Martes, 27 de Septiembre de 2016
15:37 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (X)

Tanya Huntington: La guerra y la paz de Leon Tolstói

Siendo tan porosos nuestros cerebros, no debe sorprender a nadie que contengan lagunas. Y no solo mentales, las cuales denotan la pérdida de algo que alguna vez sabíamos, sino también de lectura, las cuales implican no haber cumplido con la tarea —intimidante, por cierto— de familiarizarse con el canon literario entero. Ahora bien, algunos poseemos más lagunas que otros (por ejemplo, el candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, se ha mostrado incapaz de nombrar tres libros que le hayan marcado la vida, redefiniendo así el concepto de humor negro entre los mexicanos. Humor, porque ha inspirado una serie de chistes que se antoja infinito. Negro, porque lleva ventaja en las encuestas.) De allí que cuando nos piden nuestras recomendaciones de lectura de fin de año, nos escudamos nombrando algunas novedades, con tal de no dar pena ajena (o, según la usanza actual aquí en México, "peña ajena".)

Arrojando la cautela a los cuatro vientos, reconozco que una de mis lagunas más anchas y profundas era La guerra y la paz, de Tolstói. Así que, aprovechando una coyuntura de tres semanas acampando en la cordillera Huayhuash de Perú, lo llevé conmigo. Arrastré con placer la edición, que por fortuna era rústica, por unas alturas donde cada kilo pesa el doble. Mientras descansaba en el regazo de paisajes asombrosos, me fui enterando con gran preocupación no solo del deshielo en los Andes, sino de las cuitas de Natasha y Pierre. Devoré las descripciones de batallas y de bailes. Confirmé que los posmodernos no inventaron el pastiche heterogéneo. Y constaté lo que decía Isaiah Berlin: que los rusos decimonónicos sabían que la mejor forma de conjurar el desprecio de Occidente hacia los países rezagados consiste en retratar un espíritu sui generis. Claro, también ayuda ganarle a Napoleón.

Carlos Pintado: Estambul (Random House Mondadori, 2006) de Orhan Pamuk.

Leí Estambul de Orhan Pamuk hace años en Estambul. El libro, por entonces, fue una suerte de amuleto o brújula que me ayudaba a entender una ciudad que se levanta sobre dos continentes. El libro era una ciudad bajo el brazo. Yo retiraba la vista de sus páginas para encontrarme con aquello había leído. Este año vuelvo a leerlo y la memoria de la ciudad y del libro regresa a mí como esos cantos musulmanes a los que llegué a acostumbrarme. Leo una ciudad como un libro o me pierdo en un libro como si fuera una ciudad, quién sabe. Como el Dublín de Joyce, la Alejandría de Lawrence Durrell o el Buenos Aires de Borges, Estambul nos lleva por rostros y calles tan reales y alucinantes que a veces hacen dudar si Estambul (¿el libro o la ciudad?) no es el ejercicio personal de una ficción citadina.

No lo es, por suerte. La estructura del libro, que tiene tanto de novela como de lo que realmente es: un libro de memorias. Es impecable: los capítulos iniciales dibujan, sin asentamientos pueriles, los primeros años de vida de unos de los escritores más sorprendentes de Turquía y de los que no escapan coincidencias borgeanas: "sospeché la existencia de un mundo que no me era dado ver. En una calle de Estambul, en una casa parecida a la nuestra, vivía otro Orhan, tan parecido a mí que podía pasar por mi hermano gemelo". Y con esta "fantasmal duplicidad" nos lanza al encuentro del Bósforo, del Cuerno de Oro o las reminiscencias de una ciudad que ha transitado en sí misma, como dentro de un espejo de aguas turbias, hasta dejar atrás su propio fantasma. Quiero decir, Constantinopla o Bizancio.

Por Pamuk sabemos que Nerval y Gautier llegan en 1843, y que Gustave Flaubert lo hace 7 años después (el breve incidente en que narra cómo Flaubert debe desnudarse ante una jovencita de 16 años es hilarante). No puedo terminar sin recordar el capítulo "La melancolía de las ruinas" en el que dos escritores turcos, Tapinar y Yahya Kemal, deciden recorrer las partes más pobres de la ciudad. No acostumbro a preferir libros de memorias a libros de novelas, pero con éste hago una excepción. Cierro los ojos y lo disfruto como también disfruté Mi nombre es Rojo, Nieve, El Libro Negro o El Museo de la Inocencia.

Amir Valle: La piel del miedo (Viento Sur, 2010) de Javier Vásconez

Bastó esta novela para que me lanzara a la búsqueda de otras obras del narrador ecuatoriano Javier Vásconez, a quien, a pesar de no ser muy mencionado por la supuesta "prensa especializada", se le considera una rara avis, un autor imprescindible de las letras latinoamericanas de los últimos 30 años.

A partir de un detalle traumático simple, la epilepsia, Vásconez logra construir un poderoso mundo novelado, en el cual la vida es vista casi a través de esos temblores que aquejan a los enfermos, pero también a través de esas iluminaciones que, aseguran muchos, experimentan quienes padecen esa enfermedad. Bajo esa perspectiva —terrores más íntimos e iluminaciones ocultas y visibles— Vásconez va "iluminando" toda la vida de un hombre que, según se lee, es tan gris, tan oscuro, que únicamente sería protagonista de algo en una novela.

Una oferta de lujo de esta pequeña editorial madrileña que acaba de publicar otra novela impecable: El último día del estornino, del cubano Gerardo Fernández Fe.

Enrico Mario Santí: El anillo de los Nibelungos de Richard Wagner

Vi, escuché, estudié, durante varios días El anillo de los Nibelungos. Fue en el Dorothy Chandler Pavillion de Los Angeles, en la producción de L.A. Opera. El conductor fue James Conlon, Richard Seaver su director musical, y Achim Freyer de director escénico. ¿Han oído de la expresión tour de force? Pues esto lo fue. Imagínense cuatro óperas, tres de cuatro horas y una de tres, quince en total, la primera de ellas sin intermedio, y para cada una de las cuales hay que: 1) prepararse de antemano familiarizándose con la compleja trama, 2) atrincherarse en el asiento y concentrarse en las transiciones musicales, 3) anticipar, si le gusta la ópera, que se trata de algo radicalmente distinto de la ópera italiana, o incluso de la alemana que antecede a Wagner.

Como experiencia musical —soy melómano aunque no operómano— no hay comparación. Como experiencia cultural, me recordó la realización de anteriores empresas: mi primera lectura del Quijote a los quince, de la Recherche de Proust entera, a los 20; o del Mahab-Harata, que casi he terminado. El oro del Rhin, Valkirias, Siegfried, Ocaso de los dioses: nunca pensé que podría llegar a entender la complejidad mítica y musical de semejante épica de épicas. Pero olvidamos que en escena todo es sensación: sonido e imagen, pero también juego, sorpresa. Wagner es todo mito escenificado, en vez de personajes que actúan; ideas en acción, más que actuación abstracta.

La sensación final que me llevé fue algo más que una catarsis: con los personajes de Wagner nos sentimos morir, con o sin los dioses, para volver a la vida. La dirección de Conlon fue dinámica cuando tuvo que serlo, y de increíble tensión en los pasajes que lo exigían, sobre todo en la primera, sostenida pieza. Pero el premio se lo doy a Freyer, que ideó escenarios entre Gauguin y Star Wars, que le dieron coherencia y sentido al conjunto. Todos los cantantes fueron extraordinarios. Se destacaron, a mi juicio, Linda Watson como Brunhilde y John Treleaven, de Siegfried. (Plácido Domingo, como Sigmund, no se quedó atrás.) El postre, o más bien el cordial: en una pequeña recepción en casa de la soprano Anne-Marie Ketchum en Pasadena, acompañado de caviar y Veuve Clicquot, tuve el privilegio de deshilachar la producción con los compositores y amigos Aurelio de la Vega y Daniel Catán (qu.e.p.d.).

Orlando Luis Pardo Lazo: La roca de Patmos (Letras Cubanas, 2010) de Alberto Lamar Schweyer

Es imposible sacar lo mejor del 2011, un año lectivo tan insulso. Pero me empaté con una de esas excentricidades editadas por la colección "La Novela" de la editora oficial Letras Cubanas, esta novela de Alberto Lamar Schweyer (1902-1942), prologada por la cada vez más incisiva investigadora Adis Barrio, arqueóloga de lujo desde las bóvedas del Instituto de Lingüística y Literatura en La Habana.

Alberto Lamar Schweyer es, más que uno de nuestros novelistas menores (que no minoristas), el autor de ensayos estrafalarios de estética mucho más estalinista (a pesar de él) que la de los comunistas cubanos (a pesar de los comunistas cubanos, siempre tan hipócritas como pacatos). Ahí está su impublicable Biología de la democracia (1927), su nietzscheanismo naive con pinta de radical, su anti-patrioterismo que cruza lo racional con lo reaccionario (demasiado revolucionario para los revolucionarios de entonces, tuberculizados por un anti-imperialismo de imitación), su misoginia hedonista entre Vargas Vila y la grandeza venida a menos de una Europa sin Dios, su cubanidad negativa que emana de una visión agorera inverosímil de tan verificada luego por la praxis histórica. Ahí está su decepción, su derrota, su dolor.

Leer a uno de los anti-demócratas cubanos de nuestra única etapa democrática es un acto de suma lucidez de cara al futuro (es decir, al día de hoy). Perdónalos, Señor, porque sabían muy bien lo que escribieron.

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal

(IX) Manuel Zayas, Reina María Rodríguez, Gerardo Muñoz, Juan Antonio García Borrero y Jorge Luis Arcos