Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (III)

José Kozer: El acantilado rojo (TriPictures, 2008) de John Woo

El acantilado rojo es una de las películas más emocionantes que he visto en los últimos años: su director, John Woo, uno de los grandes directores del nuevo cine chino, debe en esta película mucho a Akira Kurosawa, en concreto a Ran y a Kagemusha. Pero, más allá de esa deuda, la película se sostiene por sí misma gracias a su belleza, su trama extraordinaria, su entrejuego de tradición, historia, artes marciales y logros cinematográficos, así como por la capacidad de comunicar, desde una esmerada técnica que francamente causa asombro, mundos y mundos que, siendo parte del acervo chino, tienen mucho que ver con nosotros los occidentales. Más de dos horas y media de cine que no tienen desperdicio, y que nos tienen en vilo minuto a minuto durante el tiempo en que la película transcurre.

Recomiendo, luego de vista la película, leer la extraordinaria novela china titulada El Romance de los Tres Reinos, de Luo Guanzhong, base histórica y novelada de donde surge El acantilado rojo, novela que por igual tiene al lector en vilo, permitiéndole adentrarse en un mundo donde maldad y generosidad, sabiduría y necedad, amor y odio se entrecruzan forjando una sutil trama, que parte del conocimiento histórico de uno de los períodos más difíciles de la historia del pueblo chino, justo cuando la dinastía Han pierde su poder, el país se fragmenta y divide en tres y más reinos, y el pueblo chino sufre las consecuencias de esta fragmentación.

Enrique Collazo: Fados de Martinho

Llevo viviendo en España más de 18 años y, casi como un español, nunca había mirado hacia el oeste; o sea, hacia Portugal. Sin embargo, este verano, atendiendo sugerencias de alguien a quien debería escuchar más, nos lanzamos ilusionados a la aventura lusa. Soy un melómano impenitente y las músicas que hunden sus raíces en la cultura popular me fascinan. El fado, ese género musical portugués por antonomasia no me resultaba extraño. Desde los noventa escuche varios discos de Dulce Pontes y de Mísia; algunos de ellos conciertos en vivo ofrecidos por ambas divas en Lisboa. Desde entonces sentí un profundo respeto y admiración por esa música. Pero una cosa es con guitarra y otra con violín, como dice el dicho. Estando de vacaciones en la villa de Cascais tuve el privilegio de asistir a un concierto popular de Martinho, una de las cultoras que con mayor sensibilidad interpretan fado.

Pese a que la distancia que nos separaba de Martinho era de unos 25 metros, su voz, su entrega apasionada y desgarrada, lograron conmoverme inmediatamente. No entiendo portugués, pero ni falta que hacía. La fuerza expresiva y la maestría interpretativa de esta excepcional artista nos estremeció profundamente, sobre todo luego del intermedio en que súbitamente apareció cantando en medio del público asistente. Desde esta nueva perspectiva casi la podía tocar y sentir la energía que irradiaba con una melodía tan melancólica como atormentada. El público seguía su interpretación con absoluto respeto y entrega. Al final, acompañada por su habitual trío de guitarras y reverenciada por su gente, comprendí que el fado es un género vivo, que se nutre de las tradiciones y las historias ultramarinas en las que los portugueses se implicaron desde el siglo XVI.

Pero mi fascinación no paró ahí, pues al recorrer varias veces la mágica Lisboa, esa ciudad vetusta y decadente que reposa lánguidamente a orillas del Tajo, con sus calles sinuosas y empinadas, con sus increíbles tranvías, con su modernidad a medio hacer, pude comprender al fin y al cabo que una música compartida legítimamente por todo un pueblo representa un fiel reflejo de sus hábitos, de su cultura y de su idiosincracia. La profunda impresión que causó en mi la interpretación del fado por Martinho y el embrujo de Lisboa me han hecho querer a esa ciudad y sus gentes. Muito obrigado Lisboa, muito obrigado.

Reinaldo García Ramos: The Secular Journey (Farrar, Strauss & Giroux, 1987) de Thomas Merton

No hablaré de un buen libro leído este año, sino de uno que releí.  Cambié de apartamento en agosto, y como muchos ya sabrán, una mudanza siempre impone objetos que se pierden, pero también tesoros que se reencuentran.  En el proceso de meter los volúmenes de mi biblioteca en cajas para la mudanza, fui descubriendo muchos libros que no valía la pena conservar, y que deseché, pero también vi que aún tenía, ocultos a medias en los anaqueles, otros libros curiosos que había leído hace años y que desde luego decidí retener. Algunos de ellos me volvieron a cautivar y me llevaron a una relectura. Ese fue el caso de The Secular Journal, un diario que Thomas Merton escribió entre 1939 y 1941.

Para los estudiosos de la obra y la vida de Merton, el volumen tiene una significación tremenda, puesto que contiene los últimos testimonios personales de ese autor antes de decidir tomar los hábitos de sacerdote.  Estas últimas reflexiones como intelectual laico ya lo estaban conduciendo hacia esa decisión, que tomó durante la Semana Santa de 1941 en la Abadía de Gethsemani, en Kentucky. Para mí, en cambio, el libro me volvió a traer un placer muy cubano, pues Merton escribe parte de ese diario en La Habana y Camagüey, durante una visita que hizo a Cuba en la primavera de 1940.

En Camagüey estuvo poco tiempo, y lo que cuenta es menos sustancial, pero las imágenes que entrega de lo que experimentó en la capital de la Isla son extraordinarias. Captó en la ciudad una vitalidad y un colorido que sus dotes de poeta y de cronista le permiten evocar con especial vigor: "la alegría que uno siente no es privada, pertenece a todos los demás, porque todos los demás nos la entregaron antes…" Y comparando a La Habana con New York, comenta sobre el bullicio habanero: "no son los edificios lo importante, sino la vida que hay dentro de ellos". (Las traducciones son mías.)

De todos sus paseos por La Habana, por razones de espacio solo puedo destacar uno, el que más me fascinó: las visitas que hizo a las librerías de las calles Obispo, O’Reilly y Obrapía. Son posiblemente las páginas del diario que tienen el máximo valor documental.  Con cierta jocosidad nos dice que en su recorrido no pudo encontrar ninguna edición en español de los poemas de San Juan de la Cruz, pero luego nos entrega una descripción deslumbrante de la enorme oferta de esas librerías: "anaqueles y anaqueles de libros, (…) más revistas que las que yo jamás había visto en mi vida, docenes de periódicos". Y al final encuentra una librería que muchos de los lectores habaneros de esta nota recordarán muy bien: "La Casa Belga, con su enorme inventario de libros en inglés y en francés, (…) y pequeñas ediciones privadas, impresas en París, Henry Miller, y Una temporada en el infierno de Rimbaud”. Después da con una librería cuyo nombre no revela y que estaba repleta de libros de filosofía y teología: "John Stuart Mill y Herbert Spencer y Schopenhauer y otros, pero también un lote completo de obras traducidas de Maritain y Berdyaev (…) y la autobiografía de Santa Teresa de Ávila". Fueron tan solo unos días los que Merton pasó en Cuba, y es una lástima que no haya escrito más sobre la Isla, pero lo que nos dejó en esas casi 50 páginas que nos dedicó en ese diario valen la pena de sobra.

Odette Casamayor: Siete años (traducción de José Aníbal Campos, El Acantilado, 2011) de Peter Stamm

Desde que la abrí no pude soltar esta novela. Para ayudar en mi empeño, justo en esos momentos se alejaban los días de la luz y avanzó el otoño, con nieves, tormentas, mucha oscuridad. El escenario adecuado para esta historia ¿mínima? de gente de clase media, jóvenes y prometedores arquitectos en Munich, a finales de los años 1980.

Pero antes, y con aparente ingenuidad, figura en el centro de todo el drama Ivona, inmigrante ilegal polaca —como el autor del personaje en quien se inspira Stamm, Ivona, princesa de Burgundia, creada por Witold Gombrowicz en 1935. Lo mismo que su modelo, Ivona no es ni de lejos hermosa, no tiene un carácter particularmente seductor, apenas conversa y es sistemáticamente rechazada por todos. Sin embargo, parece ser el único personaje feliz en esta historia. O al menos así lo reconoce su narrador y protagonista, Alex: aparentemente feliz esposo de la mujer perfecta, Sonia, que sí es bellísima y elegante, la mejor estudiante de arquitectura en su curso.

Con las ideas bien plantadas en su linda cabecita, todo proyecto que a Sonia se le incrusta entre ceja y ceja llega a buen término. ¿Su matrimonio incluso? Lo cierto es que la fidelidad no parece indispensable para el buen funcionamiento del proyecto casi arquitectónico Alex/Sonia. Y no hay que asombrarse: es un nimio detalle y no ha de competir con el poder de una alianza tan perfecta. El verdadero problema es que Alex se pasa toda la novela triturando sus neuronas germanas, tratando de comprender qué es lo que endemoniadamente lo atrae, así pasen los años, hacia Ivona la fea, la muda, la esclava. La abandona para luego volver a buscarla. Inexorablemente. Una y otra vez.

Admiradora de Le Corbusier, Sonia es frío constructivismo puro, eficacia, tranquilidad de espíritu, garante solidez. Todo lo contrario de Ivona: una cueva que se traga a Alex sin razones ni palabras. Está vacía, sin amigos ni familia ni encantos. Por no tener, no tiene ni papeles. Una cueva y en su fondo lo único que hay es ese amor patológico, adolescente, necio, por Alex. Lo justo, diríase, porque tal vez de eso se trata al fin y al cabo, y amar es vaciarse, dejar de ser para permitir que el espacio todo se llene con la persona amada. Mas son solo suposiciones. En una caverna oscura no se sabe nada, se arrastra uno a tientas y sin voluntad. Alex es el príncipe extraviado. Y Stamm trasmite con acierto la atónita ambivalencia del protagonista, lastrada de emociones más fuertes que todo su miedo y holgazanería; tan fuertes estas emociones que le tuercen su prefabricado destino. Alex no entiende nunca nada ni nadie. Ni a Ivona ni a Sonia y mucho menos a sí mismo. Lo cual no le impide ir causando estragos a diestra y siniestra, y todo con su más inocentona cara de culto y apuesto burgués. Hasta la glacial Sonia comprende, rompe y rasga. Ivona es la víctima, caso aparte: está enamorada, la pobre. Pero Alex es un alien en todos los mundos posibles. Empezando por el suyo propio.

Y así ¿qué va a pasar con esta exitosa pareja de arquitectos que desde antes de iniciar noviazgo ha estado rodeada de proyectos bien planeados; Sonia y Alex tan carentes de preocupaciones materiales, tan convenientes, elegantemente de izquierda; qué va a pasar con estos irreprochables ciudadanos europeos —del "buen" lado de Europa, no como la lastimosa Ivona que viene de Europa del Este— cuando los atrapa la vida o, peor aún, la crisis económica? Algo muy pero muy siniestro ha de ocurrir. Pero tampoco hay crisis irrevocables en este drama de los más otoñales que he leído en muchos años. Nada que no se resuelva con la simple terapia de a diario. ¿Será que vivimos en tiempos de eclipse cotidiano? Y tal vez puede que hasta todo se arregle y, al final, quién sabe se vuelva a vivir

Miñuca Villaverde: Anna Bolena de Gaetano Donizetti por Edita Gruberova.

No es la primera vez que la veía y oía en persona  y espero que no sea la última.

Era Edita Gruberova en el escenario del Liceo de Barcelona, en el papel de Anna Bolena en febrero de este año. No dejo de recordarla en una de las escenas de esa ópera, sentada ella en una escalerilla cerca del proscenio, cantando, más bien hilando la voz en su garganta, escuchándosela en todo el teatro, no importa cuán fino se hacía ese hilo de voz. No pasaron unos días hasta que me la tropecé de nuevo en la pantalla del televisor, esta vez en otra ópera de Gaetano Donizetti. Ahora le tocaba el turno a Lucrezia Borgia y ella cantó el Era desso il figlio mio con esa edad que ya tiene y una voz que debe llevar en sus entrañas, que unas veces es fino hilo y otras cuerdas de furioso contrabajo.

Toda ella un regalo del año.

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz

(II) Francisco Morán, Lourdes Gil, Camilo Venegas, Lolita Bosch y Fausto Canel