Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Ciudades del verano

Ciudad de México

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Entre la Ciudad de México y yo hay un amarre. El nudo se tejió aquel 2 de junio de 1992, mi primera noche aquí, cuando al salir del metro a la Plaza de la Constitución, la imponente Catedral fue apareciendo ante mis ojos tras una llovizna finísima y copiosa. Ese momento mágico marcó mis primeras miradas a la gran urbe y sigue dictando aún la sensación inexplicable que afianza mis pasos y se adueña del pecho cuando camino por la vieja colonia Narvarte —donde vivo desde hace una década—, por la Avenida de los Insurgentes —a la que las estaciones del metrobús solo pudieron robarle la mitad de su encanto— o por el majestuoso Paseo de la Reforma, trazado a semejanza de Les Champs Élysées para el afrancesado placer de quien le miraba —y de quien le mira— desde el castillo de Chapultepec.

Desandando las callecitas empedradas de Coyoacán o Tlalpan, fascinada ante los palacetes porfirianos de la colonia Roma, los murales de Ciudad Universitaria o las piedras milenarias de la antigua Tenochtitlan, de Tlatelolco y Teotihuacán, antes de que esta ciudad fuera la verbena de cafecitos en las aceras, centros comerciales y franquicias que es ahora, empezaron mis amores por esta tierra y lo que hay debajo de ella: esa telaraña luminosa que es la red del metro, donde el tiempo transcurre a otro ritmo y los trayectos infinitos pueden convertirse en sueños o pesadillas.

Mosaico de épocas y estilos es la ciudad, un espectro que va desde los concheros danzando en el Zócalo al son de sus tambores prehispánicos, las fiestas patronales de los barrios y el tipicismo turístico de la plaza Garibaldi, poblada de mariachis, o las chinampas de Xochimilco, hasta la profusión de rascacielos modernísimos en Santa Fe, ese otro mundo tan ajeno, lejanísimo, a la cotidianidad de los mercados populares y el transporte público, aunque no del tráfico dislocado que convierte las avenidas en estacionamientos, en trampas de las que es imposible escapar.

Esa mixtura de urbe cosmopolita y pueblo humilde tienes sus encantos y sus tragedias, sus apegos a un pasado en el que siguen cantando Los Panchos y Pedro Infante, en el que sigue luchando El Santos y las viejitas siguen confesándose con el cura. Pero también sus debates sobre un presente en el que, por ejemplo, las parejas de cualquier signo pueden ir de la mano o compartir sus afectos en lugares públicos al amparo de una legislación que pretende ser cada vez más moderna, incluyente y antidiscriminatoria.

Los ámbitos culturales comparten ese mismo tono: desde las grandes librerías, galerías, museos, teatros y auditorios con aforos multitudinarios, hasta las peñas que en las colonias salvan la figura del trovador, del grupo de pequeño formato o del cantante que ameniza algún café o una fiesta privada. O un espacio como la Cineteca Nacional, que en medio de la avalancha comercial desproporcionada y desleal, apuesta por el cine de arte o de propuestas menos convencionales, nacional, latinoamericano y de los confines más alejados del orbe.

Librerías, un restaurante cubano y una terraza desde donde mirar volcanes

Me gustan las librerías como El Péndulo, con esa iluminación tenue y sus estanterías de apariencia vieja, como de libros de uso, pero también el majestuoso Centro Cultural Bella Época, hecho en el espacio del antiguo cine homónimo, al que fui un par de veces en los mediados de los 90. Me gusta el bar Las Hormigas, de la Casa del Poeta Ramón López Velarde, sede de excelentes presentaciones de libros y ciclos de lectura y también la imponente Casa Lamm, que es centro cultural y de estudios.

Pero sin duda prefiero el ambiente familiar de la librería Voces en Tinta, situada en pleno corazón de la Zona Rosa, que tiene la más completa oferta de literatura de la diversidad en la ciudad y un programa de actividades culturales multidisciplinarias, pero también un café bombón en su justo punto entre dulce y amargo, un frappé de menta que refresca la más caliente de las tardes y un té frío al que llaman Relax y que te deja ídem.

Y a la hora de la comida —que acá es alrededor de las tres de la tarde— no hay mejor almuerzo que el de la Fonda La Cubana, del actor Rolando Brito, que tiene la mejor sazón cubana del valle de México. El cerdo asado Rancho Luna, la palomilla rellena, tamales, tostones, casquitos de guayaba con queso, mojitos y café bien cargado… ¡ah, delicias del paladar nacional! Aderezadas con la amabilidad de la familia Brito y buena música cubana que en las noches sabatinas se convierte en fiesta.

Y adoro la tranquilidad de mi barrio con sus calles arboladas, el bullicio de las avenidas, los prodigios de la ingeniería en los puentes viales, el constante volar de aviones y helicópteros y la enorme piedra con la Coyolxauhqui despedazada. Y la piel que se eriza siempre con la vibra del Zócalo y mirar los volcanes en las tardes claras desde la terraza del hotel Majestic, y ver ponerse el sol tras las montañas del poniente, que tanto me recuerdan a mi viejo Santiago.


 

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