Viernes, 30 de Septiembre de 2016
11:31 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (IX)

Manuel Zayas: Crimen y castigo (Estudios Fílmicos Máximo Gorki, 1969) de Lev Kulidzhanov

Un monumento cinematográfico de más de tres horas sobre una de las obras cumbres de la literatura rusa de todos los tiempos. El respeto de Kulidzhanov por la novela de Dovstoievski se traduce en una minuciosa adaptación fílmica en blanco y negro, entre cuyos fotogramas se mueven las sombras de unos personajes de novela —nunca mejor dicho.

Los diálogos son copia fiel del texto original y la caracterización de personajes lleva a éstos al límite, a una interiorización psicológica profunda y muy necesaria tratándose de una obra que explora en el significado del crimen y de la culpa. No quiero parecer desmedido, pero creo que es la mejor adaptación fílmica que haya visto jamás. Fascinante.

Reina María Rodríguez: Vivir en el fuego (traducción de Selma Ancira, Galaxia Gutenberg, 2008) de Marina Tsvietáieva

Conocemos más a Marina Tsvietáieva ( Moscú, 1982-Elábuga, 1941) por su poesía y vida que por su prosa y sus relatos magníficos. Este volumen recoge confesiones suyas, reúne fotos de ella, su familia, los amigos... Recupera fragmentos donde Marina nos cuenta acerca de sus elecciones, sus cambios de vida y de sitios, el exilio. Habla, en alguna página, de "la importancia de tener un cubo". Se ocupa de la vida literaria y amorosa con todos sus riesgos, entre miseria y persecución.

Tocar sus páginas, tener una conversación tan estrecha con la autora, es como tocar el fuego: de ahí su acertado título. Y sobresale una pregunta que lo enlaza todo, entre su vida cotidiana y su escritura como única salvación, ese grito que fue su delirio y obsesión: "¿es esta la existencia? Ojalá fuese —¡el ser!".

Gerardo Muñoz: Theological Tractates (Stanford University Press, 2011) de Erik Peterson

Al igual que Félix Guattari, Adolfo Bioy Casares, o cualquiera de los sofistas griegos que recorren las páginas socráticas de Platón, la figura de Erik Peterson solo ha visto la luz a través de la enorme sombra de su contrincante, el jurista nazi Carl Schmitt. Schmitt y Peterson: alemanes, católicos, o según Taubes, los dos profetas del "Apocalipsis de la contrarrevolución". Contra Schmitt, Peterson había escrito un brillante ensayo "Monoteísmo como problema político (1935)", donde desarticulaba la premisa central de una posible "teológica política".

Desempolvado recientemente por figuras tan disímiles como Giorgio Agamben y Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI —para quienes Peterson es simplemente el más inteligente de los teólogos del siglo XX— el pensamiento de Peterson, salvo en los estrechos cenáculos de historiadores o teólogos alemanes, había quedado en los agujeros de la memoria intelectual de la primera mitad del siglo XX. Su tesis doctoral "Heis Theos: Epigraphispche, formegeschichliche und ligiongeschichtlich", originalmente publicada en 1920, luego editada en 1926, es acaso el primer estudio de los fundamentos de una política de la teología occidental signada por la liturgia. Según él, las aclamaciones de la liturgia eclesiástica no solo son continuación de la política por otros medios, sino más importante aún, en la Modernidad la política es también una forma de liturgia transformada en espectáculo estético. (El fascismo, el comunismo estalinista, y la democracia contemporánea, no han dejado de ser sus más sublimes expresiones.)

Con la excepción de una traducción de 1964 de "The Angels and the Liturgy", que se ocupa de la función de los ángeles en la Iglesia, el nuevo volumen Theological Tractates es la primera publicación de la obra de Peterson en el mundo anglosajón, en insuperable traducción de Michael J.Hollerich. El libro no solo recoge los ensayos ya acotados, sino también algunos de sus textos menores, verdaderas joyas de un pensamiento heterodoxo católico. "La Iglesia", "Cristo como Emperador", "¿Qué es la teología?", o "Testigo y Verdad", son piezas de una profunda arqueología sobre los modos en que el dispositivo cristiano occidental ha dominado sobre las prácticas más comunes de la vida moderna. Solo lamentamos que no se haya incluido el importante "Theologie des Kleides", monografía sobre la desnudez y el origen de la ropa.

Peterson no es solo un pensamiento, un conjunto de ideas, es también un estilo. "No creo que pueda haber teología sin argumentación", escribe en "¿Qué es la Teología?". Muy cerca de la gran tradición alemana del aforismo (Lichtenberg) o del ensayo especulativo (Schelling), en Peterson la teoría política, el arte contemporáneo, los multitudinarios estadios del deporte y la música cobran nuevos matices teológicos. Discrepa de Schmitt en todo, salvo un punto: el mesianismo es causa secreta de la teología, la nota armónica, su complot. Aunque si para Schmitt el eschaton se detiene en la formación histórica del Imperio, para Peterson es la Iglesia Católica, cuya fuerza disuasiva es la negativa de los judíos a la conversión. La lectura de Peterson es tarea política, pero también placer escatológico por saber en qué andaban los amigos de la contrarrevolución por aquellas convulsas décadas de principios de siglo.

Juan Antonio García Borrero: Borges va al cine (Libraria, 2010) de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelicié

Me leí de un tirón este ameno libro que tiene la virtud de describirnos zonas inéditas del quehacer borgeano, algo que a estas alturas parecía definitivamente imposible. Gracias a Edgardo Cozarinsky ya conocíamos de algunas de las notas fílmicas escritas por Borges, pero este libro es otra cosa. En primer lugar, porque los autores no se conforman con reproducir lo escrito por el autor argentino, sino, como bien dicen en algún momento, intentan "construir el mundo cultural e histórico en el que Borges vio las películas y escribió sobre ellas". Eso deja como saldo un relato bien escrito, en el que pueden apreciarse no pocas de las contradicciones humanas de alguien genial, y al mismo tiempo vulnerable.

Los once capítulos que componen el volumen ofrecen un retrato riquísimo de ese Borges que desde su primera reseña cinematográfica (1931, en la revista Sur), quiso eludir la relación dócil con el cine. Y gracias a las investigaciones que aquí se disfrutan, uno va percibiendo de modo más claro la influencia que tendría en su modo de hacer literatura, el disfrute de las películas, incluso cuando la ceguera llegara a su vida.

Jorge Luis Arcos: El fuego secreto de los filósofos. Una historia de la imaginación (Atalanta, 2006) de Patrick Harpur y las memorias de Lorenzo García Vega

El libro de Patrick Harpur y El oficio de perder (Espuela de Plata, 2005), de Lorenzo García Vega, parecen dos universos distantes, pero están profundamente relacionados. Las memorias de García Vega, únicas en la cultura cubana —¿hispanoamericana?— además de un testimonio singularísimo de un destino creador tienen mucho de indagación en el otro mundo —digo con término de Harpur. ¿La lucha contra la enfermedad, en Lorenzo, no ilustra la lucha contra una realidad daimónica? La naturaleza para García Vega —como para Darwin, según el maravilloso ensayo que le dedica Harpur— es un imposible o un umbral. Toda su obra —desde su diario Rostros del reverso— ilustra el agón por configurar su destino creador, su percepción plástica o visual de la realidad. Las inquietantes y profundas perplejidades ante la inextricable y a la vez porosa e insondable textura de las cosas, lo matérico, revelan esa relación antitética ante la naturaleza que Harold Bloom ve como característica primordial del creador desde el Romanticismo.

A través de una poética de la memoria o de la rememoración (digo también con término de Harpur) —poética kaleidoscópica y poética del reverso—, García Vega indaga en la imposibilidad radical para recuperar una identidad perdida. La pérdida atraviesa la misma percepción de la realidad porque es consustancial al propio proceso de conocimiento o autoconocimiento. Al igual que Harpur, quien al final de El fuego secreto de los filósofos resguarda su misterio, entrega una aporía, García Vega hace de la conciencia y asunción del fracaso el núcleo irreductible de su gesto creador. Como diría Lezama, "todo perdido, nada perdido"… O como apunta Roberto Bolaño: "La única experiencia necesaria para escribir es la experiencia del fenómeno estético. Pero no me refiero a una cierta educación más o menos correcta, sino a un compromiso o, mejor dicho, a una apuesta, en donde el artista pone sobre la mesa su vida, sabiendo de antemano, además, que va a salir derrotado. Esto último es importante: saber que vas a perder:"

Así, García Vega, quien, perdido en un arrabal del universo, puede ver lo que otros no ven, aunque esa visión intolerable lo fulmine siempre. De ahí que toda su obra sea el conmovedor testimonio de una espiral creciente —como en Solaris— de incesantes muertes y resurrecciones. Por eso, García Vega, es un Oblomov redivivo: todo lo ve intensa y profundamente, pero todo lo pierde. Como un actor cómico —o tragicómico— de una película silente se cae y se levanta, se cae y se levanta…

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo

(VII) Jorge Ignacio Pérez, José Prats Sariol, Alicia Mariño, Manuel Santayana y Alberto Lauro

(VIII) Fernando Villaverde, Andrés Reynaldo, Juan Villoro, Teresa Dovalpage y Orlando Jiménez Leal