Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (IV)

Magali Alabau: Incendies (2010) de Denis Villeneuve

El canadiense Denis Villenueve dirigió y escribió el guión de esta película, adaptación de una obra de teatro del dramaturgo canadiense de origen libanés Wajdi Mouwad: Scorched. El filme se estrenó en los festivales de Venecia y Toronto en 2010 y ha circulado en las salas de cine desde 2011. Es la historia de dos hermanos gemelos tratando de dilucidar y al mismo tiempo seguir el curso que su madre ordena en su testamento. Es la historia personal y la odisea de una mujer cristiana del Medio Oriente. A pesar de que se trata de ficción, la película muestra el escenario de la guerra en el Líbano entre los años 70 y 80.

Al meditar sobre Incendies no puedo evitar comparar la trama de este filme con los elementos que gobiernan la tragedia griega. La heroína es protagonista de terribles eventos que se develan a través de un secreto que a ella misma sorprende, horroriza y libera. El conocimiento de cómo se desencadenan los sucesos y el papel que juega el destino en esta historia resulta catártico para el espectador, además de alucinante.

Otro filme que recomiendo es De Dioses y Hombres, dirigido por Xavier Beauvois, sobre el asesinato de siete monjes franceses en Argelia durante la guerra civil en los 90.

Luis Alberto de Cuenca: Gargantúa y Pantagruel (El Acantilado, 2011) de François Rabelais.

Ahora que ha aparecido esta nueva y valiosa traducción española de los cinco libros de Gargantúa y Pantagruel, creo que vale la pena recomendar esa obra prodigiosa en la que la lengua francesa alcanza límites insospechados de expresividad que no se pierden en absoluto en esta recentísima versión castellana.

Utilizando la jerga aristotélica al uso, Rabelais hace constar en el prólogo a Gargantúa que la risa es el proprium del hombre y que es la benéfica catarsis de la carcajada su principal objetivo al escribir la historia de unos gigantes tan disparatados.

Hay mucho más que carcajadas en Gargantúa y Pantagruel, pero aunque su lectura tan solo consiguiera desencajarnos de risa las mandíbulas, ya habría cumplido la sagrada misión que se propuso. Y mucho más en los tiempos de crisis que corren hoy en día.

Isis Wirth: Nazisme et Révolution. Histoire théologique du national-socialisme. 1789- 1989 (Fayard, 2011) de Fabrice Bouthillon

El historiador y teólogo francés Fabrice Bouthillon —cierto, un pensador iconoclasta— establece que hay que partir de la Revolución francesa para comprender el desarrollo del nazismo en Alemania. Según su estudio, la revolución separó izquierda y derecha, y creó así en toda Europa un desgarramiento que no pudo sanar, en el caso alemán, la obra de unidad nacional de Bismarck. La derrota de 1918 ahondó ese desgarramiento. El nazismo, avanza Bouthillon, fue la solución paradójicamente centrista que se le ofreció a los alemanes para reconciliar esa división lacerante entre izquierda y derecha. El valor de esta última, el nacionalismo, se reconcilió con el valor de la izquierda, el socialismo. Y ambas herencias confluyeron en la persona de un "líder carismático", Adolf Hitler.

Si un sistema no puede reformarse sino a partir del instante en que ha demolido todo, el desgarramiento entre lo "viejo" (que intenta salvar el espíritu conservador, la "derecha") y lo "nuevo" (la "izquierda”), continúa insoluble. El nazismo fue la respuesta de la historia alemana a la pregunta que le planteó la Revolución francesa, concluye Bouthillon. Izquierda y derecha nacen del acto de disolución de la revolución; cada una se apropia por completo de una de las dos dimensiones que constituyen al género humano. (Hay aquí ecos de un Ernst Jünger.) En Francia, posteriormente a la revolución, hubo dos intentos centristas de "reconciliación". Uno, el del bonapartismo, al que Bouthillon llama "centrismo por adición de extremos", al combinar la extrema izquierda con la extrema derecha. El otro modelo, el orleanista, fue un "centrismo por sustracción", o "centrismo moderado", que rechaza ir a los extremos de la izquierda y la derecha.

Pudiera extenderme sobre el análisis que se efectúa de la Primera guerra mundial; del nazismo en sus tempranos vínculos con el socialismo —de hecho, fagocitó a la izquierda—; o de cómo el programa social del nazismo no fue solo el que provocó el entusiasmo de la izquierda sino los cinco puntos antisemitas del NSDAP. Pero mejor sugiero la lectura del libro. La tensión del pensamiento de Bouthillon es constante, apuntalada por una minuciosa cultura, y no se trata únicamente de la historia de Alemania sino de la europea en esos 200 años posteriores al momento "iniciático" de 1789. El libro brinda razones útiles a los "revoluclastas".

Pablo de Cuba: Escritos críticos (traducción de Bernadette Wang, Turner, 1989) de Glenn Gould 

Recién terminé de leer los escritos de aquel músico que por 1964 decidió encerrarse, hasta sus últimos días, en estudios de grabación. De ese modo, aislado en madrigueras habitadas por resonancias de Bach, Mozart, Beethoven, Schoenberg, y otros pocos selectos, Glenn Gould dejaba atrás una década de conciertos en vivo que le ganarían merecida fama como uno de los pianistas más extraordinarios y extravagantes de los años cincuenta.

Durante esos años de "encierro" Gould escribió ensayos, conferencias, notas para discos, artículos, y concedió algunas entrevistas. Este libro publicado ya hace más de dos décadas por la editorial Turner, recoge algunos de dichos escritos. Páginas que, más que meras disquisiciones sobre música clásica, son escritura atravesada por inquietantes reflexiones sobre el hecho estético; aunque siempre, claro, partiendo desde la música. Ideas como la siguiente van sosteniendo cada texto del libro: "Si tengo mucha prisa por grabarme en la cabeza la huella de una partitura nueva, provoco el efecto de [una] aspiradora poniendo algunos ruidos totalmente contrarios lo más cerca que puedo del instrumento. No importa qué ruido, en realidad —películas del Oeste en la televisión, discos de los Beatles; cualquier cosa que suene alta bastará—, porque lo que pude aprender de [una] unión accidental entre Mozart y [una] aspiradora fue que el oído interno de la imaginación es un estimulante mucho más poderoso que cualquier grado de observación externa”.

Gould fue un genial atrevido que en sus interpretaciones de los más grandes compositores de Occidente se atrevió, justamente, a corregirlos. Tanto en sus grabaciones como en estos textos se escuchan/leen tales tachaduras, agregados, cuestionamientos. El arte de la interpretación musical significó para él poner en "sonoras encrucijadas gramaticales" las ya de por sí complejas e irrepetibles composiciones de sus geniales predecesores. Este libro nos muestra eso: una de las maneras más provechosas en que debemos dialogar (críticamente) con la tradición.

Yoss: Noi credevamo (Nosotros creíamos, 2010), de Mario Martone

Acabo casi de verlo, en la muestra europea del 33 Festival de Cine Latinoamericano de La Habana: un filme histórico italiano sobre la formación del actual estado de Italia. Sobre Mazzini, la Joven Italia, donde apenas aparece el gran Garibaldi. Pero trata sin exageraciones ni idealizaciones de lo terrible que es una revolución, un movimiento, una lucha en la que quienes creen y lo sacrifican todo con altruismo se ven al final desplazados por la ola de oportunistas hábiles.

También es un magnífico ejemplo de esa sabia sentencia que reza "quien está dispuesto a sacrificar su vida en nombre de un ideal, a menudo también está dispuesto a sacrificar la de otros en ese mismo nombre. Y es ese el pequeño paso que distingue a un héroe de un verdugo". Es un filme acerca de cómo los soñadores idealistas se vuelven terroristas por desesperación y obcecación y (¿buena?) fe. El germen de tanta tragedia actual: ¿será que no hay revolución pura, que solo se trata siempre de cambios de dominadores?

El filme dura casi 3 horas, pero en el cine Riviera, cientos de cubanos lo vimos sin pestañear, con el aliento en suspenso. Nos tocaba muy de cerca. Nos dolía demasiado. Nos hacía pensar... y no eran pensamientos agradables. Pesimistas , quizás, pero, sin duda, también necesarios. Porque ellos creían... y nosotros también. Quizás sea la fe y la confianza el gran error y, si uno va a participar o a abrazar una revolución o una causa, nunca puede hacerlo ciegamente... sino siempre con (al menos) un ojo bien abierto. Por si acaso. Para no sufrir el síndrome de Saturno, y no pasar el día menos pensado de revolucionario que ajusticia a los rezagos del pasado a disidente ajusticiado en nombre de ¿el futuro? ¿o de un presente que se niega a cambiar?...

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel

(III) José Kozer, Enrique Collazo, Reinaldo García Ramos, Odette Casamayor y Miñuca Villaverde