Jueves, 29 de Septiembre de 2016
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Encuesta

Lo mejor de tu año (I)

Daína Chaviano: Night Watch (Miramax, 2006) de Serguei Lukyanenko

Lukyanenko pertenece a la nueva generación de autores de ciencia ficción y fantasía surgida en Rusia después de la perestroika. Esta novela, que ya ha vendido dos millones de ejemplares, inició la serie Watch, compuesta por cuatro libros. Publicada en español como Guardianes de la noche (Plaza & Janés, Barcelona, 2007), la traducción al inglés es muy superior y es la que recomiendo.

Los guardianes de la noche son vampiros que pasean por las calles de Moscú como ciudadanos corrientes, viven en apartamentos, y velan por el orden y el equilibrio del universo. Lejos de los consabidos lugares comunes que atiborran casi todas las novelas sobre el tema, la obra de Lukyanenko revitaliza el género de una manera sorprendente. Sus vampiros son criaturas con poderes extraordinarios que se han dividido en dos bandos (Guardianes de la Luz y Guardianes de la Noche). Para proteger sus intereses, mantienen una tregua en la que ambas partes se vigilan mutuamente y colaboran a regañadientes para conservar el equilibrio del poder. 

En la novela abundan las tramas alucinantes, como los humanos que presentan vórtices (invisibles para ellos) que son indicio seguro para los guardianes de que alguna catástrofe o desgracia ocurrirá en torno a sus dueños. Los poderes psico-fisiológicos de estos guardianes originan el suficiente entramado para explorar una psicología que es, a la vez, humana y parahumana. Los seres míticos que aparecen en la obra ―hombres-lobos, vampiros, súcubos, íncubos, cambiantes (shapeshifters), brujas― no poseen los atributos acostumbrados. Muchos se desenvuelven como personas que viajan en el metro o que le piden disculpas si tropiezan con usted en una esquina, aunque se encuentren en camino a una de sus misiones o vayan a entrar al Crepúsculo: una zona con leyes físicas diferentes a las que rigen en la Tierra… Ya se lea como un thriller de fantasía o como una parábola sobre los problemas que dividen o unen a los humanos, se trata de una obra imaginativa y renovadora dentro del género fantástico contemporáneo.

Jorge Camacho: El ojo del canario (ICAIC, 2010 ) de Fernando Pérez

No es la película que me gustaría ver sobre la vida de Martí, pero sí creo que es una película importante por lo que tiene que decir de la Cuba contemporánea, del conflicto generacional, y del enfrentamiento de dos ideologías en una misma familia. Como se sabe, el padre de Martí era español, y para más remate, celador del gobierno. Martí, el futuro "apóstol" de la independencia de Cuba. Antes de la película de Fernando Pérez, todas las biografías de Martí presentaban al padre como un personaje oscuro y de un genio brutal. Y en efecto, Don Mariano (actuado magistralmente por Rolando Brito) lo era, y Martí sufrió tanto en su casa que incluso pensó en suicidarse. Sin embargo, en la película de Fernando uno llega, si no a tenerle cariño al padre, al menos  a admirarlo por su "dignidad" ante la "corrupción" de los gobernantes, por enfrentarse a la trata negrera, y por el dilema en que lo había puesto la Historia: ser el padre del "apóstol". Su familia, disfuncional tal vez como ninguna otra en la historia de Cuba, sería la quintaesencia de un país fracturado hasta la médula y en lo más esencial, que es el amor a la suyos. Es también un intento de comprender esa desunión y justificar al padre que, al igual que el hijo, actúa por convicciones propias y a contrapelo de los males del gobierno. Ese drama no puede ser entonces más actual. Solamente ha cambiado la época, pero los personajes siguen siendo los mismos. Los hijos sin voz, los padres sin autoridad, y un gobierno tiránico y decrépito que no le importa como piensan los otros.  Tal vez Fernando Pérez, quien desde Madagascar está tan preocupado con lo que piensan los jóvenes en Cuba, haya vislumbrado esta tragedia y haya querido retratar en la vida de Martí, la historia actual de la nación cubana.

Armando López: Someone like you de Adele.

Someone like you es mi canción del 2011, no solo porque estremece mi corazoncito (déjenme ser picúo) sino porque en época de violencia musical, con textos gritados en shows alucinados por humeantes láseres; en medio de extravagancias escénicas, de vedetes bulímicas, del destierro de la melodía, de la ternura abochornada por reguetoneros descamisados, surge Adele, veinteañera gordita, vestida de domingo, peinada de iglesia, adornada con aretes de su abuelita y, con sólo su voz de oro y un piano (Dan Wilson), canta su bellísima melodía y letra, para endulzarnos a jóvenes (y viejos) en 20 países (doble Platino en Estados Unidos) y obligar a los mercaderes al regreso de los cantantes que sí cantan, de la música acústica y de la canción romántica.

Dolan Mor: Dibujos (Sexto Piso, 2011)  de Franz Kafka

Cuarenta dibujos relacionados con un universo literario que dejan en los ojos del lector una mezcla, una hibridez exquisita. Para su amigo Max Brod, "el pensamiento de Kafka se construía en forma de imágenes". Los dibujos del autor de El proceso, "para quien la figura del pintor Titorelli proyectó su ideal de convertirse en un escritor reconocido", muestran en este original libro la faceta de dibujante de quien, para muchos, es el narrador más importante del siglo XX. Tan inclasificable como su literatura, estos dibujos conducen a la misma discusión acerca de si cabe o no considerar a Kafka expresionista. Ante esto, preferimos quedarnos con la cita de su amigo Brod: "Puedo deciros el nombre de un gran artista, Franz Kafka".

Joaquín Badajoz: My name is Red (Faber and Faber, 2001) de Orhan Pamuk

Después de leer Snow (Nieve), quizás la más conocida de las obras del Nobel turco, en todo caso la más vendida, el lector, complacido y sediento, debería explorar la poderosa arquitectura narrativa de un laberinto inclasificable como My Name is Red (Mi nombre es Rojo): una novela histórica, un thriller semiótico, una obra culta y aguda, en la que el autor agota todos los recursos empalmándolos con dedicación de orfebre. Partiendo de un asesinato —en un escenario extraño y fascinante: el celoso y selecto gremio de artistas miniaturistas del Sultán, en Estambul, a finales del siglo XVI—, Pamuk hace una disección de la sociedad, el arte, la cultura y la religión de una nación musulmana en permanente tensión con la cosmovisión occidental.

My Name is Red narra, además, el amor accidentado, torcido y complejo entre Black y la bella Shekure, hija de su tío materno, su enishte, el artista al que el Sultán ha encargado una obra maestra que sea celebración de su poder, su vida y su imperio, a la altura de lo mejor del arte europeo de la época, en franca contradicción con los postulados islámicos. Estructurada desde diversos puntos de vista, no solo de los personajes, sino de objetos simbólicos dentro de la trama —entre los que se oculta el testimonio del asesino y las pistas que Black y el lector se esforzarán por identificar—, va dibujando la fisonomía de una sociedad en la que se enfrentan la tradición más ortodoxa y la urgencia de modernidad, al tiempo que progresan sicológicamente los personajes y la historia. El ambiente y la trama se prestan así mismo para reflexiones filosóficas y estéticas que transformarán la lectura en una experiencia mucho más memorable y útil que un simple pasatiempo existencial.

No puedo resistir la tentación de traducirle al lector un comentario de Pamuk que seguro despertará su curiosidad: "My Name is Red es la única novela que ha dejado perpleja a mi madre: siempre dice que no entiende como pude escribirla… No hay nada en mis otras novelas que la sorprenda; ella sabe que se basan en historias de mi propia vida. Pero en My Name is Red hay puntos de vista que ella no puede identificar con el hijo que conoce tan bien, ese hijo sobre el que tiene la certeza que lo sabe todo… Este debe ser, a mi juicio, el mayor elogio que puede recibir un escritor: escucharle decir a su madre que su libro es más sabio que él".