Viernes, 15 de Diciembre de 2017
19:50 CET.
Ciudades del verano

Barcelona

Da lo mismo que estén pendientes de él o que lo desprecien, las ciudades a orillas del mar tienen un aire común de alegría melancólica. O tal vez —no hay que descartarlo— sea yo quien les agregue esa apariencia. En Barcelona, y mucho más específicamente en la Barceloneta, creo encontrar ese aspecto marinero que tanto me ha estimulado siempre. Un pulso efímero, de lugar de paso, de personas en viaje. Es decir, esos sitios en donde da gusto suponer la alusión a nuestra propia circunstancia.

Como cualquier ciudad que se precie de serlo, Barcelona tiene la nobleza de dejarse caminar. Es generosa en sus grandes paseos sembrados de plátanos, de arces, de palmeras, de acacias, de olmos, de algarrobos. Cuando llega la primavera, es siempre una agradable sorpresa percibir los olores de esos árboles que, como por misterioso decreto, comienzan a reverdecer todos a la vez.

Sí, Barcelona es espléndida en sus zonas elegantes, en sus cafés, en sus restaurantes refinados, en el abierto Paseo de Gracia, en la Gran Vía, en la Diagonal, sobre todo cuando se acerca a la Plaza Francesc Maciá.

Pero más que esa Barcelona rica, donde el art nouveau agobia por momentos con sus inagotables espirales, me gusta la Barceloneta de calles húmedas y apretadas. Por favor, no se entienda mal lo que digo, no es un tonto gusto por la pobreza, porque yo crea en lo "irradiante" de la pobreza. Por el contrario, y sobre todo para quien viene de la destrucción de La Habana, provoca gran complacencia descubrir esos espacios donde el buen gusto y el "saber vivir" se ha hecho norma de vida.

Sucede, sin embargo, que allí, en la Barceloneta, en esa zona marinera, como provisional, me siento cómodo, encuentro algo de vida verdaderamente vivida. Escapan olores de las cocinas, se escucha música, las conversaciones en las casas. En los balcones, las ropas recién lavadas ondean como banderas sin causa (las únicas banderas soportables). Y, sobre todo (esto es importante) en cualquier momento, al doblar por una esquina, se puede llegar al Mediterráneo.

Ese lado marinero de Barcelona, tiene su bonita historia. Fue fundado hacia el siglo XVIII, cuando  muchos de los que habitaban La Ribera debieron abandonar sus casas para que Felipe V cumpliera el sueño de construir la Ciutadella.

Oriundos de la Barceloneta fueron muchos de los que zarparon hacia Cuba. En 1919, por ejemplo, zarpó de aquí un barco llamado El Valbanera. Nunca llegó a La Habana. Se hundió al norte del puerto y sus  restos no se encontraron jamás. ¿Otra alusión a nuestra circunstancia? Tal vez. Tengo una querida amiga cuyo abuelo, Florencio Pérez, enfermero del barco desapareció con él. De pronto, en la historia de mi amiga, al encarnar una realidad concreta, familiar, la desgracia de un naufragio, del que en mi familia se hablaba como de una leyenda, encuentro la reveladora verdad de un mito.

Existen, por supuesto, otros grandes placeres en Barcelona: andar por las calles angostas del Barrio Gótico, llegar a la plaza del Pi, donde está la iglesia de Santa María del Pi (del pino), construida, tal como la conocemos, hacia el siglo XIV. Bajar hacia el barrio de los gremios artesanos, el Born, con calles de nombres evocadores: Espaseria, Esparteria, Calders, Sombreres, Frassaders… Nombres que designan (en catalán, claro) las actividades que llevaban a cabo quienes se alojaban en las plazas.

Y puede que uno de los lugares más entrañables de la ciudad sea para mí la Plaza de San Felipe Neri. Me han dicho que allí estaba antiguamente el cementerio de la Catedral, y que era además el lugar donde se daba sepultura a los condenados a muerte. En cualquier caso, cuando se llega a esta plaza, no parece que estemos en una gran ciudad. Desaparecen repentinamente el bullicio y el ir y venir. Nos recibe el silencio (estuve a punto de recurrir al lugar común, de escribir "solemne"), las sombras del antiguo convento de los frailes filipenses, y varias acacias de Constantinopla. En una esquina, una antigua fábrica de jabón, en donde aún se hace jabón artesanal. En el centro, la inevitable fuente con agua verdosa. Y, en la fachada del oratorio (afortunadamente sin remozar), los estragos de la Guerra Civil, las huellas de las balas y de la muerte.

Por un instante, uno siente la ilusión de que ha vivido siempre en Barcelona. Se miran las piedras de esos muros con aire de pertenencia. Es una sensación extraña. No se trata de que se confunda con una calle de La Habana. Tampoco me refiero a las reminiscencias de encarnaciones anteriores, en las que afortunadamente no creo. No, la calle es la que es. Es solo uno quien ha cambiado momentáneamente de historia. O ni siquiera: ¿será acaso la certeza dudosa de que se pertenece a cualquier lugar, de que "la tierra de la Tierra es tierra de la Tierra en todas partes"?

Es probable. También cabe culpar a Jaime Gil de Biedma. Los poetas, que obligan a que nos pongamos en su lugar. ¿Y si los causantes de ese instantáneo conflicto fueran aquellos versos de "Barcelona ja no és bona, o mi paseo solitario en primavera" de Las personas del verbo?:

 

            Así yo estuve aquí

            dentro del vientre de mi madre,

            y es verdad que algo oscuro, que algo anterior me trae

            por estos sitios destartalados.

            Más aún que los árboles y la naturaleza

            o que el susurro del agua corriente,

            furtiva, reflejándose en las hojas

            —y eso que a mis años

            se empieza a agradecer la primavera—,

            yo busco en mis paseos los tristes edificios,

            las estatuas manchadas con lápiz de labios,

            los rincones del parque pasados de moda

            en donde, por la noche, se hacen el amor…

 

Por un instante uno cree que sí, que ha vivido siempre en Barcelona, que ha escuchado "toda la vida" la hermosa voz de María del Mar Bonet, en la Plaça del Rei, aunque la cantante no sea catalana, sino mallorquina, y eso al fin y al cabo ¿qué importa? Lo que interesa es que zarpamos en barcos semejantes hacia múltiples y semejantes destinos, sobresaltados, admirados, nostálgicos y gozosos, mientras tiembla a nuestro alrededor "el último adiós de los pañuelos".     

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.