Lunes, 18 de Diciembre de 2017
19:04 CET.
Ciudades del verano

Nueva York

Nueva York capital de los cristales, de los espejos donde se repiten todas las ciudades…

Fue un 24 de marzo, apenas había comenzado a cruzar el Washington Bridge, medio dormido, harto y asqueado de La Cubana en la que viajaba y de tanta gente vulgar alrededor, cuando la vi por primera vez: El sueño. La película. Nueva York. Ahora entraba en ella. Estaba frente a mí, recortada contra el cielo, abierta, alta, esbelta. Saqué la jaula con el canario que traía y le quité la tela que tenía encima para que le cantara. Pero él estaba callado como yo, que ahora me sentía minúsculo como él. Había comprado ese canario en Miami, me costó casi la mitad del pasaje. Nunca he tenido un pájaro tan cerca durante tanto tiempo. 26 horas. Lo vi en una feria y lo compré. Mi prima quería un pájaro y es verdad que cuando me le acerqué, empezó a cantarme y no paraba y pensé que quería irse conmigo.

Eran cerca de las once y media de la mañana cuando terminamos de cruzar el puente. A partir de allí la guagua empezó a meterse y a parar en unos lugares y unas calles que no tenían nada que ver con aquella primera imagen. Me parecía estar en un barrio pobre en cualquier otra parte, excepto por los carteles en inglés y los edificios casi uniformes de ladrillos (algunos blancos) con sus escaleras de incendio y pequeños balcones. Estaba rodeado de gente que hablaban un mal español en el mejor de los casos, en otros, una mezcla fatal de los dos idiomas, ni inglés ni español, lo que aquí llaman Spanglish como algo ingenioso. Fealdad. Fatalidad de la pobreza, pero sobre todo de la pobreza espiritual que divide y distancia y se convierte en la caricatura del Gueto.

Ese principio fue una mezcla de deslumbramiento y de rechazo.

Al fin llegué a mi destino, Washington Heights. Mi prima vino a recogernos a mí y al canario. Aquella prima que no había visto en varios años y que era una niña inocente cuando salió de mi casa en La Habana y ahora no era ni una ni la otra. Se apareció en medio de esa jauría en un Porsche rojo. Se bajó con un pantalón de cuero negro, una chaqueta jeans y un pulóver tortuga color beige que le hacía resaltar los ojos miel y el pelo teñido de rubio. De pronto no la reconocí. La niña que fue de la Sierra Maestra para La Habana y después Habana-Montreal-Nueva York, ahora era mi anfitriona, mi heroína, mi salvadora. Nos abrazamos fuerte, me dio un beso, me miró de arriba a abajo con curiosidad y extrañeza, agarró la jaula con el canario, empezó a silbarle y me preguntó:

—¿No canta?

—Debe estar cansado o asustado o las dos cosas, porque a mí sí me cantó en Miami.

—¿Tienes hambre?— y acto seguido dijo autoritaria: Bueno, dále, dále, monta. 

Atravesé Broadway con Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Edward G Robinson, Marilyn Monroe, Robert de Niro, Al Pacino y otros más que se habían convertido en parte de la imagen que tenía de la ciudad desde que era niño. Ahora atravesaba en aquel Porsche rojo, en aquella gota roja de metal que se distinguía y desaparecía entre los otros carros, la aorta de Nueva York con ellos y una rubia teñida al lado que a esa velocidad podía ser verdadera como lo era entonces.

La fiesta

Hacía frío, el sol se apagaba sobre la cúpula del Chrysler, era de un oro líquido que mezclado con la lluvia manchaba el resto del cielo. El Chrysler parecía un templo dorado. El Chrysler era casi un invención de mis ojos que se diluía en el amarillo de los suyos.

Había caminado toda la tarde con Tara bajo la lluvia helada y aunque medio enfermo, en la noche me fui a su fiesta.

Eran casi las dos de la mañana.  Ella me miraba como si estuviera fuera del mundo. Parecía levitar. Sus ojos eran unos dardos amarillos, sentía cómo me los encajaba. Me hizo una seña y me le acerqué, me llevó entonces hasta una pared lateral de la sala, descorrió la cortina que cubría una ventana, la abrió y delante de todos me dijo:

—Ven, te quiero hacer unas fotos. Y me invitó a salir afuera. La ventana daba al techo del edificio de al lado.

—Dios mío. ¡Nieve! ¡La nieve!— grité.

—Sí, está nevando— asintió, como diciendo ¿y qué? No podía entender.

Aquella palabra tenía para mí una connotación mística, única. Significaba nostalgia, soledad, lejanía. Durante toda mi vida la nieve no había existido en mi paisaje sino a través de las películas y la literatura. Le expliqué que era la primera vez que la veía. Sonrió tiernamente y dijo:

—Deja que te toque el rostro, donde quiera que te toque por primera vez te rejuvenece.

La idea de la nieve como fuente de la juventud me provocó ternura. Había algo naïve aún en aquella muchacha.

Abrí los brazos y levanté la cabeza hacia el cielo. El flash de su cámara destellaba. No importaba el frío, ni el dolor de cabeza ni nada alrededor. Me quité el saco y la camisa y me restregué la nieve en el rostro, en el torso, en los brazos. Me dieron deseos de desnudarme, de sumergirme en ella, no para rejuvenecer sino para revivir. Este era el principio de otra vida. Húmedo y bendecido, abrí la boca, sentí algunos copos deshaciéndose en mi lengua pero mi sed no se enteró. Tara se reía como una niña. En el costado derecho de aquella azotea en dirección sur, hacia la calle 23, estaba el Flatiron Building. Recordé una foto que había visto hacía años de aquel mismo edificio en medio de un paisaje nevado. Ahora podía verlo frente a mí entre el cielo y el suelo. Ahora yo era parte de aquel paisaje nevado y de otras fotos en las que él aparecería también, al fondo.

La entrega

Siempre había tenido la sensación de que estaba de paso, de que era un sitio temporal. La casa de los otros. La ciudad perdida. La ciudad infinita.

Decidí entregármele, me había ido acostumbrando a sus olores, a su neurosis, a su estatura. Uno no puede medir la estura de nadie por la altura y, en su caso, varía todo lo que quiere, cuando quiere y cómo lo quiere.  Esa mañana me di una ducha eterna mientras imaginaba las posibles combinaciones de ropa para verla. Algo que se me ha convertido en un grata costumbre, por ella, que me ha hecho más exigente. Me puse un poco de la colonia que me regalé el primer cumpleaños que pasé a su lado. Después de caminar infinidad de veces por la zona de Wholesale en Broadway, entre la calle 25 y la 31, oliéndolo de todo, hasta ese diez de agosto que cumplí los treinta y cinco  años.

Terminé de vestirme y salí. La primavera estaba en la calle. Había pensado quedarme pero tenía miedo, el miedo acumulado años antes de conocerla, el miedo y el dolor que se habían hecho más profundos durante ese año que sin confesármelo, ya había decidido vivir en ella. Había pasado varias pruebas: lavador de carros, camarero, había dormido en un banco en la terminal de Times Square, con 39 de fiebre, rodeado de vagabundos, de criminales y homeless, cuando todavía el peligro era parte de su glamour.  Me sentía más fuerte. Era más conciente de mi mortalidad.

¿Cómo iba a imaginar esa noche, que años más tarde dormiría afiebrado en un palacio en el West Village?

Pensé en la otra vida que se movía a mi alrededor, en la vida que se hacía palpable cuando los trenes vibraban debajo de mí. Pensé en los sonidos, en la variedad de los olores, de las comidas, en los rostros e imágenes que se movían frente a mí, de la misma manera en que me exponía frente a todo. Yo también me sentía visible. Ella, la puta, la perversa, la cándida hecha de todas la sangres, había agudizado, había redefinido mis sentidos, el olfato, el paladar, el oído. Me había ayudado a ver, me había ayudado a llegar a otro lugar de la belleza.

En esta ciudad eres el centro del mundo, el único, multiplicado en tu deseo de poseer, de desear y ser deseado, eres la incógnita, el desconocido, el extranjero ocioso.

Eres el cuerpo del rey, la tentación, el milagro, eres invisible. En esta ciudad está lo que has querido siempre, lo que la muerte aleatoria subraya en ti. En esta ciudad te esperan él o ella, los anónimos que habrán de ocupar tu centro y hacerte visible y ciego, conciente de que no sabes o no has visto nada igual, que tu pasado no es sino una invención del espejo, de la imagen de los otros que se repiten en ti.

Un café, un parque, un restaurante y una película

El texto fue escrito en tres de mis lugares favoritos: en el café italiano Epistrophy (200 de la calle Mott, Nolita), rodeado de belleza y afecto, y de exquisitos platos de Cerdeña, en el parque de la calle Grand y la Avenida Kent (Williamsburg, Brooklyn) desde donde disfruto del perfil de la ciudad y un fragmento del puente Williamsburg recortados contra el cielo. Y en la terraza de Marlow’s and Sons en Broadway y la calle South 6th (Williamsburg, Brooklyn), rodeado de belleza igual y más solo.  

Una película que sugiero es Manhattan de Woody Allen.

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