Martes, 12 de Diciembre de 2017
19:17 CET.
Ciudades del verano

Varsovia

En verano, Polonia es un país verde. Llegué a Varsovia a finales de mayo y sentí que el aire se limpiaba de golpe y que mis ojos se enfrentaban a una realidad con todos los árboles y los jardines posibles. Después, en viajes al interior del país, el verde se fue convirtiendo en el color que mejor recuerdo de Polonia.

Llegué invitado por el profesor Andrzej Dembicz a ofrecer mi opinión sobre los 50 años del gobierno de Fidel Castro.

Por norma no imparto conferencias, no doy demasiadas opiniones, ni creo que mi juicio político aporte o reste valor alguno. Pero esta vez iba por simple y gran amistad. Y sí, me atraía mucho más contemplar por mí mismo qué había sido de la sociedad polaca tras su adiós al comunismo en 1989, que contarles a latinoamericanistas de medio mundo, que, según creo, los 50 años de  poder de Fidel Castro han convertido mi país, en un sitio de nadie, ineficaz y desesperanzado.

¿Para qué?

Mucho más interesante que mis aportaciones al análisis de la realidad cubana, me resultaba enfrentarme con la suerte buena o mala de Polonia, el país de donde llegaban a Cuba los Fiat Polski y los peines de bisagra, ideales como navajas en los juegos de gánsteres de mi infancia.

El hotel, un hotel universitario y típico edificio de la lo que ha dado en llamarse "estética comunista", es decir, construido con piezas de hormigón prefabricado, como quien arma sin demasiado celo una torre de cubos de plástico, me aguardaba con sus habitaciones para estudiantes, con una sola cama de 90 centímetros de ancho, un baño con las instalaciones indispensables y las toallas comidas por el uso.

No hay otra cosa, me dije y por un instante pensé en que tal vez los asalariados de la izquierda internacional iban a tener razón. La suerte de los ex países socialistas había terminado desbarrancándose en sociedades injustas, abusivamente desniveladas e incapaces de entender la democracia a la manera de los antiguos países miembros de la Unión Europea, a la que hacía tan poco se habían incorporado.

El encuentro con Varsovia fue el mismo que puede sentir cualquiera que se enfrenta por primera vez a una ciudad desconocida. Acaso, porque siempre hay muchas ciudades en cada ciudad a la que uno llega. Y en cada ciudad a la que uno llega, siempre hay una para mostrar a los visitantes, para alabarla y contarle que en la iglesia a nuestra derecha se conserva el corazón de Federico Chopin y, justo a la izquierda, el gueto judío. Y parece entonces que estamos llegando a la esencia del lugar en el que creemos estar.

Pero no deja de ser una impresión errónea. Siempre una ciudad es un sitio múltiple, donde queda poco por hacer, como no sea esperar que, a fuerza de vivirla, sus partes y vueltas vayan desovillándose ante nosotros, igual que si ejerciéramos una lenta conquista.

Sin embargo, nunca nos alcanza el tiempo para ello. Y reconforta saber que durante un instante de nuestra vida, tuvimos al lado derecho de nuestro cuerpo, la iglesia donde se conserva el corazón de Federico Chopin y, justo al lado izquierdo, se levanta uno de los grandes símbolos de la imbecilidad y la crueldad humanas.

Pocos minutos después, la Ciudad Vieja confirmaría mis certidumbres: Varsovia, como cualquier ciudad del mundo, también cuidaba con celo su mejor cara. Necesitaba ver la ciudad por mí mismo. Y en estos casos, siempre tiendo a desconfiar de los museos, de los monumentos y las catedrales. Y una y otra vez, termino apostándome en alguna terraza en medio de una plaza pública, cuanto más alejada del centro, mejor.

El sitio lo encontré en los bajos del hotel MDM, en la Plaza de la Constitución. Ni cerca ni lejos, ni caro ni barato, ni elegante ni vulgar. Parecía el observatorio perfecto.

Mis impresiones, tras unas pocas horas en aquel café, no eran diferentes de las que podía haber obtenido en Madrid, Lisboa o Roma. Acaso, porque a semejanza con Polonia; España, Portugal o Italia no dejaban de ser sociedades donde los extremos y las comparaciones tienden a mostrar resultados bastante dolorosos.

Estuve caminando toda la tarde. Cuando me detuve, estaba muy cansado, las piernas me temblaban del ejercicio, y tenía hambre y sed. Entré en un restaurante que se anunciaba como (y la traducción no es mía) "Posada debajo del cerdo rojo", cuyas recetas estaban inspiradas en tópicos y líderes del comunismo. Entre los platos que se ofertaban, había uno llamado "El cigarro de Castro". Por supuesto, me abstuve de pedirlo, que yo de ese humo ya había absorbido bastante. Y en su lugar opté por una ensalada, rollos de asados de jabalí a lo Tito, con albóndigas de papa y remolacha y una botella de Burdeos.

Estaba en una de las calles más alejadas del centro comercial de la ciudad. En las terrazas del barrio los clientes iban y venían. El consumo parecía gozar de buena salud. Pero ya sabía, porque lo había vivido antes, que en cuanto me internase en la periferia aparecerían los monstruos sociales. Y así fue.

Cogí el metro en dirección sur y descendí dos paradas antes del final de la única línea del subterráneo. Allí estaba Varsovia, pero ahora una Varsovia diferente.

En las esquinas, vendedores ambulantes ofertaban verduras y frutas. Otros, flores. Y algunos, ropas de calidad mediocre. Aquél era el espectáculo de la sobrevivencia. Un espectáculo, por demás, nada infrecuente en la mayoría de las ciudades europeas. Aquellos vendedores de algo no irían después a una terraza del centro a comer un plato con nombre de militar yugoeslavo. No. Aquella gente, con suerte, regresaría a sus casas o bebería cervezas y vinos baratos e iría haciendo como que la vida es una especie de noria, tan simple como una sucesión de mañanas y tardes, de tardes y noches, que, una y otra vez, recomenzaban.

El espectáculo no era perfecto. Ningún espectáculo social contemporáneo lo es. Incluso en las sociedades más compensativas y preocupadas por el bienestar colectivo, existen desniveles sociales marcados, sectores poblacionales desfavorecidos y centenares de miles de desempleados. Polonia no iba a ser la excepción de esta regla del comportamiento humano desde el nacimiento mismo de la especie. Sencillamente, porque entonces en lugar de viajar a Varsovia, yo habría llegado al fin a una nueva Utopía.

Pero necesitaba saber más. No bastaba aquella mirada simple, ocasional e imperfecta sobre pequeños sectores de la ciudad. La verdadera madeja de hilos que mueven la sociedad polaca permanecía oculta todavía. Veinticuatro horas sólo ayudan a acomodar la vista sobre una geografía.

Esa noche, reunido en una cervecería con mis anfitriones polacos, las rondas se sucedían y yo intentaba enterarme de qué pensaban ellos del suceso político y social polaco a partir de 1989. Eran jóvenes. Ninguno había cumplido aún los 30 años. Es decir, a los más viejos, el final del socialismo en Europa, les había llegado a los 10. Dos décadas más tarde, sus recuerdos eran borrosos y cuanto tenían que contar no lo habían vivido ellos, sino sus padres.

Contaban que sus abuelos echaban de menos los años pasados. Entonces, conseguían ahorrar, participaban del trabajo del partido, podían permitirse empleados domésticos e incluso organizaban sus vacaciones en países miembros del CAME. Ahora, se lamentaban, el panorama había mudado. Se habían convertido en pensionistas, la sociedad no contaba con ellos y sus posibilidades se veían reducidas a sortear con mayor o menor fortuna las inclemencias de su nuevo estatus desfavorecido.

Sus padres, se lo habían tomado algo mejor. Algunos habían conseguido reinventarse como pequeños y medianos empresarios, otros trabajaban como empleados de sus antiguos compañeros y muchos también ya iban abandonando la batalla y se jubilaban o decidían aguardar ese momento sin grandes sobresaltos ni riesgos.

Los más jóvenes, aquellos con los que yo compartía la memoria común de los dibujos animados socialistas, mostraban una actitud poco diferente de la que puedo encontrar en un joven francés, sin mayor respaldo económico o social, que su propia tenacidad. Les había tocado crecer en la Polonia de la reconstrucción, del cambio de las estructuras económicas, del intento de saltar los obstáculos que el socialismo había dejado sembrado, y muy hondo, para ellos.

La gran problemática de Polonia, me aseguró el profesor Andrzej Dembicz, era la mentalidad. Los polacos estaban viviendo en una sociedad que se pretendía democrática, que nominalmente lo era, pero, donde los resortes mentales que la promovían, no le pertenecían. Eran la herencia de los años del socialismo, de los dictados verticales del Partido Comunista, del burocratismo como una clase social de privilegios, del amiguismo y las capillitas ideológicas, del juego de roles que a cada quien le había atribuido el sistema dejado atrás.

Y ahí estaba el daño más grave. Se hacía complejo asentar un nuevo modelo de gobierno y comportamiento cívico, sobre una concepción ajena a ellos. Los nuevos líderes, aun declarándose contrarios al modelo del estado socialista, habían madurado (incluso su oposición a éste), desde los postulados que entonces regían la política nacional. Por tanto, aunque intentaran comportarse como los antagonistas de las viejas normas, su visión gubernamental estaba asentada en ellas, me explicó el profesor Dembicz.

Y las consecuencias eran apreciables, tanto desde la izquierda, como desde la derecha. Para Andrzej, todo el trabajo del presente, todo el anhelo democrático del hoy, no sería efectivo hasta pasadas dos o tres generaciones. Iban a necesitar tanto tiempo en la cura, como el padecido bajo la dictadura proletaria. Los daños eran profundos y, desafortunadamente, colectivos.

Mis impresiones sobre Varsovia eran, al final, incompletas. Había sentido que el país estaba viviendo un buen momento económico, que, lentamente, los jóvenes se iban alejando de la percepción social de sus padres y que comenzaban a aflorar, en medio de los innumerables impedimentos, una manera diferente de entender las cosas.

Y me perseguía la misma incertidumbre ¿cuánto tiempo nos iba a costar a nosotros, los cubanos, reparar el desastre?

Escribo esta crónica desde el aeropuerto de Ámsterdam. Dentro de dos horas sale mi avión hacia Varsovia. Es el sexto viaje a Polonia en menos de cuatro meses. Las impresiones que me ha ido dejando el país, superan las de mi llegada. Pero no me gusta engañar a nadie y, menos, hacer de trompetista de la buena suerte. Vivir en la Polonia postcomunista es tan duro como en cualquier lugar. Pensar que se está intentando navegar hacia buen puerto, aunque sólo sea un puerto íntimo y a salvo de grandes embates, ya compensa el esfuerzo. Pero éste nunca debe ser en nombre de la patria. La patria, en la hora justa, siempre te abandona.

Un restaurante, un palacio, unos jardines y una canción polaca

Restaurante U Szwejka: (inspirado en el personaje del libro El buen soldado Švejk) Plac Konstytucji 1, junto al hotel MDM, Varsovia.

Jardines de Wilanów: Situados en la parte sudeste de Varsovia, en el distrito de Wilanów, es junto al palacio barroco y la iglesia que anteceden a sus jardines, la estación final de la Ruta real (un famoso paseo histórico que sigue la ruta que desde el siglo XVI ha sido utilizada por los reyes de Polonia para trasladarse desde su residencia oficial, el Castillo Real, en el barrio viejo, a sus residencias veraniegas en las afueras). El palacio es conocido como el "Versalles polaco" y es uno de los edificios históricos más impresionantes e importantes en Polonia.

Stare Miasto, "Starówka": Es el barrio más antiguo de Varsovia. El corazón del barrio es la Plaza del Mercado, con sus restaurantes, cafés y tiendas tradicionales. Las calles aledañas son una muestra de arquitectura medieval, con las murallas, la barbacana y la Catedral de San Juan. En 1980 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Y una canción: Ostatnia niedziela (El último domingo), de Mieczysław Fogg.

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