Martes, 12 de Diciembre de 2017
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Arte callejero

El Sexto: El ruido del pueblo

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Apareció en el 2009, en el barriada habanera de San Agustín: en el principio fue la sucinta sílaba Rev pintarrajeada junto al signo Rewind de los equipos de reproducción audiovisual. Sólo eso.

La policía política tomó cartas en el asunto desde temprano. Hubo requisas y hasta un arresto con interrogatorios a su alrededor. Según él, se "salvó por un pelo" (acaso por eso ahora los tiene largos y enmarañados), pues el susto mayor lo pagó un colega que lo imitaba. El epígono protegió al autor, aunque este último no tuviera apenas experiencia artística.

Pero nuestro novato del año descubrió, gracias a aquella sobrerreacción represiva, la lujuria hechizante de pintar sobre la propiedad colectiva. Lo "enganchó" el éxito instantáneo y efímero de tener un público más atento que el esnobismo bostezante de galerías y museos. Sus lectores serían una audiencia iletrada de vecinos y patrulleros. Paradójicamente, esa advertencia "fue la gasolina para grafitar todavía más", me confiesa.

Por supuesto, entonces él ni siquiera sabía que esa actividad delictiva en Cuba se llamaba grafiti. Ni que en el resto del mundo hacía ya rato que se trataba de un lugar común, comercializable por lo demás. No por tener talento, nuestro autor dejaba de ser también un improvisado. O tal vez por no dejar de ser un improvisado, es que tenía un talento de autor.

El Sexto: así se le ocurrió llamarse entre alcoholes de madrugada. Técnicamente, sería El Sexto más una estrellita con cola de cometa sacado de El Pequeño Príncipe, tatuaje que lleva en uno de sus brazos de niño grande. De adulto adolescentón con ortografía ortopédica y un lenguaje acelerado, más asaltos de risa fácil. A ratos "indignado" y a ratos irradiando una ingenuidad que no repara demasiado en lo dicho, casi como si fuera una seguidilla de rap, donde la melodía te obliga a forzar el significado hasta rebasar todo peligro. Técnicamente, toda política.

Y eso en Cuba lo ubica de plano como artista no plástico, sino penalizable incluso desde lo judicial (una suerte de Gorki traducido en sprays sobre paredes nunca privadas, sino siempre de alguna institución o valla oficial).

El Sexto, copyright casi anónimo, en pocas semanas fue reconocido por media ciudad (y en pocos meses, por ciudad y media, rebotando en Cienfuegos y Santiago de Cuba). La Habana había sido tomada por su pintura de importación, probablemente otra arma artera del enemigo. Borrar su firma sigue siendo una verdadera "pesadilla para las autoridades del ornato público", como se queja edípicamente un joven periodista estatal, pues El Sexto se empeña en regenerar una a una sus huellas, no quiere extraviar ni un solo paso delante de la fachada: ese es su hilo de acceso al minotauro, esos son sus posts sobre la pizarra desconchada o bitácora sobreviviente que es hoy La Habana.

¿Quién es El Sexto? ¿Debo delatar lo que la penumbra de las madrugadas no ha delatado? Siempre trabaja solo, en cuerpo y alma (con "alevosía y nocturnidad", podría escribir el mismo periodista quejumbroso, acaso el mejor testigo futuro de la Fiscalía Provincial.) Nombrar aquí lo innombrable sería pecado de lesa esteticidad. Él es, entre millones de disparates populares del nuevo siglo y milenio, "el sexto de nuestros héroes" (esa obsesión enfermiza de la narrativa del poder que nos paranoizó a todos y para la bobería de todos). Él es otro "prisionero no precisamente del imperio", sino de la insularidad "de nadie y de todos". Inverosímil y enfáticamente, afirma que las firmas de El Sexto no tuvieron "nada que ver con el 6to Congreso del Partido Comunista de Cuba", evento que él entiende como una "burla que no significó mucho en el pueblo, pues siguen siendo los mismos de siempre".

De hecho, él es Nadie, ese viajero impenitente hacia una muchacha que ama al otro lado del Océano Atlántico, en un país de nieve eterna a donde se fugará si reúne el dinero del pasaje antes de que expire su visa ("acepto donaciones de 5 euros"). Y es que no le interesa autoimponerse un rostro y un significado, mucho menos para DIARIO DE CUBA. El Sexto es, dice, un "diario de cuba en letras minúsculas" (bad-writing antes que bad-painting). Pero recalca que la estrellita de su signatura lo guía como una "pita de papalote hacia la libertad".

Por eso ya no puede ni desea parar (podría terminar cubriendo con una capa homogénea de pintura la decadencia descascarada o descarada de nuestra capital). Por eso lanza flyers al aire con mensajes sarcásticos o de solidaridad. Por eso emplea cartones y periódicos, más baratos que el lienzo siempre un tanto burgués. Por eso está de refilón en las canciones de Silvito El Libre y de Los Aldeanos, en los decorados de la pieza "Variedades Galiano" del grupo teatral El Ciervo Encantado, así como en algún documental hecho con la óptica optimista del underground norteamericano.

Por eso corrió delante de la policía hace un par de semanas, la única vez que lo arrestaron con aspaviento de esposas y amenazas por bocón, y una entrevista inspirada al dedillo en el cortometraje Pravda (2010) de Eduardo del Llano, donde un jefe de estación exige interpretaciones unívocas a un hecho artístico (le dieron el chance de sólo pagar una multa de 60 pesos por daños a la propiedad social). Por eso desde entonces no regresa a su hogar en Arroyo Arenas, pues la policía ha ido dos veces a preguntar por él sin motivo declarado.

Este graduado de artesanía de nivel medio, este recluta del Servicio Militar que concluyó con una condena a prisión que no viene ahora al caso, este transeúnte de cursillos y talleres varios, sea contratado en proyectos de la Asociación Hermanos Saíz (no lo dejan firmar sus obras) o sea tratando de ganarse la vida como pintor por cuenta propia para independizarse de su familia (y jamás lograrlo), cargado de sprays como el más pertinaz de los asmáticos (sin discriminación de colores: "lo que aparezca según mi estado de ánimo"), pegando calcomanías amateurs en buses de turismo lujoso o en taxis particulares que caminan con gas licuado, incapaz de una pausa a la hora de captar "el ruido del pueblo" para magnificarlo (lupa locuaz), me asegura que sólo en el grafiti ha "encontrado una onda de realización personal" en la que "espera reconocimiento" y una economía que le permita el sueño (o la pesadilla que mencionara el joven periodista) de "pintar gigantografías en sitios iconográficos" antes de despedirse de este país. Mejor no explicitar por ahora cuáles son tales escenarios (tú sabes).

Se trata de "romper para ir creando", apropiándose del espacio urbano como "galería ambulante" (en realidad, inmóvil) para "contestar" a la violencia de la "propaganda política o comercial" de la "cosa cubana que ya no da para más". Su coronita de Rey Basquiat por el momento es un volante de cuño burocrático, que lo declara con sorna proletaria "grafitero vanguardia nacional". Debiera ser hermoso como vocación de rebelde. En mi opinión, en su caso (como en el de tantos jóvenes de la misma generación de nuestro periodista) pudiera ser muy trágico. Su obra molesta y es, por millones de acápites locales, un delito común (cualquier color asusta a la grisura nacional).

Como corresponde, El Sexto tiene un perfil a medias en Facebook y un blog abandonado que no ha administrado él. Le ofrecí ayuda al respecto, pero él ignora la palabra clave (lo que es más, ignora que hacía falta una para publicar su obra virtual). En definitiva, no le interesa la internet. Y creo que es el primer cubano que declara esto sin inmutarse (hasta los abuelitos están cada vez más entusiastas). Promete que su obra "es inevitable mientras existan en Cuba las calles" (ojalá que no las cárceles). Incluso "después de un bombardeo" (si todavía habita de este lado de la utopía tupida), El Sexto confía en que aún quedarán "columnas invitándolo" limpiamente de pie.

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