Jueves, 29 de Septiembre de 2016
23:17 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (VII)

Jorge Ignacio Pérez: Camino a la libertad (2010) de Peter Weir

Después de incontables filmes sobre el fascismo y su expansión europea, este año llegó a mis ojos la otra parte del genocidio, la que nunca nos contaron en las escuelas cubanas. El poder soviético a través de sus tristemente célebres gulags ha tenido poca divulgación en el cine de ficción. Sería el legendario Peter Weir (El show de Truman, Green Card) quien se encargara de narrar en película un testimonio de Slavomir Rawicz, apresado por el Ejército Rojo tras la invasión de los alemanes a Polonia, en 1939. La odisea, escrita en primera persona, ha dado pie a una larga road movie sin carreteras: Camino a la libertad (The way back) cuenta un viaje transiberiano que termina en la India y pasa por el Himalaya y el Tibet.

Protagonizado por Colin Farrell, Jim Sturgess y Ed Harris, el largometraje ofrece una gran oportunidad para ver los campos de concentración soviéticos donde conviven, en pésimas condiciones, lo mismo reos políticos que delincuentes. Aunque la mayoría del metraje transcurre en el interminable viaje de huida, y éste necesita sus buenos tijeretazos de edición, me quedan impregnadas las fuertes imágenes en las barracas del destierro siberiano, donde, si no morían de frío o infección, los reclusos terminaban allí sus días con un tiro en la nuca.

A veces el puzzle se completa y otras está roto. Roto no por casualidad, sino porque algunos historiadores se empeñan en solapar trozos de vida. Es de agradecer, por tanto, estos empeños artísticos, aunque desde el punto de vista formal resulten imperfectos.

José Prats Sariol: New York (Espasa, 2003) de Paul Morand

Pasear por New York con las imágenes de Paul Morand. Viajar por algunos sitios que ese esnobista, bon vivant y amigo de Marcel Proust grabó tras sus excursiones a la Gran Manzana, poco antes del "crack" de 1929. La lectura de este libro fascinante —salvo las enumeraciones— me ha multiplicado el gusto de conocer por conocer, la curiosidad inagotable como signo, según admirara Francisco Umbral en el colaboracionista del régimen de Vichy. Refinado diplomático, Morand potenció junto al poeta Blaise Cendrars las vanguardias literarias al jerarquizar la metáfora. Apollinaire y Huidobro, el surrealismo y los poetas de habla hispana en torno a 1927, respiraron esa afición donde lo musical se subordina al tropo, la hicieron suya: Magie noire.

Leer New York —tal vez oyendo a Sinatra— tiene una plasticidad decorativa digna de Dufy o Cornelius Van Dongen. He subrayado sitios, colores y ambientes que su prosa logra imantar: cruzar a pie Brooklyn Bridge no será igual. Manhattan tendrá al desfiladero de Broadway como corazón, con sus luces avaras. Me detendré en Rector Street, hacia Trinity Church, pensando en el Harlem holandés. "Greenwich Village es falso", afirma Morand. Quizás, nunca lo he visto así. Le agradeceré a Carnegie la Biblioteca Municipal, cuyos escalones descenderé de noche, órfico rumbo a Brentano’s, si aún existe la librería… ¿Cuál es la historia de Columbia University? Sherman Square: "Poe vivió cerca de esta plaza antes de ir a Fordham, y aquí escribió El cuervo". Cocteau: "Vas a New York a que te lean el porvenir en la mano". Whitman de adivino del cosmopolitismo. Y Paul Morand: "el asfalto vibra". Su prosa —gusto de la imagen— también vibra, reconforta.

Alicia Mariño: Encender una hoguera (traducción de Catalina Martínez Muñoz e ilustraciones de Raúl Arias, Rey Lear, 2011) de Jack London, más una novela de Dai Sijie.

El objeto libro de la editorial Rey Lear es una joya acorde con la obra maestra que supone este cuento del magnífico escritor y gran aventurero que fue Jack London. El autor, que conocía bien Alaska, nos hace partícipes de una situación excepcional, me atrevería a decir que casi metafísica: un hombre sin más compañía que la de su perro, atravesando un paisaje glacial a 60 grados bajo cero para conseguir llegar al refugio donde se encontrará con sus compañeros de trabajo. Es la lucha de un hombre contra la falta de puntos de referencia en el blanco absoluto de la nieve, contra el horror del hielo, contra la paralización de sus pies y sus manos, contra la muerte por congelación... Un auténtico relato de la lucha por la supervivencia, escrito con total maestría en un lenguaje claro, conciso, rotundo, perfecto, y vertido al español también con maestría por Catalina Martínez. ¡Inolvidable!, el hielo se respira por todas partes en este libro, en el fondo, en la forma y a través de las excelentes ilustraciones de Raúl Arias.

Y, si me permiten, recomiendo este otro libro: El complejo de Di (Salamandra, 2005) de Dai Sijie. Había leído de este autor su primera novela —Balzac y la joven costurera china (Salamandra, 2000)—, que me gustó mucho. Sin embargo, desde mi punto de vista, el oficio de escritor de Dai Sijie se manifiesta con mayor amplitud en El complejo de Di. En esta novela, que algo tiene de autobiográfica, con la excusa de un viaje de retorno de un joven chino a su tierra tras amplios estudios de psicoanálisis en París, se nos muestra un tremendo contraste entre Oriente y Occidente, pero también entre la China tradicional y la China "emergente". Todo ello con una imaginación desbordante, con una ironía que, en ocasiones,raya en lo grotesco y en lo surrealista, que esconde una crítica muy inteligente contra todo tipo de sociedad,régimen o forma de vida que coarte la libertad... Una obra que, de la mano de la risa y la sonrisa, nos lleva a la reflexión no sin antes hacernos disfrutar de las situaciones y aventuras más inverosímiles narradas con un lenguaje rápido, directo y expresivo, siguiendo las técnicas de escritura occidentales a pesar del origen chino de su autor.

Manuel Santayana: Quince presencias (Colección Literaria Obregón,1955) de Alfonso Reyes 

En este año que casi llega a su término he leído bastante desordenadamente; pero casi nunca falta entre mis lecturas proyectadas o dictadas por la curiosidad del momento, algo de la prosa de Alfonso Reyes (Monterrey, 1888-México, 1959). Su poesía de humanista pagano que sabe sonreír es un descanso de la improvisación fatua y chabacana y del engolamiento de mucha poesía hispanoamericana; de su prosa ya escribió Borges, para quien fue un maestro, que era la mejor de su tiempo, y sigue siendo, a mi juicio, ejemplar y aleccionadora.

Esa prosa conserva en ciertos momentos cierto sabor de época inevitable; en otros, el lector siente que lo que lee no podría haberse escrito mejor. Su vastísima erudición "en estado de gracia" (Germán Arciniegas), a diferencia de la borgiana, escapa de los estantes de la biblioteca y está siempre matizada por la experiencia y la reflexión de un hombre de mundo  que tiene tanto de sibarita como de sabio y que sabe pasar de la abstracción a lo sensorial con agilidad y sutileza incomparables.

Todo lo escrito anteriormente se pone en evidencia en los relatos reunidos bajo el título de Quince presencias. El sondeo psicológico —y aún sociológico—, la captación poética de paisajes y ambientes, la mezcla deleitosa y constante de vida y literatura, de sensualidad y análisis, de ciencia y fantasía, de folclor y refinamiento intelectual hacen de estos textos una experiencia irrepetible. En ellos, lo biográfico y lo imaginativo, lo vivido y lo fantástico van creando una urdimbre rica y fascinante. Quien ame de verdad el arte de escribir no podrá dejar de disfrutar el diálogo con estas páginas de un gran Maestro.

Alberto Lauro: Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo

A la edad de tres años Joaquín Rodrigo se quedó ciego. Una epidemia de difteria asoló Valencia y otras regiones de España. Había nacido en Sagunto. No pudo ver más pero esto le hizo desarrollar otros sentidos. Y amaba la música. Pese a la oposición familiar, él siguió una vocación que sería la luz de su vida: la música. Así, después de estudiar en España se trasladó a París donde llegó a ser discípulo de Paul Dukas. Época en que conoció a una pianista turca de origen sefardí que sería su esposa, Victoria Kamhi. Ella se convirtió en sus pupilas. Luego de perder la primera criatura que esperaban, Joaquín Rodrigo escribió en París el adagio de su famoso concierto.

Ya estaba concluido en 1939. Era la primera vez que la guitarra entraba arropada por una orquesta. Regino Sainz de la Maza, Narciso Yepes y la catalana Renata Tarragó fueron quienes primero lo interpretaron. Un dato curioso: en su estreno estaba presente un guitarrrista cubano de paso por Barcelona: Isaac Nicola, fundador de la escuela cubana de guitarra. En la vasta discoteca de mi abuelo paterno —Aurelio Pino— era de los discos que habitualmente se escuchaba. No recuerdo la primera vez que lo oí. Pero nunca ha dejado de emocionarme ni de acompañarme.

A lo largo de un exilio de veinte años, el Concierto de Aranjuez ha sido un gran consuelo y una gran compañía. Igual que el libro de memorias de Victoria Kamhi —Mi vida junto a Joaquín Rodrigo— que suelo abrir al azar siempre en busca de una enseñanza o consuelo. Gracias a mi amistad con la pianista cubano libanesa Ñola Sahig y su esposo Nicolás Cossío conocí, al llegar de Cuba, a la familia Rodrigo. El Maestro Rodrigo, siempre rodeado de las atenciones de su hija Cecilia y sus nietas Cecilita y Patricia, era un conversador grato y un anfitrión ameno. Tuve la suerte de que me recibiera muchas veces, de asistir a sus cumpleaños y de hablar con él sobre música. Mucho admiraba a Bola de Nieve y en sus archivos fotográficos hay una imagen de él y Bola cuando el pianista cubano tuvo una temporada exitosa en el Teatro Lara.

Lo mágico es que escribiera el Concierto de Aranjuez para guitarra, instrumento que nunca tocó. Su adagio se ha incorporado al Kadish, un momento de la liturgia judía. La versión que más oigo actualmente es la del cubano Manuel Barrueco, dirigido por Plácido Domingo.

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde

(IV) Magali Alabau, Luis Alberto de Cuenca, Isis Wirth, Pablo de Cuba Soria y Yoss

(V) Regina Coyula, Abilio Estévez, Ladislao Aguado, Olvido García Valdés y Jesús Rosado

(VI) Isel Rivero, Jorge Enrique Lage, Alejandro Ríos, Irma Alfonso Rubio y Ernesto Gutiérrez Tamargo