Lunes, 18 de Diciembre de 2017
23:41 CET.
Ciudades del verano

São Paulo

"Ninguem é inocente em São Paulo"

                                                Ferréz

 

Viví en el séptimo piso del edificio Corinto de Alameda Río Claro, en Bela Vista. El apartamento da a un conjunto de edificaciones de dos plantas, deshabitado desde hace varios años, perteneciente a los aristocráticos y otrora omnipotentes Matarazzos. Esas casonas están bajo protección estatal debido a su valor patrimonial. De modo que enfrente tenemos un lugar no habitado, con frondosos árboles y una paz insólita en medio de una ciudad tan estruendosa como São Paulo.

El apartamento mide uno 250 metros cuadrados, tiene espacios muy gratos, y unos ventanales de cristal que se abren a ciertos emblemas arquitectónicos de la ciudad, una ciudad vertical que se ha levantado también para contentar el gusto aéreo de sus habitantes.

El cielo brasileño es sorprendente, el de São Paulo no es una excepción, sus crepúsculos a veces conmueven. Hay dos paisajes predominantes, el de las calles congestionadas de carros y polución, y el de esas tardes insólitas, donde ocurren también torrenciales aguaceros, tempestades eléctricas y granizadas fuertes. La ciudad que se yergue sobre una meseta a 800 metros sobre el nivel del mar limpia su aire contaminado.

Por esos ventanales puedo tocar casi con la mano el Museo de Arte de São Paulo (MASP), creado a finales de los años 50 por Assis Chateubriand, y diseñado por la arquitecta Lina Bo Bardi. Como es sabido, este museo posee las colecciones de arte occidental más valiosas del Hemisferio Sur. El MASP se yergue junto a la Avenida Paulista, y es parte de la transformación modernista que sufrió la avenida a partir de los años 60 del siglo XX.

He visitado varias veces este museo, asistido a inauguraciones y conversado con su actual curador, Teixeira Coelho, un ensayista brillante de las artes contemporáneas y de la sociedad. No hay mejor cosa que hablar con Teixeira para desencantarse de todo.

El Museo en la actualidad da cabida también a propuestas que contrastan radicalmente con la tradición moderna de sus colecciones. Recuerdo una realizada hace pocos meses por Regina Silveira, ya acostumbrada a intervenir famosos edificios en el mundo, que cubrió minuciosamente el edificio rectangular del museo con unos paneles que semejaban un cielo y sus nubes, suturado por agujas plateadas e hilos blancos, que cosen partes de ese cielo ficcional.

Es el afán por registrar formas de reinvención de la naturaleza. Redescubrimiento, remodelación de los enigmas del arte y la existencia a través de una ilusoria reposición que llega a ser más rica e inquietante que el propio original.

Debajo del rectángulo aéreo de Lina Bo Bardi se extiende una explanada que remata en unos canteros descuidados por el paso de la gente. Es un espacio social más de la ciudad. Allí he visto a banqueros asistiendo a inauguraciones, a jóvenes estudiantes protagonizando una batucada, a "moradores da rua" con perros, a viciosos de crack de todas las edades, a  tarados con pancartas sociales, a artesanos de plata, a repartidores de publicidad, a vendedores de poemas, a enamorados de todos los sexos, a músicos callejeros, a policías de a caballo, de a pie, en sus carros y helicópteros que sobrevuelan la edificación filmando a la gente.

Dijo la Bo Bardi al crear el MASP: "No busqué la belleza, busqué la libertad".

En la acera de enfrente abre sus puertas el parque Trianon, donde florece una  muestra exuberante de un bosque de mata atlántica, un museo de exultante vegetación frente a otro museo de artificios. Contraste de opulencias, todas ellas recortadas por la mano poderosa y reticente del paulistano de clase media. Una ciudad que ha perdido su pureza para ganar en premeditación constructiva. La fascinación que implica construir sobre lo que se destruye.

Ambos lugares están unidos por el nombre de la parada del Metro Trianon-MASP, que se ubica en una de las esquinas de Casa Branca con Paulista. El metro paulistano es insuficiente, su red de líneas no abarca funcionalmente los muchos destinos importantes de la ciudad.

Una tarde de domingo me reuní en el parque Trianon con el poeta Horácio Costa y conversamos de la posibilidad de publicar un libro mío en Lumme Editor, que dirige el escritor y artista Francisco dos Santos. Unos meses después salía la edición bilingüe de Máquina Final y un año más tarde la antología de Gastón Baquero Com olhos de peixe.

Este último libro es un precioso homenaje de 15 poetas-traductores a la obra de Baquero, que por primera vez se edita en Brasil. Durante meses trabajamos en la selección y organización de este libro. La edición bilingüe incluye una porción representativa de los textos del poeta cubano.

Francisco y Horácio son amigos inolvidables, regalos de la ciudad tumultuaria, con ellos converso permanentemente. De Horácio traduje un extenso poema suyo que se titula "16 graus na Paulista", que recorre cada uno de los tramos significativos de la avenida, sus intersecciones y la gente que pasa por allí. Pasar por la Paulista es ya un acto de morar.

La Paulista tiene una extensión moderada, aproximadamente tres kilómetros. Divide al opulento barrio  Jardim Paulista, de los de Bela Vista y Paraíso. Algunos dicen que la avenida Paulista comienza en Paraíso y termina en Consolação. Los horarios marcan la vida trepidante de la avenida. Por la mañana, el mediodía y la caída de la tarde transitan centenas de miles de personas.

En sus extremos opuestos se encuentran dos instituciones culturales importantes de la ciudad: Casa das Rosas, que se dedica a la difusión de la poesía y el Instituto Cervantes. En Casa das Rosas realicé un ciclo de poesía cubana durante siete meses, también he participado en homenajes al movimiento Concretista (Haroldo y Augusto de Campo, Décio Pignatari).

En uno de sus eventos internacionales conocí a Lorenzo García Vega y su esposa Marta, fueron días inolvidables, con ellos recorrí la ciudad, pude escuchar a Lorenzo, lo vi comer opíparamente y tomar unas deliciosas caipirinhas de "pinga". São Paulo me brindó la posibilidad de estar con el poeta vivo más grande de la poesía cubana.

Viví a 100 metros de la Paulista, la he caminado a todas horas, pero tenía un horario preferido, de 7 a 8 de la noche. Allí he visto de todo, la belleza desbordada de sus transeúntes (pedestres se dice en portugués, pero de pedestres nada). He visto atracos callejeros, protagonizado por una banda informal de niños, una señora mendiga viviendo dentro de una caja de cartón frente al banco Prime, los mejores filmes del mundo en sus numerosos cines, he entrado a bancos y he visitado mis farmacias favoritas y algunos supermercados que se encuentran en ciertas intersecciones (en portugués travessas), he comprado cine y música pirateada, he entrado a librerías muy bien provistas, como la del Conjunto Nacional.

En Navidad he visto los mega adornos de Papa Noel y toda su parafernalia de luces, coros, músicas, y a cientos de miles de personas paralizadas frente a aquellos horribles esperpentos de toda y para toda clase.

He visto a muchas parejas de muchachas y de muchachos besarse intensamente en medio del estruendo de los carros, y a dos gordas negras de 200 kilos cada una fundidas en un abrazo voluminosamente apasionado.

Las travessas por las que me gusta aventurarme hacia otros barrios de la ciudad, partiendo de la Paulista son: Consolação, Augusta, Peixoto Gomides, Casa Branca, Pamplona, Campinas, Joaquín Eugenio de Lima, Brigadeiro Luiz Antônio, Leoncio de Carvalho. Algunas de esas calles me llevarán, por ejemplo, a Terraço Italia, en su piso 41, desde donde puedes ver toda la ciudad, un mar de edificios que se pierde en un horizonte de concreto.

São Paulo es panóptica y voyeur. Otro tanto ocurre si subes a la torre del Banespa, o al bar y restaurante del hotel Unique, diseñado por Ruy Ohtake. Desde allí he encontrado las imágenes que mejor definen la opulencia urbanística de la metrópoli. Otros ejemplos cercanos son el edificio Copan, de Oscar Niemeyer, y el Paulicéia en la propia Paulista.

Esas calles también te conducen a la culinaria de inmigrantes de dentro y de fuera, cito sólo algunos pocos ejemplos que ahora recuerdo: los dados de "mandioca" con jalea de pimienta del restaurante nordestino Mocotó, el tortellini de pupunha de Dois, la moqueca bahiana de A Rota do Acarajé, el cordero con menta, del árabe Halín, el uni (erizo) de los restaurantes japoneses del barrio Liberdade, las pizzas de Braz y el pan con calabresa del tradicionalísimo Esperanza, en el barrio italiano de Bexiga. Y en casa la feijoada, la canja, el cuscús paulistano, que prepara Fátima.

Hay una parte periférica de la ciudad que escapa a la tutela legal de los que mandan, incluso que amenaza una y otra vez ese poder. Es también un juego angustioso que invade con violencia el bienestar de una clase que cree tenerlo todo por otra  que cree no tener nada.

Cuando digo juego me refiero a esas tremendas inflexiones que estallan en la ciudad visible y que hacen tambalear por instantes una armonía más deseada que real. Es una especie de guerra donde todavía se cuantifican los muertos con cierto regocijo. Me refiero a esos emporios de miseria que se llaman en Brasil favelas.

Si vives en la ciudad noble de São Paulo, parecería que no existen, pero ahí están amenazantes, en cantidades asombrosas. He visitado Capão Redondo y Vila Prudente/Sapopemba. Mi experiencia es la del invitado que escucha la mejor samba del mundo y un hip-hop duro. La mesura de nuestros anfitriones es impecable, hablan del futuro, de lo que hay que hacer para vencer las dificultades. El escritor Ferréz es el líder de Capão Redondo, mueve a multitudes de jóvenes, detesta la hipocresía de los vecinos. De su lengua marginal salen unos textos singulares. En él no hay miedo, el miedo tiene otro sentido en las favelas.

En el apartamento de ventanales encristalados, entro a mi cuarto estudio, escribo La cinta métrica, novela dedicada a Ángel Escobar.

Escucho, de la cantante y compositora Céu, su canción "O ronco da cuíca".

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