Domingo, 17 de Diciembre de 2017
05:39 CET.
Literatura

Sobre una frase de Lezama

Al inicio de Las nubes en el agua, la más reciente novela de Alberto Garrandés, una mujer le increpa a otra: "Tápate eso, cochina". Lo curioso es que el texto de contracubierta de Unión, la editorial que acaba de lanzar este libro, tiene el cuidado de advertirnos que la historia empieza "con una frase de José Lezama Lima". Y es cierto. Son las tres palabras que pronuncia Fronesis, en Paradiso, cuando ve a Lucía desnuda por primera vez. "Tápate eso, cochina", dice ante la visión del sexo de la amante.

Luego hay un momento en que el detective Diosdado Legumbre, el protagonista de Las nubes en el agua, le pregunta a otro agente de la policía: "¿Te acuerdas de aquel viejo e insoportable librote de José Lezama Lima?". A pesar de esta alusión directa, si no fuera por la nota editorial esa cita del inicio hubiera operado como un mecanismo secreto. Parte de ahí un diálogo interesante con Lezama (a quien fácilmente podemos imaginar diciendo, entre jadeos, "tápate eso, cochina"), o mejor dicho, con el asco lezamiano. Con la vulvofobia.

En otra escena, el agente Legumbre le practica un fisting a una enfermera revoltosa. Cuando le introduce la mano completa en la vagina, la enfermera pide más. Legumbre, poco a poco, va metiendo el antebrazo, el codo, el brazo completo hasta el hombro. La enfermera tiene un orgasmo con "largos y fuertes hilos de baba" saliendo de entre sus piernas.

La obsesión del detective, sin embargo, es Valaria Granados, que tiene doce años y es como una lolita mutante. Literalmente, una bicha. Durante el sexo, su columna vertebral se proyecta hacia afuera de modo reptiloide, algunas zonas de su piel cambian de coloración y un par de filamentos, rematados por "dos carnosidades bivalvas", emergen de sus labios vaginales y se deslizan por el recto del agente Legumbre, avanzando hasta apretarle la próstata.

"El terror es un género muy femenino", dijo la guionista Diablo Cody (que alguna vez fue stripper) en una de las entrevistas que acompañaron el estreno de Jennifer's Body, aquella película donde Megan Fox era un súcubo caníbal. Recordemos también el desfile de anomalías orgánicas en varias cintas de David Cronenberg. El body-horror. Un subgénero que conecta con las grietas más bizarras de la pornografía.

¿No es todo esto perfectamente coherente con la lengua de Lezama? Instalado en el pliegue y en la abundancia, Lezama bordea siempre lo innatural y lo monstruoso. La sensorialidad de su escritura está siempre como a punto de sobregirarse, un poco antes o un poco después de la náusea, en el reverso de lo erótico. Y, como se sabe, valvas, ventosas, cefalópodos, todos esos moluscos marinos asociados tanto a la genitalidad femenina como al terror fantástico (por lo menos desde Lovecraft), son también criaturas del fondo barroco.

Otra secuencia de Las nubes en el agua: Valaria arranca de un mordisco el pene de un jovencito y lo guarda en una bolsa de nylon. Después lo limpia, lo cose, le inyecta sustancias y le inserta un esqueleto. Convierte el pene en un ajolote biomecánico, "con ojillos del color de la masa del aguacate", y le pone de nombre (una referencia a Hölderlin, seguramente) Scardanelli. Lo lezamiano, si todavía existe, tiene que andar por ahí. Lo lezamiano también es eso: una gran excentricidad que deforma nuestra imaginación literaria.

En el personalísimo proyecto narrativo de Alberto Garrandés —recordemos piezas conceptuales como Capricho Habanero, Cibersade, Fake, etc., que delinean una suerte de ficción de autor poco común en nuestras letras— hay una pregunta camuflada pero insistente, una pregunta que se actualiza ahora con Las nubes en el agua: ¿Cómo citan los escritores cubanos de hoy? O mejor: ¿cómo ponen a funcionar aquello que citan?

"Tápate eso, cochina" es entrar en Paradiso por la puerta de atrás y con las luces apagadas. Esto recuerda aquello que escribió Lezama sobre cierta vuelta al clasicismo. Lo que suele ofrecer el retorno, leemos en Tratados en La Habana, es "una lisonja o un rasguño a un material que se atesora como congelado. Asaltada la casa, busca primero los candelabros que las pistolas". Alberto Garrandés entró en la casa a disparar, a hacer que disparen los monstruos y los mutantes escondidos.

En la ficción cubana actual, ¿cuál sería la estrategia predominante? A la hora de leer, ¿qué es lo que primero buscamos? A la hora de escribir, ¿somos de iluminarnos y traficar con los candelabros, o somos de armarnos con las pistolas que, ojo, están cargadas? Lamentablemente, creo que todos sabemos la respuesta.

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