Sábado, 16 de Diciembre de 2017
14:14 CET.
Opinión

Una polémica devenida visita presidiaria

Siempre es buena noticia la publicación en Cuba de un autor exiliado. Mejor si ocurre en vida del autor, cuando éste sigue a disposición de sus lectores, alcanza a intervenir en la escena literaria y todavía es capaz de abundar y reescribirse.  Nada mejor entonces que la participación de un autor exiliado en una polémica publicada dentro de Cuba.

En el último número de la revista Temas ha aparecido una discusión entre Rafael Rojas y Arturo Arango. Uno reside en México y el otro en La Habana. Al intercambio entre ambos, los editores decidieron agregarle un texto del funcionario Iroel Sánchez. Se trata, sin dudas, de una extraña ocasión. Sobre todo, porque la polémica, en torno al futuro de Cuba, las opciones de ese futuro y el papel de los intelectuales, resulta inocultablemente política.

Lo inusual de su publicación permitiría conjeturar que dentro de las instituciones cubanas existen nuevas normas o algo más de permisividad. Temas no circula ampliamente, pero tampoco está constreñida a lo subterráneo. Y, aunque se edita principalmente de cara al mundo académico extranjero, está lejos de ser un boletín reservado a militantes. De modo que un puñado de páginas de Rafael Rojas, autor escrupulosamente ignorado por las publicaciones nacionales desde hace 16 años, han podido llegar ahora a algunos lectores en Cuba.

A lo largo de estos 16 años la obra de Rojas se ha hecho cuantiosa en volúmenes y textos sueltos. Rafael Rojas ha recibido importantes galardones, ha formado discípulos en México y Estados Unidos. Quizás no exista en la actual literatura cubana ninguna otra obra que tienda más a un ordenamiento propio y, a cada nueva entrega, se amplíe y persista. Rafael Rojas parece casi sistemático.

Arturo Arango, escritor de una generación anterior, ha procurado despertar esa misma impresión con una breve obra ensayística. Los dos volúmenes de ensayos suyos que conozco llevan el mismo título y han sido numerados como magnates o monarcas.

De Iroel Sánchez solo pueden referirse accidentes poco literarios. Presidente del Instituto Cubano del Libro, fue destituido de ese cargo y trabaja actualmente a las órdenes de Ramiro Valdés. No obstante, el último número de Temas ha preferido titularlo editor.

Lo que sigue es un resumen de la polémica. En aras de la brevedad quedaron fuera algunas líneas de discusión, espero que no de las principales.

Arturo Arango: 'Cuba: los intelectuales ante un futuro que ya es presente'

Hace dos números, Temas publicó este ensayo escrito a solicitud de una académica estadounidense para un volumen sobre pensamiento intelectual latinoamericano. Dispuesto a explicar el futuro político y el papel de los intelectuales camino a ese futuro, Arango hablaba principalmente de la opción política más cara a él, y del rol suyo (y de gente afín) en tanto intelectual. Tanto interés personal no resulta, de ningún modo, reprochable. Explicar es, desde Montaigne, explicarse.

Para adoptar un futuro, él ofrecía cuatro opciones tomadas de un ensayo de Desiderio Navarro: comunismo de cuartel, socialismo democrático, capitalismo de Estado (también llamado socialismo de mercado) y capitalismo neoliberal. Las tres primeras podían calificarse de socialistas. Incluso de revolucionarias, tal como reconocía Arango.

La imaginación política de Desiderio Navarro (y de Arango al seguirlo) daba una sola oportunidad a aquello que no fuese revolución o socialismo. Podría decirse que entendía el socialismo como variantes de gobierno, en tanto el capitalismo era entendido como régimen. Unas u otras veleidades de gobernación producían tal o más cual socialismo, pero el capitalismo (si acaso sobrevenía) no podía ser sino rematadamente neoliberal.

De esos cuatro modelos a escoger, Arango se adscribía al socialismo democrático. Consideraba que la sociedad cubana se encaminaba hacia esa solución. ¿Razones? "Su pulsión hacia el futuro es más obvia". Era el único modelo que nunca se había realizado, "el que permanece como aspiración, acaso como utopía, y el que solo ha logrado hasta el momento, pequeños, limitados espacios de realización dentro del campo cultural de la Isla".

La ineditez era tomada como garantía de seguro cumplimiento histórico. Curiosamente, Arango utilizaba un término del psicoanálisis y de la etología: pulsión. A partir del deseo, realizaba pronósticos políticos. Según él, la sociedad cubana desearía probar lo nuevo, lo nunca tenido, el socialismo democrático.

En su ensayo no se ocupaba de los otros dos modelos socialistas desechados. Salvo alguna alusión al estalinismo, no trataba del comunismo de cuartel ni del socialismo de mercado. Y muy poco adelantaba al lector acerca de su opción más querida. Si bien destinaba la mayor parte del texto a combatir el capitalismo neoliberal, que personificaba en opiniones de Rafael Rojas.

En realidad, al rebatir a Rojas no hacía más que defenderse de lo que éste exigía a quienes postulaban un socialismo crítico: pronunciamientos públicos contra el sistema imperante en Cuba. (En lugar de "socialismo democrático", Rojas utilizaba el término "socialismo crítico". Sus exigencias a quienes  aspiraban a una democracia y al ejercicio de la crítica desde el socialismo no eran estrafalarias. Suponían, por el contrario, el cumplimiento de un ideario político. Suponían el cumplimiento de sus labores en tanto intelectuales.)

Según Arango, Rojas achacaba la ausencia de un pensamiento teórico actual dentro de Cuba a "la censura impuesta por el régimen totalitario". Dentro de Cuba, Desiderio Navarro, Fernando Martínez Heredia y Julio César Guanche (a quienes podría considerársele adscritos al socialismo democrático) reconocían también esa falta de teoría, pero encontraban sus causas en "las imposiciones dogmáticas de cierto tipo de socialismo, de tendencia estalinista".

Contra el esquema de Estado dominador e intelectuales dominados que postulaba Rojas, Arango oponía un esquema centrado en el diferendo Cuba-EE UU.

"Para la mayoría de quienes defendemos, aun con contradicciones entre nosotros mismos, la idea del socialismo, ese diferendo ha marcado, y movido, las fronteras entre lo ideal y lo posible", afirmaba. Y citaba al  cantautor Silvio Rodríguez: "Cuba no solo es lo que ha elegido, también lo que ha podido, con la enemistad de un poder exterior grande y cercano".

Ofrecía dos explicaciones para la ausencia de teoría. La primera hablaba del dogmatismo de la dirigencia ("imposiciones dogmáticas de cierto tipo de socialismo, de tendencia estalinista"). La segunda, de imposiciones desde Washington. No resultaban excluyentes, sino todo lo contrario. Constituían una cadena causal: el imperialismo yanqui producía la intransigencia revolucionaria que evitaba el florecimiento de un pensamiento teórico.

Satisfecho de escabullirse de este modo, pasaba a culpar a Rafael Rojas de "minimizar o desconocer la presión que ese diferendo ha ejercido sobre las decisiones del gobierno cubano a lo largo de estas últimas cinco décadas".

Valiéndose de distintas décadas de historia cubana, Arango pretendía explicar los propósitos de cada uno de ellos:  "el futuro prometido en los 60, que se esfumó en los 90, quiere ser sustituido por el pasado capitalista y neocolonial de los 50". Pensadores como Rafael Rojas procuraban traer de vuelta los años 50. Él, en cambio, apostaba por las ideas esenciales de la década siguiente.

A juzgar por tan disparatado esquema, las promesas políticas no tenían que ser validadas por realidad alguna. Solo así podía aceptarse que lo prometido en los años 60 pudiese atravesar sin menoscabo fusilamientos, campos de trabajo forzado, razias, parametraciones, censuras, actos de repudio, detenciones, encarcelamientos, hasta conseguir disiparse 30 años después. Arango elegía década por lo hermoso de su discurso, sin importar cuán traicionado hubiera sido éste desde esos mismos años.

Elegía, al final, una nostalgia.

Y nostálgica era la polémica sobre el futuro del país si quedaba establecida entre los idearios de dos décadas lejanas. Entendida así, se trataba de un retorno a los primeros años de régimen revolucionario: años 60 contra años 50. Y se apostase por lo que se apostase, el futuro de Cuba era puro revival.

Falto de un ensayismo del socialismo democrático del cual presumir, Arango concluía su ensayo con detalles acerca de la más joven narrativa, dramaturgia, documentalística y artes plásticas.

Rafael Rojas: 'Diáspora, intelectuales y futuros de Cuba'

Dos números después, Rafael Rojas le replicaba. Contra la acusación de minimizar el diferendo Cuba-EE UU, Rojas citaba varios artículos y libros suyos donde trataba el tema. En ellos impugnaba las leyes Torricelli y Helms Burton, y proponía razones para levantar el embargo comercial. Sin embargo, aclaraba que "en ninguno de esos textos se entiende 'la presión del diferendo' como justificación de cualquiera de las muchas violaciones a los derechos humanos que han tenido lugar en Cuba en el último medio siglo".

El lenguaje de su ensayo no era muy distinto al que habría usado en cualquiera de las publicaciones internacionales donde usualmente colaboraba.

Las acusaciones de Arturo Arango estaban desprovistas de respaldo documental. Rearticulaban "los estereotipos negativos que desde principios de los 90 han difundido los aparatos ideológicos del Estado insular". Presentaban a determinados intelectuales como enemigos de la soberanía nacional y partidarios del regreso republicano. Por supuesto, Arango no hablaba de "agentes de la CIA" o "cómplices del imperialismo" como hacían otros. (De eso se encargaría Iroel Sánchez.)

Rafael Rojas se preguntaba por qué alguien como Arango, tan orgulloso de las posibilidades del socialismo, no procedía a un examen a profundidad del sistema, con vistas a su reforma. La respuesta le parecía evidente: el partido único, la ideología de Estado y otros elementos institucionales del socialismo cubano eran tabúes para él y lo frenaban ciertas interdicciones. (Vuelta al lenguaje del deseo: pulsión, tabú, interdicción…)

La falta de un debate público entre los socialistas críticos de la Isla sobre "la estructura institucional del sistema política cubano" no podía explicarse sino por esta disyuntiva apuntada por Rojas: estaban de acuerdo con esa estructura o no podían debatirla libremente.

"El intelectual orgánico que defiende un socialismo crítico en Cuba no carece de posibilidades de intervención pública. Como se vio en los debates sobre la política cultural, de 2007, puede enfrentarse al dogmatismo y la ortodoxia, apoyar la autonomización de la cultura y cuestionar el conservadurismo de la burocracia; puede, incluso, denunciar el mal gusto y el bajo propagandismo de los medios de comunicación. Pero su compromiso con las instituciones lo convierte en una suerte de interlocutor entre el campo intelectual y la clase política, o en un actor público que, además de una cultura crítica, representa un proyecto de Estado cuya defensa incluye la deslegitimación de opositores y exiliados. Para defender el espacio ganado de su crítica dentro de la Isla, muchas veces el intelectual orgánico debe atacar —no solo criticar— a quienes públicamente cuestionan el sistema político cubano".

Esto último explicaría la atención prestada por Arango a sus opiniones.

Rojas no dejaba de encomiar la publicación de la polémica. "Mientras más ejercicios de este tipo se produzcan en publicaciones serias y rigurosas, más rápido avanzará la recomposición del campo intelectual cubano, que desean tanto los socialistas críticos de la Isla como los intelectuales públicos de la diáspora. […] Una esfera pública plural y abierta es un objetivo que se puede compartir desde cualquier estrategia intelectual, desde cualquier ideología política y desde cualquier lugar de enunciación."

Arturo Arango: 'Para un diálogo entre sordos'

Las publicaciones cubanas suelen tener por norma, en caso de polémica, sacar en un mismo número réplica y contrarréplica. Mejor no esperar al siguiente número, no dejar al lector mucho tiempo a solas con ciertas ideas. Una opinión riesgosa tendría que ser ripostada inmediatamente. Había que salirle al paso enseguida.

El ensayo de Rafael Rojas era seguido por la contrarréplica de Arturo Arango. Ya desde el título, éste cancelaba cualquier optimismo acerca de aquel intercambio. Mudo a la hora de realizar ciertas críticas, apelaba también a la sordera. Sordo uno y sordo el otro, si Rojas lo acusaba de malcitar ensayistas exiliados, él acusaba a Rojas de citar mal a ensayistas residentes en la Isla.

La minusvalía le daba licencia para no contestar a las objeciones de su oponente. Se permitía, con cierta sorna, llamarle profesor. Desde el título de su ensayo desistía de la polémica, contestaba desganadamente.

No obstante, en su desangelada contrarréplica (hablo del ángel de la polémica: Lucifer) lanzaba a su oponente, sordo o no, un reto interesante: "Dentro de ese espectro en el que a los socialistas no nos queda más alternativa que la sumisión o la subordinación, me gustaría conocer dónde colocaría Rojas a los intelectuales críticos que viven, se reúnen y debaten en Cuba; animan proyectos socioculturales que discuten problemáticas surgidas en la sociedad civil cubana; promueven espacios de diversidad y diálogo; se expresan y difunden sus ideas por varios medios impresos y electrónicos".

Había, acto seguido, un llamado a pie de página. Pero la nota al pie no hablaba de aquellos ensayistas que mencionara Arango antes —Desiderio Navarro, Fernando Martínez Heredia, Julio César Guanche, Víctor Fowler, Rafael Hernández, Mayra Espina, Jorge Luis Acanda, Leonardo Padura—, sino de un grupo denominado Observatorio Crítico. Y no dejaba de ser relevante el modo en que los citaba: no en el cuerpo de su ensayo, sino a pie de página. No por individualidades, sino en grupo.

Tarea pendiente para Rafael Rojas: ahí parecía existir una variante inédita en la reflexión política dentro de Cuba.

Tarea pendiente para Arango: tocaba hacerlos entrar en el cuerpo del texto, dejar de verlos como rareza o excepción a pie de página. ¿O acaso prefería seguirlos desde lejos, con ese sentido del peligro con que la mayoría de los escritores y artistas cubanos perciben a opositores políticos, periodistas independientes y blogueros no oficialistas? Una visita al sitio web del Observatorio Crítico permite comprobar que no aparecen publicados allí textos de ninguno de los autores mencionados por Arango, y que apenas existe (o no existe) mención de sus nombres.

En el primero de sus ensayos, Arango se ocupaba detalladamente de poetas, narradores, dramaturgos y artistas plásticos. ¿Por qué no había hecho lo mismo con el Observatorio Crítico? ¿Por qué rastreaba en las artes lo que podía encontrar como explícita crítica social?

En lugar de revelar sus propuestas, él prefirió atacar las de otros. Así como el diferendo Cuba-EE UU lo salvaba de criticar a las autoridades, un contrario como Rafael Rojas lo salvaba de tener que explicar su opción política. Rojas era para él una suerte de Washington. Y aun cuando mencionara en una nota a la gente del Observatorio Crítico, no se detendría en ellos, porque corría el riesgo de revelarse.

En este punto terminaba la polémica intelectual.

Iroel Sánchez: 'Cuba y las trampas del totalitarismo'

El expresidente del Instituto Cubano del Libro aportaba una coletilla con ínfulas. Gracias a él, el intercambio alcanzaba el nivel de las mesas redondas de la televisión nacional.

Su nombre no había sido invocado en toda la discusión, pero no había necesidad de ello para hacerlo entrar. "Temas me ha dado la posibilidad de conocer y comentar la polémica entre Rojas y Arturo Arango", declaraba. Debió convidarlo Rafael Hernández, ensayista y director de la revista. Quizás se vio obligado a ello con tal de publicar a Rojas. O lo invitó por puro oportunismo.

En cualquier caso, Arturo Arango aceptó la intromisión y permitió que la polémica se rebajara hasta el insulto.

Iroel Sánchez tildaba a Rojas de ser uno de "los perros guardianes de quienes mandan". (La frase no era original, citaba a Alain Badiou. Hay quien lee teoría en busca de insultos efectivos.)

Ahí tenía Arango, pegado a uno de sus textos, a un magnífico representante del comunismo de cuartel, a uno de esos dogmáticos que impedían el libre pensamiento.

A finales de 2009, en una conferencia celebrada en Florida International University (FIU), Rafael Hernández no había dudado en calificar de ciberchancleteo a la labor de los blogueros independientes cubanos. "Por definición", aseguró entonces, "no es un debate analítico, desafortunadamente tiene más de catarsis que de debate". Contradictoriamente, dos años después ponía a disposición de alguien como Sánchez las páginas de la revista que dirigía, y le otorgaba el derecho a clausurar el debate.

Lo que había prometido ser una discusión, si no fecunda, al menos digna, tomaba el cariz de una visita presidiaria en la cual, como buen guarda de prisiones, Iroel Sánchez vigilaba el diálogo de esos dos. Lástima.

Luego de aparecida la revista, ha sido su texto, y no ninguno de los que escribiera Arango, el que han reproducido sitios como Cubadebate, Rebelión y semejantes.

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