Jueves, 14 de Diciembre de 2017
15:56 CET.
Teatro

Actores sin personajes

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Muy cerca de una feria de alimentación medieval, en el barrio barcelonés de Sants, tres actores cubanos retocan sus actos, simplifican todavía más el tiempo. Digamos que las dos representaciones escénicas —el mercadillo de embutidos de entre los siglos V y XV, y el teatro experimental contemporáneo— cumplen el objetivo de demostrar que todos somos actores, los que vivimos, caminamos y emigramos de un lado a otro. Esta idea del doble juego —ficción/realidad—, que continúa seduciendo a los creadores, muestra ahora el proceso de la diáspora cubana a través de unos ¿personajes? que coinciden por casualidad en Barcelona.

Para la culminación de su tesis doctoral titulada precisamente Actores sin personajes, Orestes Pérez Estanquero, antiguo miembro del emblemático grupo habanero Buendía, ha ideado un espacio escénico interactivo en el que participan tanto el público como dos colegas y compatriotas suyos, en una suerte de jam sesion "de las tablas" donde el factor sorpresa nos obliga a no adelantar los recursos.

Digo "tablas" por utilizar un sinónimo manido de Teatro. En realidad trabajan con el concepto de Teatro Arena; o sea, en el suelo duro y con la mayor cercanía posible. La obra se titula Club A Barcelona y se estrenó el pasado fin de semana en el Centro Cultural La Bóbila, en el municipio barcelonés de L’Hospitalet. 

Como lo indica su nombre, la puesta enlaza las vivencias de una y otra orillas a través de la exposición biográfica de Orestes, Malena Espinosa y Jorge Ferrera, quienes se reencontraron, a la vuelta del tiempo y por casualidad, con el mismo punto de partida: en la misma ciudad de destino y con la terrible o noble circunstancia de reinventarse a sí mismos. Y gracias al préstamo de lo que han sido sus vidas, a través de la exposición oral, mucha gente —como este que escribe— puede verse representado. Sin embargo, el director no se conforma con la identidad sobrecogedora. Quiere que el ¿público? también participe.

El primer acto es una trilogía de monólogos que, aunque se dibujan varios planos en profundidad, no se mezclan entre sí. Se trata de las historias supuestamente reales de cada uno de ellos y de cómo llegaron aquí. El segundo es el campo de interrelación, de prestación de servicios, de ayuda sentimental a la profesión, y por esto hacen de directores en los procesos de montaje del otro, el ojo que está afuera y, al mismo tiempo, dentro. El tercer acto entonces tira del espectador, no lo deja marcharse con sus ideas y energías. Lo reclama, lógicamente, con un mínimo guión. Pero cualquier cosa puede suceder.

La obra podrá pasar al circuito comercial entrado el venidero año, pero de momento, siendo flexible dadas las circunstancias escénicas y de público, "subió" solo el primer acto el sábado, aunque, así y todo, estamos hablando de una hora y veinte minutos de duración.  

El argumento se apoya en el universo cubano, muy marcado por el exilio a partir, sobre todo, de la década de los 90. Aunque, más que este particular, sobreviene en documento académico para uso universal, si se tiene en cuenta que, por tomar solo un ejemplo aleatorio, las innumerables muestras de arte medieval que ocurren en esta ciudad a cada rato nos hacen pensar acerca del origen y continuidad de las cosas que nos rodean, incluyendo a gentes y paisajes. Tal vez por esto mismo Club A Barcelona pretenda unirnos, más que separarnos.

Yo lo interpreté así: no es un acto de egocentrismo que alguien narre su historia personal; es un regalo para todos los otros, los que no nos movemos en el mundo del teatro —de la actuación, quiero decir—, los que reservamos nuestras vidas para entregarla a amantes y psiquiatras.

Malena Espinosa es una antigua profesora de técnicas teatrales en las escuelas cubanas de arte, además de actriz muy completa que ha venido recalando desde Madrid; Jorge Ferrera era el director de Teatro El Puente, un grupo de vanguardia que nació en las aulas del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana; y Orestes Pérez Estanquero, natural de Güines, con apariencia guajira, ha sido primer actor, como dijimos, de Buendía, una de las mejores plantillas de Cuba, dirigida por Flora Lauten.

El destino, la diáspora de la que muchos formamos parte, quiso que se reencontraran en Barcelona. Con la experiencia individual, con respeto, pero sobre todo con ese denominador común tan recurrente como es la lejanía, vuelven a hacer teatro. Quiero decir: demuestran no haberlo dejado nunca.

Gracias a ellos —y aquí me permito incluirme— volvemos a las andadas.

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