Lunes, 11 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Ciudades del verano

Viena

Vuelve el Apátrida, personaje exiliado o diaspórico apodado así, en ensayos anteriores de esta pluma movediza, porque adolece (y goza) de una situación relativizada y adelgazada (o aumentada) de identidad nacional. No podía ser de otra manera si se trata de escribir sobre Viena, su ciudad favorita. O tal vez debería decir su ciudad a secas.

No solo hay "Apátridas" en Viena, puerto centroeuropeo en que recalan y terminan instalándose inmigrantes de 360º en derredor y de allende el (lejano) océano: turcos, bosnios, kosovares y hasta cubanos, por mencionar a unos pocos. También hay Vieneses y Turistas. No vamos a entrar en las diferencias entre el Vienés y la más abarcadora categoría de Austríaco porque habría que recurrir a radicales generalizaciones y no sólo obviedades de carácter geográfico. Pero que el Vienés es un animal sui generis no hay cómo negarlo.

Ama la diversión (en todas sus acepciones), aunque a menudo está demasiado cansado o estresado para actuar en consecuencia. Pero en principio asume, aunque no la practique, esa imagen de fiestero y frívolo conversador de ceja alzada, indiscutido conocedor en materia de Wein, Weib und Gesang (vino, mujer(es) y canto: vals coral de Johann Strauss hijo, el famoso), como una parte fatal de su identidad, forjada por variopintos antepasados en oscuros cafés llenos de humo y en alegres tabernas aledañas a los bosques de Viena.

Y, claro está, después de la fiesta y los pro-mille en la sangre, cae de esas alturas de la euforia en la consabida depresión vienesa que el Dr. Freud se estrujó los sesos para dilucidar en todos sus detalles.

Por su parte, el Turista es lo que casi todos pasamos a ser cuando partimos de vacaciones a algún nuevo destino, si bien da la impresión de estar especialmente satisfecho, de sentir que esta ciudad –y con suerte también el Vienés, aunque además de ingenioso y charmant en su entorno inmediato puede, sacado de contexto o de sus casillas, llegar a ser un tris arrogante o indiferente— le devuelve un buen rendimiento a su inversión.

En el curso de los años 80 hubo aquí un notable cambio generacional. Hasta entonces –yo lo llegué a ver– los pocos todavía vivos que habían atravesado una o ambas guerras mundiales, que para esas fechas eran ancianos cascarrabias, nostálgicos de la monarquía (los muy mayores) o amargados por la culpa o por innombrables padecimientos (los menos viejos), se desplazaban lentamente por la ciudad dando bastonazos a diestra y a siniestra a todo niño, joven o perro que hiciera un ruido o movimiento más que mínimamente perceptible y mascullaban improperios ante toda tonalidad no germánica de idioma o piel.

Pese a la idílica hermosura de la ciudad, para entonces restaurada plenamente tras la devastación bélica, desde los horarios del comercio hasta las relaciones sociales reflejaban ese carácter tenso y restrictivo. Esas promociones de súbditos, verdugos o víctimas dieron paso, primero, a una generación cauta pero ávida de olvido y de progreso que sacó lecciones de los horrores de la guerra y la miseria resultante y, luego, a las que hoy están en la fuerza o en la flor de la edad: críticas, relajadas, independientes, celosas de su neutralidad y abiertas al mundo.

Las prácticas comerciales, las costumbres y las actitudes volvieron a ser mucho más amables al perder su anterior tirantez. Actualmente, Vieneses, Apátridas y Turistas comparten civilizadamente la ciudad en toda época del año, si bien las estaciones mantienen aquí su perfil no sólo meteorológico sino cultural y gastronómico propio y la ciudad –y sus habitantes permanentes o fugaces– van evolucionando a lo largo de ellas como en un caleidoscopio de periódicas metamorfosis.

Festivales, mercados, cafés, libros, música y películas

En cuanto despunta la primavera y se inauguran, a cielo abierto, las Wiener Festwochen (festival internacional de teatro de vanguardia) y el Life Ball (la gran fiesta en que Viena invita al mundo a apoyar la lucha contra el SIDA), la gente se quita prematuramente los abrigos y sale a relucir –además de epidermis que van de un pálido intenso a un bronce curtido– esa especie de competencia entre el ansia de naturaleza y el pie forzado de cultura.

El Vienés tiene locura por los espacios cerrados de la música o el teatro pero al mismo tiempo venera las amplias extensiones de césped y, en la ciudad, ello significa sus parques y plazas, que son leyenda. Así pues, no ha dudado en sacar la representación de aquellos aterciopelados cajones a la calle para explayarla, en vivo y en directo, por ejemplo sobre la gran pantalla colgada de una de las paredes exteriores de la Ópera.

Estas transmisiones live desde el prestigioso escenario de la Staatsoper a la pantalla de la Kärntnerstrasse son gratuitas, de modo que en días señalados uno puede ver, sentado bajo las estrellas, el mismo espectáculo por el que los que están adentro han pagado hasta 190 euros. Ello no debería, sin embargo, privar a nadie de la singular experiencia de traspasar el umbral de esa magna casa, tal vez con una entrada más módica, que las hay, o incluso de pie, por lo que esta es, de septiembre a junio inclusive, una de mis recomendaciones al eventual Turista.  

En verano, de julio a septiembre, el Festival de Cine de la Rathausplatz, enorme hemiciclo al que cada temporada se agregan más filas de sillas y gradas, regala su habitual oferta de representaciones de música o danza de años anteriores, proyectadas diariamente al caer el crepúsculo en la megapantalla frente a la mole neogótica del Ayuntamiento, y en la explanada contigua acoge a unas 100 casetas (abiertas de mediodía a medianoche) donde los mejores restaurantes de la gastronomía internacional de la ciudad (desde la india a la israelí y la caribeña a la australiana), escogidos selectivamente cada año, brindan la posibilidad de darse un banquete regado con zumos, cocteles, vinos y cervezas de todos colores a un precio muy asequible y en condiciones ideales de comodidad (mesas y sillas en su mayoría protegidas contra los elementos), limpieza (a cargo de estudiantes de delantal blanco empleados por el verano) y una agradable dosis de lo que aquí se llama afrancesadamente "niveau" (nada de plástico: platos de loza, copas y vasos de vidrio y, por supuesto, impecables toilettes). Esta experiencia artístico-culinaria, ordenadamente popular y estilosamente democrática, es mi segunda recomendación a todo visitante estival a Viena.

Y en cualquier época del año, la otra perla vienesa que recomiendo es el mercado principal al aire libre, el Naschmarkt, largo y estrecho como una retahíla de zocos de Estambul en fila india (y los sábados, su continuación hacia el oeste, donde se transforma en mercado de las pulgas: el Flohmarkt). Desde su entrada más céntrica, cerca de la cúpula verde de la Sezession de Klimt y Hoffmann, hasta su otro extremo, frente a un enclave punk que hace de transición entre ambos mercados, se ofrecen los más variados productos agrícolas, marinos y cárnicos locales o importados y, en una callejuela paralela tan larga como la central, una sucesión de vinerías y restaurantes de todo el mundo.

En invierno, a excepción de las excursiones bien arropadas al Naschmarkt (que deben incluir unas ostras al paso, preferentemente de pie y ante una copa de welschriesling) o a los encantadores mercadillos prenavideños en plazuelas y patios palaciegos donde el vino caliente con especias arrecia el corazón, Viena se vuelve recoleta y se recoge puertas adentro ya sea en casa (a la que muchos Vieneses trasladan la música organizando Hauskonzerte) o en el café.

Los cafés vieneses merecerían una nota aparte, pero digamos simplemente que hay que experimentar alguna vez un brunch literario o de negocios en el Landtmann, un concierto vespertino de valses de Strauss en el Sperl y, bien entrada la noche, unos Buchteln calentitos en el Hawelka, esos roscones rellenos de crema pastelera que son su especialidad.

Quedará asimismo en el tintero la descripción de muchas otras Vienas: las más célebres, como la Viena modernista de Schiele, Otto Wagner, Moser y Loos; la Viena pastoral de los Heurigen, locales al borde de las viñas donde se expende el vino nuevo y se sirven sencillos platos caseros (entre mis preferidos: el diminuto Hirt en lo alto de Kahlenbergerdorf, el beethoveniano Mayer am Pfarrplatz y el empinado Weingut am Reisenberg, con sus terrazas que dominan la ciudad); la Viena barroca de los palacios imperiales Hofburg y Schönbrunn y aristocráticos palais como el Belvedere y el Stahremberg-Schönburg, ambos en mi distrito, el 4º.

Y otras Vienas probablemente menos conocidas, como la Viena cubana detectada en el Bar Mojito de las jimaguas D. & D., en el imponente teatro Odeon –antigua lonja de cereales– donde imperan otras jimaguas, M. & M., pilares de la compañía de danza contemporánea Serapions Ensemble, y en el aeropuerto, por el que circula en constante vaivén la flota de limusinas de un habanero pelirrojo, F.; la Viena marítima que discurre por ese mar que es el Danubio en su cauce navegable, sus canales, caletas e islas; y la Viena subterránea de ruinas de catecúmenos y criptas que rezuman una vaga necrofilia (por ejemplo, la Cripta de los Capuchinos, donde este 16 de julio de 2011 se interna, con toda la real pompa k. und k., el sarcófago del último Habsburgo con derechos dinásticos, el Kronprinz Otto, fallecido hace unos días: postrera manifestación de una tradición que se cerrará para siempre literalmente ante nuestros ojos) y de intrincados túneles donde se realizan desde caminatas guiadas hasta obras de teatro y películas, como El tercer hombre de Orson Welles, que se mantiene en cartelera cada noche en el Burg Kino para perpetuar su culto.

Aunque este es el film más citado en relación con Viena, recomiendo mejor una película de 2001 del Vienés de adopción Michael Haneke basada en la novela homónima de la Austríaca Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004): La pianista (Die Klavierspielerin), que expone magistralmente el tipo de rollo mental (y, por fuerza, sexual) que en su día develó –y desveló a– don Segismundo.

Y para redondear la compleja idiosincrasia de este pueblo, que de lo contrario quedaría algo coja, recomiendo asimismo un libro, El hombre sin atributos de Robert Musil, que contiene las claves para entender sus antecedentes histórico-sociales y sus múltiples identidades, y una canción, que refleja el peculiar sentimentalismo del Vienés, desde ya expresado en términos freudianos: Wien, du Stadt meiner Träume (Viena, ciudad de mis sueños).

Curiosamente, la existencia simultánea de todas estas Vienas hace que su peso espacial tenga en el espíritu un efecto acumulativo, de modo que cuando uno se encuentra en cualquiera de esos círculos concéntricos los experimenta todos al unísono, y lo mismo ocurre en el registro temporal, pues en esa vivencia presente se vuelca toda una avalancha de acontecimientos pasados desencadenada por asociaciones visuales, auditivas o librescas.

Tal vez por ello, como el hombre sin atributos de Musil, la ciudad de Viena –con todos sus Vieneses y Apátridas– posee la cualidad suprema de supervivencia para estos tiempos globalizados que le ha valido la nota máxima en calidad de vida: la de ser, gracias a esa reserva inmemorial de pasado en el presente y de futuro en el pasado, infinitamente camaleónica y flexiblemente adaptable, como un junco que elegante se pliega y se despliega sin quebrarse, ante las corrientes más o menos feroces que hacen hoy tambalear a gobiernos, sociedades e individuos: una postura de principio adobada a fuego lento que consiste en dejar hacer y un deseo de vivir y dejar vivir que hacen que la ciudad sea mucho más que escasamente soportable como tantas otras capitales, sino aún viable y con creces disfrutable.

Digo aún y cruzo los dedos porque bien sé que los ingentes desafíos de la economía y la convivencia internacionales trastornan sin piedad el delicado equilibrio de una ciudad multicultural y multiétnica tolerante, funcional y limpia (además de bella). Y aunque siempre hay quien proteste por algo, generalmente con exageración y a veces con razón, Viena sigue siéndonos benévola. Aún.

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