Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Ciudades del verano

Madrid

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Estoy en un lugar sagrado de Egipto sin moverme de Madrid: el Templo de Debod. Tiene 2.200 años y fue regalado a España por el Gobierno de ese país, por la ayuda brindada al llamado de la UNESCO para salvar los templos de Nubia, sepultados por la presa de Asuán. Está dedicado a los dioses Amón e Isis. Desde aquí se contemplan la Casa de Campo y los cielos pintados por Velázquez. No muy lejos, en la calle Ferraz, vivió la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, la mejor dramaturgo del siglo XIX y a quien la Real Academia Española negó el puesto que merecía.

Este templo egipcio transplantado es la más antigua edificación de Madrid. Hay huellas godas y visigodas y muy poco de románico en la ciudad, cuyo verdadero fundador fue Mohamed, hijo de Abderramán II. El topónimo de la ciudad ha devenido Madrid después de traslados semejantes a los de estas piedras egipcias: viene de la castellanización —Magerit— de su nombre en árabe. El castillo de Mohamed estaba donde hoy se halla el Palacio Real, al que embellecen los Jardines de Sabatini y el Campo del Moro. Y del ataque a ese castillo queda un sobrenombre para los madrileños: como los cristianos tuvieron que escalar las murallas escapardas, a los madrileños se les denomina "gatos".

De aquí partió Almanzor a sus campañas.

Próxima está la Plaza de Oriente, debida a iniciativa de José Bonaparte, que reinó durante la ocupación francesa. Apodado Pepe Botella por los españoles, José Bonaparte era abstemio y suprimió esa lacra que asoló España durante siglos: la Inquisición. A José Bonaparte se debe la creación de los cementerios fuera de las iglesias y parroquias.

"Afrancesados" llamaron a todos los que aceptaban su mandato, a diferencia de tantos que se le opusieron en el alzamiento del heroico Dos de Mayo, brutalmente reprimido con fusilamientos donde ahora está enclavado el templo egipcio. (Durante la Guerra Civil, este fue lugar de encarnizada batalla entre republicanos y falangistas: aquí estaba el Cuartel de Montaña.)

Entre esos afrancesados fue preeminente la cubana Teresa Montalvo, Condesa de Jaruco, ya viuda. Amante de José Bonaparte, recibió de él como regalo un bello palacete que estuvo en Gran Vía y Clavel. Y también fue afrancesada su hija, a quien le fue concedido el título de Condesa de Merlín por casarse con un ayuda de cámara de José Bonaparte. Otro de los afrancesados fue el tenor Manuel García, profesor de canto de la Condesa de Merlín, la que llegó incluso a hacer duetos con la hija de éste, María Malibrán, considerada la María Callas del siglo XIX. Sus otros dos hijos fueron también extraordinarios: Pauline Viardot y su hermano, influyente maestro de canto e inventor del laringoscopio.

Con huellas musulmanas en su origen, hubo también judíos en Madrid hasta su expulsión en 1492. En Lavapiés tenían prósperos negocios. Y pocos saben que Madrid fue, durante un tiempo, la capital de la lejana Armenia, cedida como tal por Juan I de Castilla a León V de Cilicia, primer y único señor que ha tenido Madrid con ese título.

En 1561 Felipe II trajo la Corte de Toledo a este sitio. Su afán por erigir El Escorial lo llevaron a residir por temporadas en La Granjilla, mientras supervisaba la construcción. Más tarde, entre otros, se levantaron edificios emblemáticos: el Monasterio de la Encarnación, el Palacio de Santa Cruz, el Palacio del Conde Duque, el de Liria y el Convento de las Descalzas Reales, protegido por Juana de Austria y varias nobles, actualmente un museo con valioso patrimonio distinguido en calidad y conservación por la UNESCO.

Menos pretencioso que su padre, Felipe III dio la orden de erigir dos espacios que son emblemas de Madrid: la Plaza Mayor y los Jardines del Parque del Retiro. El primero tiene su página negra en junio de 1680, cuando la Santa Inquisición quemó allí a 21 personas. El segundo en el monumento a Valeriano Weyler, tenido aquí como gran patriota y estratega, pero para los cubanos creador de la tristemente célebre Reconcentración, un método copiado luego por los nazis. En El Retiro, desde 1933, se celebra la cita anual de la Feria del Libro. Y hay también allí un monumento al nacimiento de la República de Cuba.

Isabel II, denostada por su promiscuidad sexual, fue benefactora de la ciudad. Ella dio vida al Teatro Real, inaugurado un día de su cumpleaños, con la ópera La Favorita de Donizetti. A ella se le debe la creación de su famoso Canal de acueductos de agua, una de las más puras que existen.

La calle más corta de Madrid es la Puerta de la Escalinata, de diez metros. La más larga, la de Alcalá con seis kilómetros. Hay calles con nombres iguales a los de La Habana. Reina está al lado de Infanta. Existen también Oquendo, Churruca, Peñalver... Pero las hay con nombres más graciosos —Puñoenrostro— o poéticos —de la Flor Alta. Aquí, como en La Habana, Carlos III tomó medidas para el embellecimiento de ambas ciudades. Y es una lástima que todavía no exista un libro comparativo entre los arquitectos que trabajaron en ambas.

El Madrid de los Austrias (llamado así por la dinastía reinante de los Habsburgo) es para mí el más entrañable, lindando con la calle Bailén donde viviera Amado Nervo con su amante, encerrada varios años y a quien dedicara al morir La amada inmóvil. Muchos otros autores latinoamericanos han residido en Madrid: Pablo Neruda en el barrio de Argüelles; Gabriela Mistral; Rubén Darío cerca de la Plaza de Oriente; José Martí en las calles Desengaño y Concepción Jerónima; César Vallejo en la misma calle en que vivió Gastón Baquero; Dulce María Loynaz en Vallehermoso y más tarde en Hermosilla; Juan Carlos Onetti en el barrio Prosperidad. Aquí tiene su casa Vargas Llosa en la calle Flora, como la tuvo Plinio Apuleyo Mendoza en Zorrilla.

En la calle Amnistía se suicidó Mariano José de Larra por amor, en el edificio donde también viviera Pedro Salinas. Y en la calle Claudio Coello, muy cerca del Centro Cubano, murió Bécquer, no de amor sino de sífilis .

Esta ciudad es también el escenario de las revistas musicales y el cuplé de principios del siglo XX. En ella brilló como estrella una cubana: La Chelito. De quien nos ha dejado una entrevista la gran periodista de entonces, Carmen de Burgos.

Madrid es propicio al encuentro en los cafés. La gente vive en la calle. Fueron famosas las tertulias del Café Gijón, del Varela, del Comercial, de Chicote, las del Ateneo de Madrid… Ciudad del sainete, la zarzuela y el esperpento de Valle Inclán, ¿acaso este humor negro no lo retoma Berlanga en sus películas? ¿Este Madrid de lentejuelas, charanga y panderetas no lo recrea Almodóvar, con tintes folletinescos a lo Corín Tellado? ¿No es el que elogia Joaquín Sabina en sus canciones?

Este Madrid canalla, marginal y nada encubiertamente gay está en las novelas de Álvaro Retana, novelista asesinado en 1970 por un chapero de esos que se alquilan hoy en el barrio de Chueca. Y de todas las novelas sobre Madrid destaco estas dos: Tiempo de silencio de Luis Martín Santos y La colmena de Camilo José Cela.

En el Barrio de las Letras, en la cercanía que dan unas pocas calles, vivieron Quevedo, Góngora, Gracián, Iriarte y Tirso de Molina. Muy cerca, en Atocha 58, se imprimió la primera edición de El Quijote. Y estas calles son también el escenario de las novelas de Don Benito Pérez Galdós, que nació en Canarias pero renegó de esas islas y tuvo un amor ardiente con la otra mejor novelista de su época, Emilia Pardo Bazán.

Hay muchos sitios más: el Lavapiés de los bohemios e inmigrantes; la Gran Vía con sus dos kilómetros llenos de negocios y teatros; el Paseo del Prado con el Museo, la Cuesta de Moyano de libros usados, el Jardín Botánico, La CaixaForum, el Museo Thyssen (el hermano del barón Thyssen vivió doce años en el Hotel Nacional de Cuba); el Paseo de Recoletos con el Palacio de Linares (actual Casa de América), para muchos aún embrujado, y los café Gijón, El Espejo y la Biblioteca Nacional; el Paseo de la Castellana (mi bar preferido es el 113, que me recuerda a aquellos a los que me llevaba mi padre en Holguín) rematado al final con las soberbias Torres Kío, propiedad de dos españolas de madre cubana, las hermanas Esther y Alicia Koplowitz.

Pero poco se habla del Museo Romántico, de la Academia de San Fernando, del Casón del Buen Retiro, de la Iglesia de los Jerónimos… Madrid puede ser inagotable.

Hace años, un exiliado cubano envió a mi casa una tarjeta del edificio Carrión de la plaza Callao. Yo era un niño. Treinta años después, mi sueño a partir de esa postal se cumplía cuando, al huir de Cuba, disfruté allí mismo de incontables sesiones de jazz en el Café Berlín.

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