Domingo, 17 de Diciembre de 2017
05:39 CET.
Literatura

¿Neo-origenistas?

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Una joven escritora cubana me pregunta si soy un neo-origenista. Le contesto: "Y a mucha honra". Trataré de argumentar una breve respuesta, válida para los que desean dialogar, contraponer ángulos de análisis sin fanatismos obsoletos.

¿Qué significa para un escritor cubano, en la segunda década del siglo XXI, ser un "nuevo" (neo) origenista? ¿Por qué catalogar de epígonos a los admiradores de aquella gesta de la revista Orígenes (1944-56) y del grupo de escritores bautizados por su nombre? ¿Qué hay detrás —sobre todo detrás— y delante de los intentos por convertir a José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Cintio Vitier…, en arqueología literaria, agua quemada, sin vigencia cultural?

Una información curiosa: en México nadie suele llamarse neocontemporáneo, neotallerista o neovueltista. Tampoco en Argentina neosureño. Cualquiera se sentiría extrañado, además de orgulloso. ¿Por qué entonces quieren que para Cuba sea casi un insulto oírse llamar neo-origenista? ¿Quiénes se interesan en otorgarle un significado despectivo?

La primera descalificación es que nosotros, los supuestos epígonos, no creemos en el progreso. Y tienen razón. En las artes y las literaturas —como en la historia— no hay progresos. Pasa el tiempo, claro está, pero no se sabe si se adelanta o se atrasa en la creación artística, en la tan nubosa democracia o en la calidad de vida. Los progresos científicos y tecnológicos —por lo demás obvios— tratan de encontrar un equivalente en la poesía o en la escultura, como si Dante o Miguel Ángel fueran "superados" por Ungaretti o Henry Moore.

Las simplicidades abundan, como en el "océano gris de Internet", según Harold Bloom. Quieren cerrar aquel brillante capítulo. Petrificar el ejemplo. Cortar las resonancias porque ellos disintieron del populismo. Como propician alimentos chatarra para la gradería, un manjar —La isla en peso de Virgilio Piñera, por ej.— resulta disidente, subversivo porque denuncia la masificación, la trivialización como política.

Se quiere favorecer que los jóvenes escritores sean light. La tan manoseada frase de Martí —"Ser culto para ser libre"— se ha convertido en anatema. No ayuda ni al Poder político ni a los intereses mediáticos. Es también una "conducta impropia", más dañina que la independencia de las sexualidades. De ahí los esfuerzos sudorosos por cercenar el legado de Orígenes, edulcorarlo entre anécdotas frívolas y homenajes vacuos, por lo general orquestados por "promotores culturales" capaces de hablar tres minutos sobre Paradiso, en la Feria del Libro de Miami o en la de La Habana. Nunca cuatro. Cuatro sería una catástrofe para cualquiera de ellos, en la TV estatal o en los canales hispanos de Florida.

Algunos de los críticos promovidos por la UNEAC y por el Ministerio de Cultura cubano sufrirían un accidente mortal si leyeran un artículo de Gastón Baquero. Algunos del exilio también tendrían que cuidarse de un encontronazo similar con los ensayos literarios de Fina García Marruz. ¿Cómo no van a huirle al olor, aunque sea lejano, de una revista (1944-1956) autónoma, sin subvención de ningún gobierno, repelente a vulgaridades y demagogias? ¿Cómo no chotear a los disidentes, ya que no podrían derrotarlos en un tú a tú?

Porque ser neo-origenista hoy significa admirar que Eliseo Diego se pasara una semana para hallar la más aproximada traducción de un verso suyo al inglés, reciprocar sus prodigiosas, sosegadas conversaciones con los difuntos. Significa cuidarse de los nuevos lémures, que son capaces de ponerle el apodo de "anaquel con patas" a un lector voraz, como le hicieron a Lezama los envidiosos y acomplejados de hace sesenta años. Es denunciar a los que imitan el amaneramiento gay de Virgilio Piñera para obviar su granítica valentía personal contra los represores, mientras traducía a Guy de Maupassant o escribía Una caja de zapatos vacía…

Neo-origenista no es tratar de escribir al modo lezamiano —algo ridículo e identificable a mil leguas—, sino aceptar el reto de la imago estelar y de su erudición supersincrética, únicas en el siglo XX. Significa exigir la voluntad y la paciencia necesarias para hallar una carta o un borrador de un poeta del siglo XIX, perder vista tras meses detrás de aquellos equipos de microfilmes, como hicieran durante muchos años, en la Biblioteca Nacional, Fina García Marruz y Cintio Vitier.

Es ver en los años de Orígenes la existencia de un grupo —el mayor por el número de sus poetas fuertes en la cultura cubana— donde cada uno formaba parte de la misma galaxia, pero brillaba con su propia energía, sin un sol con planetas girando alrededor, como argumenté en "La galaxia Lezama", ensayo revisado y ampliado en Lezama Lima o el azar concurrente (Ed. Confluencias, España, 2010).

Porque desde hace unos años ciertos intelectuales inciertos —no solo cubanos, no solo desde La Habana o Miami— usan el sustantivo con carácter humillante, descalificador. Supongo que lo hagan por desconocimiento y escasez de neuronas. Aunque detrás de un imbécil —dice Pérez Reverte— suele haber un malvado.

Los que no pueden salir de visiones maniqueas, tampoco son capaces de entender que admirar a aquellos escritores y su voluntad fundacional —que incluye la contraposición entre poéticas, como entre Lezama y Piñera—, nunca ha significado fanatismo. Las hagiografías les eran ajenas. Esa es otra de sus enseñanzas, sobre todo contra académicos de vanidad galopante y soberbia ridícula.

Ser neo-origenista significa también —como hicieron ellos con sus antecesores— no aceptar en bloque totalitario sus textos, actitudes, posiciones estéticas o políticas. Con Fina García Marruz y Cintio Vitier discutí muchas veces, en su casa de La Víbora y después en el apartamento de Paseo casi esquina a Línea, sobre su castrismo miope, casi masoquista. A Gastón Baquero pude decirle que Diario de la Marina defendió intereses no ya conservadores sino corruptos o cercanos al batistato. No me gustan muchos de los cuentos de Virgilio Piñera, me parecen bocetos, a veces insustanciales o mal resueltos. Considero exagerados los elogios de En la calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, tan cercana a Borges. Las digresiones de Lezama en ciertos ensayos son sencillamente desesperantes, junto a referencias de una erudición que voluntariamente oscurece, hunde, aleja. Nunca he estado de acuerdo con que la pobreza sea irradiante… Y así podría llenar un fajo de cuartillas donde pongo distancia.

Pero ante todo —y quizás sea lo que más moleste— ser neo-origenista es defender la entrega a una vocación irrefrenable, no negociable. Admirable ética de la autenticidad, con ingenuidades o disparates que nunca han contaminado sus mejores textos.

Mi antigua alumna también es una neo-origenista. De ahí que ya sea tan sospechosa —"de cuidado"— para el Partido Comunista y sus comisarios, aunque lamentemos alguna escandalosa paradoja —por sus declaraciones políticas— en la gran sobreviviente del grupo: Fina García Marruz.

Cuando Cuba transite a la democracia y nos situemos en una disidencia sin temor a la cárcel o al ostracismo, podrá resaltarse con más fuerza el legado de aquel grupo imantado, sin dejar de contextualizarlo críticamente en su tiempo histórico, en la metáfora que participa —como decía Lezama. Y a mucha honra.

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