Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Historia

¿Quién mató al Che?

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Tras haber sido asesinado (octubre 9, 1967) por el sargento boliviano Mario Terán, el comandante guerrillero Ernesto Guevara siguió muriendo por entre diversas peripecias de interpretación, que arrancaron con la "introducción necesaria" de Fidel Castro a la edición príncipe del Diario del Che en Bolivia (1968). Aquí Castro apreció "cuán reales eran sus posibilidades de éxito y cuán extraordinario el poder catalizador de la guerrilla", a pesar de que ésta nunca pasó de 50 hombres y el Che dejó bien anotado la "falta completa de incorporación campesina" junto a la pérdida de "las comunicaciones con Cuba [y] el esquema de acción en la Argentina".

Ahora toca el turno a los abogados neoyorquinos Michael Ratner y Michael Steven Smith, presidente y ejecutivo, respectivamente, del Centro de Derechos Constitucionales, para que el cadáver siga muriendo por obra y gracia de 160 páginas emborronadas (Who killed Che?, OR Books, 2011) con ánimo de mostrar cómo la CIA encubrió el asesinato del Che, luego de haberlo aprobado y propiciado instrumentalmente.

El rodeo

Ratner y Smith llueven sobre lo mojado para demostrar la participación decisiva de Washington en la batida del Che. A estas alturas de la revolución mundial castro-guevarista, eso está tan bien acreditado como el papel decisivo de La Habana en la formación del Ejército de Liberación Nacional (sic) de Bolivia.

Luego de otras vuelta en el redil de lo sabido, Ratner ySmith se marean con el axioma de que ir a la guerra entraña ir a matar y deducen que el generalato boliviano ordenó asesinar al Che por instrucciones de o de acuerdo con Washington, ya que EE UU había financiado por completo la operación antiguerrillera y personal estadounidense —tanto de la CIA como del Pentágono— había entrenado, acompañado y aun dirigido los grupos hunter-killer en contra de los guerrilleros castro-guevaristas.

Así los autores van a dar al único punto discutible desde el principio: si el agente cubanoamericano de la CIA Félix Rodríguez Mendigutia encaró o no en La Higuera la disyuntiva de matar al Che o llevárselo prisionero. Ratner y Smith piensan que salen airosos con una simple pregunta: ¿Habría trasmitido [Rodríguez Mendigutia] la orden de matar al Che si esa orden contrariaba el deseo de la CIA? Ellos aseguran que formular esta interrogante es ya responderla y así pasan por retórica una pregunta que dista mucho de serlo.

Atorados con documentos desclasificados de la CIA, el Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento de Estado y la Casa Blanca, Ratner y Smith pasan por alto que la maestra de La Higuera, Julia Cortés, escuchó por radio el anuncio de la muerte del Che antes de que Terán empuñara el arma asesina. Además de matarlo, el general presidente Alfredo Barrientos Ortuño ordenó difundir que el Che había caído en combate. Ya no se podía deshacer el entuerto, aunque las órdenes confirmadas de la CIA —según Rodríguez Mendigutia— eran apresar al Che para trasladarlo a una base americana en Panamá u otro lugar.

El quid

Para demostrar que detrás de estos hechos está la CIA no se puede andar con interpretaciones, sino apearse con el cable específico. Al comandante de la Séptima División (Santa Cruz) del ejército de Bolivia, coronel Joaquín Zenteno Anaya, se subordinaban no sólo Rodríguez Mendigutia [disfrazado de capitán boliviano], sino todo el segundo batallón de rangers que se adiestraban con boinas verdes americanos bajo la dirección del mayor Ralph Pappy Shelton.

Zenteno Anaya dio testimonio de haber recibido también la orden del general presidente Barrientos Ortuño. Ratner y Smith eluden este dato crucial con el énfasis en que Rodríguez Mendigutia era el oficial de más alta graduación en La Higuera al llegar la orden. Sólo que lo fue en ese momento porque Zenteno Anaya había salido adonde aún se combatía a los guerrilleros. Para colmo regresó antes de que se consumara el asesinato y al salir de nuevo, esta vez hacia Vallegrande, Zenteno Anaya recalcó: "Yo no puedo desobedecer las órdenes de mi presidente", e instó a Rodríguez Mendigutia trasladar el cadáver del Che —todavía con vida— en helicóptero al mismo destino.

Así y todo, Ratner y Smith se empecinan en que there is simply no way that the United States government wanted Che kept alive, como si la alternativa del preso derrotado no fuera más tentadora que el mártir. Para apuntalarse reviran el memorando (octubre 10 de 1967, 10:30 am) del asesor de Seguridad Nacional, Walter Rostow, al presidente Lyndon Johnson como cover story para ocultar el papel de EE UU en el asesinato del Che.

Semejante falacia de petición de principio se urde nada menos que con este pasaje del memo: "La CIA nos dijo que la última información era que Guevara fue capturado vivo. Luego de breve interrogatorio para establecer su identidad, el general Ovando —Jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas— ordenó matarlo. Yo considero esta decisión estúpida, pero es comprensible desde el punto de vista de Bolivia, dados los problemas que ha traído perdonarle la vida al comunista francés y correo de Castro Regis Debray". Algo tan claro se despacha en contra con el argumento de que Rostow fue engañado por la CIA para darse a sí mismo, al presidente y al Departamento de Estado la excusa plausible de que EE UU no aprobó ni ordenó el crimen de guerra de ejecutar extrajudicialmente a un combatiente enemigo prisionero.

Ratner ySmith agregan que, de haber aflorado enseguida la responsabilidad de Washington en el asesinato del Che, las relaciones entre EE UU y América Latina se habrían tornado más difíciles, como si en 1967 los gobiernos latinoamericanos no hubiera cerrado filas contra la expansión de la guerrilla castro-guevarista.

Coda

Así como el diario del Che en Bolivia, el libro de Ratner y Smith necesitaba una introducción y de ella se encargó Ricardo Alarcón. Al presentarse el libro en la Misión de Cuba ante Naciones Unidas, Alarcón repicó por teléfono la misma campana que la activista estadounidense Amy Goodman (Democracy Now!) toca en la contraportada del libro: no podía ser más oportuno y especial en una época donde abundan las operaciones militares de capturar y matar al enemigo. Ratner y Smith se atuvieron tanto a esta época, que olvidaron aquella en que asesinaron al Che y, por simple causalidad, a Zenteno Anaya (en París) y a otros oficiales bolivianos involucrados en la cacería del guerrillero heroico.

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