Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Ciudades del verano

Fráncfort

Si uno contempla el cielo de Fráncfort a cualquier hora de un día despejado, verá la caprichosa y tupida red de estelas de humo que tejen los aviones al entrar o salir de la ciudad con frecuencia de pocos segundos. Fráncfort ha sido siempre un lugar de intenso tráfico fluvial, ferroviario y aéreo: su posición privilegiada a orillas del Meno, un afluente del Rin, le garantiza un acceso rápido a la arteria de transporte fluvial más importante del oeste europeo; la estación central, testimonio de uno de los muchos ataques de megalomanía arquitectónica que ha padecido Alemania a lo largo de su historia (el del Segundo Reich), sigue siendo, con sus más de veinte andenes principales y su enorme bóveda de acero y cristal, una de las más imponentes de Europa, mientras que el célebre aeropuerto —encarnación postmoderna de la Metrópolis de Fritz Lang— constituye tránsito obligado para cualquier viajero habitual.

Pero el tráfico, en Fráncfort, se entiende en un sentido mucho más amplio: allí tiene su sede el mayor empalme de conexión de la red alemana, que controla más del 85 por ciento del trasiego en internet. Con sus más de 370 sedes de entidades bancarias, por la ciudad pasan a diario muchas de las transacciones financieras del mundo, circunstancia a la que debe uno de sus sobrenombres: Bankfurt (ciudad de bancos), el primero de una larga lista de apodos —Krankfurt (ciudad enferma), Junkfurt (ciudad de junkies)—, cuyo uso selectivo pone de manifiesto las distintas actitudes que concita una metrópoli que encarna los sueños o las pesadillas de los hombres y mujeres que la habitan o visitan a diario: admiración ante el esplendor económico del centro financiero más importante de Europa, o rechazo y escepticismo ante el supuesto estado moral y mental de una urbe en la que, fuera de las oficinas acristaladas, prolifera otro tipo de tráfico: el de drogas, sexo y personas.

Ciudad de extremos, Fráncfort ofrece abundantes claves simbólicas de las que propician el trasfondo narrativo para cualquier fotografía de turista. Aquí nació, por ejemplo, Maier Amschel Rothschild, por lo que tal vez no sea casual que la manía clasificatoria de los alemanes haya escogido a Fráncfort como enclave "manhattanesco" de la banca mundial ("Mainhattan", la Manhattan del Meno, es otros de los nombres que definen a esta urbe con el skyline más neoyorquino de Europa).

Pero la ciudad es también la cuna de Goethe, que escribió aquí la primera parte del Fausto, de modo que el "tráfico" de libros forma parte obligada de su frenética actividad económica. Si algún emblema ha marcado a Fráncfort es el de su apoteósica feria del libro, donde los agentes editoriales, cual estadistas del gusto literario, se atrincheran cada año tras búnkeres de paneles sintéticos para negociar tratados de cesión de derechos sobre vastos territorios de palabras. Por allí desfila toda la jet set literaria del mundo, y en algunos stands cualquiera esperaría que en lugar de un libro le ofrezcan una muestra de cosméticos, otro de los muchos productos para los cuales, en Fráncfort, también hay una feria.

La ciudad vive durante todo el año en esa efervescencia típica de las ferias anuales. Messestadt (ciudad de ferias o ciudad-feria, según se prefiera) es otro apelativo con el que se la identifica. En ese sentido, Fráncfort parece una gran verbena del mundo globalizado. Reminiscencia de los ritos paganos de renovación y fertilidad, la verbena es la fiesta asociada a las ferias agrícolas de primavera y verano, final de un ciclo de trabajo, privaciones y recogimiento.

Como la globalización, la verbena es el esperado momento de expansión extrema. A ella suelen acudir gentes de todos los confines; el labrador y el ganadero exhiben allí los frutos de sus esfuerzos, y todos pujan por acaparar la atención y el asombro del visitante ante el repollo más grande, la vaca de ubre más henchida o la más ponedora de las gallinas. La multitud acude dispuesta a emular por un título: la más acicalada, el bailador más diestro, la más guapa. Toda feria es una apoteosis de lo cuantitativo. "No hay ninguna fiesta que no incluya al menos un principio de exceso y francachela", nos dice Roger Caillois en su ensayo El hombre y lo sagrado. Las pasiones se desbordan, la voluptuosidad se infla, la sed y la voracidad se disparan.

Tal explosión de efervescencia colectiva hace que las ferias no sean, precisamente, el mejor momento para la reflexión o el esclarecimiento. (Y si por casualidad un cándido labriego de palabras intenta "pelar su cebolla" en público —como hizo Günter Grass hace unos años en la Feria del Libro al presentar una autobiografía en la que confesaba haber pertenecido a las Waffen-SS—, con la honrada intención de revelar a sus paisanos las variadas capas que cubren la esencia de su lacrimógeno tubérculo madurado bajo tierra, en seguida le tildarán de aguafiestas, se le echarán encima y le tirarán del pellejo, siendo él quien termine como una cebolla pelada entre los quioscos vacíos y el mar de residuos que decoran el final del jolgorio.)

Es en esto último donde se manifiesta esa otra cara de la verbena: su transitoriedad. "El ambiente de la fiesta es un mundo de excepción", nos dice Caillois; del mismo modo que es "la época de la alegría, es también la de la angustia". (Angstfurt, ciudad del miedo o de la angustia, es otro de los apodos de Fráncfort). La ciudad del Meno es un buen ejemplo de lo que Zygmunt Bauman denomina nuestras "sociedades líquidas", con una élite que la habita, que está en el lugar, pero no es del lugar, por lo cual su relación de pertenencia con el sitio en que vive es transitoria y defectuosa —por no decir casi nula. Para Bauman, el hogar de esa élite, aunque virtual, está allí donde se negocian sus verdaderos intereses: en el ciberespacio. 

Es sabido que en casi todas las grandes urbes alemanas, los edificios o plazas que definen su centro histórico son auténticos solo en muy contados casos: totalmente destruidos durante la guerra, fueron reconstruidos más tarde, con una mayor o menor fidelidad al original. Pero en Fráncfort, más que en ninguna otra ciudad alemana, crece esa sensación de estar ante los decorados de un teatro cuando uno recorre su casco histórico.

El centro de Fráncfort —centro imaginado— parece haber cedido sus privilegios en favor de otros puntos de tránsito efímero (la estación ferroviaria, el aeropuerto, el barrio bancario, el recinto ferial), con lo cual su corazón urbano se ha trasladado hacia lo que Marc Augé denomina "no-lugares", espacios de la "sobremodernidad", por lo general deshabitados durante la noche y erigidos en virtud de propósitos muy puntuales (tráfico, tránsito, comercio, ocio).

Los verdaderos espacios habitados de Fráncfort, sus barrios residenciales, están formados por barrios antes periféricos como el Westend y el Nordend, o por distritos más alejados del centro como Praunheim, Niederrad, Bornheim, Kelkheim, donde a finales del siglo XIX y principios del XX los abanderados de una nueva arquitectura concibieron ejemplares colonias residenciales para la burguesía, la clase obrera y la clase media; o por ciudades con identidad, historia y jurisdicción propias, como Maguncia, Wiesbaden o Darmstadt, las cuales, gracias a la amplia red de trenes suburbanos, funcionan en la práctica como barrios frankfurteses.

En Fráncfort comienza a perfilarse una inversión de lo que Mircea Eliade definía como "espacios sagrados". Para Eliade, el espacio sagrado era un lugar de hierofanía, un sitio fijo en el que se revelan las relaciones entre el mundo y el cosmos. En una ciudad como Fráncfort, donde se rinde tal adoración a los iconos de la posmodernidad globalizada, el "no-lugar" pasa a ser una suerte de espacio sagrado en gestación. Ya Caillois apuntaba la relación entre la fiesta y el lugar de lo sagrado.

"El día de fiesta", dice el pensador francés, "aunque solo se trate del domingo, es ante todo un día consagrado a lo divino, dedicado al reposo, al regocijo y a la alabanza de Dios". En Fráncfort, las ferias son un espacio y un tiempo de confluencia de los opuestos: en ellas coinciden el ocio y el negocio, son el lugar para ver y ser visto, donde unos realizan su trabajo habitual, mientras otros, eternos flaneurs de mundos transitorios, acuden para matar el tiempo, para fisgonear y enterarse de lo que se "cuece" en otras partes. Desde ese punto de vista, Fráncfort es como un gran reality en vivo de todos los oficios y todas las vanidades del mundo.

Dicho esto, tampoco resulta difícil imaginar a una familia media frankfurtesa (él, senegalés; ella, de origen polaco-alemán), cuyo paseo favorito, cada domingo, les lleve hasta el recinto ferial para participar de cualquiera de las más de cien ferias que tienen lugar allí cada año, no importa que un día se exhiban coches, ordenadores o muebles, y otros sean joyas, cerámica o artículos deportivos. Al fin y al cabo, nuestra buena familia estaría rindiendo el debido culto a la nueva divinidad de los bienes de consumo, antes de ir a acodarse en una mesa de su taberna habitual, delante de un plato de salchichas y de una buena jarra de cerveza.    

Ruinas romanas con rascacielos de fondo

Recomendar es siempre difícil, pues depende en gran medida de esa lotería que son los gustos y los intereses personales, y porque Fráncfort tiene mucha tela por donde cortar. Ahora bien, un viajero de paso en Fráncfort, que no tenga todos los domingos para escoger adónde ir en la ciudad, haría bien —si es amante de los libros y está por allí a principios o mediados de octubre— en darse una vuelta por la Feria del Libro (os aseguro que es incluso fácil mangar algún que otro ejemplar expuesto), y luego admirar la Feria o cubrirla de denuestos, según le parezca.

En cambio, si sus pasos lo llevan hasta allí en verano (y si el buen tiempo le acompaña), no estaría nada mal darse un paseo por el barrio de Westend, con sus estrechas calles y sus villas burguesas, y algún que otro restaurante italiano con terraza. Si ha visto antes el edificio de la estación central, podrá notar ese contraste complementario que caracteriza cierta mentalidad alemana: el gusto por la grandilocuencia arquitectónica de los llamados años fundacionales (die Gründerjahre) y la mullida pachorra de una actitud spieβig (pequeño-burguesa) ante la vida. Le asombrará descubrir, entre enanitos de jardín de yeso de "Todo a Cien" y estanques artificiales, algún escudo o alguna cornisa que remedan elementos de un palacio condal o principesco.

Luego podría irse a la zona conocida como "Römer", el antiguo centro romano, donde le espera otro contraste: el de las ruinas del antiguo enclave romano con rascacielos de fondo. O irse a caminar a orillas del Meno, o visitar en Nordend el Parque Holzhausen, con su castillito de carátula de libro para niños… Y cuando le pique el hambre, retroceder un poco hasta la estación de metro del mismo nombre, bajar hasta la Vogtstraβe y disfrutar de los pescados y el buen vino de la taberna griega Omonia, con griegos de verdad y un ambiente ajetreado, en horas pico, que te transporta a algún rinconcito de Atenas.

Y mira, si luego a nuestro viajero le van la marcha, el multiculturalismo, lo alternativo, no debe dejar de ir por la noche al barrio de Sachsenhausen, un paraíso para quienes, como yo, prefieren, en cada nueva ciudad, tomarle el pulso a la vida en sus locales antes que admirar su momificado pasado en los museos (opción de la que, dicho sea de paso, Fráncfort tiene también una amplia oferta). Por eso, antes que recomendarle un filme en específico, preferiría llevarlo hasta el magnífico Deutsches Filmmuseum (Museo Alemán del Cine), situado en el Schaumainkai, a orillas del Meno.

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