Martes, 27 de Septiembre de 2016
01:21 CEST.
Encuesta

Lo mejor de tu año (II)

Francisco Morán: Melancholia (Zentropa, 2011), de Lars von Trier

Es la última cinta del realizador Lars von Trier, que ya cuenta a su haber con otras del calibre de Dancing in the dark (2000) y Dogville (2003). Comparte con los títulos mencionados un elevado nivel de estilización, y el protagonismo de la mujer, aunque respecto a lo último hay un cambio importante: los personajes femeninos, que con frecuencia son objeto de una violencia brutal —la Grace de Dogville y la Selma de Dancing in the dark— son las figuras visionarias, proféticas en Melancholia.

Por otra parte, la escena-obertura que abre el filme no falla en recordarnos la, también a modo de obertura, de su Antichrist (2009). En ambas la catástrofe tiene lugar en cámara lenta, y acompañada por dos famosos adagios del repertorio clásico: "Lascia ch'io pianga", del Rinaldo de Haendel, en Antichrist, y el preludio de Tristán e Isolda de Wagner, en Melancholia. En esta última, ya cerca del final, Claire comprende que no tiene sentido luchar contra lo inevitable, y le propone a Justine esperar la destrucción del mundo bebiendo champagne y escuchando música: "si tiene que ser, debe ser bello", le dice. Justine riposta que esa idea es una mierda. No obstante, la secuencia final, en la que la destrucción del planeta —como en la obertura, y a través de casi toda la película— ocurre en sintonía con el preludio wagneriano, reinscribe precisamente la propuesta de Claire como esa por la que apuesta el filme mismo. No es de sorprender entonces que la reseña de The New York Times observara que si el fin del mundo va a ocurrir de esa manera, será un bello final.  

Melancholia, ¿nos invita a desear la destrucción del mundo, ni más ni menos como la mayor parte de los filmes catastróficos de Hollywood? Y el mundo, ¿terminará acaso para todos de la misma manera? ¿Podremos todos escuchar entonces el preludio de Tristán e Isolda y esperarlo en la bella escenografía dispuesta por el director? Es obvio que si para von Trier el mundo no merece mejor suerte, sí hay todavía quienes merecen, cuando menos, un final mejor orquestado, con más caché.

Lourdes Gil: El corazón helado (Tusquets, 2007) de Almudena Grandes

Son muchas las novelas sobre la Guerra Civil española de los últimos quince años, excelente las lecturas que nos brindan Muñoz Molina, Javier Cercas,  Dulce Chacón. Como viví la amordazante atmósfera del franquismo en mis años universitarios, estos libros son como un cofre lleno de tesoros largamente prohibidos. ¿Qué ha hecho que El corazón helado sea distinto para mí, qué lo ha hecho memorable? En primer lugar, el sugestivo título, que proviene del célebre verso de Antonio Machado: "una de las dos Españas ha de helarte el corazón". Un verso más escalofriante que conmovedor. ¿Quién que provenga de un país dividido no se estremece ante tal insinuación? Una de las dos Españas, no dice cual, quizás las dos.  Y justamente, Almudena Grandes narra la historia de dos familias pertenecientes a bandos opuestos, en las varias generaciones que van desde principios del siglo XX hasta la actualidad, sus vidas entrecruzándose de las formas más inesperadas a través del tiempo.

Secretos, traiciones, pasiones tanto de odio como de amor, intereses de hacienda o posición social. En esto quizás no se diferencie mucho de otras novela del género, pero lo que sí la singulariza es que en ella encontramos más exilios, más retornos, menos batallas y un presente tan ineludible, fundamental y fecundo como el pasado. Todo esto le infunde a la trama un fulgor y un sobresalto que la hacen más cercana, más íntima, más sobrecogedora. Tampoco proselitiza extremismos ideológicos y convence al lector de la naturalidad con que las ideas más disímiles se instalan y enfrentan dentro de las familias, las amistades, los vecinos, como bien sabemos en carne propia los cubanos.

La novela está estructurada en tres partes, pero esta división no separa los lugares y las épocas en tres unidades, sino que los conjuga de forma totalizadora. Pasado y presente se funden con el ímpetu de los recuerdos. Cada parte está precedida por citas de memorias verídicas de exiliados en México, Francia, Buenos Aires, Nueva York. Un epígrafe en particular creo sintetiza la temática de El corazón helado, en palabras de Ortega y Gasset: "Lo que diferencia al hombre del animal es que es un heredero y no un mero descendiente". Para nosotros, herederos de un trauma nacional propio, El corazón helado posee resonancias excruciantes.

Camilo Venegas: Chico & Rita (2011) de Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando

Con esta película Fernando Trueba por fin pudo exorcizar todos los fantasmas que el latin jazz le metió en la cabeza. Como algunos de sus protagonistas estaban muertos y su principal escenario irreconocible, le pidió a Javier Mariscal que los dibujara.

Solo así fue posible que La Habana volviera a ser La Habana sin tener que irse de La Habana. Solo así, Bebo Valdés pudo reencontrarse con Chano Pozo y Dizzy Gillespie sin tener que irse de este mundo. Lo demás, es una historia que ya no sabíamos de memoria, pero que nunca habíamos podido ver pasar en una pantalla.

Si Chico & Rita se hubiera hecho de cualquier otra manera, no sería esa película inolvidable que queremos repetir una y otra vez, como las canciones que más nos gustan, esas que tarareamos de manera inconscientes o que nos vienen a la cabeza incluso cuando ya se nos han olvidado.

Lolita Bosch: La moda negra. Duelo, melancolía y depresión (Sexto Piso, 2011) de Darian Leader.

Me sorprendió, gratamente la lectura de este estudio riguroso y ameno sobre el modo en que la depresión se inventa como enfermedad cuando se inventan los antidepresivos. A principios de siglo se consideraban deprimidos un 0,5 por ciento de la población mundial. Hoy, un 45%. Este libro analiza de qué modo el concepto tapa otros síntomas de otras cosas y se considera al ser humano de un modo casi robótico para poderlo medicar y evitar así estados (y procesos) de duelo y melancolía.

Una escritura lúcida e inteligentísima. Una joyita.

Fausto Canel: Freedom (Farrar Straus Giroux, 2010) de Jonathan Frazer, y otros títulos.

A estas alturas prefiero no aleccionar sobre lo que es bueno o malo, sino decir, simplemente, lo que me gustó. Y los títulos son varios. En novela, Freedom: los 80 estadounidenses en una sátira iluminadora de unos EE UU que ya no existen… En biografía, Cleopatra: A Life, de Stacy Schiff, esclarecedora en sus datos, espectacular en la evocación de una época, estructuralmente impresionante, y finalmente, una hermosa historia de amor… Y Steve Jobs, de Walter Isaacson, es un trabajo de buen periodismo sin búsquedas narrativas: un autor en función de su biografiado, no más. ¡Pero qué biografiado! ¡Y qué biógrafo!

En nuestro idioma me interesó El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, un libro necesario e interesante, a pesar de que en ésta tan completa investigación de documentos las gavetas "Cuba", "Fidel Castro", "PSP" y "PCC" quedaron sin abrir, por razones obvias.

Pero Un asunto sensible: tres historias cubanas de crimen y traición, de Miguel Barroso, no solo es un ejemplo formidable de periodismo investigativo en nuestro idioma, sino que aclara en profundidad los mecanismo internos y siniestros del caso Directorio-PSP-Marcos Rodríguez, esencial para entender las luchas por el poder en la Cuba revolucionaria de principios de los 60.

En cine, dos directores en la cúspide de sus carreras: Martin Scorsese, con Hugo, dándonos una lección de entretenimiento con alma, un homenaje a Georges Meliès, y finalmente, una carta de amor al cine. Y Clint Eastwood con J. Edgar, recordándonos que sigue siendo a sus casi 80 años el más consistente de los directores estadounidenses: una inesperada historia de amor. Y en nuestro idioma, La piel que habito, de Almodóvar —por Antonio Banderas, por el guión, y sobre todo, por el final. No todo está perdido en Alcobendas. ¿O era tal vez Sevilla?

 

 


Otras selecciones:

(I) Daína Chaviano, Jorge Camacho, Armando López, Dolan Mor y Joaquín Badajoz.