Viernes, 15 de Diciembre de 2017
19:50 CET.
Ciudades del verano

París

Por delante de la puerta del edificio en el que vivo no solo pasan mis vecinos del barrio en su quehacer cotidiano, también pasan constantemente muchos individuos venidos de los cuatro extremos del planeta. Si me fío de las estadísticas, deben ser cerca de 50 millones de turistas quienes circulan anualmente por este Boulevard de Clichy. Pues esa es la cifra de turistas que  visitan esta ciudad, y es  raro entre ellos quien no viene a visitar el pintoresco barrio de Montmartre. Francia es hoy un país pequeño, pero durante siglos ha exportado su imagen a través de libros, películas, pinturas, e ideas hacia los cuatro puntos cardinales. Es natural que los consumidores de esa producción, cautivados por esa imagen, vengan a buscar la realidad que esas obras les pintaron provocándoles el deseo de conocerla. A través de las diversas etapas de su colorida historia París ha publicado y enviado lejos sus succesivas formas culturales, y de cada una de esas etapas aún queda dentro ella alguna traza material. Todos hemos venido buscando conocer ese profundo pasado.

Montmartre fue una aldea alrededor de una viejísima iglesia de piedra, rodeada de viñas situadas en las faldas de una colina. Esa colina fue horadada por innumerables canteras de las que se extrajo la piedra con la que se construyó París. En el siglo XVIII, en una de las galerías subterráneas de esa canteras se hallaron los primeros fósiles que permitieron al científico Cuvier fundar la paleontología. Y en la cripta de una capilla, también subterránea, San Ignacio de Loyola fundó, junto a San Francisco Xavier, la provocadora orden de los jesuítas.

Cuando llegó el XIX, esa aldea ya se había convertido en un suburbio de la gran ciudad y albergaba a muchos de sus marginales y artistas. Se volvió un barrio de teatros de mala muerte del que surgieron numerosas innovaciones artísticas y grandes revueltas populares como la Comuna. Sus prostitutas fueron inmortalizadas por sus pintores. En cierto momento, la reacción católica de derechas hizo una colecta pública nacional para pedir perdón a Dios por tanto desafuero, y coronaron la colina con el domo bizantino del Sagrado Corazón.

Cuentan que hacia el siglo IV el primer obispo de París, San Dionisio, fue decapitado por los paganos y que la víctima recogió su propia cabeza y luego de andar con ella bajo el brazo llegó hasta el pueblo de San Denis en donde fue enterrado. Unos dicen que por eso Montmartre quiere decir Monte de los Mártires, y otros dicen que fue un templo de Marte o de Mercurio que hubo en tiempos pasados lo que dio origen a su nombre. Hoy, delante del Sagrado Corazón hay una explanada a la que se sube por una monumental escalinata. Desde allá arriba se ve la mayor parte de París desbordando el valle del Sena con sus diversos monumentos descollando por encima de un mar de techos grises. Sentados en los escalones, jóvenes de origen moro fuman marihuana y beben cerveza cantando en inglés, francés y árabe mientras ligan a las suecas, inglesas y otras rubias que vienen a visitar el templo. Hay también negros de Guinea que se encaraman a los faroles del alumbrado público y allá arriba hacen malabarismos con una pelota de fútbol, provocando los entusiastas aplausos de los visitantes. Abundan las calles escalonadas y las placitas de formas irregulares bajo frondosos plátanos y castaños. Y en una de ellas, los pintores de hoy en día venden malas pinturas de París para que los turistas se las lleven de recuerdo.

En el fondo del valle por donde el Sena enrosca sus meandros hubo una islita en la que, hace algo más de 2.000 años, una pequeña tribu de celtas, los Parisii, encontró refugio. Cuando los romanos conquistaron la Galia le impusieron su orden urbano y trazaron desde allí sus habituales decumanos en ángulo recto. Levantaron un baño público del que quedan aún algunos vestigios en la esquina de los boulevards de Saint-Germain y de Saint-Michel. Y también, como de costumbre, un templo a Júpiter en la misma isla, sobre el cual se levantó años después la catedral de Nuestra Señora. Ésta tuvo en su fachada, además del consabido Juicio Final con demonios arrastrando a los condenados al infierno, toda una galería de estatuas representando a los reyes de Israel. Cuando llegó la Revolución, el pueblo combatiente enardecido decapitó las estatuas y dedicó a la Diosa Razón el edificio gótico. Poco después, Victor Hugo la pobló de personajes imaginarios, como el famoso Jorobado y la jacarandosa gitanilla Esmeralda.

Por las callejuelas cercanas a la catedral, los estudiantes de la Sorbona —una de las primeras universidades de Europa— solían dormir en el suelo. Como hablaban entre ellos en latín, aún se le llama a ese barrio "Barrio Latino". En el siglo XIX, el Barón Haussmann derruyó muchísimos edificios medievales y volvió a poner en orden la ciudad, ya enorme, atravesándola con sus boulevares por los cuales las tropas del ejército pudieran circular rápidamente en caso de rebelión popular.

El pueblo parisino fue siempre tan revoltoso que el Estado tuvo que inventar muchas maneras eficaces para defender los privilegios de los gobernantes. En el mes de mayo de 1968, dio de nuevo señales de volver a las andadas y, delante de los venerables muros del baño público romano, alcancé a ver encontronazos entre los idealistas estudiantes enfurecidos y los policías que se ganaban la vida matraca en mano defendiendo el orden.

Después de la ocupación nazi, en los cafés y sótanos de Saint-Germain-des-Près se empezaron a reunir los intelectuales existencialistas. Ahí están aún el café de Flore y el de Deux Magots, a la sombra del campanario románico de la iglesia que es lo único que queda de la vieja abadía. Alrededor hay muchas galerías de pintura y anticuarios, y ciertas calles que parecen galerías de un museo cuando ves tanta obra de arte expuesta en sus vidrieras.

Pero hay muchos otros barrios de interés en esta ciudad por los que los turistas quizás encuentren esos recuerdos imaginarios que hayan venido a buscar. La Ópera y la rue de la Paix por la que se ve la colosal columna de bronce coronada por la estatua de Napoleón… Los diamantes rubíes y esmeraldas que encandilan desde las vitrinas de los joyeros de gran prestigio… Quienes vienen buscando las pinturas de los viejos maestros del Renacimiento entran en fila por la pirámide de vidrio del Louvre. La gran mayoría corre a agolparse delante de la Gioconda de Leonardo da Vinci, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia. Desde este inmenso palacio repleto de vestigios de antiguas civilizaciones mediterráneas y de pinturas holandesas e italianas parte una inmensa perspectiva que lleva, a través de un arco de triunfo en mármoles rosados y de los jardines de las Tullerías, hasta la Plaza de la Concordia, donde cayeron cercenadas tantas cabezas de inocentes durante el terror de Robespierre.

La Plaza de la Concordia está rodeada por las columnatas de la Asamblea y el Ministerio de la Marina, alberga estatuas y fuentes llenas de personajes de cobre verde con realces dorados, y en medio de ella se yergue el obelisco egipcio de Luxor. La misma perspectiva sigue, trazada con árboles frondosos, por los anchos Campos Elíseos hasta el gran Arco de Triunfo de la Plaza de la Estrella. Detrás de esa plaza, prosigue la perspectiva hacia los rascacielos de la Defensa del París contemporáneo que, por el momento, la cierra en la lejanía.

Junto a este gran eje de la ciudad se alzan el Petit Palais y el Grand Palais, que, con la Torre de Eiffel constituyen los más impresionantes recuerdos arquitectónicos que dejaron las grandes ferias internacionales de fines del siglo XIX y la Belle Époque. Detrás de estos frios monumentos se extienden los barrios burgueses con bellísimos apartamentos a los que ningún turista tiene acceso. Dentro de ellos se desarrolla la buena vida de las clases acomodadas, el París íntimo de los más sofisticados parisinos.

París en libros y películas

Hay muchos libros y películas que cuentan cómo ha sido la vida en esta ciudad a través de sus diferentes épocas. Siendo adolescente yo veía sin falta cada nuevo film de Brigitte Bardot en el cine Campoamor, junto al Capitolio de La Habana. Uno de ellos, En cas de malheur (Claude Autant-Lara, 1958), me causó gran impresión pues la joven Brigitte, hermosísima, se levantaba la saya para mostrarle al abogado, Jean Gabin, con qué le iba a pagar sus servicios. Pero también, en cierto momento, un trayecto en taxi por los grandes boulevares dejaba ver un templo romano intacto entre las fachadas típicas de los edificios corrientes.

Yo no sabía que era una iglesia de estilo neoclásico —La Madeleine—, como salida de un sueño de un lejano pasado que nunca existió en mi lejana isla tropical. Algo de eso es lo que vine a buscar yo en París, esa presencia de un pasado aún presente. Llegando de España, desembarqué en la estación de Austerlitz, pasé un puente frente a la misma estación y pude ver el ábside de Nuestra Señora en su isla en medio del rio, tal como lo conocía por fotografías y postales. Fue por su silueta que me orienté para llegar al Barrio Latino, en donde dejé mi maleta antes de correr al Louvre a ver las pinturas que tanto deseaba contemplar y estudiar.

Mis lecturas de la serie de novelas de Sartre Los caminos de la libertad me habían familiarizado con los nombres de ciertos lugares. Hotel du Nord (Marcel Carné, 1938) es otro filme que presenta esa ciudad, desaparecida hoy, que aún existía cuando llegué recién cumplidos mis veinte años. Viví junto a ese mismo Canal Saint-Martin, frente al Hotel du Nord, tantos años como los que viví en La Habana. Ahora miro desde las ventanas del sexto piso en el que vivo ese mar de techos grises que reflejan la luz de un cielo igualmente gris, y recuerdo muchos otros puntos de vista de esta inmensa urbe en la que tantas calles están ahora llenas de mis propios recuerdos personales mezclados con los de la larga aventura humana que ha ido desarrollándose entre sus muros.

Me encuentro con mi propia vida sin haber sabido que la venía a buscar entreverada con mis sueños y lecturas de adolescente. Pierdo el sentido de la orientación, y del tiempo que, bromeando juguetón, nos lleva y trae a través de este mundo.

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