Martes, 12 de Diciembre de 2017
13:30 CET.
Ciudades del verano

Berlín

"Perderse en una ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas." 

                                                             Walter Benjamin, Infancia en Berlín hacia 1900.

 

Me pierdo en Berlín.

Las aguas del Havel arrastran los cuerpos de los suicidas hasta el recodo. Son tantos, que se decide enterrarlos allí mismo, en el bosque. El sitio acaba llamándose, cómo no, "el cementerio de los suicidas", y hoy en día es el más hermoso y recóndito de la ciudad. Hasta la gran autoridad en la materia, el señor Wohlberedt, eligió ser enterrado entre sus muros, a pocos pasos de donde más tarde descansarían los restos más célebres, los de la cantante Nico, de The Velvet Underground.

En este sitio —también conocido como "el cementerio de los sin-nombre"— la escasez de datos en las piedras acrecienta la paz. Faltan fechas, apellidos. En el siglo XIX, cuando las iglesias cristianas rehusaban sepultar a los suicidas, muchos venían a quitarse la vida a los alrededores. Intentaban ahorrar escarnio, trabas burocráticas a sus familiares. Ahora, la maleza y los crocos cubren la tierra reblandecida por la hojarasca, y los árboles son frondosos y viejos, de modo que no es difícil imaginar raíces atravesando músculos y órganos, cadáveres como retratos de Arcimboldo.

Una tarde, lejos de allí en tiempo y espacio, quien se siente perdido y abrumado es Franz Biberkopf. El protagonista de Berlin Alexanderplatz, la novela de Alfred Döblin, sale de la cárcel de Tegel y recorre exactamente las mismas calles que mucho más tarde recorrería yo al llegar de Cuba. Rosenthaler Platz, Gormannstrasse, Weinbergsweg. También yo venía de una cárcel. También yo debía reconducir mi vida, readaptarme. Tenía 19 años y estaba decidido a no regresar.

De aquel Berlín en el que el muro acababa de caer poco queda ya. Podrían escribirse varios libros sobre esos años, y en todos la ciudad resultaría irreconocible. He aquí unas líneas de ejemplo:

Halando un carretón por el Scheunenviertel, pateábamos puertas de pisos vacíos y congelados en el tiempo. Encontrábamos camas, vajillas, juegos de backgammon, de ajedrez. Había boquetes en las paredes y agujeros en las escaleras, así que nos movíamos de una vivienda a otra sin dificultad, como roedores. Una cerradura nueva y un contrato con la empresa eléctrica bastaban para legitimar a un inquilino. Y a veces ni eso.

No se pagaban impuestos ni alquiler.

Las profundas oquedades de las calles, desiertas y oscuras, olían a carbón, con los agujeros de bala alrededor de las viejas marquesinas y carteles judíos como rosetones desintegrados.

Había plantaciones de marihuana en los techos y en los alrededores de la ciudad, media hora pedaleando a partir de la última estación de prácticamente cada línea de metro. Se sembraba en marzo y se recogía a fines de septiembre. Los excrementos de gato mantenían a raya a los venados, y una noche, en el zoológico, nos regalaron dos carretillas de deposiciones de felinos.

En el bosque polaco crecían hongos alucinógenos. En Rostock, después de dos días en el camarote de un barco okupado, el mar se congeló. Junto al muelle, nos montamos en nuestro Mercedes raya 8 y nos metimos mar adentro a toda velocidad. Dar un golpe de timón y halar el freno de mano al mismo tiempo es girar más rápido de lo que lo has hecho nunca —una/dos/tres/cuatro/cinco/seis/infinidad/de/veces—, el anarcopunk de Chumbawamba rajando las bocinas.

Entrábamos al Chamäleon por el backstage y nos sentíamos (y éramos) herederos de la tradición del circo y el cabaret. Trapecio, travestismo, piano, equilibrio, chistes, sombreros hongos, androginia. [Hoy en día la entrada más barata cuesta 30 €.]

En las noches libres, proyectábamos películas de super-8 en las paredes derruidas de casas de cinco plantas. Eran películas compradas a precio de saldo en los mercadillos en los que se descuartizaba el cuerpo sin vida del comunismo: carnés del partido, medallas, condecoraciones, charreteras, gorras de plato, diplomas, zamarras, cinturones, cantimploras, hoces, martillos, obras completas, banderitas, pisapapeles historiados…

Las películas eran propagandísticas (obreros de brazos de hierro desfilaban hacia el futuro), vacacionales (familias anónimas chapoteaban a orillas de lagos) o científicas (sangre que fluía por grandes arterias, gimnastas que desafiaban la gravedad, insectos que copulaban bajo una lente macro). Las reeditábamos, pegándolas unas con otras, y las proyectábamos todas a la vez: un insecto penetraba a un obrero, un gimnasta desafiaba a un niño, la sangre corría hacia el futuro.

Desayunábamos en los techos o en los solares yermos dejados por las bombas: sofás, cafeteras, y ni una silla, una taza o un tenedor igual a otro.

Jugábamos baloncesto en el patio de la sinagoga, con su cúpula dorada aún sin abrillantar, y envueltos en el vinilo blanco del raya 8 recorrimos Europa, desconfiando de la falta de ruido y de la luz del campo, la escotilla del techo proyectando una película sin fin de nubes en movimiento.

A la vuelta, los soldados rusos, en retirada, nos vendieron reflectores, proyectores, amplificadores, un camión KP3. Montamos un club y ganamos un montón de dinero que no necesitábamos.

Conectando cables llamábamos gratis a cualquier lugar de la tierra, y trucando billetes de tren volvimos a recorrer el continente.

No había autoridad visible y, salvo en verano, siempre era de noche.

Hoy, el Scheunenviertel es un barrio chic. Los Ferraris y los Porsches le disputan la calle a los tranvías, y la cultura del latte macchiato amenaza el eterno reinado de la cerveza. Y otra vez Berlín ha cambiado de piel. Ciudad mutante, se ha transformado más que ninguna otra en los últimos cien años. Ahora es el escenario de los grandes arquitectos, pero durante el muro fue el extraño caso de una ciudad-espejo, con todo —aeropuerto, ópera, zoológico, centro urbano— duplicado y hasta triplicado, y antes de eso la ciudad ocupada y la ciudad bombardeada, el epicentro nazi y, todavía antes, la metrópolis devoradora de los destinos cinematográficos que aspiraban a brillar bajo los focos de la UFA.

En Berlín, el exceso de horror y de historia ha terminado por provocar el mismo efecto que la ausencia de éstos. Siendo a Alemania lo que Nueva York a los Estados Unidos, Berlín acaba resultando un lugar ideal para quienes no tengan lugar o renuncien al suyo. Con Walter Benjamin y su Infancia en Berlín hacia 1900, con Alfred Döblin y su Berlín Alexanderplatz, con Nabokov y sus rusos blancos y, sobre todo, con el Adiós a Berlín de Christopher Isherwood, se puede adquirir incluso un pasado en la ciudad, un árbol genealógico familiar, un fresco de esas historias y anécdotas de parientes que nadie en la familia conoce a ciencia cierta pero que todos cuentan como si las hubieran presenciado.

¿No fue acaso Herr Issyvoo un tío melancólico y gay, hermano de mi abuela materna? ¿Y no fueron tanto los Nowak como la señora Schroeder los vecinos de toda la vida, y los apuntes de Benjamin los primeros recuerdos de los que se guarda memoria en los álbumes familiares? ¿No eran las estatuas de Federico Guillermo y la reina Luisa, cerca del Puente Bendler, el comienzo de cada paseo, y el abuelo Biberkopf un malacabeza que terminó como todo el mundo predijo?

Un domingo, quien se pierde en Berlín es mi hijo. Vamos al Lustgarten a dibujar perspectiva, nos tumbamos en la hierba y empezamos por el Altes Museum, las líneas diáfanas del neoclásico. Esbozamos las dieciocho columnas jónicas, las dieciocho águilas. Pero me quedo dormido y, al despertar, mi hijo no está. A la vista, sólo la línea baja del edificio de Schinkel y el cielo. En verano, el cielo sobre Berlín insufla vida, casi lleva a hincarse de rodillas en agradecimiento. Es el cielo más grande del mundo, por lo que, en invierno, negro y bajo, se convierte en el manto que siguen los suicidas al dejarse llevar por la corriente del Havel hasta el recodo del cementerio de los sin-nombre.

Finalmente, mi hijo sale del interior del tazón de granito rojo colocado ante el museo, la maravilla Biedermeier con la que casi comparte lugar de nacimiento, encargada en los años veinte del siglo XIX por el rey Federico Guillermo como símbolo de poder.

De vuelta ya al viejo y aburguesado distrito de Schöneberg, en el M-48, se pasa ante una de las reminiscencias cubanas de la ciudad, la Nueva Galería Nacional que Mies van der Rohe ideó, en un inicio, como Museo Bacardí en Santiago de Cuba. Pero llegó el Comandante y mandó a parar.

Una reminiscencia más cercana al Comandante sería el Memorial Hohenschönhausen, el centro de detención donde la policía política de la extinta República Democrática Alemana reprimía a "los enemigos del pueblo" y cooperaba con las fuerzas represivas cubanas. Hay allí una cárcel subterránea, construida por los soviéticos y llamada el submarino, y una trasera, más nueva y sofisticada, levantada por posteriores tecnólogos del terror. La escalerita que lleva de el submarino al patio y al edificio trasero puede verse como alegoría: el ascenso del medioevo a la idea penalista de la Ilustración, el castigo cayendo más sobre el alma (detrás) que sobre el cuerpo (abajo).

Cada quien moldea la ciudad en la que vive según su experiencia vital.

Ayer, lo mejor de Berlín era subir a desayunar a los tejados. Hoy es montar kayak en los lagos que la rodean; doblar, remando a toda velocidad, el recodo del Havel, guiñarle un ojo a los muertos.

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