Lunes, 11 de Diciembre de 2017
23:52 CET.
Ciudades del verano

Tokio

En 1983, Wim Wenders viaja a Tokio para filmar ese "mundo amoroso y ordenado de la mítica ciudad" que tanto le había conmovido en los filmes de Ozu Yasujirō. Se encuentra, sin embargo, con "un torrente de imágenes impersonales, duras, amenazantes e incluso crueles"; imágenes en "galopante inflación" ante las cuales ya se ha perdido toda mirada capaz de "crear un orden", de restituir un "mundo transparente".

A su desencanto —revelado dos años más tarde en ese magnífico fresco que es Tokyo-ga— puede contraponerse el desenfado con que, algo más de una década antes, Andrei Tarkovski dejara en pantalla, por casi cinco minutos, la Autopista Metropolitana de Tokio y los luminosos perfiles de sus tramos céntricos, únicamente para contextualizar el mundo terrestre de su filme Solaris dentro de un ambiente de futuro.

Hoy, ambos imaginarios y su recurrente antagonismo, el de la ciudad tradicional —siempre implícitamente atemporal— desaparecida ante la modernización, y el de la vertiginosidad de la ciudad del futuro —una renovada extrañeza de occidente ante un oriente que parecía rebasarlo—, se revelarían insuficientes para distinguir a un Tokio de fisonomía y funcionamiento muy distantes, no ya a los de la ciudad de Ozu, sino a los de la propia ciudad que conocieron Wenders y Tarkovski.

Desde la reconstrucción de la metrópolis luego del terremoto de 1923 hasta el actual auge constructivo de distritos de negocios —con rascacielos diseñados como parques temáticos en altura y con la subsecuente reorganización de antiguas zonas distintivas de la ciudad—, pasando por la reconstrucción de posguerra y la readecuación urbana para los Juegos Olímpicos de 1964, Tokio no ha dejado de modificar radicalmente su paisaje.

Cada transformación ha destruido símbolos y propiciado otros. Basta observar el dramático contraste entre el Nakagin —el edificio que durante los 70 y los 80 conformara uno de los parámetros visuales para la construcción del imaginario de Tokio como ciudad del futuro— y las recientes megaestructuras del distrito de negocios de Shiodome que hoy se le enfrentan para tener una somera idea de la magnitud de cualquiera de esos cambios; cambios  a los que no solo se somete la arquitectura, sino la vasta ingeniería de sistemas y líneas de transporte o la configuración de las tierras reclamadas a la bahía de Tokio.  

Pero una vez habituados a la vida de la ciudad, ese vértigo de la imagen, de los fragmentos inconexos que la han dado en ilustrar como caótica o futurista —otro modo de asumirla como ininteligible— comienza a ser, paulatina e imperceptiblemente, disuelto en la experiencia cotidiana, y eventualmente histórica, del continuum urbano. Tokio comienza, entonces, a tomar sentido, no sólo sincrónica, sino diacrónicamente, según sus particularidades zonales, funcionales o morfológicas. Así, la proverbial concentración lumínica de barrios como Shinjuku o Shibuya llegará a ser desglosada de acuerdo con sus señalizaciones individuales, y los flamantes distritos de negocios, con sus rascacielos estructurados en una necesaria última tecnología antisísmica e inalámbrica, podrán ser, igualmente, experimentados como la desaparición del pequeño negocio familiar, de la escala humana, o de cualquiera de los reductos de la ciudad moderna.

La imagen de la ciudad, será, por supuesto, otra; menos en dependencia de sus grandes hitos y más a merced de los infinitos curiosos territorios creados por la conjunción entre su vasta escala, su sinuosa morfología, sus estrechos espacios de uso y su subsecuente densidad constructiva. Especialmente, porque Tokio es una ciudad que puede recorrerse, y disfrutarse, peatonalmente, y a la que la extrema diversidad formal y funcional de sus instalaciones, construcciones y mobiliario urbano  la satisface como un espacio altamente lúdicro.

Asimismo, en proporción inversa a la recurrente imagen de caos visual y vial con que es imaginada, Tokio podría llegar a definirse como una de las ciudades más cómodas que puedan existir. Poniendo aparte los privativos trasfondos culturales, tecnológicos y económicos que la soportan, esa comodidad se cimienta, ante todo, en el respeto por el prójimo y por el espacio, y se verifica desde la garantía de seguridad y limpieza hasta la eficiencia de un sistema de transporte que, a pesar de su complejidad, ostenta —también en inglés y, desde hace poco, en coreano— una de las más orgánicas estructuras informacionales. 

El sinnúmero de mínimas acciones y procesos urbanos que esa comodidad conlleva —y que resulta otro de los personalizadores de la imagen de la ciudad— puede ser sucinta, y aleatoriamente, ilustrado con la escala urbana de esa misma estructura informativa (mapas locales en las esquinas o en los parques, mapas electrónicos para el tráfico, información constante para el uso del espacio o de cualquier dispositivo); la existencia de baños (limpios), de restaurantes o de tiendas de conveniencia en cualquier parte de la ciudad; o la pulcritud en los trabajos de construcción o reparación (edificios cubiertos con malla; lotes encerrados en estructuras temporales eventualmente decoradas; señalizadores de sendas de emergencia), trabajos cuya constancia los convierte, de hecho, en uno de los paisajes más habituales de la ciudad, y, acaso, inadvertidos, en tanto suceden sin entorpecer su uso cotidiano.  

Este desplazamiento en la percepción de imágenes características —o expresamente simbólicas, aun sin que conformen hitos o espacios tradicionales de belleza escénica o arquitectónica— resulta particularmente atractivo en el caso de Tokio, debido al alto contraste entre las sucesivas y grandes transformaciones de su perfil general  y la visualidad generada por estructuras y acciones —muchas de ellas modernas y contemporáneas— devenidas constantes en el uso del espacio. También, a que todo ello se asienta sobre un territorio que, a causa de las características físicas apuntadas arriba, así como a su multiplicidad de centros —éstos, a su vez, sin núcleos a la usanza de las urbes occidentales— tiende a debilitar la visualización de los hitos.

Un filme, dos libros y varios rincones

Así, por ejemplo, no obstante los más de 25 años transcurridos desde su filmación —y con independencia del desencanto de Wenders— Tokyo-ga sigue siendo un muy importante film para aproximarse visualmente a Tokio, precisamente por su virtud de intentar articular una imagen de la ciudad a partir de muchas de estas estructuras (salas de pachinko, redes de trenes, estaciones de metros, cenas bajo los cerezos florecidos en un cementerio, muestras de comida en cera) desde un discurso precisamente sobre la imagen y desde un primer acercamiento que no cae en la presentación estereotipada. Aunque, quizás, al menos de las fuentes no japonesas, el más completo trabajo sobre el tema siga siendo la gran historia cultural de Tokio que conforman los libros Low City High City y Tokyo Rising, de Edward Seidensticker (reeditados el año pasado en un solo volumen bajo el título de Tokyo from Edo to Showa, 1867-1989).

Su diversidad, su gran escala, así como la rapidez de sus transformaciones, complejizan aún más cualquier ejercicio de ofrecer una imagen lo más abarcadora posible de la ciudad a través de unos pocos espacios. Podría pensarse, por ejemplo, en Harajuku —especialmente en la popular calle Takeshita dōri— que es uno de los principales escaparates de las peculiares tendencias contemporáneas de la moda japonesa, la cual, más que en las tiendas, vale la pena verla exhibida en la vestimenta de los propios jóvenes.

Igualmente, en los paisajes que de una amplia zona del este de la ciudad ofrece el río Sumida, el cual puede recorrerse en transbordador desde los jardines de Hamarikyu hasta Asakusa y sobre el que cuelgan varios de los más importantes puentes levantados durante la reconstrucción de Tokio en la década del veinte.

O en el propio barrio de Asakusa, donde se encuentra el templo más antiguo del este de Japón, y que constituyó desde la época Edo hasta 1923 el espacio lúdicro más importante de la ciudad, distinción que sucesivamente fue cambiando a los barrios de  Ginza,  Shinjuku  y  Shibuya, hoy importantes centros alternativos de la ciudad; los dos últimos, sobre todo, también recomendables de visitar tanto por la amplitud de su funciones de ocio como por haberse constituido en los espacios urbanos más recurrentes para la configuración del imaginario de Tokio como ciudad del futuro.

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