Sábado, 16 de Diciembre de 2017
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Historiografía

La máquina del olvido

A mediados del siglo XX, el poeta y político martiniqueño, Aimé Césaire, utilizó la expresión "máquina del olvido" para describir el proceso de colonización cultural que experimentaban las naciones sometidas, por siglos, a la limitación de sus soberanías y el saqueo de sus recursos naturales, por parte de los grandes imperios de Occidente.[1] Afirmaba Césaire, en su Discurso sobre el colonialismo (1955), que  la gran tradición intelectual del humanismo europeo —especialmente, la francesa—, de De Maistre a Renan y de Bloy a Caillois, había defendido el colonialismo en nombre de la civilización y la memoria, a la vez que justificaba o toleraba la aplicación, sobre los pueblos colonizados de Asia, África y América Latina, de políticas de barbarie y desmemoria.[2]

Césaire se hacía eco de las posiciones de los entonces jóvenes antropólogos, Michel Leiris y Claude Levi-Strauss, en sus polémicas con Roger Caillois, y reprochaba a éste su defensa de una jerarquización de las culturas a favor de Occidente.[3] Lo curioso, concluía Césaire, es que esa jerarquización se producía dentro de una argumentación, como la de Caillois, en la que pesaba mucho la defensa de la memoria cultural como práctica afirmativa de la modernidad occidental y la crítica a los procesos de mecanización y deshumanización del espíritu que generaba el capitalismo industrial. Para Césaire, no era en Europa sino en las colonias del Pacífico, del Atlántico y del Caribe, donde esa maquinaria del olvido —"máquina de aplastar, moler y embrutecer pueblos"— lograba un funcionamiento más perfecto.[4]

Con ironía, a pesar de su inocultable vehemencia, Césaire utilizaba la metáfora azucarera de la "molienda" —el proceso de moler caña de azúcar para extraer su jugo— como una figura retórica que identificaba algunos acentos de ese discurso del olvido. El católico de principios del XIX, Joseph de Maistre, por ejemplo, practicaba la "molienda mística", el darwinista de fines del XIX, Vacher de Laopuge, la "molienda cientificista", y el publicista de principios del XX, Albert Faguet, la "molienda periodística".[5] Las jergas de cada uno de ellos sobre los pueblos "primitivos" o "bárbaros" eran dispositivos de moler culturas, así como la esclavitud y la plantación azucareras eran dispositivos de moler carne humana.

La resistencia al colonialismo pasaba, según Césaire, por una política de la memoria, conectada a la identidad cultural de los sujetos colonizados. Dicha política, que compartieron tantos otros intelectuales negros de la misma generación, debía restituir legados despojados y, a la vez, disponer la cultura del colonizado a favor de los elementos civilizatorios de la propia colonización. No es raro que este descolonizador y marxista antillano reaccionara contra las obsesiones anti-hitlerianas del humanismo europeo. Decía, con razón, que las ideas racistas de los nazis no eran novedad si se les cotejaba con el secular racismo colonial, que habían fomentado los grandes imperios atlánticos. La máquina del olvido del colonialismo no era diferente a la de cualquier Estado autoritario o totalitario moderno que se propusiera excluir sujetos del pasado, previamente despojados de toda legitimidad moral o política.

Colonización del pasado

No deja de ser también irónica la pertinencia de estas ideas de Césaire para pensar el rol que ha jugado la historia oficial dentro del aparato de legitimación del socialismo cubano en el último medio siglo. El proceso de colonización mental emprendido por aquellos imperios atlánticos es sumamente parecido al que puso en práctica el Estado insular, con el propósito de incorporar, a las formas de identificación política de la ciudadanía, un relato hegemónico sobre el pasado nacional.  La paradoja reside en que esa colonización mental fue llevada a cabo en nombre de la descolonización de Cuba, es decir, del rescate de una soberanía nacional limitada o perdida. La recuperación de la soberanía por parte del Estado cubano implicó una confiscación de la memoria de la ciudadanía.

Buena parte de la historiografía y casi todos los textos históricos producidos por los discursos culturales, las ciencias sociales, los medios de comunicación y las instituciones educativas del socialismo cubano, entre los años 60 y 80, sumaron sentidos al relato oficialista  sobre el pasado insular. De acuerdo con ese relato, antes de 1959, Cuba había vivido bajo una prolongada condición colonial: hasta 1898, como provincia de España, y de ese año a 1958, como neocolonia de Estados Unidos. La cultura y, sobre todo, la política, producidas por los cubanos desde que en los siglos XVII y XVIII surgieran las primeras señales de una conciencia de alteridad criolla, habían sido propias de sujetos coloniales.

Lo que de esa cultura y esa política interesaba a los ideólogos del nuevo Estado —las guerras de independencia, José Martí, el movimiento obrero, la Revolución de 1933 y algunos líderes del comunismo o el nacionalismo republicanos como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena o Antonio Guiteras— era aquello que funcionaba como indicio providencial del triunfo revolucionario de 1959 y su institucionalización socialista. Los aparatos ideológicos del socialismo cubano se dieron a la tarea de trasmitir a la ciudadanía la idea de que Cuba comenzaba a ser una nación-estado, propiamente dicha, a partir de ese año, y que su máximo líder, Fidel Castro, era el realizador de un sueño de independencia postergado desde la muerte de José Martí en 1895.

No toda la historiografía de aquellas tres primeras décadas socialistas suscribió acríticamente el relato oficial y muchos historiadores, aunque compartieran los valores fundamentales de la ideología revolucionaria, tampoco dejaron una obra carente de calidad académica. Bastaría, para conceder esta matización, recordar que en 1964 apareció en La Habana la primera edición del clásico El Ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, de Manuel Moreno Fraginals; que a principios de los 60 Julio Le Riverend dio a conocer sus libros La Habana: biografía de una provincia (1960) y la edición definitiva de su extraordinaria Historia económica de Cuba (1963), o que el importante marxista negro Walterio Carbonell, muy cercano al pensamiento de Aimé Césaire y Frantz Fanon, escribió el ensayo Cómo surgió la cultura nacional (1961), en el que criticaba la concepción libresca y aristocrática de la sociedad, predominante entre los intelectuales cubanos, fueran estos católicos, liberales o marxistas, y la subvaloración de las tensiones raciales dentro de la propia ideología revolucionaria.[6]

Tampoco habría  que desconocer que en el periodo de máxima sovietización de las ciencias sociales cubanas —entre 1970 y 1985— la historiografía demostró mayores resistencias a la ortodoxia que cualquier otra forma del saber. Por aquellos años  iniciaron su obra algunos de los historiadores que hoy poseen mayor prestigio y reconocimiento académico, como Jorge Ibarra, Oscar Zanetti, Eduardo Torres Cuevas o María del Carmen Barcia, y no dejaron de leerse clásicos de la historiografía liberal y republicana de la Isla como Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring, Herminio Portell Vilá o Fernando Ortiz. Fue esta noble tradición la que protegió a los historiadores cubanos de las versiones más dogmáticas del materialismo dialéctico e histórico, pero, también, la que facilitó el acceso a un nacionalismo con frecuencia maniqueo e intransigente.[7]

Desde fines de los 80, como han documentado Alberto Abreu Arcia, Félix Julio Alfonso López y Ricardo Quiza Moreno, la historiografía académica y el ensayo histórico cubanos, dentro y fuera de la Isla, han experimentado una impresionante renovación, que ha dejado atrás la mayoría de los tópicos de aquel relato oficial.[8] Una nueva generación de historiadores dentro y fuera de la Isla, a la que pertenecen los tres autores mencionados y muchos otros (Marial Iglesias, Reinaldo Funes, Abel Sierra, Imilcy Balboa, Manuel Barcia, Sergio López Rivero, Julio César González Pagés, Pablo Riaño, Yolanda Díaz Martínez, Yoel Cordoví,  Jorge R. Ibarra Guitart, Edelberto Leiva, Jorge Núñez Vega, Antonio Álvarez Pitaluga, Alain Basail, Oilda Hevia Lanier…) ha colocado la interpretación económica, social, cultural y política del siglo XIX y la primera mitad del XX fuera del paradigma ideológico tradicional del socialismo cubano.

El concepto articulador de esta historiografía no es, como en el relato oficial, la identidad sino la diversidad: diversidad económica, social y cultural, pero también ideológica, moral y política del pasado cubano. Estos jóvenes historiadores intentan captar la pluralidad de los sujetos de la historia, desplazando el interés hacia las sexualidades y los géneros, las inmigraciones y los exilios, el medio ambiente y la sociedad civil, el tránsito del trabajo esclavo al trabajo libre, los conflictos raciales y las polémicas intelectuales, la esfera pública y la actividad empresarial, las ciencias y las artes, las ceremonias cívicas y la cultura popular. El corpus historiográfico que ya junta esa nueva generación impugna el discurso histórico del Estado cubano y, sin embargo, este último sigue siendo hegemónico en los aparatos ideológicos, los medios de comunicación y la educación básica y superior.

Un recorrido superficial por los principales títulos de esa historiografía, en la última década, permitiría advertir que los períodos más trabajados son el siglo XIX y la primera mitad del XX, es decir, fase final del orden colonial, hasta 1898, y toda la época republicana, entre 1902 y 1958. La imagen de ese pasado construida por la nueva historiografía hace el "cuento al revés" —para utilizar un título de Ricardo Quiza Moreno— y rescata, bajo el estereotipo de un periodo "colonial" o "pseudorrepublicano", la riqueza y el dinamismo de una economía, una sociedad y una cultura en proceso de cambio político.[9] Un estereotipo que, aunque se debilita y se caricaturiza, no deja de abandonar la centralidad discursiva de la esfera  pública insular.

La mayoría de los referentes teóricos de esa nueva historiografía proviene de autores que se adscribieron o se aproximaron al marxismo crítico occidental: Michel Foucault y Pierre Bourdieu, Eric Hobsbawm y E. P. Thompson, las escuelas de los Anales y de Frankfurt, los estudios postcoloniales y subalternos, el postestructuralismo y el multiculturalismo. El repertorio ideológico que se desprende de ese campo referencial es, por tanto, discordante del marxismo-leninismo estalinista y soviético, que aún se sostiene como ideología de Estado en la Constitución socialista vigente de la Isla, y con el nacionalismo revolucionario, que nutre toda la simbología oficial cubana. Esa discordancia teórica entre la nueva historiografía académica de la Isla y una ideología estatal que, según el artículo 39° constitucional, rige la política cultural y educativa del gobierno, entraña uno de los desencuentros más sintomáticos de la vida intelectual cubana.

La historia oficial advierte su creciente deterioro en el campo intelectual y académico y pelea por su sobrevivencia. En esos menesteres, uno de sus métodos más socorridos es aislar el período revolucionario del revisionismo historiográfico que avanza en las publicaciones universitarias y literarias. Ese aislamiento tiene a su favor no solo el control de los archivos y las principales fuentes primarias de la historia cubana, de 1959 para acá, sino la propiedad absoluta e inalienable de todos los medios de comunicación. La celebración del cincuentenario de la Revolución Cubana, por ejemplo, en los principales medios electrónicos e impresos de la Isla, siguió lealmente las pautas de ese relato oficial, en lo referido a los actores fundamentales de la oposición violenta y pacífica a la dictadura de Fulgencio Batista y a las ideas, instituciones y leyes promovidas por las distintas organizaciones revolucionarias.

El contraste entre la flexibilidad de la historiografía sobre las épocas coloniales y republicanas y la rigidez de la historia oficial revolucionaria es perceptible en algunos volúmenes en los que conviven historiadores oficialistas y críticos, como La historiografía en la Revolución Cubana. Reflexiones a 50 años (2010), editado por el Instituto de Historia de Cuba y compilado por Rolando Julio Rensoli Medina, o en las pocas investigaciones que, desde la Isla, intentan avanzar en una pluralización de los sujetos revolucionarios, como son los casos de El fracaso de los moderados en Cuba. Las alternativas reformistas de 1957 a 1958 (2000) de Jorge Renato Ibarra Guitart o de Ideología y Revolución. Cuba, 1959-1962 (2004) de María del Pilar Díaz Castañón. [10]

Entre estos recientes acercamientos críticos a la historia de la Revolución, a los que habría que agregar algunos estudios publicados fuera de la Isla, como Inside the Cuban Revolution (2002) de Julia E. Sweig o The Moncada Attack  (2007) de Antonio Rafael Antonio de la Cova, destaca, por su contemporaneidad conceptual y su apuesta desmitificadora, El viejo traje de la Revolución. Identidad colectiva, mito y hegemonía en Cuba (2007) de Sergio López Rivero. La rareza de un libro como el de López Rivero, en el que se estudia la construcción de la hegemonía del grupo de Fidel Castro dentro de la heterogénea clase política revolucionaria, es reveladora del predominio del discurso oficial en la historiografía sobre la Revolución.[11] El libro de López Rivero, editado por la Universidad de Valencia no está, desde luego, mencionado en las escasas cinco páginas que Arnaldo Silva dedica a la historiografía del período revolucionario en el citado volumen del Instituto de Historia de Cuba.[12]

Un fenómeno distintivo de la actual fase decadente de la historia oficial cubana es que, por lo visto, se niega a superar su larga etapa de testimonio y a acceder a la reinterpretación crítica de fenómenos, como la plural insurrección antibatistiana o la transición al socialismo entre 1959 y 1961, que dotan de identidad ideológica, moral e, incluso, afectiva al Estado cubano. Algunos de esos testimonios, como los de Luis M. Buch y Reinaldo Suárez en Gobierno revolucionario cubano (2009) o de Ramón Pérez Cabrera en De Palacio hasta Las Villas (2006), son de un valor inestimable, pero otros, más centralmente ubicados en los medios de comunicación nacional, como La contraofensiva estratégica (2010) y La victoria estratégica (2010) de Fidel Castro, reiteran las líneas maestras del relato oficial cubano y las ponen a circular de manera masiva y subsidiada entre la ciudadanía de la isla.[13] 

Orgullo oficialista

El tema se discute con pasión en España y en casi todos los países latinoamericanos, especialmente, en México. Algunos libros recientes, como El sonido y la furia (2004) de José Antonio Aguilar, Contra la historia oficial (2009) de José Antonio Crespo, Historia y celebración (2009) de Mauricio Tenorio, Elegía criolla (2010) de Tomás Pérez Vejo o De héroes y mitos (2010) de Enrique Krauze, se han enfrentado a la acumulación de mitos que el nacionalismo revolucionario construyó en torno a períodos, sobre todo épicos, de la historia de México como la Conquista, la Independencia, la Reforma o la Revolución, y a las visiones maniqueas o caricaturescas de experiencias históricas que equivocadamente se asocian con la involución o la decadencia nacional como el virreinato de la Nueva España, los imperios de Iturbide y Maximiliano o el Porfiriato.[14]

Pero en México o en España el debate sobre la historia oficial parece haber llegado a un punto de mayor intensidad y ya comienza a dar la vuelta. Como ha descrito Aguilar, cuando en 1992 apareció una nueva versión de los libros de texto de historia de México, para la enseñanza básica, que cuestionaba, con mayor o menor consistencia, algunos de aquellos mitos nacionalistas, la reacción de la opinión pública fue tal que en 1994 apareció otra edición de los mismos que eliminaba las partes polémicas y avanzaba tímidamente por el camino revisionista.[15] En España, una verdadera revuelta mediática contra las entradas que el nuevo Diccionario Biográfico  de la Real Academia de la Historia consagraba a Francisco Franco, la guerra civil, la República y la dictadura, en la que intervino el propio gobierno, ha provocado una revisión y una reedición del texto.[16]

Polémicas como esta, en la que la historia oficial y la historia crítica miden sus fuerzas en la opinión pública, son inconcebibles en Cuba. No porque no tenga lugar una querella historiográfica entre el viejo relato legitimador de la Revolución y las nuevas corrientes revisionistas sino porque los medios de comunicación están totalmente controlados por el Estado. Además de esa limitación institucional, sucede también que los historiadores oficiales no se asumen como tales, sino como "críticos del imperialismo", o lo hacen luego de caricaturizar a la historiografía desmitificadora, sobre todo a la que se produce fuera de la Isla, como discurso "mercenario". Es cierto que en publicaciones académicas y literarias, como las revistas Temas o La Gaceta de Cuba, han aparecido, desde mediados de los 90, ensayos que cuestionan el dogmatismo historiográfico heredado de los años 70, pero esas críticas no logran acceder a los medios masivos de comunicación como en cualquier democracia del planeta.

En el citado libro, La historiografía en la Revolución Cubana (2010), coordinado por Rolando Julio Rensoli Medina, por ejemplo, junto a colaboraciones de la mayor pertinencia e interés como las de Ovidio J. Ortega Pereyra sobre historiografía prehispánica, de Mercedes García Rodríguez sobre historia colonial, de Rolando García Blanco, Arturo Sorhegui D’Mares, Rolando Julio Rensoli Medina e Israel Escalona Chávez sobre la historia regional y local, de Yoel Cordoví sobre las narrativas e interpretaciones de la Guerra de los Diez Años, de Roberto Pérez Rivero y Servando Valdés Sánchez sobre la historia militar y la insurrección de 1956 a 1958, de Gloria García Rodríguez sobre estudios raciales, de Nicolás Garófalo Fernández sobre historia de la medicina y de Ricardo Quiza Moreno sobre "los trabajadores, como sujetos olvidados en la historiografía cubana", aparecen textos que no sólo suscriben el relato oficial sino que lo defienden de las críticas de otros historiadores cubanos a quienes llaman, antidemocráticamente, "enemigos".

En el ensayo introductorio, los historiadores Mildred de la Torre Molina, autora de un importante estudio sobre el autonomismo decimonónico, y Felipe de Jesús Pérez Cruz, estudioso de la América Latina contemporánea, luego de afirmar como autoridades teóricas básicas de la historiografía insular a Marx, Engels, Lenin, Martí y Fidel, señalan:

"Nuestros enemigos y adversarios utilizan la historia como arma de subversión y diversionismo ideológico-cultural. En la emergencia de la efemérides del Cincuenta Aniversario del triunfo de la Revolución, no podían faltar tanto la virulencia de los esbirros y malversadores derrotados, como los juicios más sosegados (itálicas de los autores) de los mercenarios de academia, amancebados con los fondos del Gobierno estadounidense y los premios de las editoriales e instituciones que alientan la contrarrevolución."[17]

El también historiador Raúl Izquierdo Canosa, experto en temas de historia regional, entra de lleno en el debate entre historia oficial e historia crítica, aunque sin mencionar con nombres y apellidos a quienes practican esta última. A su juicio, quienes utilizan el primer término son sólo los "cubanólogos", es decir, los historiadores que aunque nacidos en la Isla viven fuera de ella. Sin embargo, en su respuesta a estos últimos, Izquierdo habla de una "crítica en el patio":

"Los señalamientos críticos a la historiografía que se hacen en el patio y a los historiadores que la escriben, tienen un matiz eminentemente ideológico, ya sea por lo que escriben o por los salarios que reciben de una institución estatal. Empleando su misma lógica de razonamiento pudiéramos preguntarles a aquellos que desde afuera se dedican a criticar a nuestros historiadores: ¿para quién trabajan y cuánto les pagan? ¿Por qué y para qué escriben y con qué propósito lo hacen? ¿En qué categoría de historiadores podrían conceptuarse los que así actúan?"[18]

Y concluye:

"Quizás pudiéramos inducir que se trata de un mercenarismo intelectual; de algo tienen que vivir y para algún amo trabajan. Sus objetivos, sus fines y medios están claros: confundir, socavar, quebrar la voluntad del pueblo; crear dudas y fomentar la división entre los ciudadanos. Tal vez pudiéramos denominarlos historiadores oficialistas del pensamiento hegemónico del neoliberalismo conservador o del capitalismo (itálicas del autor), en definitiva esos, son los ideales e intereses que defienden, a ellos les pagan sustanciosos sueldos por lo que escriben en contra de los dirigentes y la historia de nuestro país. Analizando bien el problema y por tratarse de una posición ante la vida y la sociedad y un compromiso con su pueblo y con la patria; por esgrimirse razones y argumentos de carácter político e ideológico, no tenemos que avergonzarnos ni sonrojarnos cuando los eternos enemigos políticos de la Revolución y del pueblo cubano (mercenarios intelectuales del capitalismo) nos llamen historiadores oficialistas (itálicas del autor). Al contrario, ejercemos ese oficio con mucho orgullo, dignidad y a mucha honra."[19]

De la Torre, Pérez Cruz e Izquierdo Canosa hablan en nombre de todos los historiadores de la Isla, pero sus referentes teóricos, metodológicos e ideológicos son distintos a los de los jóvenes historiadores críticos. Es cierto que unos y otros son, predominantemente, marxistas, pero el marxismo de los oficialistas es el marxismo-leninismo-fidelista, en la acepción constitucional y doctrinaria que el mismo posee en la ideología del Estado cubano, por lo menos, desde 1976, mientras que el marxismo de la nueva historiografía es una asimilación heterodoxa del pensamiento de Marx a las corrientes contemporáneas del postestructuralismo, la postmodernidad, el multiculturalismo y los estudios subalternos y postcoloniales. La distancia entre ese viejo marxismo-leninismo, de corte soviético, y el neomarxismo actual es tan grande como la que existía, en el siglo XIX, entre el conservadurismo y el liberalismo.[20]

La historiografía neomarxista entiende que los conflictos de clases son importantes pero no los únicos ni los determinantes de todas las tensiones del orden social. Esa historiografía no asume, por tanto, el partidismo ideológico y político a la manera del viejo marxismo-leninismo. Su visión de la modernidad tampoco es totalmente negativa, ya que no interpreta este concepto como sinónimo de capitalismo. Al abandonar el economicismo del antiguo materialismo histórico, los jóvenes historiadores se acercan a la historia de las culturas, las sociabilidades y las mentalidades, captando el intenso proceso de heterogeneización social que vivió Cuba entre el siglo XIX y la primera mitad del XX. Esta apuesta teórica y metodológica produce una visión del pasado prerrevolucionario contradictoria con la establecida en la Constitución de 1976, reformada en 1992 y 2002, en los documentos oficiales del Partido Comunista de Cuba y en los discursos de los máximos dirigentes del país.

La desconexión entre la nueva historiografía y la ideología histórica del socialismo insular es un signo de la cultura cubana contemporánea. Un desencuentro que, aunque actúa en favor de una democratización del sistema político de la Isla, tampoco implica la ruptura entre los historiadores y las instituciones del Estado. Estas últimas, a pesar de haber sido diseñadas de acuerdo con una ideología obsoleta, aprenden a tolerar e, incluso, a fomentar el nuevo saber histórico. No es, sin embargo, en las viejas instituciones o en la propia obra académica e intelectual de las nuevas generaciones donde se está produciendo el cambio más profundo de visiones sobre el pasado cubano: es en la ciudadanía de la Isla, que comienza a descolonizarse culturalmente por medio del contacto con una idea plural de la nación y su historia. Son esos ciudadanos los que se rebelan contra la máquina del olvido que hizo andar, por medio siglo, la legitimación del socialismo cubano.  

 


[1] Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo, Madrid, Akal, 2006, p. 26.

[2] Ibid, pp. 16-24.

[3] Ibid, p. 37.

[4] Ibid, p. 43.

[5] Ibid, p. 24.

[6] Walterio Carbonell, Cómo surgió la cultura nacional, La Habana, Biblioteca Nacional José Martí, 2005, pp. 23-32 y 65-86. Ver también Ariana Hernández Reguant, "Aimé Césaire y Cuba" .

[7] En mi libro Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba (Madrid, Colibrí, 2008) se propone una valoración crítica de ese legado historiográfico.

[8] Alberto Abreu Arcia, Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia, La Habana, Casa de las Américas, 2007, pp. 223-246; Félix Julio Alfonso López, "Las armas secretas de la historia" ; Ricardo Quiza Moreno, "Historiografía y revolución: la nueva oleada de historiadores cubanos", Millars, Revista del Departamento de Historia, Geografía y Arte de la Universidad Jaume I, Núm. XXXIII, 2010, pp. 127-142.

[9] Ricardo Quiza Moreno, El cuento al revés. Historia, nacionalismo y poder en Cuba (1902-1930), La Habana, Editorial Unicornio, 2003, pp. 20-33.

[10] Rolando Julio Rensoli Medina, coord., La historiografía en la Revolución Cubana. Reflexiones a 50 años, La Habana, Editora Historia, 2010, pp. 19-35.

[11] Sergio López Rivero, El viejo traje de la Revolución. Identidad colectiva, mito y hegemonía política en Cuba, Valencia, Universidad de Valencia, 2007, pp. 137-156.

[12] Rolando Julio Rensoli Medina, Op. Cit., pp. 97-101.

[13] Luis M. Buch y Reinaldo Suárez, Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2009; Ramón Pérez Cabrera, De Palacio hasta Las Villas. En la senda del triunfo, La Habana, Centro Nacional de Derechos de Autor, 2006.

[14] José Antonio Aguilar, El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos, México D.F., Taurus, 2004; José Antonio Crespo, Contra la historia oficial, México D.F., Debate, 2009; Mauricio Tenorio Trillo, Historia y celebración, México D.F., Tusquets, 2009; Tomás Pérez Vejo, Elegía criolla. Una reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericana, México D.F., Tusquets, 2010; Enrique Krauze, De héroes y mitos, México D.F. Tusquets, 2010.

[15] José Antonio Aguilar, Op. Cit., pp. 25-42.

[16] Tereixa Constenla, "Franco, ese (no tan mal) hombre".

[17] Rolando Julio Rensoli Medina, coord., La historiografía de la Revolución Cubana. Reflexiones a 50 años, La Habana, Editora Historia, 2010, p. 34.

[18] Ibid, p. 38.

[19] Ibid, pp. 38-39.

[20] Para la diferencia entre marxismo-leninismo y neomarxismo crítico ver Elías José Palti, Verdades y saberes del marxismo. Reacciones de una tradición político ante su “crisis”, Buenos Aires, FCE, 2005.

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