Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Obituario

Los amigos que se van

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Yo estoy triste

y tú estás muerta.

Zenea (Fidelia). 

 

Hace algunos meses, me bastó ver el mensaje y su encabezamiento, el nombre, o mejor dicho el sobrenombre cariñoso, Lichi.

Hoy han sido suficientes otras cinco letras, "Adria", para reconocer la sensación, los que se van, los que nos dejan, el mundo que se empobrece, así tan simple, como si fuera por un camino y bastara con el cansancio o el simple descuido, y cuando decido detenerme un instante, mirar atrás, descubrir que todo se borra, el paisaje, el horizonte desvanecido, las cosas que ya no están, ni estarán, nunca más, árboles, calles, palacios, casas, amigos, personas…

Qué raro, qué patético aprendizaje.

Procuro entonces otro esfuerzo, otro intento de ceremonia, buscar en el recuerdo, procurar verlos como fueron hace casi cuarenta años, la primera vez que los vi y admiré. Lichi alto, delgado, elegante en el vestíbulo del teatro, porque ya se sabe, bailaba ella, Ella, la mejor, la más hermosa, Rosario Suárez.

Adria Santana y Pablo Menéndez en el vestíbulo del otro teatro, la sala Hubert de Blanck donde la actriz, vital, alegre como siempre, acababa de estrenar una obra, tal vez de Abelardo Estorino.

O tal vez en la playa, en los muelles del Cubanaleco.

Para ella escribí el personaje de Adah Mencken, la amante de Juan Clemente Zenea, en un lejano New Orleans. Era su voz la que escuchaba cuando escribía aquella escena en que la actriz le pide al poeta que la mire, que la mire de verdad, que ella no quiere ser el simple pretexto para un verso. Era su voz y su cara y sus gestos y su sonrisa y su manera de andar.

Y su inteligencia. Era una actriz inteligente, que también sabía leer y disfrutaba actuando y leyendo. Daba gusto saber que ella estaba allí, buena amiga y dispuesta siempre, muy cerca del mar.

Por esos misteriosos vasos comunicantes, en Miami, la tarde que fue a un ensayo de La última función, con Rosario Suárez y Julio Rodríguez (el Zenea de aquella Adah Mencken), lloró mucho. "Lloraba por la patria", me dijo después, con una de sus contagiosas carcajadas, irónica y seria, porque sin duda, aunque se burlara, era verdad, lloraba por la patria.

Ahora recuerdo que hace muchos años, treinta más o menos, poco después de morir Virgilio Piñera y nuestra común amiga Marta y mi padre (el último de esa hilera de muertos), escribí: "Un buen día los amigos se van por encima de los tejados y nos dejan el encantamiento de unas cajas vacías".

Ya voy descubriendo que ni eso. No hay cajas vacías. No hay nada. Ni siquiera un lugar del camino, del paisaje borrado donde alzar el brazo en un gesto que ya parece grotesco e inútil.

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