Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Educación

Tres de doscientas

A inicios de septiembre, pocos días antes del inicio del nuevo año académico, la Universidad de La Habana parecía estar a punto de derrumbarse bajo el peso de casi trescientos años y su propia abultada miseria. El Rectorado colgaba de un hilo, la Facultad de Física era una ruina estrepitosa, y al Aula Magna se le hacían arreglos de emergencia para que pudiera acoger, unos días después, la ceremonia de entrega de un doctorado honoris causa al Presidente de Bolivia, Evo Morales, sin que le cayera el techo encima al invitado, o se hundiera éste, fatalmente, en un hueco del suelo.

Aún así, medio desarbolada, la Universidad de La Habana logró escurrirse en la lista de las 50 mejores universidades latinoamericanas, en el puesto 47.  Solo otras dos universidades cubanas, la de Oriente y, extrañamente, la de Cienfuegos, de las 68 que tiene la Isla, fueron incluidas entre las 200 mejores de la región, en un reporte de QS World University Ranking. Que una universidad como la de La Habana, tan pobre, tan alejada de los centros mundiales del conocimiento, con mínima autonomía política, intelectual y económica, hundida en un país devastado por un rasposo sinsentido, sea todavía mencionada entre las mejores del continente, aunque en un puesto bajo, es una graciosa sorpresa, un resultado que debería halagar a los profesores y estudiantes de "la Colina".

QS debe haber alcanzado a ver, en las aulas polvorientas, en la mohosa Biblioteca Villena, o en las mesas del espeluznante comedor Machado, algunos brillantísimos profesores e investigadores, que han permanecido en Cuba por terquedad, por enconado patriotismo, o por mala suerte, y que cada año, casi arrastrándose, regresan a las aulas a explicar a sus alumnos La Ilíada, Kant, el Código Napoleónico, o las estructuras algebraicas abstractas.

Son ellos los que, con gruñona abnegación, han sostenido la universidad durante veinte años de sucesivas catástrofes, el Período Especial, la Batalla de Ideas, la Universidad Para Todos, la excepcionalmente cretina "municipalización" de la enseñanza universitaria…

En estas dos décadas, centenares, si no miles de profesores e investigadores, abandonaron las universidades cubanas y se marcharon a otros empleos, más beneficiosos y menos comprometedores, o a otro país, o a su casa. Fueron sustituidos, a menudo, hasta en posiciones de alta autoridad, por profesores tan jóvenes e inexpertos que casi se les puede confundir con estudiantes. Pero todavía quedan allá, en "la Colina", en la CUJAE, en la Universidad Central de Santa Clara, en Oriente, y, quién lo diría, hasta en Cienfuegos, notables profesores que, en aulas desvencijadas o laboratorios decimonónicos, con libros alegremente obsoletos, con solo dos gramos de internet cada día, o ninguno, sin oportunidad de participar en las mejores conferencias académicas de su campo, o siquiera de recibir las revistas científicas más reputadas, vigilados por la burocracia universitaria, el comité local del Partido y la Seguridad del Estado, y abrumados por tareas inútiles (¡el Proyecto Integral de Trabajo Educativo!, ¡la preparación político-ideológica!, ¡los trabajadores sociales!, ¡la REM!) se las arreglan para enseñar a sus alumnos algo útil, interesante e inspirador.

Da crédito al talento y la dedicación de esos profesores el éxito profesional y académico de tantos licenciados e ingenieros cubanos que han completado con rutilante distinción maestrías y doctorados en universidades ilustres de Estados Unidos, América Latina y Europa, han logrado ser empleados por las más ambiciosas industrias globales, o han mantenido abiertos, y más o menos funcionando, con el único recurso de su ingenio, hospitales, fábricas y centros de investigación en la propia infortunada Isla.

La Universidad de La Habana todavía saca beneficios de su honda tradición intelectual, y de la ventaja de estar en la capital, en la puerta del país, donde todo es más fácil, menos groseramente imposible que en un sitio como Pinar del Río o, por Dios, Guantánamo, donde dar clases en una escuela primaria o en una licenciatura es una romántica proeza. Pero ni siquiera la Universidad de La Habana podría salvarse del desastre cubano. Todo en Cuba está ya tan bien amarrado, que hundiéndose el país, se hunde todo con él hasta el Alma Mater, que en otra época hubiera sido nuestra esperanza de salvación.

Las universidades cubanas se asfixian en un país paralizado por el abúlico autoritarismo raulista, por la obscena vulgaridad de la vida social y cultural, y por el agrio escepticismo popular hacia cualquier idea que suene más complicada que dos más dos, o más peligrosa, de más riesgosas consecuencias, que "Ser culto es el único modo de ser libre".

Ninguna universidad podría prosperar en un país cuya economía está eternamente estancada en el borde entre la precariedad y la bancarrota, y no necesita, ni le caben, ni sabe cómo usar dos mil ingenieros, trescientos arquitectos y cincuenta filólogos nuevos cada año, y donde cualquier forma de diálogo social está malignamente limitada por la tiranía ideológica del Partido Comunista, por la voraz ignorancia popular, por la debilidad de los escasos grupos intelectuales y por el extendido hábito de la precaución, o el del miedo. Más que su pobreza, lo que hace declinar a las universidades cubanas es su chocante irrelevancia. Cuba, que está orgullosa de tener tantas universidades, no saca mucho provecho de ellas, parece tenerlas solo de adorno, no la hacen más rica, ni más libre, ni más feliz.  

En enero de este año, el ministro de Educación Superior, Miguel Díaz Canel, anunció que el país había llegado a la cifra de un millón de graduados universitarios. Muchos de ellos salieron de las casas más humildes, y más de la mitad son mujeres, algo que las universidades cubanas pueden con toda justicia celebrar como su más provechoso resultado después de 1959. Pero, francamente, muchos de esos graduados, de la Colina o de la sede universitaria municipal de Colón, tendrían que ser reeducados, casi desde el principio, para ponerlos a la par de un licenciado o ingeniero ya no de Cambridge, Harvard o MIT, las tres mejores universidades del mundo, sino de la Universidad de San Pablo, quizás la mejor de América Latina.

Hace apenas unos días, el ministro Díaz Canel dijo en la Mesa Redonda de la Televisión Cubana que su prioridad era "la formación de profesionales competentes y comprometidos con la Revolución, y la creación de un claustro de excelencia y revolucionario". Díaz Canel sabe lo que está haciendo. Si se sale con la suya, llegaremos a oír el estruendo de la Universidad de La Habana cuando se derrumbe.

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