Sábado, 16 de Diciembre de 2017
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Cine

«Me empujó el estancamiento que había en el cine cubano»

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Graduado por el Instituto Superior de Arte (ISA) con un mediometraje de ficción —Vídeo de familia (2001)—, que exponía temas que habían sido tabú en la sociedad cubana, Humberto Padrón (La Habana, 1967) realizó dos años más tarde el primer largometraje producido independientemente dentro de Cuba:  Frutas en el café (2003). Ambas obras fueron recibidas con excelentes críticas. Y, aunque desde entonces no está alejado completamente del cine, sigue haciéndonos esperar por un nuevo filme suyo. Con él hablamos de su trabajo y de su futuro.

¿Cómo empiezas a hacer cine?

Mi primera relación con el cine la tuve a través de mi padre, que era un consumidor insaciable de cine norteamericano. El tenía un álbum con fotos de casi todas las estrellas de cine de su juventud. Cuando yo tenía seis años ya conocía a Errol Flynn, a Johnny Weissmuller, a Greta Garbo, Ava Gadner, John Wayne, Buster Keaton, Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Edward G. Robinson, Chaplin. Con él vi mucho cine, incluido el cine mejicano y el argentino.

La decisión de dedicarme al cine surgió de manera casual, cuando me quedaban apenas seis meses para terminar la carrera de técnico medio en Hidráulica. El director de la escuela, un hombre muy vertical, me expulsó por no ir a la escuela al campo. Todos los años había que ir un mes a la agricultura, pero en ese último yo preferí irme a un festival de coros en Santiago de Cuba antes de levantarme a las seis de la mañana para  recoger papas. Eso me costó perder el año y esperar hasta el siguiente para terminar los estudios. De pronto me vi en casa con mucho tiempo libre y me propuse emplearlo en algo útil, así que por las mañanas me las pasaba leyendo novelas y por las tardes me iba al cine Chaplin, que me quedaba en la esquina de la casa.

La programación de la Cinemateca era muy variada y atractiva y veía dos películas diarias. Hacían muestras de cine ruso, indio, sueco, polaco, francés, etc. También hacían  muestras de directores, actores o actrices importantes y desconocidos para mí. Sentado en la cuarta fila del centro de la platea viendo una película rusa fue que decidí ser director de cine.

No es fácil estudiar en el Instituto Superior de Arte en Cuba, imagino que el candidato ha de estar avalado por una gran dosis de talento y un poco de suerte. ¿Cuánto hay de cierto en esto?

Mi entrada al ISA fue más bien gracias a una palanca, como se decía en Cuba. En ese entonces, para entrar en la Facultad de Audiovisuales debías estar trabajando en la televisión, en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) o en la radio, porque solo había  un  curso para trabajadores del medio.

En ese momento yo trabajaba en el Teatro Nacional, así que no tenía ninguna posibilidad. Una entrañable amiga fue la artífice de todo, ella fue la que me animó a entrar a la Escuela, la que añadió algunas líneas en mi currículum que afirmaban que yo había colaborado y asesorado algunos programas infantiles de la televisión.

Y fue también ella la que habló con el vicedecano, amigo suyo, para que me incluyeran en la lista de los que podían hacer las pruebas de ingreso. Sin conocerme, él apostó por mí, y aunque nunca me lo dijo, sé que permitirme hacer los exámenes de ingreso y pelear por mí frente al claustro de profesores lo puso en una situación incómoda.

Recuerdo que cuando hice mi primer documental, que ganó en todos los festivales nacionales en los que se presentó, él les recordaba orgulloso a los demás profesores su acertada decisión. Así fue también con el segundo documental Los zapaticos me aprietan y luego con Video de familia, que también ganaron muchos premios. Todavía me siento agradecido y lo recuerdo con cariño. Gracias, Julio Cid.

¿Quiénes influyeron en ti para hacer reflexionar, romper tabúes y convencionalismos sociales?

En diferentes épocas fui adicto a la poesía, la literatura, la música clásica, al teatro y por último al cine. Todo influyó de alguna manera para darme cuenta de que hagas lo que hagas nunca puedes hacer concesiones que comprometan la honestidad y la emoción. Si eres firme en esto, los tabúes se rompen por sí solos.

¿Fueron las trabas oficialistas de Cuba las que te obligaron a desarrollar el cine que haces?

Sería inexacto decir que fueron las trabas oficialistas. Lo que me empujó realmente fue el estancamiento general que había en el cine cubano en ese momento. La crisis económica todavía estaba en su apogeo, como en la década pasada y la única manera de hacer una película era presentando el guión a la casa productora del ICAIC, esperar que una comisión lo leyera, hiciera recomendaciones, reescribieras el guión de acuerdo a esas recomendaciones, y lo volvieras a presentar un par de veces más hasta que, finalmente, quedaba aprobado y entonces, el productor jefe trataría de encontrar una manera de sacarlo adelante con una coproducción.

De solo pensar que tenía que pasar por eso me daban ganas de dedicarme a otra cosa. Así que comencé a pensar si podía saltarme todo el proceso e ir al grano: hacer cine. Cuando se lo comenté a algunos colegas, todos me dijeron que era imposible. Creían que algo o alguien impediría llevar a cabo el proyecto.

Es cierto que Ismael Perdomo ya se había planteado hacer su largometraje (Mata que Dios perdona, 2004) de manera independiente. También Enrique Pineda preparaba el suyo (La Anunciación, 2009), que no llega a ser una producción independiente porque al final el ICAC se involucra.

Que yo haya terminado primero no significa mucho, excepto que eso desató un furor en el gremio. Casi todos querían  producir su película independiente. De pronto había una oportunidad de realizar al margen de las instituciones y de la industria, que por cierto, tenía un sistema de producción lento y costoso para el momento.

¿Te cercioraste de no tropezar con algún impedimento legal?

Antes de lanzarme a producir, lo primero que hice fue investigar si había alguna ley o decreto de penúltima hora que me imposibilitara filmar un largometraje. Y descubrí que no había nada que impidiera hacerlo. Solo necesitaba permisos de rodaje en la calle, que los obtuve a través del Movimiento Nacional de Video.

Hablé con un amigo, que entonces era de los pocos empresarios cubanos privados y me dio el dinero para hacerlo. El resto fue muchas ganas de hacer cine, porque escribimos el guión en un mes, rodamos la película en 17 días, y tuvimos doce cambios de locaciones.

Quien sabe de cine, sabe la suerte que tuve de contar con un equipo de producción tan profesional.

Muchos son los motivos para los cubanos emigrar en diferentes etapas. En tu caso, ¿cuándo y por qué te vas de Cuba?

En realidad nunca me fui de Cuba. Cuando terminé el rodaje de Frutas en el café, ya me había planteado con el productor "hinchar" la película a 35 mm, y yo me iba corriendo a Madrid detrás de una novia, así que decidimos hacer la postproducción allí.

Yo no tenía idea de lo que eso podía costar o implicar, pero estaba seguro de que en tres meses estaría de vuelta con mis cinco latas de película bajo el brazo.

Cuando puse los pies en tierra, me di cuenta que la cosa no era tan sencilla. Después de visitar varios estudios de postproducción y pedir presupuestos, necesitaba cerca de 240.000 euros para terminar la película.

Tardé dos años en lograr reducir esa cifra a la mitad y luego conseguir el dinero. Después de eso abrí en Tenerife una empresa productora con un amigo y estuvimos organizando la producción de dos películas hasta que llegó la crisis y, a punto de arrancar la pre-producción de una, tuvimos que parar. Fue una dolorosa experiencia empresarial que me enseñó mucho.

¿Por qué te mantienes en un perfil bajo siendo un realizador cuyo talento te ha hecho merecedor de múltiples reconocimientos nacionales?

Aunque no he podido rodar otra película no he parado de trabajar. He estado produciendo televisión y he escrito varios guiones. Hacer una película sigue siendo una empresa difícil, aun cuando sean producciones de bajo presupuesto.

Encontrar alguien decidido a invertir en cine no es tan fácil como parece porque hay que correr el riesgo de que estrenes la película y no vayan suficientes personas al cine para amortizar la inversión. Yo lo sigo intentando.

Confío en que más temprano que tarde aparecerá ese productor que se quiera embarcar conmigo en esta empresa.

¿Qué espera a partir de ahora Humberto Padrón realizador?

Una llamada.

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