Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:13 CET.
Entrevista

«Martí nos dejó a todos un poco huérfanos»

Desde Estocolmo, Antonio Álvarez Gil (La Habana, Cuba, 1947) escribe como mismo ha hecho desde antes de que en 1986 apareciera su libro de cuentos Una muchacha en el andén (Premio David, 1983), otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Siguieron otros títulos —Fin del capítulo ruso, Naufragios, Deliro Nórdico…— hasta el más reciente, Perdido en Buenos Aires, XIV Premio Vargas Llosa de Literatura, que recrea uno de los encuentros de ajedrez más apasionantes que se recuerdan a nivel mundial, el del cubano José Raúl Capablanca y el ruso Alexander Alekhine.

Sin embargo, hay otra novela, publicada mucho antes, que parte también de un hecho histórico. Las largas horas de la noche (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) se basa en La niña de Guatemala, el poema que José Martí escribiera alrededor de su encuentro con María García Granados.

Antonio, ¿Qué te llevó a escribir sobre este idilio entre María García Granados, 'la niña de Guatemala', y Martí?

Siempre sentí curiosidad por esta página de la vida de Martí. En Cuba la gente habla de este tema apenas sin conocerlo. Es más, en alguna ocasión he podido oír chistes y hasta frases zafias al respecto. Por obra y gracia del célebre choteo cubano, se ha llegado a convertir un episodio de índole romántica, de quien fue, en mi opinión, uno de los cubanos más nobles de todos los tiempos, en un relato chusco, indigno.

A mediados de los años 80, el Canal 6 de la Televisión Cubana tuvo la idea de realizar una serie de ficción sobre la vida de Martí. Yo estuve entre los escritores que aceptaron encargarse de una parte del argumento, y escogí el episodio de Martí en Guatemala y su relación con María García Granados. Más tarde, una serie de circunstancias me llevaron a plantearme su conversión en un texto novelístico.

¿Cómo fue el proceso investigativo sobre María García Granados y aquellos días de 1877 y 1878?

Tuve que trabajar muchísimo en la búsqueda de información (sin la ayuda de Internet, por cierto) y en la reconstrucción histórica del mundo en que vivieron Martí y María García Granados. En los inicios del proyecto televisivo me presentaron a Lilian Llerena, que había sido designada para dirigir la serie. Lilian había reunido un gran número de libros sobre la vida y la obra de Martí, algunos de ellos sacados para la ocasión de las bóvedas de la Biblioteca Nacional. Pude disponer de ellos, y me sirvieron para reconstruir la Guatemala de la época y, sobre todo, la vida y la actividad de Martí en aquel país. Recuerdo con nostalgia las horas de trabajo con Lilian Llerena, que era una persona y una artista exquisita desde todos los puntos de vista.

Fue un tiempo muy hermoso, de mucho trabajo colectivo y de mucha ilusión por el proyecto. Finalmente, el guión fue aprobado y yo salí de Cuba para ir a trabajar por unos años a Moscú. Cuando regresé de vacaciones, Lilian me contó que el proyecto hacía aguas. No sólo no avanzaba, sino que, según le parecía a ella, estaba a punto de ser suspendido. Lilian se sentía muy decepcionada de todo y con todos. Y como yo no quería que mi trabajo se perdiera, me propuse escribir una novela sobre el tema. Entonces me llevé mi manuscrito y mis notas para Moscú y empecé a escribir. Al cabo del año, más o menos, la novela estuvo lista.

En esta novela uno lee: 'Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán'. ¿Qué crees que pudiera haber cambiado la historia real de no haber sido eludida aquella visita que María tanto deseó?

Pese a que ha pasado el tiempo, recuerdo los "análisis" a los que sometíamos a Martí. Era muy difícil entrar en su alma e interpretar su pensamiento, que por entonces era el de un joven de 24 años. Y aún más difícil resultaba conocer la naturaleza y el alcance de las emociones que sintió en aquellos tiempos. Sabíamos de algunos hechos, pero era difícil sacar conclusiones. Y no obstante, había que hacerlo, tratar de sacar algo en limpio, aunque resultaran meras suposiciones. Por ejemplo, las palabras de María que citas, pertenecen a una carta real. Es igualmente real el dato de que, tras su regreso de México y casado ya con Carmen Zayas Bazán, Martí no pasara por casa de la joven. Pero los motivos para ello ya entran en el campo de las especulaciones.

Yo pienso que el hecho de que él evitara enfrentarse a ella, habla por sí solo del dilema en que el joven Martí se debatía por entonces. Soy del criterio que, de haberla visitado, nada habría cambiado sustancialmente. Sólo que el Maestro se habría sentido un poco peor, un poco más culpable, tal vez. Hay que tener en cuenta que José Martí era un hombre profundamente honrado. Es más, los códigos de honor que rigieron siempre su actuación lo llevaron, como se sabe, a ofrendar la vida por la patria.

¿Hasta qué punto te influyó en lo personal esta relación de María García Granados y Martí?

Un idilio que termina en tragedia, en muerte, puede siempre emocionar a un escritor. María era una joven culta e inteligente. Tocaba el piano, cantaba con sus hermanas y amaba la poesía. Solía participar en las tertulias que su padre organizaba en el salón de su casa. Allí seguramente conoció a buena parte de la élite de la ciudad. Pero, pese a su procedencia social y su juventud, tenía puntos de vista muy avanzados para su época. Imagino que sus ideas debieron de coincidir en muchos aspectos con las ideas de Martí.

En la medida en que estudiaba y conocía mejor a la muchacha, yo veía que los protagonistas del idilio tenían mucho en común. Y me metí tan profundamente en aquellos días guatemaltecos de Martí, que a veces me parecía ser testigo de sus conversaciones. Me hice una idea de la casa, de sus salones, de los personajes y de la tertulia donde se conocieron el poeta y la joven. Luego mi imaginación siguió fabricando momentos, viendo imágenes de aquel tiempo, reconstruyendo su mundo y —lo peor de todo— avanzando hacia un momento que yo sabía habría de llegar: el casamiento de Martí con su prometida en México, su regreso a Guatemala y la posterior muerte de María. Esto era algo que yo no podía cambiar. Escribía y sabía que, aunque no lo quisiera, tendría que llegar a ese punto. Sabía también que, años más tarde, en Nueva York, Martí se reconocería a sí mismo el error y escribiría su célebre poema. Y ese desgarramiento de su alma no podía dejar de sacudirme a mí, un cubano que admiraba —y admira—al más insigne de todos nosotros.

¿Cómo es que Martí, comprometido con Carmen Zayas Bazán, se ve envuelto en este idilio?

En mi opinión, es imposible dar respuesta a todo lo que ocurre en el alma de las personas. La química de los sentimientos no obedece a leyes naturales. La afinidad, la inclinación y el amor entre las personas no son el resultado de una operación matemática. De manera que no podría emitir un juicio categórico al respecto. Como he dicho, tanto Lilian Llerena como yo tratamos de bucear en las profundidades del alma de Martí. Analizamos verso a verso los poemas que escribió en Guatemala (dos de ellos dedicados a María) y de determinar hasta qué punto su actuación respondía a un sentimiento amoroso, un deseo de aventura, un flirteo o a un sentimiento de carácter más bien platónico, producto de la innegable atracción que la muchacha guatemalteca debió de ejercer sobre su alma.

Seguramente habrá especialistas en Martí, estudiosos de su vida y su obra, o simples iluminados, que puedan pronunciar un dictamen. Yo sólo soy un novelista que, impresionado por el idilio y su final trágico, construyó una fábula donde lo único rigurosamente cierto es que Martí se casó con su prometida, la señorita Carmen Zayas Bazán, que regresó desposado con ella y que María García Granados murió a los pocos meses de la llegada de la pareja. Lo demás está fuera del alcance de mis conocimientos objetivos del tema. En cualquier caso, prefiero quedarme con la historia que concebí y que puede leerse en la novela.

¿Podría conocer tu visión personal sobre Martí? ¿Cómo lo ves más allá de su imagen de mártir?

José Martí es, en mi opinión, uno de los hombres más grandes que ha existido jamás. Su temprana muerte nos privó de una obra que pudo haber sido incomparablemente mayor a la que conocemos. Lo que escribió, sin embargo, es más que suficiente para colocarlo en el lugar que ocupa en las letras hispanas. Y no sólo hispanas. Martí escribió hermosos artículos en inglés y en francés, conoció y habló sobre la literatura y el arte de numerosos países. Resulta increíble cómo podía leer tanto, ver tantos cuadros y estar en tantos sitios a la vez. Y todo sin abandonar su ideal supremo: la fundación de un estado libre y moderno en la tierra en la que había nacido. Yo pienso que es una pena que haya sacrificado su vida en ese empeño. Habría sido mucho mejor para todos nosotros, para su país, para la cultura universal, si él se hubiera mantenido un poco más alejado de las balas. Pero las cosas son como son y no como uno quisiera que fueran. José Martí murió a los 42 años y nos dejó a todos un poco huérfanos. Martí es, por cierto, uno de las pocos símbolos nacionales que une a todos los cubanos.

El manuscrito original de la novela lo perdiste en Moscú…

La primera versión —Moscú, 1989 o algo así— me fue sustraída de mi automóvil, que estaba aparcado en el centro de la ciudad. Quien robó el manuscrito andaba en busca de otras cosas; pero se llevó el maletín que contenía los papeles y éstos no aparecieron jamás. Yo no tenía copia. Me quedaron solamente las primeras páginas y unas cuantas notas y apuntes de mis visitas a la Biblioteca Internacional de Moscú, donde había pasado tardes y noches buscando datos en libros y periódicos viejos. A los pocos días del robo traté de ponerme de nuevo a trabajar en el texto, pero no resultó. No podía concentrarme, escribir ni leer nada sobre el tema.

Así las cosas, decidí dejarlo. Por aquel tiempo, el difunto Justo Vasco —que era un buen amigo mío y había sido la única persona que había leído el manuscrito terminado— me dijo que iba a tratar de ayudarme a conseguir una de las becas de creación que por entonces otorgaba la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Vasco era por entonces uno de los dirigentes de la Asociación de Escritores). En definitiva, cuando regresé a Cuba, pude disponer de esa beca, que se extendió por espacio de seis meses, a partir de enero de 1991. No era mucho dinero, pero me permitió quedarme en casa trabajando, ir de nuevo a los libros que pude conseguir en La Habana y escribir otra vez la novela. Creo que esta segunda versión quedó mejor que la primera; aunque esto, desde luego, es del todo imposible de comprobar.

¿Y qué escribes por estos días?

Estoy terminando un libro de relatos que se desarrollan en Suecia o que tienen que ver con este país, doce cuentos de carácter monotemático. He querido poner de manifiesto mi agradecimiento a Suecia, el país que me acogió en su día y que me ha permitido seguir adelante con mi carrera de escritor. En todos los relatos del libro hay personajes inspirados en prototipos suecos. También, desde luego, cubanos, que en ocasiones son quienes ven y relatan los hechos fabulares. Y en uno de los cuentos reservo el papel de narrador y héroe central para un personaje que está muy cerca del autor del libro, que se titula Aterriza entre los pinos.

¿Te sientes satisfecho con lo logrado hasta hoy?

No, no lo estoy. Es cierto que he publicado algunos libros y ganado algunos premios, pero todavía estoy muy lejos de lo que creo que puedo llegar a escribir. Todavía tengo mucho que aprender en mi oficio, mucho que mejorar y mucho campo por delante para continuar creciendo. Es más, me parece que siempre será así.

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