Lunes, 11 de Diciembre de 2017
12:11 CET.
Literatura

Miguel de Marcos recibe a los inventores

"La vitalidad de una nación no hay que buscarla en sus mercados, en sus máquinas. Se encuentra cuando se ajusta a los estremecimientos de la época, cuando fabrica, sin artificio, una nueva sensibilidad, nuevos modos de pensamiento, cuando crea una nueva imagen del mundo. Ahora bien, esa sensibilidad, que no puede ser anacrónica o pazguata, la forjan los escritores."

Esto escribió Miguel de Marcos en una columna periodística. Hay ahí una reflexión obligada sobre la vitalidad del presente cubano.

Hoy, cuando las librerías de la Isla exhiben el volumen Revelaciones de mi fiel Habana, que recoge los textos de José Lezama Lima escritos para Diario de la Marina entre 1949 y 1950, las célebres "coordenadas habaneras", se impone recordar el periodismo literario (llamémosle así) de Miguel de Marcos. El formato que desarrolló Lezama, esas breves crónicas o viñetas o posts reflexivos (la columna como tubo de ensayos), también fue practicado por Miguel de Marcos, durante mucho más tiempo, en las páginas de ese mismo periódico.

Pero el autor de Papaíto Mayarí y Fotuto no ha corrido la misma suerte que el autor de Paradiso en materia de compilaciones y reediciones críticas. Se entiende: Lezama es un maestro, un fundador. No parece ser el caso (¿no lo es?, ¿estamos seguros?) de Miguel de Marcos, que fue un humorista. Si apenas han sido reimpresas sus novelas, ese díptico hilarante y corrosivo de la República (pero no solo de la República), la otra parte de su obra permanece sumergida en bibliotecas.

En 1956, dos años después de su muerte, una selección de las colaboraciones de Miguel de Marcos para Diario de la Marina fue publicada por el Instituto Nacional de Cultura, en su serie Grandes Periodistas Cubanos (donde ya habían visto la luz volúmenes de Márquez Sterling, Martí, Varona, Bachiller y Morales, Pablo de la Torriente Brau, entre otros). Allí está lo mejor de su arsenal literario: la agitación de fuentes culturales muy diversas, la puntería contra toda clase de globos nacionales, la lupa costumbrista y el trazo firme de la caricatura.

Miguel de Marcos habla del garbanzo, del reverbero de alcohol, del destino cruel que traen los aguaceros en La Habana. Habla de los pantalones de golf y del zapato roto de un ahorcado en Santa Clara. Nos cuenta un duelo entre dos samurais de la literatura heroica japonesa y, a continuación, el duelo que presenció en una nave de Luyanó. Nos presenta a Mateo Pintueles, que sabe latín y tiene una pata de palo; a Exuperio Hiráldez, que inventa un nuevo significado para la palabra holocausto; a Manolo Solís, campeón de dominó, quien afirma que en el doble nueve hay "algo semejante a los Cantos de Maldoror".

Celebra la existencia en Roma del Instituto de Patología del Libro ("los libros enferman, se cubren de moho, se canonizan"). Enfoca la imagen de un turista estadounidense calcinado bajo el sol del Parque Central. Propone el cultivo del ricino para sustituir a la caña maléfica. Lamenta que, por vivir en Cuba, un artista como Fidelio Ponce sea pobre como una rata. Se estremece ante el suicidio de Stefan Zweig: "ha hecho la biografía del silencio". Se interesa por los microbios que podrían encontrarse en los billetes (sugiere no desinfectarlos) y por eso que los economistas llaman "la moneda sana". Se pregunta si cuando Paul Valéry reclamaba claustros aislados para cultivar la ignorancia de la política, no estaba haciendo, sin saberlo, el mejor elogio del politiqueo.

Hay un (doble, triple) sentido de la ironía que no envejece. Comentando un libro de André Levinson acerca del impacto de la economía de entreguerras sobre la danza en Europa, Miguel de Marcos escribe: "La croqueta es una entelequia. No sabemos si tendremos una zafra decente. La última fórmula del carburante nacional obliga a los ciudadanos valerosos a empujar por las calles los automóviles que alquilan. No hay cabillas. El guarapo vitaminado pone su bandera a media asta. No habrá arroz con frijoles en Navidad. Pero hay que impedir que esos factores sombríos corrompan nuestra danza. Pues bien, esa catástrofe no se producirá. Nuestra danza ha sido salvada por el golpe de bibijagua. Es la danza de las restricciones económicas. Es la danza del ayuno, de la penitencia. Es la danza de los cilicios fértiles; la gran danza de los ennoblecidos racionamientos. Se baila así, así na má..."

Es interesante detenerse en aquellas columnas que tratan el propio mundo de los periódicos. Escribiendo, por ejemplo, de páginas y notas policiales, detrás de lo anecdótico —el Director que pregunta: "en materia de charco de sangre, ¿qué tenemos para mañana?"; el viejo que se traga un veneno y no logra suicidarse pero sí cerrar una plana a medianoche— Miguel de Marcos alaba la capacidad narrativa que tienen los sucesos cotidianos de esa índole, que siempre son sucesos políticos. No por conocida deja de ser una buena lección.

Entre sus mejores columnas está la titulada "Los inventores". Allí Miguel de Marcos cuenta que una vez desempeñó la tarea más difícil de los periódicos: recibir a los inventores. Una tarde de agosto recibió a dos: "El primero era un hombre trigueño con unas manos enormes que manejaban unos planos. El segundo era un hombre rubio con unas manos pálidas que manejaban estadísticas".

El primero había diseñado unas "botas autolocomocionales" para el Ejército. Su idea era que, por medio de unos cables, al sonido de la diana las botas se insertaran solas en los pies de los soldados: "'El Secretario de Defensa me ha dicho que vuelva el martes. He obtenido la patente de mi invento. Espero que usted haya comprendido mi explicación y que haga una campaña magnífica a favor de mi obra, que es el invento de un cubano'".

El segundo inventor había estudiado largamente "el problema del azúcar", y había llegado a la conclusión de que el mercado no podía ser otro que China. Ahora bien, ¿cómo penetrar el mercado chino? "'Yo he pensado en el boniatillo. Puede hacerse un primer envío gratis de cuatrocientos millones de boniatillos individuales, semejantes a chorizos. Cada uno en su caja: un envase delicado que contenga una palma en el anverso, una décima en el reverso y el boniatillo en el fondo. Piense usted, y así se lo hice saber al Secretario de Agricultura, en la propaganda que representan cuatrocientos millones de chinos hablando a la vez del boniatillo de Cuba. En realidad, hablarán del azúcar de Cuba, porque en lo endógeno del boniatillo estará nuestro azúcar'".

En este cortocircuito periodístico hay tal vez otra interesante lección. El escritor (que de pronto está donde tiene que estar) escucha lo que tienen que decir esos inventores, intercepta sus voces en ese espacio donde lo privado busca hacerse público. La vitalidad de la nación, sobre la cual escribía Miguel de Marcos, también tiene que ver con eso.

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