páginas sin perder la fuerza necesaria para contar el drama de personajes como Joe Christmas que es, sin quererlo, el de todo un continente. Cualquier párrafo de Luz de agosto nos recuerda, entre tantas cosas, cuánto le deben los novelistas latinoamericanos desde Cortázar, Rulfo, García Márquez y Vargas Llosa hasta Bolaño y por qué Faulkner es en cronología y clase el primero de los noveladores del Nuevo Mundo.

 

Gerardo Fernández Fe: Diarios (Emecé, 1993) de John Cheever

No suelo leer libros de moda. Quizás sea yo un anticuado pero conmigo, fenómenos tan loados como el Millennium de Stieg Larsson, todo Ruiz Zafón, el gurú Coelho o el último Vargas Llosa, como decimos en La Habana, se mueren de hambre. Llevo años persiguiendo a un escritor que me parece medular e ignorado a la vez. Y no es que Carver, Roth o John Irving no sean menos —con todos se arma un once perfecto, como de futbolistas geniales y diferentes entre sí: cada cual en su sitio, cada uno puntual y trascendente.

Por eso quiero detenerme en los diarios de John Cheever, en el sabor a miedo y a desequilibrio que dejan en el lector accidentado que soy. Cheever es el escritor de la clase media norteamericana, de los que toman el metro a las seis de la mañana, de los que reciben el correo del banco como si les quemara los dedos, de los que ahogan en alcohol sus penas y sus penurias. Nadie como Cheever ha retratado mejor el día a día de una familia común, sus zonas de sombra, sus golpes de pie por debajo de la mesa, y eso que años después John Berger llamó "los silencios de la vida conyugal".

Si los personajes de sus narraciones son los héroes suburbanos de los años 50-70, el de su diario, sin remilgos, es ese hombre obsesionado por el fracaso que acompaña a sus hijos a la pista de patinaje, que lee a Esquilo y bebe whisky en exceso, que no esconde su envidia y su dolor ante el éxito de su amigo Saul Bellow, que levanta pesas a los 52 años, se burla del aire afeminado de Truman Capote, no cree que Kerouac tenga talento y se debate con su bisexualidad corrosiva; el mismo que caza errores en la prosa de Nabókov, "esa pesadilla con sabor a violetas", sueña con que tiene una aventura homosexual con Ronald Reagan mucho antes de su llegada a la presidencia, y al final es asediado por insistentes pensamientos sobre la vejez.

De las páginas de 1961, he subrayado en el libro esta nota: "No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento…"

En tiempos difíciles leo a Cheever y me da miedo. Leo a Cheever, que es lo mismo que mirar al lado y darnos cuenta de que la felicidad —ese El Dorado que con tanto fervor se busca en las letras norteamericanas desde Hawthorne hasta nuestros días— va más allá de unas cuantas caras siempre sonrientes en Facebook. Otro tema que me cautiva y sobre el que un día intentaré escribir.

 

Orestes Hurtado: Jasmine (ECM Records, 2010) Keith Jarrett/Charlie Haden

Keith Jarrett, piano y susurros. Charlie Haden, bajo y sonrisa. En 2010, tras más de treinta años de la última vez que grabaron juntos, se reúnen en casa de Jarrett para tocar unos standards. Y resulta Jasmine. Un disco de dos amigos que se reencuentran, que se dan cuenta de que aún pueden hablar del silencio, de la belleza.;

Las viejas canciones pueden parecer hermosos poemas de hoy si el músico consigue pronunciar cada nota hacia una nueva quietud o hacia un movimiento claro de las ganas hondas. El que escucha transita por un desfiladero de las emociones y así, emocionado, casi extático, ante estos dos compinches en tareas suaves. A estas alturas, For all we know o Body and soul saben a tarde, a calma, a voz en la ausencia, a verdad más compleja que la razón. ¿Será que el mejor jazz lo hacen los viejos maestros recurvando? ¿Será que Jarrett (más confesional que nunca en sus últimos discos —incluido el desesperado Testament) y Haden (más preciso y más amplio que nunca en sus últimos discos —con Metheny, Brecker, Mehldau, Rubalcaba) dialogan sobre la necesidad de regresar a lo primordial y pausado de la forma jazz?

Tal vez la respuesta sea biológica. Pueden tocar las tonadas de primera juventud, ahora las entienden en profundidad. Por su parte, los Marsalis proponen revisar la historia, la sucesión de estilos, con la idea de una expansión de los rincones, un enriquecimiento de las maneras clásicas con reciente swing ecléctico. Y mientras los Marsalis quieren participar del sonido humoso, de la exactitud al borde del abismo de aquellos pioneros en ebullición, ¿qué pueden los que sí vivieron los sesenta, las esquirlas del Gran Jazz, los que siguieron a Miles, dinamitero mayor? ¿Qué pueden los que están de vuelta de todo (Jarrett, Haden, Sonny Rollins, Charles Lloyd)?

Los viejos revisando las tonadas de antaño. De los muchos placeres que el jazz me ha dado en este año que se borra, ninguno tan pleno en significados, tan inolvidable. Como versos que en letanía nos decimos en días negros, como la mujer de aquella mesa siguiendo un suceso de la calle por la ventana del café. La más asombrosa cercanía a lo que somos mientras atendemos. El viejo piano American Steinway en casa de Jarrett, la algo encorvada figura de un Haden reconcentrado. Y las viejas canciones que traen lo perdido. Y Jasmine, pizpireta mujer de nadie, guarda silencio en la sombra. Don´t ever leave me.

 

 


 

Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos

(X) Tanya Huntington, Carlos Pintado, Amir Valle, Enrico Mario Santí y Orlando Luis Pardo Lazo

(XI) Juana Rosa Pita, Carlos Alberto Montaner, Octavio Armand, Idalia Morejón Arnaiz y Radamés Molina

(XII) Javier Cercas, Ernesto Menéndez-Conde, Edgardo Dobry, Romy Sánchez y Lorenzo García Vega

(XIII) María Elena Hernández Caballero, Heriberto Hernández Medina, Mirta Ojito, Antonio G. Rodiles y Roberto González Echevarría