Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Ciudades del verano

Taos

Las montañas Sangre de Cristo, a las que corona el pico Wheeler como un casco nevado, parecen encerrar a Taos en una órbita mágica de protección. Situada en el desierto nuevo mexicano, la ciudad es una mezcla de ingredientes precolombinos, místicos, literarios, hippies y deportivos. Esta ensalada poco común proviene de su historia. Para empezar, hace más de mil años que los indios taoses sentaron sus reales aquí, en el mismo lugar que hoy ocupan y que se conoce como "El Pueblo".

El pueblo indígena es la única comunidad de nativo-americanos que la UNESCO considera a la vez Patrimonio de la Humanidad y Monumento Histórico Nacional. Con sus achatadas casas de adobe, su vetusta iglesia de San Gerónimo y su aire de total antigüedad (no se permite el uso de la luz eléctrica), es una de las mayores atracciones turísticas de Nuevo México. Cada Nochebuena se celebra, a la caída de la tarde, una fiesta ceremonial en la que se encienden hogueras por las calles y los devotos pasean en andas una imagen de la virgen alrededor de la capilla.

Eso sí, antes de ir hay que abrigarse bien y ponerse sombrero, orejeras y hasta tapabocas. La primera vez que asistí a este festejo navideño me castañetearon los dientes todo el rato al compás de los tam tams. Pero vale la pena el espectáculo, aunque haya que verlo arrebujado en lanas y detrás de una cortina de nieve.

En cuanto a la nieve, ah… la nieve es el regalo que los esquiadores esperan cada año con la impaciencia de un San Bernardo echado al sol. Y es que otro de los motivos para visitar Taos —o hasta para vivir aquí, vaya— es nuestro valle de esquiar, cuyo pico más alto está a 11.819 pies de elevación (3.602 metros). Fundada por Ernie Blake en 1955, la estación de esquí atrae cada año a miles de esquiadores ansiosos de probar suerte en sus laderas. La temporada empieza en noviembre, el Día de Acción de Gracias, y dura hasta mediados de abril. Sin ser un lugar tan chic como Veil, el lugar tiene muy buena onda y rezuma sandunga invernal.

Ahora, eso no significa que quien esto escribe sea una asidua del telesquí. Ni de broma. La primera vez que visité el valle fue un año antes de mudarnos a Taos, cuando vine a hacer una lectura invitada por SOMOS —la Sociedad de las Musas del Suroeste. A instancias de mi marido, que es un esquiador impenitente, me decidí a subir a la estación de esquí. Confieso que iba prejuiciada porque la idea de ir a la cima de una montaña donde no se vería más que nieve y copas de pinos congelados no acababa de hacerme gracia, bicho caribeño que es una.

La primera sorpresa que me llevé fue que había más gente que árboles. De repente me encontré en medio de una muchedumbre de tejanos altísimos y bien comidos, que, a la vez que alargaban las vocales, usaban los bastones de esquiar como prolongación de sus brazotes, maniobrando con ellos de manera alarmante. La segunda sorpresa fue descubrir que se puede sudar en medio de la nieve.

A la mitad de una lección (porque, naturalmente, no me iba a lanzar ladera abajo sin un poco de entrenamiento) creí haber aterrizado por equivocación en una sauna. Cuando me quedaba quieta más de un par de minutos empezaba a tiritar, pero mientras estaba en movimiento me derretía dentro de mi chamarra, bufanda y botas de esquimal. Candela con escopeta.

A pesar de tales inconvenientes, quizá todo habría salido bien y hoy yo sería una de las tantas taoseñas que prefieren comprarse un pase de esquiar antes que un abrigo de invierno, pero se me ocurrió la idea (la mala idea) de sentarme a descansar durante el receso y ahí fue cuando la mula tumbó a Genaro. El esquí derecho por poco se me mete en un ojo, se me torció un tobillo de forma tan inconveniente que estuve andando a la pata coja una semana y salí de allí echando chispas y soltando malas palabras (en español, se entiende, por no escandalizar a los tejanos). El problema fue que a nadie se le ocurrió advertirme que no me sentara en el piso con los esquís puestos, y pagué bien la novatada… En fin.

Me pasé el resto de la tarde atracándome de chocolate caliente y churros, y hocicando en Andean Software, una boutique preciosa. La excursión shopinesca resultó más peligrosa por sus precios, en total consonancia con la elevación del lugar, que la fracasada lección.

Esperando al escritor

Desafortunadamente, no hay mucho escrito sobre Taos. A pesar de que Mabel Dodge Luján, mecenas de las letras (¡ay, aquellos buenos tiempos en que existían mecenas!) invitó a escritores de fama como D.H. Lawrence, Willa Cather y Marguerite Yourcenar a visitarla y a vivir a sus expensas en Taos con la esperanza de que inmortalizaran la ciudad en sus obras, ninguno la complació. Sin embargo, aunque ella misma no se consideraba escritora, su libro de memorias Un invierno en Taos describe con lujo de detalles y ojos de artista la vida aquí en el suroeste, su amor por el nativo-americano Tony Luján y la conexión espiritual que llegó a sentir con el pueblo y sus gentes. Un invierno en Taos se publicó por primera vez en 1935 y en 2007 Sunstone Press hizo una segunda edición.

Y para terminar con un homenaje a la Dodge quiero referirme a su antigua casa, convertida hoy en una hostería de ensueño en la que cada habitación lleva el nombre de uno de sus célebres ocupantes: el cuarto de D.H. Lawrence, el de Georgia O’Keeffe, el de Willa Cather… Pero mi preferido es el Solarium, situado en lo alto de la vivienda y totalmente encristalado. Dicen que el espíritu de Mabel todavía vaga por allí (y que se da sus paseítos por la Plaza, que le queda a dos cuadras) mientras espera la llegada de un escritor que escriba de una buena vez La Novela de Taos.

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