Martes, 12 de Diciembre de 2017
11:12 CET.
Literatura

Cabrera Infante: sobre nuestros propios pasos

En mis años de estudiante universitario me dio por armar e imprimir, junto a tres o cuatro compañeros de curso, una especie de boletín cultural. Para uno de los números escribí un breve artículo sobre el Premio Cervantes. Hablaba de los escritores cubanos que lo habían obtenido. Llevé copia del documento (yo era como el director o el editor jefe) al decanato de la Facultad, donde chequeaban cada número antes de que saliera. Era puro protocolo. Pero al día siguiente, cuando entré a la oficina, la decana me pidió que me sentara.

¿Sabía yo cuál era la postura de Guillermo Cabrera Infante respecto a la revolución cubana? Sí, yo lo sabía. El tono de la conversación que siguió fue de absoluto desconcierto. La decana era, si no recuerdo mal, titular de Fisiología Animal Comparada; yo estudiaba tercer año de Bioquímica. Aquel fantasma literario no tenía por qué aparecerse allí, en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana.

Era el año 2001. No había que sacar a Cabrera Infante del boletín, tan solo retirar un par de líneas demasiado elogiosas sobre él (no se fueran a entender como una reivindicación). Podía mencionarlo en mi artículo, pero sin énfasis, sin darle más relieve que a los otros dos Premios Cervantes cubanos: Carpentier y la Loynaz.

Diez años después he recordado aquel elogio que por excesivo tuve que cortar: era, con otras palabras, en versión amateur, lo que dice Víctor Fowler en la nota de contracubierta de Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965): "uno de los más grandes escritores de la literatura nacional en cualquier tiempo". Con este libro, lanzado el pasado agosto bajo el sello Ediciones Unión, Elizabeth Mirabal (1986) y Carlos Velazco (1985) obtuvieron nada más y nada menos que el Premio UNEAC de ensayo.

He recordado también mi primera lectura de Tres Tristes Tigres. Porque después de esta novela, autores como Carpentier y la Loynaz se convirtieron para mí en objetos museables y decorativos. Dicho de otro modo: ellos eran lienzos de hermosos marcos, jarrones, esculturas, mientras que Cabrera Infante era la instalación, el performance, el graffiti y el cómic; si ellos eran portales, columnas, casonas con jardín, Cabrera Infante era el vértigo moderno —y bipolar— de los anuncios lumínicos. (¿Con la lectura no hacemos, también, fisiología animal comparada? ¿La lectura y la escritura no son mapas metabólicos?)

Cabrera Infante era la frase que abría TTT: "Showtime! Señoras y señores". El showtime es la entropía en medio del concierto. El showtime es un poco lo que decía Vonnegut: llega un momento en que el jazzista tiene que ponerse a tocar con la trompeta llena de papeles estrujados.

En el 2001, cuando empezaba a escribir ficción, Showtime! fue una de mis consignas. El showtime se inoculó en mi ADN literario. Diez años después los resultados son bastante deformes, no me gustan los malabares fonéticos y sé que la parodia y el ingenio te pueden desactivar un texto, pero si pudiera volver atrás en el tiempo volvería al showtime como uno de los puntos de partida. Y volvería a sentarme en el decanato de mi antigua Facultad, pero esta vez con un ejemplar de Sobre los pasos del cronista... escondido bajo la manga. ("Mire, profe, lo que están premiando y publicando en el futuro.")

El libro recorre los años habaneros de Cabrera Infante: desde que llegó de Gibara en 1941, siendo un adolescente, hasta su partida definitiva en 1965. Como era de prever, a los años posteriores al triunfo de la Revolución están dedicadas las dos terceras partes del volumen. La investigación de los autores se concentra en esa etapa crítica. Vale la pena leer y contrastar los resultados: hay ahí una nueva puerta que se abre.

¿Hacia dónde se abre? El pasado interesa, claro que sí. Pero quizás el destino secreto de este libro de Mirabal & Velazco sea invitar al lector a volver sobre los pasos de hoy y de ahora. Leemos en la citada nota de Fowler: "¿Cómo se formó el futuro Caín? ¿Qué fuentes lo alimentaron? ¿En cuáles guerras culturales estuvo inmerso?".

El mejor saldo colateral que pueden dejar en Cuba dos veinteañeros rescatando a Cabrera Infante (quien en 1959 cumplía apenas 30 años), es que los jóvenes intelectuales, artistas, escritores, críticos, filósofos, cineastas, se pregunten a su vez cómo se están formando, qué fuentes los alimentan, qué armas necesitan, en qué guerras culturales están inmersos ahora mismo (muy bien usar "guerras" en lugar de "polémicas") y, sobre todo, qué guerras culturales se avizoran en el horizonte insular.

Una cosa es cierta: no sabemos qué libros se estarán publicando en Cuba (ni en qué editoriales) de aquí a diez años, en el 2021. Sabemos, en cambio, que el año que viene es el centenario de Virgilio Piñera, y probablemente caerán algunas reediciones. Una buena manera de cerrar la lectura de Sobre los pasos del cronista (El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965), es abrir al azar la novela Pequeñas maniobras (Ediciones R, 1963). Al final del tercer capítulo, Piñera escribe: "Esta búsqueda de un muerto significa un aplazamiento frente al inminente encuentro con los vivos".

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