Viernes, 15 de Diciembre de 2017
10:39 CET.
Literatura

Caín, vivito y coleando, otra vez por La Rampa

Un día, hace unos cuantos años ya, mi amigo Fausto Canel me llamó por teléfono para preguntarme si le podía dar mi correo electrónico a Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, una pareja de jóvenes escritores cubanos que estaban acopiando datos en La Habana para hacer un libro sobre Guillermo Cabrera Infante. "Misión imposible", me dije. (O mejor aún: "Micción imposible", como le hubiera gustado decir a G. Caín, aludiendo a que ni siquiera con dos buenos pares de riñones blindados de acero se podría realizar esa noble operación de desahogo cultural en la isla de los hermanos Castro.) Pero como yo soy así, como soy, le di el sí a Fausto y opté enseguida por olvidarme del asunto.

Muy pronto, tal vez menos de diez o quince días más tarde, recibí un amable e-mail de presentación de Carlos y Elizabeth con un adjunto que contenía un cuestionario con, si mal no recuerdo, 37  preguntas acerca de GCI. Lo leí tres o cuatro veces seguidas, y a cada lectura mi extrañeza fue mayor; estos muchachos, cuando menos, no eran bobos: hasta las preguntas más  formales dejaban traslucir una marcada intención (buena o mala, según el ojo), en su mayoría destinadas a desentrañar los polémicos años cubanos del autor de Tres tristes tigres, sobre todo a partir de 1959, el llamado "Año de la Liberación". Cuando terminé de leerme por última vez el cuestionario, y sin duda porque también  se me revolvieron los recuerdos, decidí que lo iba a responder… Claro, con absoluta calma. Ese libro jamás se iba a publicar, así que tenía por delante todo el tiempo del mundo.

Durante meses, Elizabeth y Carlos me bombardearon sistemáticamente con e-mails, siempre amables, donde in crescendo insistían en que les enviara lo más rápido posible las respuestas, pues el libro estaba casi terminado y ellos consideraban que mi testimonio les resultaría útil.  Todavía amables, me lanzaron un ultimátum: lo sentían mucho, pero no podían esperar más. Entonces solicité una mínima prórroga, me la concedieron y por fin les devolví el cuestionario sin saltarme una sola pregunta. Me sentí aliviado. Seguía convencido de que el proyecto era irrealizable, pero como soy así, como soy, tampoco quería negarle mi aporte a un par de muchachos tozudos que en mi opinión sólo pecaban de contumacia in extremis.

El diálogo a través de internet se ha mantenido hasta el día de hoy, de manera que por esa vía, en la que no confío del todo, poco a poco supe que el libro llegó a su conclusión en la fecha más o menos prevista, que sus autores se habían casado y que (¡alarma total!) la Unión de Escritores y Artistas de Cuba los había recompensado con el Premio de Ensayo "Enrique José Varona". Los felicité, claro, pero convencido de que el premio tenía que ser por otro libro, no por el de Guillermito.

Así las cosas, me sentí de nuevo en paz conmigo mismo, hasta un día en que el padre de Carlos Velazco, que también se llama Carlos Velazco y vive aquí en Miami, me entregó personalmente un ejemplar de Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965), de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, con una muy amable dedicatoria de "los muchachos", como los llama también Velazco senior. Ante semejante evidencia, aunque soy así, como soy, pero no tanto, tuve que aceptar que el libro premiado por la UNEAC era el de Guillermito y no tuve más alternativa que leérmelo. Pero que conste, todavía pensé: "Tienen que haber hecho un montón de concesiones".

La mayor sorpresa de este dilatado proceso se produjo  cuando llegué al fin de la aventura que resultó leer el libro y me oí a mi mismo decir en un tono de voz mucho más alto de lo que acostumbro: "¡Ninguna!". Porque, para decir la verdad, lo primero que merece destacarse en este cabal, brillante y riguroso rastreo no solo acerca del quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba, sino además sobre la convulsa época en que tuvo lugar, es la honestidad y el coraje conque Elizabeth y Carlos han  realizado su trabajo. Y de paso saludo la decisión del jurado que le otorgó el premio, en especial  el hecho de que uno de ellos, Víctor Fowler, haya escrito en la contraportada del volumen que GCI es "uno  de los más grandes escritores de la literatura nacional en cualquier tiempo", lo cual no ha estado en discusión en tiempo alguno pero que nadie en la Isla se había atrevido a decir en muchísimo tiempo. "El justo tiempo humano", podría haber comentado Heberto Padilla esbozando su cáustica sonrisa de poeta maldito.

No tengo mayor interés en abundar sobre los errores y defectos del libro (que los tiene), sobre todo después que Carlos Espinosa, un experto en la materia, los señaló en un excelente artículo que llegó a mí por correo electrónico gracias a Carlos y Elizabeth. En realidad, la mayoría de ellos son ajenos a los autores y se deben más al proceso de edición y corrección del tomo. Sí me extrañó que estos muchachos, sabuesos empedernidos, no hicieran mención de un artículo que Guillermo escribió en Carteles sobre la llamada música popular cubana, no tanto por los criterios que allí expuso, sino porque en ese texto queda muy claro sus diferencias de actitud intelectual con ese mojón (hito, quise decir) de la literatura cubana que es Alejo Carpentier, alguien que también abordó el tema, solo que desde una postura más artrítica que académica, olvidando que en última instancia la música popular es la música del pueblo. Vale recordar que para GCI el cine tanto como la música eran a veces expresiones culturales más extremadas que la misma literatura.

Confieso que me divertí  mucho con los eruditos comentarios de Elizabeth y Carlos sobre los que algunos podrían considerar los trabajos más plebeyos de Caín en el periodismo cinematográfico: las entrevistas a celebridades como Cantinflas, Marlon Brando o Mamie Van Doren, y en particular las notas o viñetas que escribió sobre las vampiresas del celuloide, muchas de ellas más famosas por su sensual masa corporal que por su escasa masa encefálica. Creo que está muy en consonancia con el desenfadado espíritu cainesco, que gustaba escarbar a fondo en lo aparente superfluo.

Muy justa la valoración que hacen los autores de ese punto de giro que significó para la generación de Guillermo Cabrera Infante el año 1949, cuando Aureliano Sánchez Arango era Ministro de Educación y Raúl Roa estaba al frente de la Dirección de Cultura. Por ese entonces yo todavía vivía en Consolación del Sur, Pinar del Río, pero recuerdo como si fuera ahora mismo el resplandor nostálgico que aporta la buena memoria en los ojos de Rine Leal, Miriam Acevedo, Matías Montes Huidobro o el propio Guillermo cuando se referían a esa época.

En general el libro se deja leer con extrema facilidad —salvo las inevitables interrupciones para consultar las notas, detalle ya señalado por Espinosa en su artículo, y tal vez algunos capítulos que debieron estar mejor ubicados, como "Para cruzar El Puente los Lunes"—, pero hay dos momentos clave que merecen especial atención y más de una lectura: los dedicados a la primera Cinemateca de Cuba y a los tres viernes negros en la Biblioteca Nacional. La investigación realizada por Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco sobre el quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba alcanza en estos dos temas un rigor ejemplar, diría que exhaustivo, citando documentos de los que al menos yo no tenía noticia e incluso textos inéditos como Órbita de Lunes. Aproximaciones para un estudio del magazine Lunes de Revolución, Periódico Revolución. Etapa 1956-1959 o Del Cine-Club de La Habana a la primera Cinemateca de Cuba, que obviamente no corrieron la misma buena suerte de Sobre los pasos del cronista…

De igual modo, Carlos y Elizabeth rescatan del hueco de la memoria muchos nombres de intelectuales, de ambos bandos, que fueron protagonistas de esas enconadas batallas culturales, desde Edith García Buchaca y German Puig hasta Adrián García Hernández, Sergio Rigol y Jaime Soriano, pasando por Raimundo Fernández Bonilla, Enrique Berros (también llamado José Atila) y Leopoldo Ávila (también llamado Luis Pavón), aunque más que ningún otro el nombre de Ricardo Vigón, muerto en La Habana en los tempranos sesenta y cuya fecunda breve vida infeliz merece el mayor reconocimiento.

No creo pecar de hiperbólico si afirmo que hasta ahora, ni en Cuba ni fuera de Cuba, salvo en la tesis de grado del historiador francés Emmanuel Vincenot, se había realizado una disección tan meticulosa de la ajetreada creación del primer cine club habanero y, sobre todo, de la infausta secuela que produjo la prohibición del documental P.M., de Orlando Jiménez y el hermano de Guillermo, Sabá Cabrera Infante.  Son dos instancias ejemplares, aunque ambas le fueran adversas, para resaltar el indiscutible liderazgo que ejerció GCI en nuestro ámbito cultural.

Como sigo siendo así, como soy, quiero despedirme agradeciendo una vez más a estos muchachos, Carlos y Elizabeth, que me hayan regalado no solo a mí y a los que conocimos al interfecto, sino a todos aquellos que no tuvieron la dicha de siquiera verlo a distancia, esta imagen fresca y madurita de Caín andando de nuevo por las calles de su queridísima Habana, rodando en su convertible Nash Metropolitan blanco Rampa abajo rumbo al mar, jugoso y agrio como un auténtico limón criollo en plena sazón. Hay muertos que están más vivos que el carajo.

 


Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965), Premio UNEAC de Ensayo "Enrique José Varona" 2009, Ediciones Unión, La Habana, 2011.

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